lunes, 1 de febrero de 2021

EN LOS DOMINIOS DEL NINFO DE TRASPIÉ Y EDDA MINOR (El Go de oro II)

DONDE SE HABLA DEL GO DE ORO - SOCIEDAD SECRETA MILONGUERA, EN UNA CARTA DE CLEMENCIO BERNAL A SU HIJO EL POETA CÁTULO BERNAL.

«Comenzamos el año lejos de casa, sin noticias del Go. Nuestros amigos anticuarios no han querido vernos. 

Al sur yendo hacia Narbonne y equivocando todos los caminos hay un faro y en él un hostal. Allí sabrán decirles. pero no intenten llegar, solo vayan. Nos han escrito por mensaje.

Así que hemos ido, errando y tomando los caminos más extraños, hasta qué, al llegar la noche y buscando un lugar donde dormir antes del toque de queda, hemos visto por fin un faro. En este lugar remoto —en el sentido de improbable— es lo único que conserva un colorido pintoresco a la orilla de una playa donde afloran costillas de oxido y naufragios. Sopla viento. Hay un anexo, un cercado donde se guardan sillas y mesas apiladas. El suelo es de tablas enceradas, en relativo buen estado, a pesar de la proximidad del agua. En la terraza al lado de las mesas y las sillas apiladas, vemos un cercado con tablas enceradas y en relativo buen estado, a pesar de la proximidad del mar: una pista de baile. El cartel en la entrada anuncia el nombre: Le milonguiere. El Ninfo de traspié y Edda Minor.  Y se ven los dibujos de un doble zapato y una runa. 

Hemos ido. Hemos llegado.

 Un mínimo canal sube desde la playa a una pequeña fuente, en la entrada. Al costado, el gel alcohólico y una botella, con un recipiente en el que hay copas descartables, de coñac. 

Haga buches con el agua de la fuente, quítese el sabor de la sal con nuestro brebaje y así estará protegido, anuncia una pequeña explicación escrita con florida caligrafía.

 Los dueños nos reciben, una vez que hemos cumplimos con las normas.  

—Sean bienvenidos. Hemos sabido que venían. 

 Son más jóvenes de lo que imaginábamos, aunque con la
 gravedad y el continente de quienes han visto muchos pasados de gloria aprovechando las noches que hemos perdido. Inevitablemente la pregunta nos lleva a que nos hablen de su apelativos.


— No son apodos. Me llamo así por herencia de mi madre, que siempre afirmó que era la ninfa de un pequeño lago. Traspié es el pueblito donde nací. No me gusta. Y tampoco al bailar. Bailo liso. Siempre es mejor.

—¿Y usted Edda?

— Gente galante que me ha visto  cuando estoy en la pista dice que cada uno de mis movimientos tiene la belleza de un poema y el acento cargado de aliteración, sin la gravedad de la Edda Poética o la Mayor. Pero eso dicen los abribocas. No tiene nada que ver con mi nombre. Soy Edda, Hija de Ramira Eufrates y Antonio Minor.

Nos acompañan a una pequeña sala con sofá y dos gatos albinos. En la mesa hay una bandeja con tostadas y pates, caseros. Una garrafa de agua y una botella de armañac. La casa está llena de muebles antigüos. No parecen restaurados.

 Hacemos libaciones, hablamos de esos grandes bailongos del pasado. La noche se llena de vivencias y recuerdos.  Taulo nos mete de lleno en el tema de nuestra búsqueda.  Como a partir de aquí las cosas se vuelven más raras es mejor que transcriba el dialogo y sus incidencias, Tal como lo recuerdo.»

 Mientras Nina trabaja en el escritorio y oficina virtual doy de comer a Adolfito y me reclino en el sofá dispuesto a leer. Tengo tiempo de terminar la carta, antes de mi clase online: Elementos fantásticos en las fábulas de los primeros milongueros.  Mi padre prosigue su relato con letra apretada.

»Antes de seguir, tienen que saber por qué a mi amigo le han apodado Taulo de Sardo. Cuando bebe nunca se emborracha. Le da por expresarse con parábolas. Parábolas que no tienen sentido. Es lo que sucede ahora, cuando después de limpiarse un trozo de tostada, Taulo dice sin venir a cuento:

—El Go de Oro es como el niño que dejó el sombrero en la tostadora para cambiarle el color. Y después lo tuvo que teñir con anti fuego claro.

Los anfitriones lo miran. Edda responde.

—Cautela. Cautela, pequeño. Uno no puede bailar sin pararse en el compás y escuchar antes la música. Aquí se quedan. Haré mis cosas. —La vemos levantarse y buscar algo en la habitación. Luego sale a la pista. Suena raro que utilice la palabra pequeño. Taulo es mas alto. Y parece mayor que Edda. ¿Nos engañan los sentidos?

