miércoles, 6 de octubre de 2010

LA "SUSPENSION DE LA INCREDULIDAD" EN LA MILONGA Por Yamate A. Silenzio


El el año 1817 el poeta ingles Samuel Taylor Coleridge acuña una expresión que se hará famosa para justificar las inconsistencias y desvaríos de la obra artística en general dando licencia a quien la disfruta para sumergirse plenamente en el goce estético de la misma sin interrogarse demasiado acerca de la vida amorosa del Dragón de tres patas o el souvenir de perlas de plástico que permite volar ida y vuelta a la luna.
Se la conoce comúnmente como la "Suspension voluntaria de la incredulidad" y queda expresada en el siguiente párrafo:

"Esta idea dio origen al proyecto de Lyrical Ballads; en el cual se acordó que debería centrar mi trabajo en personas y personajes sobrenaturales, o al menos novelescos, transfiriendo no obstante a estas sombras de la imaginación, desde nuestra naturaleza interior, el suficiente interés humano como para lograr momentanáneamente la voluntaria suspensión de la incredulidad que constituye la fe poética" (Samuel Taylor Coleridge, Biographia Literaria).

En los ámbitos de la milonga El conocido Milonguero Jose Joseee adscribió totalmente a esta expresión poética, justificando así sus inquietantes desenvolvimientos a lo largo y a lo ancho(aunque mejor diría al redor) de la pista.
Josee solía venir a la milonga ataviado de gris oscuro riguroso, peinado de crencha tirado hacia la nuca. La fuerza de su abrazo quedaba de manifiesto al observar los tendones y los nervios que iban de su codo a su mano izquierda.
En una infortunada noche de 31 de Diciembre cayó en una sanja por la que discurrían los restos alcohólicos del fin de año.
Lo rescataron unos jaraneros, que, pasados de vuelta iban a terminar la fiesta en la parroquia.
A partir de ese día Josee ya no bailó como antes.
Se le dio por ejecutar toda suerte de inverosímiles figuras de una estética vistosa aunque incomprensible. Relajó su abrazo y mantuvo con su pareja una especie de comunión invisible en la que los dos parecían acercarse y repelerse como imanes de igual polaridad.
A veces, en una milonga ligera, Jose se suspendia un minuto y medio sin mover ni siquiera una pestaña, y luego intentaba "alcanzar" el compás, como un tardígrado que deshidratado cien años hubiera revivido con dos gotas de vino.
Otras el paso se transformaba en requiebros cuasi robóticos como si la zancada fuera dada y estudiada al mismo tiempo, produciendo un estatismo Rodiniano que variaba segun quien lo viera y desde donde lo viera.
A las invariables críticas de sus amigos jose siempre anteponía la sentencia coleridgiana.
A los gritos de "que haces pascual, estas bailando como el ojete!" o "Que queres inventar negro?" Josee les retrucaba: "hay que suspender la incredulidad, fierita".
Josee desapareció una noche de carnaval. Los que lo vieron dicen que intentaba sacarse a bailar a el mismo en una bilocacion definitiva.
Años más tarde uno de esos milongueros filósofos que nunca falta creyo entender, a la hora de la cuarta botella, que todos los bamboleos de Josee eran producto de una interpretación cabal de la musica y la letra del tango que escuchaba.
Y también (un poco más tarde) creyó entender que además el bailarín coreografiaba las emociones del que había escrito el tango.
Y aunque no es frecuente, cada tanto viene algún voleado, que siguiendo la estela de Josee, intenta justificar un tango bailado como el orto, con la famosa y mal citada "suspension voluntaria de la incredulidad" de Coleridge.
(haganla extensiva, les pido, a esta entrada de porquería)