lunes, 20 de abril de 2020

La casa, mi vereda y el buzón - Por Cátulo Bernal.

Bailamos en la milonga improvisada de la sala. Limpiamos. Volvemos a bailar. Creamos muebles nuevos para la nueva casa. Diseñamos vestidos, vestuarios y acontecimientos para el día que la cuarentena nos deje por fin ir a casarnos al hostal de los señores Mawartz. Inventamos nuevos juegos con las cartas, Hacemos castillos, creamos universos para que Adolfito  los destroce con sus felinas uñas sin cortar. Cocinamos, comemos, limpiamos, volvemos a cocinar. Nina trabaja telemáticamente y yo escribo. Hago clases de escritura creativa para mis abandonados alumnos y Nina diseña. Cocinamos, comemos, limpiamos. Mi padre  revisa sus notas sobre milongas vistas, milongas imaginadas y aquellas a las que quiere ir cuando la geografía vuelva a alargarse. Y todo el tiempo habla, y habla y habla. La primera noche de amor después de dos semanas separados la voz de papá me hizo saltar de la cama dejando abandonadas las caricias. Me asome al pasillo y a la puerta que da a la escalera del cuarto buhardilla que será mi estudio. Y ahi en el frío estuve oyendolo gritar a sus fantasmas. Ahora sabemos que habla en sueños mientras nos amamos en la oscuridad.
Es de tarde en la sala. Toda la casa es un universo de posibilidades. Imaginamos lo que hace falta en cada habitación mientras papa ordena su bolsa de disfraces, que siempre lleva en su mochila de viaje con ruedas vegetando donde la dejo en el pasillo de entrada. La bolsa de imposturas tiene complementos intercambiables, pelucas, bigotes, gafas y un kit de maquillaje. Mas del inspector Closeau que de Sherlock Holmes. Todo a medio camino entre Sherlock Holmes.
—¿Y no se dan cuenta que es usted?
—Mi fama no me precede nunca querida, porque siempre llego un poco antes y a lugares donde nunca estuve. Voy disfrazado porque me gusta y porque mi cara salió sin que pudiera evitarlo en la primera edición del Libro de la Milonguillas. Y los organizadores no dejaban de invitarme para que fuera, siempre que hablara bien de sus milongas o maratones Yo voy donde se me ocurre, si me queda de paso. Tengo un pequeño pisito en Toulouse y muchos amigos que me alojan gustosos donde me lleve el tango. Hay un par de fanáticos seguidores que van disfrazados a los bailongos. Se hacen pasar por mí con la esperanza de recibir un trato de favor y alguna vez me han dejado mal. Por eso he puesto siempre en mis libros que Marco Cholo no busca más recompensa que llegar a los sitios, ver, disfrutar y dejarlos asentados en un mapa que alguna vez será mundial. Lo hace porque le gusta y así estimula el transito inter cultural. Mis disfraces... bueno. Son extravagantes pero no  más exóticos que mucha gente que parece real detrás de sus vestuarios y bailes de diseño. El éxito de un buen disfraz radica en la interpretación. Como bien sabía mi querido Richard Burton.
—¡Que gran actor! En estos tiempos vendría bien volver a ver 1984. Creo que fue su ultimo papel. Esa mirada ultima de Jonh Hurt que se nos fue pero aún me guía...
—Hablaba de Richard Francis Burton. Aventurero, espía, espadachín y multilingue.
—Ah. Claro...El traductor de las Mil y una noches. No conozco mucho de su vida. Supe tener la edición traducida por Mardrus. A saber donde andarán aquellos libros. La de Burton, es más picante ¿no?
—Tampoco la he leído. Solamente leo historia. La ficción ocupa espacios inútiles en mi sistema de escritura. Debe haber sido. Los intereses de Burton por la sexualidad fueron vastos y siempre mal considerados por la sociedad victoriana. Tradujo también el Kama Sutra, ¿saben? ¿Y esto de que venia?
—Los disfraces.
—Ah. Si. Burton interpretaba sus disfraces. Se hizo pasar mucho tiempo por un árabe, un tal Mirzha Abdullah. Una vez sus compatriotas británicos lo encarcelaron creyéndolo  insurgente y lo torturaron. Pero el tipo no develó su identidad. El menos ingles y el más crítico con el imperio, por como trataban a sus forzosos «súbditos» en las colonias. Estuvo en África buscando las fuentes del Nilo con un tal Speke, que al final las descubrió. Se peleó con el racista de Stanley, el secuaz del belga emperador genocida Leopoldito en el Congo. «Dispara contra los negros como si fueran monos» dijo. Aunque no llegaron a la biaba o al duelo de espadas. El miserable Stanley no hubiera sobrevivido a un encuentro contra uno de los mejores espadachines y luchadores en combate singular de su tiempo.
—¿Stanley de «El doctor Livingstone, supongo»?
