martes, 7 de septiembre de 2021

ANDANZAS EN COLOR CIELO (FESTIVALEANDO EN COSTA BRAVA)por Cátulo Bernal


El mensaje de Damián era escueto: «Hola, Hola, ¿vas a San Feliú?»
Como pluma visible del blog, había decidido darme una vuelta por el festival Color cielo, después de algunas fallidas circunstancias personales que me impidieron asistir otros años. Los CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS —donde duermen algunos de mis versos— merecían el escaparate de un festival, ahora que, tímidamente vamos dejando atrás la pesadilla pandémica. El Domingo, con el asado milonguero era un buen día para llegar, pero las sabias palabras de Nina urgiéndome para que estuviera allí en los días principales me llevaron a indagar los planes del amigazo. Lo sabía ganador del Full Pass Color cielo en la Sagrada Milonga, y como no es hombre que desdeñe ninguna ocasión de asado y milongueo, supuse que ya habría reservado hotel para los días principales. Y que su pareja no estaba muy entusiasmada con la aventura(de ahí la pregunta, el disparador, el macguffin, un lunes por la tarde). Un cruce de mensajes y la consulta pertinente al amigazo Gabi Soda, director del encuentro(las cuestiones de aforo y lugar son de máxima importancia en este ahora nuestro) decidieron el resto. 
Llegamos el viernes a las cinco de la tarde a la Costa brava, para milonguear y dar cima a un verano en que las milongas al aire libre se han llenado de bailarines entusiastas, deseosos de dejar atrás el claustro y el encierro. 

A lo largo de los años, con tanta crónica y bailongos a la espalda he aprendido algunos pasos, algunas normas básicas de milonguero de festivales, que pongo aquí, como un servicio a la comunidad.
1- Si pagó el abono completo es conveniente que llegue un día antes para disfrutar el lugar sin presión, hacer vida de bacán turista y descubrir la gastronomía local, que no podrá paladear con calma cuando tenga la pista de la milonga en la mente. Si es su caso, llegue a la mañana, disfrute el mediodía y haga contacto con los primeros bailarines ansiosos. Son pocos, pero el tipo de relación que se da en el primer día suele cimentar relaciones que duran toda la vida festivalera.

2 - Si viene de excursión milonguera por el fin de semana, llegar a la misma hora en que comienza la milonga de la tarde del segundo día, con la cosa asentada y rodando, es importante para catar el ambiente del festival, aunque no se recomienda saltar a la pista con las maletas, bolsos de viajes y otros enseres, sin haber pasado antes por el hotel, alojamiento o predio de pernocte. Se han dado casos de gentes desesperadas por bailar qué, en un frenesí Darienziano han perdido todas sus pertenencias por descuido propio y/o robo, arruinando sus mini vacaciones de tango. Repose, haga sus abluciones, estudie los gadgets de su habitación, sáquese el marasmo del trabajo y el viaje y luego, más tranquilo, acérquese a la locación milonguera más cercana, con un estilo informal, amigable. Las caras conocidas lo recibirán con regocijo y las desconocidas dirán «¿quien o quienes son esos cosos con cara de galán de cine?»(o de payaso, según y como lo consideren). Identifíquese y acredítese. Así, si por algún error burocrático no figura en la lista o tienen que ponerle la pulsera FULLPASS del poder, no se perderá esas milongas de Biagi que tanto le gustan. Si baila, no baile más de dos tandas, en chancletas(al elegante croto), para probar el suelo y la resistencia a los materiales. Más tandas pueden provocarle problemas ulteriores.  Y ya tendrá tiempo de bailar por la noche, sin exigir demasiado a su cuerpo. Mejor converse, confraternice, tal y como hicimos con Damián con principales de la talla de Lucrecia, Mara, Paula, Jordi, Alberto, Eddy, Graciela y Osvaldo, el mismo director Sodini, y algunos más de las comarcas vecinas, inevitables en los encuentros pre pandémicos. 
Apéndice al punto 2: Si viene solo al asado que no se note tanto. No ponga en la bolsa de zapatos los cubiertos forjados a mano con mango de marfil para asadear de picnic. Sáquese el sombrero gauchesco al entrar a cualquier lugar cubierto. Haga gastos de energías bailando al menos cuatro o cinco tandas. Esto lo escribo porque con la pandemia la necesidad de la comida colectiva se ha disparado y muchos aprovechan cualquier ocasión para desfogarse de bailes y —sobre todo— comidas perdidas.
Debo ser fiel al recuerdo —aunque falso—, a la vivencia tal y como la interpreté en la noche calurosa, acaso espoleado por alguna cerveza imaginaria de más. Entre los numerosos asistentes me pareció descubrir alguno venido de muy lejos con más ínfula de gaucho que de tanguero. Al sol alto aún de la tarde pude verlo saltar de la pista y correr hacia el tranquilo mar interno de San Feliu con un pantalón bombacho impermeable. Llevaba, como los guerreros de antaño, la redonda tabla de cortar a la espalda y cuchillo y tenedor cruzados, prestos.  Un hombre preparado. No llegamos a saber su nombre, pero lo apodamos cariñosamente Paisano Dimitri. 
3 - Procure que el lugar donde va a alojarse esté muy cerca de la sede del evento y del centro de la población. Que sus desplazamientos no impliquen el concurso de un coche. Lo que parece un pueblo fantasma en las primeras horas del fin de semana(tal como nos pareció cuando deambulando buscábamos algún sitio para cenar), suele llenarse de gente y transito hasta tal punto, que cualquier andanza será un engorro y un quebranto para sus nervios. Los paseos por el pueblo con la ropa de gala son relajantes y no cuestan nada, siempre y cuando sean en distancia corta. Llegar a la milonga festival cansado por una caminata de tres horas no es plan. Y si abusa de alcoholes y licores(clandestinos o imaginarios, mientras no haya protocolo en esta situación excepcional) durante la milonga puede que no vuelva nunca al hotel y a la mañana despierte a punto de ebullición en un predio baldío.

3(B)- Cene temprano, antes de ducharse y prepararse para milonguear. De ser posible entre las siete y las ocho, cuando la jauría turística aún está despidiéndose del mar y de la arena. Si comete el error de salir a cenar más tarde, ocho y media por ejemplo, no encontrará sitio, cenará a disgusto y apurado, pensando en llegar a la milonga contra reloj, a riesgo de sufrir malas digestiones. Si no quiere cenar antes de milonguear, tenga la previsión de comprar vituallas comestibles en algún mercado, para después. Si la milonga cierra a las 12 y media le quedará mucha noche por delante sin bares, boliches ni establecimientos que apaguen su hambre y su sed. A no ser que esté en Tokio, donde en cada calle hay maquinas automáticas de comida y bebida.
4 -Llegue temprano, aproveche cada tango como si fuera el último. Pruebe la pista y entre en confianza con el personal festivalero. Las noches que nos tocan vivir en estos tiempos, son más cortas que aquellas en que derrochábamos horas con despreocupación(una cualidad irritante del tiempo, en general) Ahora la milonga comienza y termina más pronto por las restricciones. Eso de llegar tarde y medio ebrio a la milonga no resulta en estos meses. Cualquier demora le impedirá disfrutar de tandas y abrazos que se le clavaran como reproches más tarde, cuando su talante y condición no coincida con la de aquellos que han venido al comienzo de la noche, que tienen los mejores lugares, como es lógico.
5- Tenga siempre a mano un dispensador de bebidas clandestinas(o imaginarias) una mano amiga preocupada pro su bienestar. En cualquier festival es importante la hidratación, cierta leve confusión de los sentidos, moderada(que no le provoque trastornos como a mi me ocurrió en Sigtes, años ha) que le permita ver el lado bueno de las cosas.
6 - Disfrute el lugar y el entorno. Haga vida de turista bacán, acorde con sus posibilidades, sin exigir, ni exigirse demasiado. Usted ha venido a distenderse.
Y eso, mis querides, es lo que hicimos con Damián. Sin ninguna prisa nos pulimos unas tapas en un bar cercano, de cara al mar, observando el movimiento de las gentes, su afán por ser felices, sus peleas y sus desencuentros. Las corridas confusas en compás de Dimitri y algunos más.. Y luego de ducharnos, de caminar tranquilos por el paseo central, que ya se llenaba de comensales hambrientos, llegamos a la carpa del encuentro, conseguimos una mesa cerca del escenario para poner los CUENTOS DE ,MILONGA Y MADRUGADAS  en lugar de privilegio y observamos sin prisas como Eddy, el musicalizador inicial de la milonga bajaba la palanca para hacer sonar la primera tanda. 
Y así comenzó la noche del viernes. Notamos que la mayoría de los tempraneros y milongueros de jueves estaban en las mesas de afuera, entre la carpa y la reja que separaba playa y evento. Si no hubiera sido por los libros, de buena gana nos hubiéramos quedado allí, por la circulación de aire y la vista. 
Tampoco se puede tener todo.
Bailamos. Siempre bailamos. Las muchachas desconocidas pensaban que éramos taxis del festival. Pero no.  Atrás han quedado aquellos años. Supongo que es la misma misteriosa fuerza que siempre nos ha impulsado al Pibe Pergamino y a mí, la elemental pulsión del baile y la supervivencia, ese orgullo compartido con los grandes milongueros: Estar. Estar en la pista.
Bailamos, saludamos, fuimos a buscar la rubia cerveza del pescador de  Schiltigheim, como canta Cedrón, musicalizando a Gonzales Tuñón, a un bar vecino(Esa noche no había aguateros, ni cerveceros clandestinos, imaginarios).
  Se vino la exhibición con Graciela y Osvaldo. Buena, inmensa. ¿A esta altura del partido no saben que son los canyengueros principales de Barcelona y zona de influencias?