El Ninfo se levanta  y cuelga sobre las ventanas unos saquitos color rojo.  Saca una botella de armañac y traza sin mirarnos unos símbolos que recuerdan al ocho. Luego dice: 

—Él … es como la alforja que se quedó vacía porque se le desparramaron todos los pasos por el camino. Y también como la joroba del pie de la mujer de la fuente, que robó una empanada en la tanda de Pugliese. 

Miro por la ventana. En la terraza hay una nota de blanco, Edda.  Apenas se la ve mientras baila siguiendo los compases de un vals inaudible. El Ninfo prosigue.

— Inciertos son sus orígenes. Su derrotero anónimo. Simbólico es su número: Dos veces ocho. la ebriedad infinita, el reflejo a la nada. Ocho parejas, su derrotero anónimo, una fantasía, un cuento de esos que se trasmiten de una generación a otra de milongueros. Un chiste prolongado. Ahora hablaremos desde el alcohol y el tropo. Edda no nos acompañará.

—¿Esta protegiéndonos con alguna danza? ¿Hay algo mágico en esos saquitos? 

—Edda se aburre fácilmente con mis historias. Y es la hora de su práctica. Se toma muy en serio el baile. Los saquitos nos protegen de las criaturas de la noche.

—Vampiros, entiendo...

—Mosquitos. A la orilla de este mar penoso hay mosquitos todo el año. ¿Un poco más de licor?

—Claro, Claro. Sirva más de este excelente néctar,  si es gustoso.

—El Go de Oro. Grupo secreto. Secta. Concilio. Sociedad en las sombras ¿Qué prefieren ustedes? La parte mal contada del chiste, el descarte, lo innecesario es lo que realmente se conoce del grupo. Los párrafos oblicuos, comas olvidadas en el discurso de algunos personajes secundarios, que se han considerado a sí propios iniciados en grupos paralelos, falsos.  El número de sus miembros es simbólico, invariable. Dos veces ocho: la ebriedad infinita, el reflejo y la nada. Ocho parejas. No se conoce sitio, ni emplazamiento. Los fabulistas sueltan algunos lugares emblemáticos que alimentan el comentario en esas noches de música aburrida. Muchos afirman sin basamento que el puesto es hereditario e intransferible o —y esto lo he oído muchas veces en el discurso de vino de gente más bien incrédula—, que siempre son la misma gente, que ha ganado la ansiada y mal interpretada inmortalidad, bailando una secuencia imposible. Esa secuencia nunca es igual, siempre diferente para cada uno de los Go. Porque los Go son auténticos. Odian la copia, la repetición y el paso sistematizado. 

En las milongas me he topado con aledaños Go, atraídos por la rareza de mi nombre. Esto me ha permitido conversar con patrimonios culturales vivientes de la milonga. Mi memoria mantiene intacta sus palabras y olvidó las caras. Cito textual.

"Solo entran al Go quienes se han desprendido de su envoltorio aparente y bailan tango en idioma de la creación. Cosa que nunca pasa, porque aunque manejan el lenguaje y la gramática, la pifian fiero cuando quieren pronunciar correctamente."

"Te vienen a buscar cuando tu técnica  es tan perfecta que se vuelve un error. Y te sacan todas las pavadas a ganchazos, pero imaginarios."

 "Organizan las mejores milongas de la clandestinidad y quien baila en sus pistas ya no puede bailar en ninguna milonga 'Normal'. También organizan las peores. Hay que cuidar el negocio." 

«Muchos pataduras de las milongas han ido desapareciendo, y esas desapariciones indirectamente atribuidas al Go, son producto de la torpeza o fortuitos accidentes conyugales. Sobre todo niños.»

 «Conozco un grupo de milongueros qué, entusiasmados por el baile, creían ser de la más alta condición. Se embarcaron un lunes buscando el Go de Oro o la tierra de los elfos. Lo que encontraran primero. Unos crédulos. La gente de hacienda los alcanzó antes.»

"El Go de Oro es una milonga con una pista cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El problema está en cómo llegar, sobre todo a la barra."

—El secreto, muchachos,  siempre alimenta la habladuría. Hay quien busca tesoros y quien cree que el universo es una retorcida broma que algunas sectas interpretan literalmente. No sabemos si no es el mismo Go quien habla a través de los comentarios de todos aquellos que lo buscan con obsesión. Se adivina un sesgo humorístico en todo el asunto. Un aire Go. Como sea, su influencia es para muchos una fuerza del bien y la belleza. Y para muchos más, una pista demasiado encerada.

—He oído que Gardel iba para Go.

—Y yo que Troilo tenia un bandoneón que antes fue uno de esos músicos del tango en los inicios. Y que hizo un pacto con los Go para tocar mejor. 

—¿Fue de un músico?

—No. No. El bandoneón era el músico. Hay gente que difunde esos cuentos como si los Go fueran una especie de hadas milongueras. Por eso no hay que hacer pactos con hadas. Cumplen literalmente. Gardel ya estaba en Go. En fin, sigo con la leyenda, según las recopilaciones  y los datos que tengo.

»A cada uno de los Go le corresponde un paso primigenio, una figura de incuestionable calidad y pureza, un atributo casi divino, digamos, por el que se los puede reconocer, si uno tiene la suerte de bailar en la descompostura. Esto, claro está, no sucede casi nunca. Hoy en día hay muy poca gente que baila así.  Mucha corrección y nada de baile. Todo presión y seriedad. Los Go aman la belleza del absurdo, como una parte fundamental de la existencia.  La influencia del Go en «nuestra» realidad siempre es un comentario jocoso al margen. Y esto es algo que nunca se ha entendido. Piensen que muchos milongueros del pasado tenían como objetivo principal alcanzar la extravagancia del Go y en una noche gloriosa verlos bailar una tanda entera. Eso no era posible. No lo es. Los Go no bailan juntos. Están dispersos por el mundo, casi fuera del mundo. Y,  al no tomarse en serio mantienen viva su esencia. Por eso es tan difícil encontrarlos. Siempre se tiende, en todos los haceres cotidianos a buscar la trascendencia. Se hace por perdurar. No por hacer. Go, al contrario, no ejerce ningún control consciente sobre el hecho y el decurso. La historia de la milonga no les interesa. Su gloria es el ridículo. 

 —¿ Por qué se llaman Go de Oro? —pregunta Taulo. El último trozo de una galleta asoma por sus labios.

—Go es otro chiste. De su estilo...

La puerta se abre, los gatos se pierden en la oscuridad. Edda Minor deja unos zapatos de baile en la puerta y se calza unas pantuflas.

—Bueno, ya está. La noche se está yendo. Me cansé. Espero que este viejo bobo no los haya aburrido mucho con su charla. Es una lástima que no puedan quedarse. No pasen por el pueblo. No hablen con nadie, sería ganar tiempo. Si ven a Vindo y Druda ni se les ocurra saludarlos. Son muy pesados. Hola Milord. ¡Hola, he dicho! ¡Y aquí se acaba la vuelta de la calesita tuerta! Lleven agüita nuestra. Es curativa de verdad. No como la otra. 

Ninfo nos da una caramañola con agua de la fuente y nos acompaña hasta la puerta, rogándonos que saludemos a los anticuarios, de su parte. Luego cierra con llave. Mientras vamos hasta el coche vemos que el faro, que al llegar nos parecía casi nuevo, tiene manchas de moho y humedad. No se ve luz dentro.

—¿Qué acaba de pasar?

—¡Yo que sé! Será una costumbre o un chiste... 

— ¿Con qué nos quedamos? ¿Con la magia y las hadas o la broma?

—Como decían en las milongas: Nos quedamos con Pugliese. Y la resaca.

En el asiento trasero del coche hay una botella de armañac y una nota, con la misma letra del cartel de bienvenida: Sigan adelante o atrás. Pero sin pretensiones, sin seriedad. Muchas gracias por la compañía y por la amable dedicatoria en el libro. Lo hemos leído y con atención disfrutaremos. Abrazo milonguero del Ninfo y Edda.

Nos ponemos en marcha. Por un momento parece que atardece. Mientras nos alejamos busco en mi chaqueta. En algún momento de la noche fue mi intención dedicarles un ejemplar de mi Libro de las milonguillas, que olvidé dejarles.

En su lugar hay una ficha de casino con ribetes dorados y un número: 50.

 Debe ser el coñac.»

NOTA POST SCRIPTUM: Esta entrada reproduce la carta que Clemencio nos mandó hace una semana. El mismo día de la publicación, de madrugada nos despertó a Nina y a mí el insistente pitido del móvil. Era una llamada vía wasap desde Francia. Una mujer qué, al borde del ataque nervioso se identificó como Celia, la pareja de Clemencio. Me dijo entre sollozos  que papá le había mandado algunos mensajes avisándole que volvía esa noche y sugiriéndole amablemente que le tuviera listo un Cassoulet, su plato preferido. Hasta hoy no hay noticias ni mensajes de Clemencio y su compañero, Taulo. Han desaparecido buscando el G de O(temo nombrarlo). El guiso se enfría en la mesa de la cocina, allí en Toulousse. Y yo, me preparo, con la comprensión de Nina y las medidas de prevención y cuidado correspondientes, a buscar a mi padre, solo o con alguno de los muchachos Lusiardianos. 

De Momento no puedo decir ni escribir nada más. Sepan ustedes disculpar y esperen novedades.

 

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