lunes, 2 de noviembre de 2020

El falso maestro de la tarde - Un cuento de la vieja milonga


Todos los cuentos comienzan en el bosque, bajo los arboles y a la vera del fuego. Mientras las ramas se queman y la leña hace su danza contra la oscuridad, debilitándose hasta morir, mientras las ciudades se vuelven verde y el paisaje que considerábamos cotidiano se transforman en objeto y uso de nuevos ritos,  la parroquia vagabunda y  los trotamundos sin milonga cuentan historias y leyendas. Al caso, ronda repleta y fuego son una misma y multiforme criatura, hecha de fábulas.

«Hay cuatro formas de llegar a la sabiduría. Dos llevan tiempo, Otra requiere un pacto, la última un sacrificio —Y no precisamente ajeno— dice el anciano, tomando vino en su calabaza seca. Los ojos le brillan en la cara larga, ligeramente repulsiva. Luego de un largo sorbo, escupe una pepita de pera, acerca un tizón a la llama con su muleta de hierro y prosigue. 

«En los viejos tiempos no había, como ahora, seguidores de la antigüa cofradía bailando el tango en las aldeas.  Entonces, cualquiera que hiciera un ocho sin repetir se consideraba listo para enseñar y hasta en el caserío más miserable uno podía oír algún desafinado con ínfulas de trovero, imitando a Castillo. Los mejores aprendían las lecciones después de muchas palizas,  se transformaban en maestros del verdadero arte y e iban a las ciudades con milonga donde comprendían la extensión de su ignorancia. Los peores, nunca. Viajaban, buscando o huyendo de algún destino, vendiendo o trapicheando zapatos sin suela para los pies ligeros, taco alto para las mozas de mucho adorno, esencias cambalacheadas con descaro al pueblo de las hadas y clases cargadas de secretos falsos. Eran tan inventados como el vestuario que llevaban a la espalda, junto a sus sueños. Se los llamaba maestros de tarde. Montaban clase, teatrito y bailongo en cualquier lado, con telas enceradas, velas de no apagar y algún cartel robado a compañías de éxito. Y así andaban, sin asomarse a esas venerables milongas con suelo de madera donde los hubieran corrido a los ganchazos, apenas molestaran con su vanidad y su soberbia a la parroquia filosófica de las mesas, los sabios del hígado pesado y la palabra justa, con su eterno problema existencial: ¿Caminar a compás o recrearse en los adornos y en los giros para que te admiren? ¿Poner el pensamiento en movimiento o fluir locamente según los caprichosos designios de la divinidad?»

—Esas son dos cuestiones diferentes— dijo entonces otro acampado ante la hoguera, un hombre de barba gris y con un parche en el ojo —. Nos hemos ido alejando del clásico: Quienes somos, de donde venimos y adonde vamos. Mis cuervos vuelan corto hoy en día.

—Somos milongueros, venimos de la práctica y a la milonga vamos. ¿Lo recuerdan? Esos desdichados de la extinta Iglesia milonguera de los primeros pasos lo decían. A saber por donde andará su mesías. Agregó entonces una mujer cuya calva relucía misteriosamente mas que las llamas de la hoguera.

—Por el amor de Troilo, no interrumpan al honorable Li. Quiero escuchar toda la historia ahora, que estoy en mí. Por cierto, ¿alguien quiere catar otra cosa, falerno, Tokay, algun brebaje especiado del punt? Aprovechen ahora, que aun estoy sobrio.—Dijo el cuarto de los congregados, con los vestidos manchados de vino.

—Está bien así. Muy buen brebaje. Aunque por costumbre, `prefiero el hidromiel. Prosigue maestro Li —contestó el tuerto, sorbiendo del pichel de madera, parte de su equipaje. A la luz de la hoguera la comida y la historia se comparte. El vaso no.

—Gracias querido camarada.

 «Había un muchacho. Ligero de pies,  hábil con la lengua y la mentira. Tenia un maestro con el que iba a practicar al bosque. Un hombre bueno. el muchacho le pagaba con vino que robaba en las fondas. Una tarde le dijo:

—Me gusta tu chalequito, maestro. 

—Tuyo es hijito. Pero no es más que apariencia. El porte y la elegancia están en el modo de pararse en la pista. Y en el corazón —dijo el maestro — Y le dio el chaleco.

Más tarde el muchacho dijo:

—Me gusta tu librito, maestro.

El maestro estaba alegre y locuaz, por el vino.

—Tuyo es, hijito. Pero el saber no está en el librito. Sino aquí, en la cabeza y en los zapatitos —Y entonces el buen maestro escribió una dedicatoria en la primera página del librito y se lo dio. 

Era codicioso aquel muchacho. Y cruel. Ni siquiera abrió el libro del maestro.

Siguieron practicando y bebiendo. Aunque el muchacho «hacía» que bebía y que aprendía. Al atardecer el maestro se tambaleaba un poco agarrandose el pecho. Fue a sentarse cerca del río. el muchacho dijo:

—Me gusta tu vida maestro.