Todo era felicidad, flores, jolgorio y reencuentro. Pero.
Pero. ¡Ay de los mortales! Las fuerzas del destino se ceban siempre en la alegría. 
La muchedumbre paseandera, ajena a las cuestiones del tango(pero no inmune a la belleza del movimiento) se agolpaba tras las rejas, tapando con sus despreocupados ocios la visión del mar.   ¿Quién iba a pensar que este hecho fortuito, mínimo, iba a repercutir sobre el desarrollo de la noche, de los eventos posteriores?¿Quién conoce los desvelos, los amargos sinsabores, la contramarcha que aquieta el «podemos» planificado con tanta antelación del organizador a caballo de la incertidumbre, el vaivén, la tremenda fuerza del hecho sanitario cotidiano?
Vinieron los anuncios. Gabi y Teresa, con la voz compungida soltaron la descarga de mensajes traidores. Aquellos despreocupados transeúntes que nos miraban bailar vulneraban con su aglomeración las medidas preventivas instituidas por el ayuntamiento. En consecuencia la carpa del amor, así bautizada en honor a una mala serie de películas de verano(donde nunca faltaba el cantor de moda), la carpa con tanto esfuerzo montada, con el correcto suelo, los focos, el generador, la carpa de los dos primeros días iba a morir el mismo viernes. El sábado y el domingo la milonga se haría en La Corxera, un polideportivo cerrado, más espacioso, al amparo de las mayorías ociosas. 
La segunda andanada nos dio de lleno en el vientre. Con la voz firme se anunció que tampoco habría —por esos mismos preventivos motivos— asado milonguero de la confraternidad y la camaradería. 
Con Damián miramos a aquel personaje gauchesco, Dimitri, con su camisa roja, su pañuelo morado, sus pantalones anchos, su sombrero quijotesco en el que se acumulaban las hojas de los árboles que amparaban las mesas. Las palabras penetraron lentas en su mente. Pensé en Nina, sin cuyo concurso yo mismo habría llegado a un asado inexistente, imaginario. Dimitri se sacó el sombrero con mano temblorosa y aun con la tabla y el cubierto en ristre, a modo de inservible escudo, abandonó despacio la noche, el festival.
«Si supieran cuantas veces me he quedado sin bailar, sin milonga en todos estos años» apuntó el infaltable venerable anciano que se las sabe todas «no se quejarían tanto».
Le dimos la razón.
 La noche era corta. Las ansias muchas. 
Envolvimos en la cincha del poncho pampa los recuerdos, las emociones. A pesar de todo estábamos aquí. Estábamos bailando. Por los que no podían, por los que no estaban. Lugares, milongas, festivales, personas. Bailábamos. Y eso era lo importante.
A las doce y media, casi como en el cuento de la cenicienta, terminó la milonga, para bien de mis pies desacostumbrados a tanto ajetreo. Nos fuimos caminando al hotel sin sospechar que las juventudes ansiosas estaban montando un after.
Eran otras las épocas en que mirábamos sin pestañear el alba, el amanecer.
En todo festival hay quien baila hasta ultima hora, y al otro día, casi sin desayunar toma clases con los maestros. Mientras Lucila Cionci y Joe Corbata empleaban su buen hacer para enseñar a aquellos que aprovechan el tiempo y la sabiduría, nosotros, que nunca hemos sido de esa notable raza, nos levantamos sin prisa, desayunamos con calma, dejamos atrás las concurridas playas del centro y caminamos por sendas agrestes buscando calas accesible donde remojar el esbelto del pasado con una cerveza en mano. Pasamos por un embarcadero de yates donde ricos decrépitos tomaban sol y aireaban sus desdichas. Dejamos correr el tiempo como la arena de la playa en las chancletas. Y cuando tuvimos hambre después de tanto recorrido vimos con agrado qué,  el CASINO LA CONSTANCIA, edificio y restaurante de singular arquitectura, estaba abierto. Nos acercamos a la carta, al menú. No nos íbamos a ir de Sant Felíu sin probar una buena cazuela de pescados y mariscos, como mandan los gustos. Así que pedimos un par de copas de blanco vino fresco y bajo la sombra de arboles añosos comimos con fritura de pescado y mejillones. 
A falta de asado buenos son los peixos

Una pequeña siesta y luego a la matiné con los inevitables encuentros con la milongueridad de Barcelona, probar el suelo de la nueva locación: un polideportivo con el suelo de parquet, mesas y la presencia de los entusiastas. 
La luz del día entraba por los ventanales con las primeras tandas. La fresca brisa del verano por las puertas abiertas. De cinco a siete nos empleamos con todo, en una pista llena, pero amable. Mara, Lucrecia, Patricia, Paula, Alberto, Mariano, Jordi, todos los infaltables se quedaron hasta las ocho mientras volvíamos con Damián  al paseo, a cenar. Vimos una Pizzería con todas las mesas vacías, pero reservadas. Por lo temprano de la hora y la lisonja a la dueña pudimos comer casi sin compañía ni ruidos mirando el mar. 
Cenar temprano, recuérdenlo.
La noche principal la reseño como en ráfagas. Como tandas de Fresedo que se pierden fantasmales en la inmensidad del espacio. El sitio, iluminado por los focos, me hizo acordar a la pista de Tarbes, sin sus inconscientes asistentes. No se reportaron choques, contratiempos ni bandazos. Todos querían bailar. Todos disfrutaban con la música de Gabi, con la compañía, la conversación. En el aire se materializaban las bebidas(ensoñadas, como en algunos cuentos de Poe, gracias a la atenta disposición de la mano amiga, salvadora). En la pista las ansias, los encuentros postergados, las caminatas ajenas a la prisión de la sala de casa. 

Bailaron Lucila y Joe. Si los ven anunciados, por favor, vayan a disfrutarlos. Ver los movimientos de Lucila es como intuir el planeo de una pluma surcando diferentes cualidades del aire sin perder su cualidad etérea, elegante. 
La noche se llenó después, como siempre(como antes) de virtuosos. 