—Ese mismo. Un miserable. Un arribista, un piojoso. «El doctor Livingstone, supongo» ¿Qué le iba a decir el otro? Cualquier criollo perdido en África le hubiera contestado que sí. Ni siquiera lo trajo de vuelta. Se llevó la fama. Pero Burton,  Burton encaja perfectamente en los ambientes rufianescos de  aquellos bailongos primitivos, Hasta es posible que hablara lunfardo con «La flor del Dios te libre», mientras se bajaban cañas y otras sustancias.
—Ah. ¡Eso es Borges! ¿No era que no leías ficción?
—Borges, es Borges. Y no es ficción. Es lo más parecido a la realidad que existe. Esas realidades de atmósfera concentrada que con tanta intensidad describe el maestro eran las frecuentadas por  Burton. Aunque no es posible que se encontraran. Él murió con el nacimiento del Biógrafo.
—¿Tiene muchas biografías?
—Varias. Pero hablaba del cine que es de 1890.
—Claro. Borges casi nació con el siglo veinte.
  —Literariamente podrías arreglarles una mesita a pie de pista del Oriental, querido en alguna de tus entradas.
—Una precuela. Un Oriental mas bravo e indómito, con peleas y cuchillos clavados por abajo de la mesa.  La barra de los Burton .Con Borges como el escritor inocente y casi provinciano con un puñal bajo la sisa del chaleco, Carriego ya avanzado en la tisis pero hábil con el revolver al estilo Doc Holiday versión Kirk Douglas y un personaje cómico aunque duro a la hora de despenar fulanos, alguien como Steve Buscemi en Cosas que hacer en Denver cuando uno esta muerto. Burton usaría un estoque metido en el bastón  o un machete y los cuatro irían en busca de milongas, peleas y amores con muchachas nobles y desvalidas. Hasta se podría hacer una película.
—No. Esos temas tuyos nunca venden amor.
—Jajaja. ¿Ves  como no hay que leer mucha ficción querida? A este muchacho se le va la cabeza.
—Por eso, entre otras cosas, lo quiero. Su imaginación y su poesía lo hacen único. Lo supe la primera vez que lo vi.
—Hay una película parecida. La adaptación de un libro de Herbert Asbury. por Scorsese. Ahí salen muchachas desvalidas, enfermas, muertas de hambre y otras más temibles. Es sabido que al hombre le encantaban los lupanares y ese entorno de rufianes y pandillas con bailongos fuleros. Como los que recrea Asbbury en Gangs de Nueva York  con Mag «La tirantes» haciendo de portera en alguna milonga no iban a pasar los vivos  de siempre diciendo «Sabes quien soy yo».
—Vi la película. No me gusto mucho.
—Normal. Hollywood tiende siempre a hacer nobles a  las gentes mas viles. Es un tema y un libro para mi admirado Peckinpah. Ashbury, retrataba a los rufianes y miserables casi como si fueran sujetos de estudio en un gran tratado antropológico. Mags la tirantes, según nos cuenta, era una tiparraca alta, que se sujetaba el vestido con unos tirantes, tenia una pistola al cinto y una porra en la muñeca. Si alguno se hacia el loco le daba con la porra y le arrancaba la oreja de un mordisco. Tenia una jarra con alcohol y las orejas en la barra. Aun así era menos terrible que otra célebre pandillera: Maggie Gato del infierno que usaba unas uñas de metal para destripar tipos en las batallas campales. Las bandas de ladrones, patoteros y asesinos que forjaron la primitiva metrópoli no hubieran prosperado sin el apoyo de los políticos. Una nación que lleva en sus orígenes esa impronta de malvivientes y pandilleros. Explica muchas cosas del mundo que dicen liderar. Asbury también cuenta otras cosas mas bien inverosímiles, amarillistas del estilo que inauguró el mas conocido asesino impune de la historia, Jack. La diversidad de visiones de un mismo hecho real hace que la historia sea siempre más interesante que la ficción.  ¡Si les contara algunos sitios donde he estado! No tan terribles como algunos donde anduvo el hombre, pero.....Recuerdo una milonga de trópicos que se llamaba Cuchipai. Una mala traducción del  lunfardo. Pasaba uno con un tacho de agua marronosa y si eras una persona tenida en aprecio o visitante ilustre te mojaban la cabeza con un cucharon. Más de una estrellita perdió los dientes ahí, por malinterpretar una norma de cortesía local. Y muchos salieron huyendo como pudieron de las palizas. Por eso hago mi Libro de las milonguillas. Para que no se den ese tipo de malentendidos culturales que muchas veces provocan el conflicto. Aunque las milongas en todo el mundo parecen iguales no lo son. En absoluto.
—Hablando de milongas infames. Nos encontramos con los muchachos con tu Stanley, Nimbes. ¡Que tipo desagradable!
—Amrico. Amrico. No. Quiero creer que no es ni será nunca como el inmundo Stanley.  De joven no era así. Fue un personaje querido en el ambiente. Alguna vez fuimos compañeros, los muchachos milongueros, jugadores y algo más. Cambió. Cambiamos.  Hubo... tuvimos serios encontronazos.
—Esa guía de las peores milongas...
—¡Era una buena idea! Se vendió  Él, no la guía. Mentiras, mentiras. Yo quise decirle. Nos fajamos en medio de la pista  una vez. Me da vergüenza decirlo.