—Esa no puedo dártela, hijito. Y tampoco la experiencia, porque son cosas de uno. Y uno no es más que todas sus vivencias. Goza con las cosas buenas, sufre aprendiendo con las malas hijito. Y estarás cerca de la sabiduría.

Pero el muchacho no escuchaba. Quería saber,  poder rápido. Esas quimeras que a veces destruyen a las personas: sueños de gloria, fama, posesiones. Mató al maestro bueno con una piedra, le quitó los zapatos y lo arrojo al rio. Cargó sus pertenencias a la espalda y así fue como le robó su vida y su identidad.»

—Me suena el personaje. Tipos así son los preferidos de mi compadre de pelo rojo. — comentó el tuerto.

—Allí en mi tierra las gentes se arrojaban a los cocodrilos en épocas de hambruna. Se sacrificaban para obtener nuestro favor. —comentó la mujer sorbiendo de su vaso de alabastro.

—Poca cosa obtendrían. 

—Un psicopompo y un juicio justo. Es más de lo que muchos llegaran a tener.

—No distraigan al honorable. Prosigue por favor, amigo.

«Desde entonces, y sin remordimiento,  aquel muchacho se hacia pasar por el maestro, repitiendo pasos que no sentía, mostrando el libro del maestro —que no había leído— como un símbolo de saber. Iba por las aldeas, jugaba a enseñar, enamoraba a las mozas y huía de amantes, maridos y novicios engañados. Y no le iba peor que otros esforzados, que luego de muchos años de enseñanza, estaban todavía en el camino y en la búsqueda. 

Una tarde —siempre es de tarde en estos cuentos—  el falso maestro pasó entre dos sauces y encontró a una viejita comiendo pan cerca del rio. Al ver al falso  maestro se le cayó el pan y el morral que llevaba al agua. La viejita se puso a llorar.

—No llores abuelita. Pronto tendrás otro pancito. Las cosas van y vienen —dijo el joven. Llevaba en su equipaje ricas empanadas, pero no le ofreció ninguna. 

—No lloro por mi pancito. Ni por mi morralito. Al verte llegar me acordé de un maestro que nos daba clases y bailaba con mi hermanita. Pero ahora ya no viene. Debe ser tu chaleco.

—Se lo cambié a un buhonero por clases. 

El falso maestro busco un palo. Quería llevarse el morral de la vieja. Pero al acercarse al agua vio que una carpa blanca con rombos rojos en el lomo sostenía el morral por los dientes. Apenas podía con el peso y la correntada.

—Ayuda a mi hermanita, hijito. Tiene mucho peso el morralito. 

El joven pensó que la vieja tenia monedas de oro en el morral. Y que comería pescado aquella noche. Saltó al rio para atrapar a la carpa. La tenía bien sujeta por el lomo, pero al arrancarle el morral de los dientes el pez saltó otra vez al agua y desapareció. Cuando volvió a la orilla se puso a abrir el morral de la pobre vieja. 

—Seguro que en este morral hay cosas muy valiosas, abuelita. He pasado peligros en el agua. No podré trabajar por dos días.

—Si quieres puedo darte una infusión para que nunca sientas cansancio. Pero no abras mi morral hijito. No hay mas que panes secos, saber. Y no saber. 

—Soy joven. Soy fuerte. No me interesan tus hierbas. Tendrás que compensarme por los zapatos mojados.

Seguía usando los zapatos robados cada noche pedía con fervor una magia de baile que no llegaba. »

—Natural. Piden magia sin saber. No queda quien recuerde el lenguaje de las cosas. Invocan de cualquier manera. Sin ceremonia. Sin rito. Aunque les digo, que estos zapatos de ahora no tienen nada que ver con esos que hacían los enanos. 

—Son otras épocas. ¡Ve a pedirle ahora a los enanos un barco que quepa en el bolsillo o unas alas de oro para volar! 

—Además en estas fábulas milongueras no salen caballos de ocho patas ni forjas muy vistosas. A lo sumo algún amuleto o zapatos de cuero fino, que no se gasten. Luego si quieren les cuento la historia del sapo de hacer milongas y...

—¡Dio, no interrumpas al maestro!

« El joven no hizo caso a la vieja. Abrió el morral y comenzó a tirar  sin cuidado sus cosas: hierbas secas, panes quemados, una naipe sin reverso. En el fondo encontró dos bolsas pequeñas. En una se leía Abundancia. En la otra Carencia.

No llevas mucha cosa, abuela. He pasado peligro y arruinado mis zapatos de bailar por estas morondangas. ¿No es justo que me lleve esta bolsa que dice abundancia?

—No —dijo la viejita, casi llorando—. Es mi carga de vida. Me recuerda lo que sé. Y como llegué a saberlo.  Si te llevas la bolsa sin darme nada a cambio no se abrirá.