Cuando bailan los grandes (Y en Costa Brava bailaron cuatro y los cuatro viven en Barcelona, para nuestra ventura) el milonguero se entusiasma, busca en su movimiento, en su cansancio, aquello que lo eleva. El  abrazo que calma su pavor y su sino.  
Bailar. Recuérdenlo. Es lo que importa. 
Hacer frente al contratiempo con el abrazo firme y el horizonte despejado.
Hasta el final aguantaron mis pies, como pudieron. Se anunció la milonga matiné al otro día, un picnic milonguero. Volvimos cansados, felices de nuestra última noche en el festival mientras las juventudes se iban a bailar a una cala hasta las tres y media de la mañana.
Quedaba un día pero nuestra cuota de baile y anhelos satisfechos ya había sido cubierta. 
Volví liviano de baile y con menos CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS(alguno quedó
de regalo para las autoridades de la ciudad, que tan bien nos había acogido).
Estuve por fin en COLOR CIELO. Espero repetir el año que viene. 



martes, 3 de agosto de 2021

SERES MÍTICOS DE LA MILONGA: EL «MIL CARAS»

 Entre los seres que pueblan la imaginería popular milonguera destaca uno que suele manifestarse en aquellos festivales o maratones con profesores de renombre y pocos hombres entre aquellos apuntados a las clases matutinas. Se le conoce vulgarmente como Mil caras, por su apariencia multiforme y unas horrendas gafas de carey que ocultan sus ojos y provocan pesadillas en las muchachas extranjeras sin pareja.
Su comportamiento se describe como Síndrome del milonguero editado. Veamos algunas de sus características.

Se trata de uno o varios sujetos que se autodenominan «expertos» por acumulación de clases en encuentros veraniegos. El tipo de «bailarines» que no aprovechan ningún saber ni desdeñan jamás la ultima copa en esos disputados encuentros de verano en los que requieran servicios tempraneros como taxis de favor o a bajo costo. 
Suelen ser correctos en la primera hora del primer día del festival y a medida que avanzan las noches, las copas, el jolgorio, el descontrol y la resaca se manifiestan con otras apariencias e incluso otras formas de bailar, casi todas llenas de manierismos y marcas bruscas. Las muchachas extranjeras, sus víctimas habituales, solo recuerdan de su apariencia unas inmensas gafas de carey con el cristal ahumado, que suelen traer a pares, para prestar a conocidos o víctimas solícitas que caen bajo su influjo y se prestan a suplantarlo gustosos  mientras este ser duerme tranquilamente su resaca hasta la última media hora de la clase, momento en que —previo convenio con el falso que toma la clase—, aparece para la foto grupal, con otra vestimenta, como es lógico. 
Si le preguntan dice haberse cambiado en el baño por culpa del sudor.  
Luego de la comida, embotado aún por el exceso, se hace condensar la clase y la figura por el amigo o persona bajo su influencia, pidiendo un resumen, un editado del saber de los maestros, que completa con su propia nublazón mental.
En cualquier foto grupal, en cualquier grupo donde se vea gente de nivel y calidad siempre aparecen las gafas que causan pesadillas. Mil caras está ahí, una figura ostentosa, amenazante que desplaza a la pista un surtido repertorio de malas posturas, vicios y defectos, campando a sus anchas por la ronda, ya sin gafas, ajeno a la labor que le ha encomendado el organizador ingenuo, labor que delega en aquellos seducidos por su influjo, que toman y le cuentan las clases.
Se sabe de Mil caras, con el síndrome muy avanzado, que han puesto academia y han enseñado con el aval de los diplomas de asistencia a Masterclass o las fotos de grupo, colgadas en la pared de la habitación que usan como aula. Y también de algunos que cuelgan en sus redes vídeos de exhibición perfectamente coreografiados por el dedo y la pericia de un sabio multimedia. 
Sus alumnos(otras víctimas) solo sacan de su paso por el tango una buena foto grupal en la que destacan las gafas de carey en brillo satinado,  en la primera o la segunda clase, antes del desengaño.
Y si bien la marea de los buenos docentes lava con creces la labor de los Mil Caras, hay veces en que se ve en la ronda alguna pareja tirando al aire tangos sin alma que son como los editados de promoción de su maestro, ese mítico y repulsivo ser con gafas de carey.

miércoles, 17 de marzo de 2021

¿CÓMO DEFINIRÍA EL TANGO BAILADO A ALGUIEN QUE ACABA DE LLEGAR AL PLANETA?

 —¿Cómo definiría el tango bailado a alguien que acaba de llegar al planeta?

—¿Porqué haría eso?

—Digamos que es una suposición, un caso hipotético. Sígame el juego, ¿Cómo le definiría una milonga a alguien que acaba de llegar al planeta?

—¿Se refiere a un bebé? No tendría ya bastante con todas esas cosas raras del nacer en el primer día?

—Un ser, una entidad. Elija la etiqueta que más le guste ¿Cómo se lo explicaría a alguien que no conociera el tango bailado?

—¿Es por una inquietud filosófica, una duda religiosa, un desvelo? ¿Tal vez un enamoramiento, un emprendimiento comercial, para vender algo? Es que depende para qué le contesto.

—Al caso es lo de menos.

—Eso lo dice usted que es joven y anda entrevistando gentes cuando debería bailar. Pero no es lo mismo. 

— Hablo de una persona recién aterrizada en el planeta tierra.

—¿Persona? según lo que estoy entendiendo persona es mucho, o poco suponer, como se mire. No es lo mismo explicarle el tango a un visitante ligeramente antropomorfo, o poner en antecedentes a uno de esos Jesúses instantáneos de corporeidad milagrosa, que ya vienen hechos.

—No entiendo.

—Si, si. Uno de esos mesías que nacen de la noche a la mañana para motivar a la humanidad en esos programas de autoayuda de madrugada  ¿O esta aparición es un arribado de los intangibles del más allá y otros derivados o posos de la credulidad general, como los ángeles, los serafines, los arcángeles y por contra la realeza de la mugre infernal? ¿Es acaso una de esas luminiscencias angelicales o virginales que exigen construcciones de templos, y que siempre se aparecen a los hijos de albañiles o arquitectos en parcelas públicas?

—Olvídese de las cuestiones religioso-filosóficas. Es un extraterrestre, un alienígena.

— ¿Hablamos de una visita de Mercurio? ¿Del desgraciado y reestablecido planeta con problemas de identidad, Plutón, tal vez? 

—Espere. Voy a tratar de planteárselo en forma de situación. Imagine que usted está por la carretera. Conduciendo, de noche después de un largo día de trabajo a la milonga.

—Es que no conduzco. No desde aquella vez en que...Y ahora las milongas se hacen en horario de tarde.

—Da igual. Como está cerca de su trabajo va caminando, con la bolsita de zapatos al hombro por una de esas calles en donde nunca se ve gente, para cortar camino. 

—¿Con la de malandras y endrogadictos que andan en esas calles? ¡Ni loco! Además me pueden robar un órgano —de los corporales— o inyectarme cosas, como en las películas de antes.

—Va por un barrio tranquilo, residencial, sin elementos maleantes a la vista. Antes o después de la pandemia. Eso no importa. ¿Me sigue? Y justo delante suyo, en uno de esos descampados de suburbio acomodado, ve bajar una nave, el típico plato volador. 

—¡Pero esa tecnología ya está vieja, hasta en las películas! ¿Quién usaría hoy en día un plato volador? 

— Una nave. La que quiera. Con la forma que quiera. Se abre una portezuela, una escotilla, usted ve una luz intensa.

—Como de unos ocho o nueve leds de los buenos.

—Si. Eso mismo. Y bajan dos seres...

—Uy...No, no. ¡Que miedo...!

—Dos seres con la sonrisa dibujada en el rostro, los ojos inteligentes y la expresión amable y empática. Enseguida, usted comprende que no representan una amenaza.

—Eso son los peores, como un amigo que tuve, que me gancheaba de atrás. ¿Cómo sé que no me van a abducir, no me van a enchufar nada en el cerebro ni hacer pruebas raras para dejarme abandonado en el mismo descampado como en el cuento del borracho y la botella de vino blanco?

—¿El qué? Mejor no pregunto. Se ve en la intención al malo. Los malos prenden la aspiradora de la nave y lo chupan. Estos no. Son dos extraterrestres sin inquietudes científicas, que, permítame la licencia poética, se subieron a la nave en Próxima Centauri, con ganas de explorar nuevos mundos y después de un vagabundeo agradable acabaron en la tierra, justo delante suyo, que está ahí parado como un pavote, con la bolsita de zapatos al hombro.