—¿Qué pasó? Si eran íntimos tiene que haber pasado algo muy grave para que estén como están, enfrentados acérrimos.
—Cosas de la vida hijo. Yo... preferiría no hablar de ese tema. Me trae muchos malos recuerdos. Como dice mi amigo portugués el gran Taulo de Sardo que ha sido para mi como Yañes de Gomera «Tenho saudades do tempos mocos. Mais uma fez favor!».
— ¿Qué?
—Tengo nostalgias de los tiempos idos. Mais uma dicen en los bares portugueses cuando quieren otra de lo que sea que estén tomando. Yo hablo con fluidez e ignorancia varios idiomas querida. Eso también es Borges. Taulo fue uno de mis primeros cronistas ayudantes en festivales.  Le puse así porque tarda dos compases en llegar al que quiere pisar.  Estoy pensando mucho en el estos últimos días. Esta quietud me tiene un poco loco. Si quieren bajo a ver como esta todo, sacar la basura y comprar lo que haga falta.
—¿Es día de salir?
—Ya van cuatro dias de la ultima vez.
—¿En serio? No me daba cuenta...
—Por eso. ¿Qué traigo?
—Pollo, lentejas, papas, calabacines, harina y levadura para pizzas y tortas fritas que hace tiempo. Y si puede Clemencio también arena para Adolfito. Pero no se ponga en riesgo. Cátulo puede ir.
—No te preocupes querida. Necesito diez minutos de lejanía. Y fumar también. Lo más importante la arena para el dueño de casa. Se hace querer el canalla... Por cierto querida, ¿Adolfito se llama así por Becquer o por Bioy?
—Por ninguno de los dos. Cuando era chico tenia como un mechón en la cabeza muy particular. Ahora ya no. Llévese el barbijo y los guantes. Y cuídese.
—Si no se van a probar mas disfraces los guardo.
—Ya está. No se demore mucho Clemencio que ahora habrá más gente. Y lleve el móvil por cualquier cosa.
- Sí. Sí. Vengo ahora. El tiempo que me lleve comprar y un buen cigarro. Permiso hijos míos.
El ruido de la puerta cerrándose un poco más tarde nos resulta extraño. Nos damos esas caricias lascivas y cotidianas de amor casi de estreno, que no se dan si hay un tercero. Después de un largo rato sin palabras se oye un trueno.
—Espero que vuelva antes de las primeras gotas,
—¿Por qué se habrán peleado esos dos?  El vínculo de los compadres de milonga es fuerte.
—Una mujer. Una mujer, seguro.
—¿Vos decís que se pelearon por mi vieja?
—¡No seas pavote! Alguien de la milonga. Pero no le preguntes. No quiero que se sienta incomodo.
—Ahora vendrá disfrazado del Taulo de Sardo ese. Seguro que se llevó algún bigote para ponérselo en la escalera. Siempre hace algo así. Ya no sorprende.
—Bueno. Nosotros si podemos sorprenderlo disfrazándonos.  Yo me disfrazo de poeta romántico y vos de vieja tipo Terry Jones. ¿Que te parece?
—¡Buenisimo! no creo que se enoje si le saco algún complemento de la mochila, ¿no? ¡Si supiera que Adolfito duerme ahí!
Voy al pasillo. La mochila que se había transformado en parte de la casa, no esta.
—No. No. No. Otra vez. Y justo ahora.
—¿Qué pasa?
—Se fue con la mochila. Se... No va a volver.
—¿Se fue? ¿Por qué?
—No le gustan las despedidas. No le gusta mostrar sus emociones. Así se fue de casa cuando se separó de Mama. Es...es de esa manera.
—Pero... ¿Vendrá a la boda?
—Ojala pudiera decirte que sï. Pero no. Ya no.
Quiero salir a buscarlo pero sé que es tarde. La puerta se cerró detrás de él hace unos diez minutos. Poco después nos llega un mensaje a los dos por el móvil.
Hijos míos. Estos días juntos me han dado mucha felicidad y paz. Pero extraño el camino. Y aunque ahora no pueda emprender otra exploración debo volver a casa antes que la cosa se ponga más fulera. Y yo sentimental. Debo ocuparme de mis asuntos y mis afectos, que me esperan en Toulouse. Les doy un equivalente a mi bendición y mis sinceras gracias por todo. Cátulo sabe que no me gustan las despedidas. Si estoy por aquí cuando se casen es probable que me llegue a compartir el momento con ustedes. Quien sabe. Muchos cariños a Adolfito y que el azar nos sea favorable a todos, especialmente a ustedes que se quieren bien.
PD.: Entre Nimbes y yo hubo una disputa por el amor de una mujer.
 No. No fue tu madre, hijo querido.

PD.2. Si me olvide de algo háganlo suyo y disfrútenlo con alegría y sin vergüenza.
PD.3 :Los quiero.



La casa tiene ahora silencio de sobra. En la buhardilla, encima de la cama hay un estuche con dos anillos de boda y un par de pasajes ida y vuelta sin fecha a Istambul.