El joven sacó unas empanadas de sus alforjas  y se puso a comerlas delante de la vieja. Dejaba a un lado las puntas. La vieja miraba, con hambre.

—Me llevo tu bolsa. Y este será mi pago —Dijo el joven señalando las puntas quemadas de empanada.

—No funciona así hijito. Si no la aceptas mi bolsita no se abrirá. Acepto tu presente. ¿Aceptas tú el mío, mi carga de vida?

—Lo acepto abuelita. Llénate la pancita —dijo el joven, riendo. Y se fue viendo como la pobre vieja comía los pedacitos desechados. 

Debe tener mucho poder la bolsa de esta vieja. Voy a abrirla ahora y cuando llegue al pueblo me servirán como su rey y tendrán que hacer milongas en mi honor. Soy el dueño de abundancia —pensaba el soberbio joven. Desconocía el valor oculto de los objetos.

Abrió la bolsa. Dentro solo había piedras marcadas. »

—¿Runas? ¿Salen runas?

—La historia no lo dice padre de todo. Muchos objetos solo metáfora. Y muchos personajes, bueno... la encarnación de una idea, una creencia. Como nosotros. 

«Así que el joven pensó:

Esto debe ser magia de esa vieja bruja. Seguramente me hará el mejor bailarín del mundo. Se metió las piedras en el bolsillo y siguió su camino, rio abajo.

La luz del sol caía entre las hojas cuando el joven vio al costado del rio algo brillante. Era una mujer muy hermosa, tendida sobre el pasto. El vestido blanco con rombos rojos se le pegaba al cuerpo mojado. A su lado había un dedal y unos zapatos de baile. El joven vio sus pies delicados y se lleno de deseo, lujuria y ambición.

—Buen día hermanita. ¿Qué haces tan bella y tan solita?

—Busco al maestro que me enseñó a bailar. Pero ya no viene. Por ahí eres tu. Tienes su chaleco y esos zapatos no me resultan desconocidos. 

—Las cosas, van y vienen. Las personas van. Le cambié este chaleco  y los zapatos a un buhonero que encontré en el bosque. Puedo ser tu maestro, si quieres. Vente conmigo y bailaremos juntos. Haremos exhibiciones. Tendremos fama y todo lo que se nos ocurra.

—No me iré con ninguno que no sea maestro ¿Tienes habilidad? ¿Puedo dormir entre tus brazos y a la vez sentir con todo el cuerpo el tango?

—Claro hermanita. Y además tengo mi libro  —dijo el joven. Tendiéndole el libro. Se había abierto por la página de la dedicatoria. La mujer se quedó mirando esa letra, que conocía.  Lo miró un largo rato y después su voz se volvió un susurro sugerente, lascivo.

—Bailemos. Aquí, donde el agua forma mil espejos. Bailemos y luego me iré contigo. Las formas de su cuerpo se pegaban al vestido y su cabello rojo era una llama incitante. Comenzó a cantar con suave voz Quedémonos aquí.

El joven avanzo, excitado. Sin palabras. Formaron el abrazo y comenzaron a bailar. Bailaba ella, el solo hacia pasos. Sentía su cuerpo cálido y su voz. Cerró los ojos. Se sintió arrebatado por el instante. En su cruel existencia tuvo en ese momento algo parecido a la felicidad. Y luego sintió la piel fría de la mujer, resbalosa. Sus pies abandonaron el pasto. Cayeron juntos al agua, pero solo él se hundió. Ella nadaba en su redor, completamente transformada en la carpa blanca y roja, dolida aún su boca. El quiso subir buscando la luz del sol. Pero no pudo. Las piedras de la vieja, todos los defectos que la anciana guardaba en la bolsa para recordarle quien era, se hicieron más pesadas y lo arrastraron al fondo. Y allí abajo sigue todavía.  Hay cuatro formas de llegar a la sabiduria. Dos llevan tiempo, otra un pacto y la restante un sacrificio propio, como bien sabe el padre Odín. Vivimos nuestra vida. Nuestras las cargas y la entrega.»

—Me ha gustado la historia, maestro Li. Aunque se ha enrevesado un poco con estas cuestiones de la milonga —Contestó el tuerto.

—Es que no es fácil divinos compañeros jubilados. ¿Cómo puede un pobre inmortal, deslumbrar a la madre de todos los lunáticos y desvelados? ¿O sorprender al padre de las runas y los poemas? Soy humilde. Por naturaleza y cuerpo adoptado.

—Tonteras maestro T´ie-kuai. He olvidados mas cuentos que todos los folkloristas juntos. 

—Eh, ¿Quién dijo que estoy jubilado? —salta el borracho, con la voz pastosa — Los dioses del vino estamos muy activos estos días. Antes que pida la cuenta  o cuente la historia de las bodas del diablo alguien se apunta a otra ronda?

Y la llama errabunda cuenta otra historia a quien quiera escucharla.




No hay comentarios: