miércoles, 4 de marzo de 2020

LOS TRES MILONGUEROS DE DALECHANCHO FUMÁS - Comentado por A. Gurrietes Borges

Editorial EL CROTO,  consciente de los tiempos que nos tocan vivir acaba de sacar un nuevo bodrio para distraer o sus seguidores y desesperar —tiemblo al pensarlo— a todos esos pobres desgraciados en confinamiento con esta única lectura. Fruto de alguna de sus muchas fiestas de pre-presentación en la que los amigos del editor  y poetastro Dalmacio Ganci dan pábilo a sus desventuras literarias en egotistas orgías esta gruesa adaptación de la obra Dumas/Maquet tiene su correspondiente en la dupla Fumás/Chaquet. 
Sabido es que Dumás se llevó el crédito literario aunque acabó en la ruina mientras Maquet acabó sus días en la riqueza. Cosa que no se espera de estos dos sirvientes del patetismo a quienes habrán olvidado en la próxima bacanal. Vayamos directamente al monstruo, adelantando desde ya que los supuestos escribas son cómplices de un inverosímil cruce entre la novela original, la literatura gauchesca y —el cerebro nos mantenga coherentes— la ciencia ficción. Si  mecho mis apreciaciones con entrecomillados extraídos directamente de la obra no es por gusto sino porque puedan cotejar casi a pie de pagina las rarezas y desdichas de  este dúo de escritores que escribiendo hace borrones.
Garcamás es el hijo de  un artesano  cuchillero en  Patuña, un planetoide rocoso de masa incoherente. Con su gravedad imposible y su cercanía a un agujero negro atrae a su atmósfera desechos espaciales que reciclados por los patones son la base de su economía. Famosas son sus naves de soldadura, sus facas espadines de adamantium y las pelucas empolvadas de pelo musgo, el ultimo grito de la moda en la lejana capital del imperio Sardulo.
«La vida social de Patuña es, por necesidad soterrada y cóncava.»
Los patones son de temperamento bravo para el duelo singular y aguerridos en el tango orillero. Un patón recibe a los doce años el grafeno con el que habrá de hacerse sus zapatos, el admantium acerado que llevara su faca, ocho lecciones por ocho de tango y la bendición dos cachetazos de sus  progenitores. A partir de entonces, con su faca templada y su estilo particular para caminar a compás habrá de hacerse un nombre en los internos bailongos de Patuña, las forjas, los cultivos, las tiendas de productos para peluquería o llevar su ambición y su coraje en alguna nave reciclada a planetas más apacibles. Tal es el caso de Garcamás, rápido para la estocada y la soldadura, expulsado de la forja y la zapatera por sus malas dotes para el artesanato.
« —¡Que chambonazo! No sé que pudo salir mal. Le puse un taco fenómeno de adamantium soldado  a mis zapatitos gamuzados y una empuñadura de cromo liso a mi faca,  Chiflete al ojo ¿O era al revés? Entre tanta peluca, soldadura y estoquines me embalurdo.  Va a ser menester que vaya a ganarme los porotos a las milongas capitales donde han de hacer buen uso de mis habilidades orilleras...
—Eso, inútil... vete a pasear tus morondangas a Sardulo. Entre esos pelucones de estilo que hacen el ocho como si estuvieran cortando fideos. Allí esta lleno de payasos que se dicen bailarines de salón y no dan un paso en condiciones sin revolear los flecos de sus pelucas empolvadas.  Allá entre esos tirifilos villanos que no han desflecado en su vida un cromo y conservan los deditos sin una sola quemadura de fragua  te vas a hacer un nombre sin hacerme pasar vergüenza. ¡Toma payuca!
—ay...Ay. ¿Y a   que viene otra vez la bendición dos cachetazos con ese cromo?
—Esta es el refuerzo maldito gañan. El cromo es para mi compañero zapatero y capitán de milongueros, el señor de Trevueltin. A ver si te consigue acomodo y bailes en algún lado. Y llévate tu robotpingo. A ver si algún rascabuches capitalino te puede herrar bien sus patas. »
Apenas llegado a Sardulo en la nave MANISIERE  Garcamás topa con el conde Roquefort, que  se ríe de su vehículo mal herrado, el  robotpingo celemín  y le roba el cromo. Luego topa con tres milongueros a los que por ofensas individuales debe satisfacer en duelo Latos, Portón y Daleanis. integrantes de la famosa guardia de milongueros del monarca Luisiño el escurridizo, en oposición a los tirapasos purpuras del   Cardinal Quinielero Richetti, místico y consejero real.
«—A las tres y con tres he quedado para cruzar facas y ganchos. El primero que me desafió lleva chaleco, barba en perilla terminada en goma y un ayuda de cámara que le filma todas las aventuras y lo llama Conde La fiera. El segundo es un  gigante barbudón con un extravagante traje de colorinches de confección propia al que topé cuando descabezaba un guiso con ragú.  Y el tercero mas bien parece un debuto de la perdida "Iglesia milonguera de los primeros pasos". Dispares e interesantes enemigos. me han caído,  amigazo Planché. Un patón no rehúsa jamás un combate a no ser que suene un Fresedo cerca.»
Planché viene a ser en esta obra amigo y camarada de milongas de Garcamás.  Aunque se lo describe como habilidoso  para el abrazo por su exceso de timidez no baila nunca. Como tantos otros personajes  aparece sin que venga a cuento.
La mezcla agiornada de estilos, mal gusto y lunfardo  son tenaces. Las descripciones erráticas,  Hasta los anacronismos son imprecisos. Cuando los cuatro despingan  atando las riendas de sus robotpingos  para cruzar ganchos son rodeados por sus enemigos, los hombre del Conde Roquefort y sus «caracteristicas botas mediacaña de bailar bunito». 
«Que es eso? Los milongueros del rey Luisinho cruzando ganchos mientras  elevan a la luz  sus facas afiladas con los dientes de cromo?  ¿Duelos de figura, estoque y baile? A ellos mis girapasos en nombre de Richetti, vuesa excedencia!
-A ellos y vuesa excedencia  te via dar minestron ¡Veni che Roquefort que te hago un buco con mi CHIFLETE AL OJO! Ea, ea ..., momento bellacos. Un segundo, un segundo por el amor del GORDO que se me quebró la soldadura».
El gordo al que alude es una divinidad amorfa al que adoran los Patones. Tapona con sus cebosas nalgas el agujero negro al borde del universo e impide que todo lo conocido se cuele hacia la nada. Su representación a la que elevan suplicas todo patón de buena cueva es un ocho doble en trébol en oposición a los girapasos del místico Richetti que adoran al doble cuatro con cruce.
Los milongueros y Garcamás, unidos en lucha repelen con  facazos y voleas a los tirapasos del quinielero místico Richetti y se hacen amigos inseparables.
«— Vente con nosotros buen amigo Garcamás. Nuestro lema es "Todos pagan uno y uno paga a todos".
—Uau. ¿Y tienen tiempo para lemas? ¡Esta es la vida que yo quiero! Andar faqueando por ahí hasta altas horas, milonguear con zapato en capellada, romance y morfi a montones y frases ocurrentes para encandilar a las gurisas. ¿

Donde hay que firmar pa' milonguero? Me apunto ya.»
Luego los milongueros son llamados a la presencia del monarca, el rey Luisinho, bailarín de escuela e insuperable derrochón, que  los condecora en su milonga privada. Garcamás, que viene de estancias pequeñas y mal ventiladas en el interior de su planetoide queda deslumbrado por el fausto y el boato de la corte palaciega. Todos bailan ronda casino, que no es algo del agrado del joven héroe, encandilado por la maleva Contanda.
«—Hay que ver que salones mas fetén hay en la capi. Y que bien adornan las adornadas pibas. Aunque estos menea zancas bailan un poco delicado serrisuela para nuestras milongas. Les sobra aire por todos lados. Ya íbamos nosotros los patones a dejar tanta brisa para que se aireen las partes y se nos vean las gambusas chuecas.
—¿Has visto Garcamás alguna vez tanta variedad de pelucas y vestuarios? ¡Nuestras pelucas son la envidia de todas las milongas!
—Na Daleanis. Esas pelucas son musgo del año pasado. Ya traeré yo empolvadas con cagamuso, como corresponde. Pardiez qué,  a biaba y ahijuna te las muestro yo con unas bravas copichuelas de tintin. A fe que si, mis nuevos amigos.  Si salimos de esta y el desfachatado de Buckijamon y su recua de faqueros salmuerados no nos engayola cuando nos hagamos con las pacotillas lujosas de tu majestad, la reina Palmira,  habrá pelucas jame para todos.
—A veces os digo micer Garcamás que no soy capaz de entender por mas que fuerce mi inteligencia, esos extraños giros idiomáticos  —dijo Portón mientras exigía a los lacayos mas ragú.»
La única frase de verdad en esta obra.
Los cuatro amigos van a rescatar la bisutería de la reina Palmira, frustrando un complot del  malvado Richetti Como no hay ningún basamento histórico subyacente las intrigas politicas son del tipo Esos son los malos y nosotros los buenos.
La acción se sucede sin tregua ni coherencia. Hay viajes estelares, planetas con doble nombre, duelos y combates encastrados sin ton ni son y episodios de milonga, no vividos, sino más bien extraídos de redes sociales o fuentes poco fiables por inverosímiles, como este mismo blog. Los autores Fumás/Chaquet o quien se esconda detrás de esta cosa que no tiene que poco tiene que ver con el folletín original y sigue mal los pasos de la excelente  y humorística La guardia Fenix de Brust, ni siquiera respetan la progresión original. Van bailando por la trama, tan rápido e ineficazmente como hace las soldaduras el bueno de Garcamás. Sí,  como bien apuntaba Coleridge,  la literatura exige la momentánea suspensión de la incredulidad, en el fallido caso que nos ocupa mas que suspensión, lo que ejercen estos picaros es mas bien un aplazado.
Con una nota en rojo, gorda. Gorda.

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