— O Se han escapado.

—¿Qué?

—Seguro son extraterrestres confianzudos adolescentes que pensaron «Fin de semana, Slub. Siempre lo mismo Dejjbr. ¿Qué hacemos?» Y no se les ocurrió mejor idea que robarle la nave al viejo alienígena y venir a molestarme a mi, que iba caminando tranquilo a la milonga, con la intención de bailarme unos D´Arienzos de mi flor. Haberse quedado en Prrwulll.

—Era Próxima Centauri.

—Para nosotros. Para ellos es el planeta Prrwulll. Un gigante gaseoso, jaja. ¿Entiende el chiste?

—Bueno, si le ayuda... Y luego de un largo viaje ven esta bola verdeazulomarronada que es nuestro hogar y bajan (por casualidad)  ahí en el descampado.

—Al lado del altarcito donde próximamente los constructores impulsados por la fe (en el dinero) comenzarán a construir un templo turístico y se llenara de gente y habrá vendedores de empanadas, vino y estampitas. Negocio para todos. Como los supermercados de Lourdes. 

—Eso. Y al abrir la escotilla...

—Con los ocho leds.

—Con los ocho leds, lo ven a usted, con la cara de asombro. Y  le mandan un mensaje. Le dicen telepáticamente...

—Ahí le pifió. ¿Qué sentido tiene preguntar si usan telepatía? ¡Me roban los pensamientos y ya está! 

—Tiene razón. Estos traen un conversor idiomático universal. De la teletienda alienígena o lo que sea. Y con su trato afable y bonachón le dicen con perfecta dicción: Hola ¿Qué tal, amigo desconocido?

—¿Amigo desconocido? 

—Son extraterrestres confianzudos, como dice usted, pero no tanto. 

—Sí, porque si me dicen, amigo, como algunos elementos del bandolerismo urbano,  salgo corriendo. Seguro me van a robar, o meter la vacuna cinco Ges.

—Amigo desconocido, que es lo que les traduce el aparato. Y le preguntan: ¿Dónde va? Y usted les contesta: Voy a la milonga. Y  ellos le contestan —y ese es el punto de partida de la pregunta que intento que me responda desde hace rato—: ¿Y eso que es?

—Ah. Y ahí le tengo que contestar, claro. Bueno, yo les digo, por ejemplo: «Es un lugar pulenta donde bailamos las mejores orquestas tangueras enlatadas o en vivo, nos encontramos con otras gentes que tienen la misma ansiedad por bailar que nosotros y entre tanda y tanda nos abrazamos y nos mantenemos vivos bailando al compás de un tango querendón.»

— ¿Y usted piensa que con esto que acaba de decir lo van a entender con su traductor de Teletienda?

— ¿Y porque no?

— «Pulenta: no se han encontrado resultados. pruebe con polenta: Alimento preparado en base a...»/ «enlatado: procedimiento por el cual se conservan mayorit...» 

—...

—¡Es un traductor interestelar estándar! ¡No le cargaron el lunfardo, ni su variante, el lunfardo gagá! Y no llego a lo última parte de su respuesta, cuando usted dice «Nos mantenemos vivos bailando al compás de un tango querendón» Es un punto de vista suyo.

—¡Y Claro! Pero así es todo con el tango y la milonga. 

—Piénselo desde el punto de vista extraterrestre. Ellos se mirarían y pensarían: ¿Es que estos seres nativos están en situación de extinción vital y el tango querendón(no se han encontrado resultados) ese que dicen es una sustancia medicinal indispensable para la supervivencia? Puede ser...no se le ve mucha salud, y parece por su vestido que está consumiendo sus últimas reservas de energía.

—No hace falta ofender. Entiendo. Entonces ¿Qué les diría, parado en medio de esa calle del barrio? 

— ¿Qué diría?

—«Amigos desconocidos de las estrellas, ilustres visitantes de este humilde rincón de la galaxia, la milonga es un lugar donde se efectúa una actividad de ocio, con indudables beneficios espirituales y físicos para quien lo practica, además de tener un alto contenido emocional y colectivo que, en las mejores noches, se traslada a todos los que están en el salón. La milonga es un sitio donde la gente va a encontrarse, a relajarse después de un día o una semana ajetreada. Hay un espacio, generalmente en el centro, donde la gente se abraza bailando tango, vals o milonga. En algún lugar hay una barra, un sitio donde se pueden adquirir y consumir bebidas y espirituosos, alimentos autóctonos caseros y consejos. Y también hay mesas y sillas con manteles y velitas, donde la gente que no baila comenta y admira la destreza de los bailarines. 

—Pare, Pare. Parece un folleto de medicamentos. El traductor está teniendo problemas y los extraterrestres no se enteran. ¿Actividad de Ocio? ¿Se abrazan bailando tango? Haga de cuenta que les está explicando a los extraterrestres una película sobre la milonga. Se lo pregunto como extraterrestre: ¿Qué es una milonga? Y no meta a Milonga del 900 en esto. 

—Ya. ¿Pero, puedo ponerle banda sonora? Es para que quede mejor.

—Puede.

—Ahí va. La parte instrumental de La melodía del corazón, Donato, en una versión para 100 músicos. Yo estoy parado en el medio de la calle, casi como el David de Miguel Ángel, con la actitud de un gran orador o poeta de la antigüedad ante un anfiteatro imponente.

—¿Tiene que ser así?

—¡Por supuesto! Es que en ese momento soy un representante de la humanidad toda.

— ...

 —Es algo histórico, aunque intimo también. Es como si lo estuviera viendo: Solo ante la oscuridad de la noche, el espacio infinito, la luz de veinte leds. Y yo con mi voz finita y carrasposa que de pronto se va aclarando como la de Sarita Montiel en La Violetera o Hugo del Carril en La vida es un tango, cuando canta a dúo con Sabina Olmos Aquel Tapado de armiño. La voz, envalentonada, se vuelve estentórea, un torbellino que batalla, como esos que van a una batalla con miedo y al final encuentran el valor en su interior.  Y...

— ¿Está lagrimeando?

—Es que me emociono. Escuche, Escuche: 

«Amigos desconocidos del Cosmos. Voy a la milonga. ¿Qué es? Preguntaran ustedes con su extraña mente que viene de allá lejos. La Milonga...no puedo describirla sin pensar en todas esas noches pasadas, perdidas y recordadas. En todos los tangos que he bailado, como si no hubiera más que el tango y la intima comunión entre mi compañera y yo. Imaginen ustedes, el más sagrado vínculo profano entre dos que se encuentran y siguiendo con su alma la música de un tango, sienten y experimentan con el corazón los asuntos de la vida y la muerte, el amor, la traición, el paso del tiempo y todas esas cosas que aquejan, acongojan y ensalzan a la especie habitante de este humilde rincón del universo. Imaginen la ronda, con su escaparate de emociones, frustraciones y sentires. Y el ágora de mesas, donde el que no baila se sienta a ver la vida con una copa de vino en la mano y a discutirla con filosofía. La milonga, mis amigos desconocidos extraterrestres, es un mundo y el tango un misterio que no se puede comprender»

—Muy emotivo. Pero no me contesta la cuestión principal: ¿Cómo definiría el tango bailado?

—¿Con lo bien que estoy haciendo el papel de embajador terráqueo me hace cambiar de película? 

—Es que sigue yéndose por las ramas. Suponga algo más comprensible, menos sentimental. Trasmítame un mensaje claro, con la misma o parecida situación.

—A ver...Ya que estamos suponiendo ¿podría ser que uno de los alienígenas extraterrestres confianzudos fuera del sexo femenino? Y no me venga con que ahí en Prrwwul hay como quinientos sexos.

—Si a usted lo ayuda...

— Es por ahí les da por venir conmigo a la milonga. Si son extraterrestres, aunque no bailen, fijo que se transforman en el alma del bailongo. O se ponen a escabiar vino sin saber y me dejan en la vergüenza. No hay nada peor que extraterrestres pesados borrachos. Además, a efectos de la explicación y para que entiendan mejor qué es el tango bailado por ahí me le animo a la extraterrestre mujer y abrazándola le hago hacer unos pasitos...

—¿Quiere bailar con la extraterrestre confianzuda? ¿No le parece que quizá el adolescente compañero,  también tiene esas sustancias extrañas bulléndole por el interior del alienígena organismo y lo puede finiquitar con alguna desconocida arma extraterrestre?

—No, No. Ahí en el gigante gaseoso no creen en la violencia. Hace tiempo han eliminado a todos los violentos. Pero tiene razón. Ya que estamos imaginando y para no tener problemas de chamuscamiento, pongamos que son dos alienígenas extraterrestres confianzudas en edad de merecer...

—En edad de... ¿Qué dice? Le está cayendo un hilo de baba por la comisura.

—Es que cuando me pongo a imaginar no tengo freno. Adolescentes extraterrestres confianzudas con...

—No siga...

—Con muchas ganas de diversión.

—Ya. Y entre los millones de millones de humanos se fueron a encontrar justamente con usted.

—Si. Con este porte bien de tango, el peinado al descuido, mojado con gel al estilo Nicolás Cage y tarareando con voz de barítono Yo soy el tango milonga, señor...Un partidazo.

—Ya veo. Con su camiseta negra del Tango maratón,  un poco desteñida, sus pantalones anchos de cinco pinzas con los bajos un poco llenos de manchas y su bolsita de zapatos al hombro, listo para bailar.

—Y con ganas de fiesta. Ya que imaginamos, imaginemos a lo grande. Como embajador cultural de la tierra que soy en este trascendental momento y como un gesto de buena voluntad, concordia y entendimiento entre planetas hermanados, tengo la obligación de invitarlas a estas dos muchachas que no son de estos lados, a ir a la milonga. Y hasta podría aparecer mi compadre Ordovísico, que andaba por ahí, pero no se animaba a meterse por respeto. Iríamos los cuatro a la milonga, las pibas...

—¿Las pibas?

—Las pibas alienígenas confianzudas se deslumbrarían con nuestro baile y sin más nos llevarían a dar clases y hacer exhibiciones a su planeta. Y de ahí al universo entero ¡Un golazo! ¡Un golazo! Perdóneme, pero esto se lo tengo que contar a mi compadre ¡Ordo!¡Ordo, que nos llevan de gira por la galaxia!

Y sin que le respondan ya está en medio de la pista bailando con sus pasos singulares. 

El hombre de la pregunta se queda mirando la ronda y luego dice:

—Apenas puede bailar con una milonguera conocida ¡Y se quiere ir de gira por los planetas con una adolescente confianzuda extraterrestre o dos!
Así no hay forma de escribir este folleto de publicidad. ¿Quién me habrá mandado a mi...? 


domingo, 3 de enero de 2021

CATALOGO LUSIARDO REYES 2021 (DE LA MILONGA)

 Volvieron los productos delirantes, las deliciosas porquerías para coleccionar. Lusiardo Tango.Club ataca directo al corazón y al deseo con su catalogo de Reyes para satisfacer los caprichos de la milongueridad ansiosa. Y ahora más que nunca, cuando debemos pasar del encierro a la peligrosa transición con protocolos ajustados a cada región(aun sin comprobar), en que veremos correr a milongueros desaforados intentando llegar más allá del horizonte con su baile.

 Disfruten con nuestros productos diseñados bajo estrictas normas de ingeniería profiláctica, cuidándonos entre todos ¡Y a gozar, al menos comprando!

(Mientras no se pueda bailar en una milonga en condiciones)

MILONGA MAQUETA PARA PIES BY LUIGI PUERCA -  No basta con las clases, los ejercicios solitarios, la técnica y la postura. Es necesario ejercitar los pies improvisando sobre aquellos tangos que en el pasado nos han dejado sin resuello. Por eso el afamado diseñador Florentino Luiggi Puerca ha creado esta maqueta exclusiva de un metro cuadrado con los arquetipos más representativos de la milonga. Pasara horas de sana diversión armando y montando la maqueta, pintando los personajes de madera balsa y ajustando la decoración y las luminarias. ¡Y muchas más cuando maneje a los personajes con los dedos de los pies! 

Sentado cómodamente en su sillón favorito podrá invitar a cuatro personas de su amistad(siempre que no vulneren la burbuja preventiva) y juntos animarán la milonga maqueta. Sí, Sí. lo ha adivinado...Cuatro personas alcanzan para manejar a todos los personajes. Pero se necesita un crítico a pie(pieblicidad subliminal) de pista para poner verdes a los dedos que bailan. ¡Hay que ver la habilidad de las parejitas cuando las maneja el chueco Venturini!

Risas, Diversión y masajes corporales, ejercitando los dedos para descollar cuando vuelvan los bailongos.  No será como cuando los echaban a la calle por esos mínimos escándalos de borrachera. Pero algo es algo.

 ¡A jugar y divertirse con la maqueta puerca, sacando al niño milonguero que llevamos dentro! ¡Sale un D'arienzo con dedo ligero!

PERFUME DESTILADO VIERNES 5.AM. - Se acabaron las idas furtivas al baño para echarse  el perfume clonado en vaporizador de bolsillo sobre el mal olor y el sudor acumulado. Porque la industria cosmetológica avanza erradicando mugre. Y porque no tenemos protocolo sanitario mundial para milonguear seguro. Pero no se angustie. Unas gotas de VIERNES 5.AM. a la misma hora en que ponían Biagi en el bailongo, alcanzan para trasportarlo mágicamente a la ronda, aunque este en el segundo sueño o suscitar en quien lo huela toda una catarata de emociones, momentos y un sin fin de recuerdos. Sea la envidia de su reducido círculo de confianza, en la matiné danzante, perfumado con VIERNES 5.AM, un prodigio de la perfumería, que avanza sin control en la creación sintética de momentos y recuerdos.

VIERNES 5 AM. La fragancia de lo prohibido. 

Y si tiene una primera cita con una damisela del ambiente y bailarina de exquisito adorno, presuma de persona aventurera que asume todos los riesgos y se divierte en milongas clandestinas. Sea un James Bondiola, con licencia para bailar y enamore con ese inconfundible aroma que mezcla abrazos, perfumes delicados, feromonas, el almizclado dulce del deseo y las delicias casi sexuales de una barra bien surtida. 

VIERNES 5 AM. aromas de milonga para llevar en el bolsillo. Tamaños medium y mini para sus dos versiones: Me bailé todo y Eau la estropié.

RONDA DE EJERCICIOS HERMANAS PLATALES - Inactividad, abulia, vagancia. Defectos(o virtudes) milongueros que se han vuelto rutina con la excusa del confinamiento. Ahora, si tiene los morlacos suficientes, puede revertir esa tendencia al gandulismo esculpiendo en su ajetreado cuerpo de atleta milonguero el torneado del ejercicio saludable. Porque la ronda de ejercicios Hermanas Platales incorpora un sencillo diseño que lo pondrá en forma en un periquete. 

No es una cinta, es la reina de las cintas: Un rosco que avanza hacia adelante e incorpora cuatro círculos giratorios que siguen la dirección del rosco principal como si estuviera de verdad en una ronda. No solo deberá caminar a doble ritmo, para no quedar tirado deberá bailarle al rosco que le toca, en concierto con su pareja. Sino que también tendrá que avanzar contra su circulo pareja. 

Como una paleta de acuarela, LA RONDA DE EJERCICIOS DE LAS HERMANAS PLATALES hará las delicias de aquellas reducidas amistades a las que invite a ejercitarse. Podrán reír a mandíbula batiente (o mandíbula oscilobatiente, que es una expresión más ridícula que la otra) grabando en su móvil las caídas de los titanes de la calistenia. 

La ronda soporta hasta cuatro (4) parejas, con círculos equidistantes en los dos metros permitidos. Y para que no haya requiebros galantes, torcedoras o huesos rotos, incorpora además el espacio pizza de seguridad: un anillo de gomaespuma que rodea convenientemente el traicionero rosco.

Ideal para parejas de milongueros macanudos, con solvencia garantizada y máscaras con protector bucal.

¿Jugamos a centrífugos y centrípetos?

LICENCIA PARA BAILAR DIOSITTO INC. -  Si usted es de los que se asume sano portador de bacilos buenos y amorosos, que solo pueden contagiar buena onda,     energías púrpuras de alta vibración, y el mundo no lo considera,  necesita un salvoconducto. Una tarjeta que lo haga inimputable si las fuerzas de seguridad del estado en el que vive, lo detienen e intenta aplicarle una multa por graves contravenciones contra la sanidad pública. Por eso hemos diseñado esta exclusiva tarjeta licencia para bailar. Un minúsculo pero poderoso cartoncillo en donde se detalla que usted es inmune a las vacunas, el 5G, los rayos Gamma, el alcohol barato y lo que se le ocurra. Porque nuestra exclusiva LICENCIA PARA BAILAR DIOSITTO INC, se puede rellenar como usted quiera y firmar, cual si fuera un carnet de alta milongueridad, por las autoridades competentes. ¡Y las incompetentes también! 

Con la exclusiva clausula de exención responsable, garantizada por la divinidad a la que invoque.

LICENCIA PARA BAILAR, DIOSITTO INC. No le aseguramos salvoconducto, pero si risas a granel cuando le enseñe la tarjetita a los azules.

 ¡A reír, que son dos días! Y tres palizas.

MASCARILLAS YO - Mientras llegan las vacunas deberemos seguir usando las mascarillas, esos anodinos retazos de anonimato que algunos artistas filetean para que la visión de su cara enmascarada no sea fuente de zozobra al confundirse con el bandidaje. Entonces, ¿Por qué no usar una mascarilla que complete su agraciado rostro y además le ponga una mueca de alegría a la socialización? Mascarilla yo incluye el viejo principio del holograma por barras que según sea el movimiento muestra una cosa u otra. Sí, el mismo principio del bolígrafo picante que en el meneo nos mostraba a la muchacha vestida o desvestida. Con MASCARILLAS YO nuestros ingenieros reproducirán su mandíbula en la mascarilla, la someteran al exclusivo tratamiento Yo.80 y cuando vaya a la milonga podrá mostrar su rostro, sonriente o serio, con solo un gesto o movimiento.  

MASCARILLA YO, en sus cinco modelos: Sonrisa  gardeliana permanente, Tres gestos, Cinco vinos, Seducción impasible y Harry, el sucio(milonguero).

Mejora  el original, vaya que sí. 

Y si lo que quiere es variedad, ponga a su pareja milonguera constituida, conviviente y de confianza la MASCARILLA TOTAL YO OBJERTO DEL DESEO con la cara de la estrella de cine o de la milonga que le inspire sueños húmedos. ¿Vanesa está saliendo con Kevin Reynolds?...¿Carlitos baila con Madonna? ¡No, es el milagro de MASCARILLA TOTAL YO OBJERTO DEL DESEO!. Un sueño hecho realidad.


MILONGUERO/AS DE REEMPLAZO DOCTOR TOBUL - A usted, que antes del confinamiento tenía una sólida y bien ganada reputación de milongueridad, un capital de bohemia y pintoresquismo asentado en muchas tandas e infinidad de noches. A usted, cuyo nombre se menciona con respeto y reverencia cada vez que se habla de acontecimientos tangueros de alto impacto. A usted, que es inspiración y tema en las conversaciones de los principiantes. A usted, que le ha encontrado el gusto a las series, la televisión y el acostarse temprano, va dirigida esta exclusividad. Milonguero/as de reemplazo. Serios, efectivos. En algunos casos hasta mejor bailantes que el original. Contrátelos y no tendrá que preocuparse por el que dirán. Podrá quedarse tranquilo en casa, viendo el último capítulo de Las aventuras de Ragusa y Minestron o Vicki Milonga Baserbona. mientras su reemplazante milonguea por usted. Versados en ciencias ocultas, dialéctica e historia de la televisión, nuestra milongueridad lo hará quedar bien, tan bien, que cuando volvamos a socializar en banquetes y bailongos, los anfitriones se disputaran su presencia. Con cada uno de nuestros profesionales de la copia, mercenarios del desenfreno y el descontrol(aunque debidamente protegidos) incluimos un cupón descuento para que su milonguero de suplantación pueda lucir su mascarilla yo personal y sorprender a sus amistades con el cambio.

MILONGUERO/AS DE REEMPLAZO, únicos, como usted.

BOINA BIÓNICA DE IRREALIDAD VIRTUAL BRUNER&BRADBURY. - Si usted es de los que gusta del abrazo cerrado y mejilla a mejilla, este es el producto adecuado. Una boina con pantalla incorporada que no se empaña y se fija por medio de ventosas a la boina biónica de su compañera. Cae como una ducha preventiva y nos aísla sin perder el contacto humano, tan necesario para la milongueridad. Viene con la practica aplicación incorporada Mundo Feliz, con la que podrá experimentar en su bailongo reducido la sensación de bailar en un gran festival, con quinientas personas. Incluso de cambiar de pareja. Prevención, contacto y utopía, para magnificar los efectos de los euforizantes y el alcohol. 

(Se recomienda su uso solo en espacios cerrados, milongas domiciliarias o eventos de bajo consumo. La utilización irresponsable en espacios públicos puede provocar efectos secundarios indeseados como el Síndrome del superhéroe drogado o Alienación Nizcheosifilitica aguda).

BOINA BIÓNICA DE IRREALIDAD VIRTUAL. Porque Brunner&Bradbury ya lo pensaron. Y nosotros lo hicimos producto.


CREDITOS ILIMITADOS EL AMIGO MACANUDO - ¿Quién no quisiera tener un amigo macanudo que lo sacara del apuro en momentos como estos, en que cualquier oportunidad es una bendición? EL AMIGO MACANUDO no es un crédito, es una mano amiga que te da lo que necesitas a devolver cuando puedas. Con una flexibilidad incompatible con la realidad, EL AMIGO MACANUDO te protege. Eso si, a cambio, quizá debas hacer algunos recaditos, trabajos o encomiendas(este aviso es uno de esos)

Y para los más corajudos, EL AMIGO MACANUDO CREDIT CARD. Porque allí donde vayas habrá un AMIGO MACANUDO para darte lo que te mereces


SUPER BOL TOPS TANGUEROS 2021 - Después de un trabajo titánico de recopilación y lucha contra el sueño hemos conseguido compilar en un solo Pendrive a los peores artistas domiciliarios de tango. Canto, baile, teatro y varieté. Profesionales del fracaso o espontáneos aquejados de melancolía y abandono. Un surtido de los personajes más estrambóticos que se animaron a colgar sus dudosas obras en las redes: La banda piel, Los pichimilonga, Melones milongueros despreciables y otros Bol.Tops que llenaran de absurdo sus noches. Desastres al alcance de su mano. Con solo darle al botón tendrá a su disposición lo mejor de lo peor. 

¡Otra que OPERACIÓN TANGUITOS PIORES. SUPER BOL TOPS.TANGUEROS 2020!


¡A VER QUIEN SALE A BAILAR CON TANGOCHANTA!

Productos Testeados y garantizados, 100 por ciento imaginarios y divertidos. 


Y SI LO QUE BUSCA ES UN REGALO DE VERDAD Y FUERA DE SERIE, YA PUEDE DISFRUTAR EN SU CASA Y COMODAMENTE DE NUESTROS CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS, un libro milonguero, hecho con amor y pasión por la milonga, de Juan Ignacio Arias. Disponible en formato virtual, por Amazon. Cómprelo, regálelo y diviértase con sus amigos. Con su compra contribuirá a mantener este prestigioso blog y se llevara nuestro fervoroso agradecimiento. 


CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS. Una lectura piola...

sábado, 21 de noviembre de 2020

El profesor de caligrafia milonguera

Soy Henry Sacmer. Entrevistador y detective buscavidas. Hasta el momento he entrevistado a 15 raros diletantes de la milonga y he resuelto cinco casos con mascotas implicadas, uno impago. Vivo en la sede de LusiardoTango.Club, al costado de la peluquería del profesor Maradona, activo militante del peinado para bailongos y antiguo juez de Operación tanguitos piores. Mi hogar no es más que una cocina, un baño sin puerta, un almacén-dormitorio pequeño donde se acumulan viejos productos de los Catalogos Lusiardotango.club  y la sala de estar-redacción. En otros tiempos Cátulo Bernal, Desvarietti, Yamate A. Zilencio y Romulo Papaguachi solían remolonear por aquí, comentando la deriva del baile y las milongas ...

—¡Sacmer, deje de cubrir sus memorias y  vaya a entrevistar al delirante! 

No le contesto. No se le contesta a una voz que sale por un Busto de Gardel, aunque sea la del jefe tácito Hiriart, comunicándose desde alguna siniestra catacumba. El delirante de turno es un tal Tino Bulines, profesor de caligrafía milonguera con el que he quedado en la esquina de Contursi y Santos Vega, a la estrada del clandestino bar Jodete Faustino.

Llueve y mis recursos no me permiten transporte público. Pongo cojinetes anti desliz en la bicicleta Musetta, fileteada por mafiosos artistas locales. Me calzo mi piloto de oscuro indescifrable (amiguitos, no intenten teñir un impermeable sumergiéndolo en un cubo plástico), mascarilla para lluvia y el suplemento antivírico para días nublados: un casco que hice con una garrafa de agua de cinco litros, agujereada en rectángulo a la altura de la boca y pintada en negro acrílico. 4 euros valor de costo y 8 en el mercado libre. 

En tiempos de pandemia hay que apañarse con lo que se tiene.

Las gotas impactan crueles sobre mi invento. Biciclos y otros rodados de moda me superan y salpican. Mis cojinetes devuelven con venganza el barro. 

El carril bici no permite maniobras ni enfrentamientos.

 Contursi y Santos Vega es una locación imaginaria, al igual que el bar Faustino jodete donde me espera, bajo las sombrillas abandonadas en la terraza, un hombre gris y acuoso como el día.

  Si escribiera la verdadera dirección no podría ir a comer con mis vales lusiardo el menú del día, junto a otros empleados desembareados del barrio.

Toco dos veces mostrando mis cubiertos personales (prevención obligatoria) y los de mi invitado. Nos señalan la frente con un termómetro puntero. Entramos.

Adentro hay mesas espaciadas por andamios. Paneles de plástico separan comensales de una misma mesa. Parece el comedor de una cárcel de película, en reformas. Hoy hay guiso de lentejas y guiso de gallina. No traje cuchara.

Pedimos el  menú económico (lentejas para compartir), vino de la casa, pan y agua. Enciendo la grabadora y comienza la entrevista.

P— Preséntese y díganos lo que hace.

R—Soy Tino Bulines —Sí, ya han hecho miles de chistes con el apellido—, profesor de caligrafía milonguera y tango canyengue. Rotulé la edición independiente de Supermilonga, y algunas otras piezas tangueras de historieta. Rotulando manga erótico, que da mas plata, comprendí el secreto de los trazos, el pincel y la tinta china. He extrapolado mi saber al mundo de la milonga, contribuyendo a darle mejor forma para cuando se vuelva a abrir.

—¿Haciendo gráficas y carteles publicitarios?

—No, no. Ya hay artistas gráficos, peleando contra el artista domiciliario que intenta convencerte. El reclamo publicitario en redes es básico y funciona: Mujeres sugestivas con vestidos sugerentes, abrazadas o delante de un tipo cargado de accesorios de moda masculinos, los dos con peinado prolijito y cara de tango. Variaciones formales o informales de lo mismo, según a quien vaya dirigida la clase: Baila,  ven a la milonga, toma clases. Si es exhibición, parece imprescindible la pose sugerente, con el vestido que insinúa todo el trabajo y el empeño por subyugar y seducir; el tremendo reclamo erótico de un cuerpo trabajado que enamora con el movimiento y la mirada. En contraste,  conteniendo todo ese arrebatador deseo, malevizado y embutido en un elegante traje, el tipo. Con cara de tango.

—Dicen que hay gente que baila con la cara. ¿Cómo seria la cara de tango, en pose?

—Es la de alguien que mira hacia adelante, pero consciente de todo su pasado de errores, imprevistos, portentos y azar mal encarado. La de quien  aguanta estoico una emoción profunda o un cuesco —dice Bulines mirando el plato de lentejas que nos sirven—. Y si por  la inevitable deriva del movimiento, emoción y fluido se han exteriorizado, el semblante adusto y serio de quien está dispuesto a negar cualquier implicación. 

La cara Bulines es un lienzo que refleja sus palabras. Hace un segundo cuando hablaba de las mujeres del tango los ojos le brillaban y un hilo de baba le asomaba a la boca. Ahora aprieta los dientes y le tiemblan los cachetes. 

Temo que sea uno de  esas personas de digestión rápida. Prosigue.

—Pero no es esa mi inquietud principal. Maestros y bailarines tenemos derecho a explorar el fascinante mundo del diseñador doméstico. En las redes no hay mas que líneas prefabricadas, tipografías y plantillas que nos unifican y nos hacen perder el delicioso hábito de la escritura a mano. En este tiempo de emoticones ¿Quién hace hincapié en la perfección del sencillo trazo que da vida a un concepto? Por ahí voy. ¿Qué es la escritura sino el intento de trasmitir en el trazo que se asienta en un espacio blanco, la infinita variación y versión particular que el ser individual hace, en base a su experiencia, de la porción e idea del universo que conoce? 

—Es lo que siempre digo.

—Yo busco el trazo artesanal, el afiche casero hecho con amor. Y en el baile, lo mismo. Observe usted la percepción del mundo y los objetos desde los ojos de las culturas orientales: los ideogramas, los kanjis, la deriva de la gota de tinta o el sumi hiriendo sin dudar el blanco impoluto del papel de arroz. ¿Cuántos papeles se han manchado para llegar a ese dibujo que es a la vez imagen, sonido y concepto? ¿Se ha puesto a pensarlo?

—Uf, una barbaridad.

—Exacto, pero no preciso. Mi arte y mi inquietud buscan la imperfección en el baile y la escritura. Para corregir el imprevisto trazo con elegancia, concisión y fortaleza

—¿Cómo aquellos Pinceles eléctricos para dibujar que un loco intentó comercializar a cuenta del blog?

—Eso sería una consecuencia. Y un enchastre. Piense en aquellos monjes del medioevo que pintaban las letras de los manuscritos a mano. Y en la ronda. Estamos acostumbrados a ver el baile a pie de pista. A veces, muy pocas, desde algún palco. Y aun así nuestra visión no es completamente cenital, no vemos el trazo. Piense que cada pareja es un pincel y su baile, en términos metafísicos, un mensaje. Escritura automática destinada a las fuentes de nuestra existencia en todos sus registros y facetas. En términos filosóficos ¿Qué es nuestro baile sino un reclamo seductor hacia los demás y una invocación publicitaria a esas fuerzas intangibles que rigen nuestros destinos? ¿Y que es lo que persigue ese reclamo? Le pregunto.

—¿Qué nos admiren? Que se  fijen en nosotros? ¿Qué nos quieran?

— A pie de ronda. Pero vaya un poco más allá. A las creencias de los antiguos. Esos panteones llenos de dioses cercanos e imperfectos: sumerios, egipcios, griegos, romanos, escandinavos. En aquellos días la gente creía en la rutinaria intervención divina para equilibrar asuntos mayores o menores. Había menos mundo, menos conocimiento, menos gente. Los romanos invocaban en primera instancia a sus lares y penates, dioses o espíritus domésticos para la administración de sus asuntos y a las primeras figuras como Júpiter o Marte para cuestiones de estado, imperio. ¿A donde vamos con esto?

—Primero, al baño. La pifiamos con las lentejas. Después quien sabe. me he perdido un poco con tantos dioses.

—Natural.  Por eso en las religiones actuales, salvo contadas excepciones como en el shinto, con sus ocho millones o infinitos kamis, son monoteístas. Un dios y algunos secundarios. Para los 7.700 millones de  gentes que somos y a pesar del dogma, la omnipotencia y la omnisciencia no son prácticas. Entonces la cuestión principal es ¿Cómo atraemos la fortuna, el azar y los acontecimientos para que nos sean venturosos en este universo de pocos dioses desentendidos de nuestros asuntos cotidianos?

—¿Haciéndonos Shintoistas?

 —No. En Japón son mucha gente. Apenas reparten un kami o entidad divina, para diez mil personas. Bailando mi amigo. Bailando con buena letra, para que el mensaje al universo o las desconcentradas divinidades esquivas en las que creemos vean claramente nuestro mensaje.

—Todo está muy bien. Pero, ¿Cómo lo hace?

—Ahí está la cuestión. En el cómo. Con mi pareja Marcela Bravos habíamos pensado un sistema integral y coherente que aunara la tipografía de invocación espiritual y el baile canyengue. El método Bravos-Bulines. Lamentablemente no funcionó. Nos topamos con la incomprensión y el miedo, además de atraer a algunos milongueros satanistas y espiritistas de ocasión. Así que nuestro ambicioso proyecto de abrir un canal de comunicación hacia lo intangible ha sufrido algunas modificaciones.

—¿Simplificando?

—Ahí le ha dado. Nuestro método se ha quedado en un master con opción a un posgrado: «Caligrafías milongueras aplicadas a la quintaesencia divinal del espiritualismo» y «Asuntos místicos en cursiva o versalita y su importancia en el canyengue. I y II»

Nos interrumpe el sonido metalizado de un tango.  

Leguizamo solo, cantan los nenes de la popular

  —Discúlpeme un momento. Los alumnos. No dejan de consultar por Wasap cualquier duda. ¿Qué pasa Lorenzo? 

Mire, mire la figura y las letras por favor. A ver si lo hacemos bien. —Bulines comparte generosamente la pantalla para que lo vea. Parece que alguien sostiene el móvil subido a una escalera. Abajo y  en diagonal una pareja se dispone a completar algo escrito en el suelo. No se ve bien, ni tanguero. Sus movimientos estarían prohibidos en cualquier pista. Bulines suspira.  

—Perdón que los interrumpa Lorenzo, pero ya empezamos mal con el primer trazo. Ahí donde hicieron el ocho no dice Quiero, pusieron Opiero y no es qinero. Si no son capaces de bailar una consigna tan simple como Quiero dinero, ¿Cómo van a bailar  su mensaje en honor a Spinoza? Sigan practicando y llamenme cuando les salga.  

»Chiquillos. Disculpe. ¿En que estábamos,  Sacmer?  

—En su método abreviado.

—Cursos de tres meses, mitad virtual, mitad presencial, en Espacio Demiurgos. Allí  es donde enseñamos primeramente los movimientos para afianzar el trazo a aquellas parejas que ya tienen una base de baile y milongueridad. Trabajamos la calidad de la caligrafía. Y una vez que el trazo es nítido, personal y revelador de la personalidad de la pareja de bailarines los ayudamos a crear EL MENSAJE.

—¿Cual?

—Cuando comenzamos con Marcela este taller pensábamos que iba algo místico, casi esotérico. Un párrafo que resumiera agradecimiento y petición, hecho con sabiduría, humildad y marketing. La realidad es otra. Lo que en teoría es factible, en la práctica no funciona. En principio todos vienen buscando la comunión con los poderes del universo. Hasta que por la dificultad de los trazos y la complejidad del pedido se decantan hacia mensajes banales que escriben con tiza para bailarlos luego. Hay quienes tienen mala letra pero bailan bien, y viceversa. Tuvimos a una pareja que escribió una pagina filosófica para bailar. Muy bonita. Pero bailaban chueco. Demasiado complicado. No les entraba El Mensaje en la sala de estar de su casa.

—¿y que piden sus alumnos?

Estamos aquí, manden suerte. Te pedimos muchas clases y exhibiciones. Queremos fama y dinero. Amor, belleza para mucho rato y buenos bailes. Hay una plantilla estándar que nos está dando mucha satisfacción. Informal, pero concisa: Che, barba, te pedimos humildemente que nos toque la lotería.

—¿Y toca?

—¿Qué va a tocar? ¿En tres meses y bailando canyengue cómo quiere que toque? Pero la gente sigue bailando y jugando a la lotería. Y además se van contentos con el diploma y el pergamino en tinta china escrito por un servidor, para colgar en casa. Es una buena forma de practicar y acercarse a lo inefable, mientras las milongas están cerradas.

—¿Y cuando abran?

—Y cuando abran veremos lo de siempre mi amigo: gente bailando como puede y trazando en el suelo lo que les sale, metiendo pasos y pasos. Es natural. Podemos corregir una pareja, pero con las rotaciones normales todos los trazos serán otra cosa. Sin orden ni calidad. Pero al menos lo habremos intentado. Lo habremos intentado.


P:—¿Una última pregunta. Supongo que como creador del método, aunque sea fallido habrá escrito un mensaje. ¿Qué pidió a esos poderes, dioses o lo que sea en lo que cree? ¿Cuál es su El mensaje?

Me mira. Saca un billete de 20 euros y paga la comida. Luego abre una servilleta y comienza a escribir con el jugo de las lentejas. Puedo apreciar la seguridad con que da cada trazo, la elegancia de las líneas. Cuando termina se levanta y haciendo un leve gesto de saludo desaparece reintegrándose a la ciudad en confinamiento perimetral.

Alcanzo a ver la línea de una V o una ひ antes que el jugo se asimile a una chorreadura de vino de la mesa. 

Salgo. Me calzo el casco y me ajusto el piloto, desteñidos los tres. Por el camino estoy penbsando en jugar un numerito a la lotería.

Sigue lloviendo. Los dioses escriben sus mensajes sobre el mundo.

Quizá también están intentando atraer la atención de otras divinidades distraídas.

lunes, 2 de noviembre de 2020

El falso maestro de la tarde - Un cuento de la vieja milonga


Todos los cuentos comienzan en el bosque, bajo los arboles y a la vera del fuego. Mientras las ramas se queman y la leña hace su danza contra la oscuridad, debilitándose hasta morir, mientras las ciudades se vuelven verde y el paisaje que considerábamos cotidiano se transforman en objeto y uso de nuevos ritos,  la parroquia vagabunda y  los trotamundos sin milonga cuentan historias y leyendas. Al caso, ronda repleta y fuego son una misma y multiforme criatura, hecha de fábulas.

«Hay cuatro formas de llegar a la sabiduría. Dos llevan tiempo, Otra requiere un pacto, la última un sacrificio —Y no precisamente ajeno— dice el anciano, tomando vino en su calabaza seca. Los ojos le brillan en la cara larga, ligeramente repulsiva. Luego de un largo sorbo, escupe una pepita de pera, acerca un tizón a la llama con su muleta de hierro y prosigue. 

«En los viejos tiempos no había, como ahora, seguidores de la antigüa cofradía bailando el tango en las aldeas.  Entonces, cualquiera que hiciera un ocho sin repetir se consideraba listo para enseñar y hasta en el caserío más miserable uno podía oír algún desafinado con ínfulas de trovero, imitando a Castillo. Los mejores aprendían las lecciones después de muchas palizas,  se transformaban en maestros del verdadero arte y e iban a las ciudades con milonga donde comprendían la extensión de su ignorancia. Los peores, nunca. Viajaban, buscando o huyendo de algún destino, vendiendo o trapicheando zapatos sin suela para los pies ligeros, taco alto para las mozas de mucho adorno, esencias cambalacheadas con descaro al pueblo de las hadas y clases cargadas de secretos falsos. Eran tan inventados como el vestuario que llevaban a la espalda, junto a sus sueños. Se los llamaba maestros de tarde. Montaban clase, teatrito y bailongo en cualquier lado, con telas enceradas, velas de no apagar y algún cartel robado a compañías de éxito. Y así andaban, sin asomarse a esas venerables milongas con suelo de madera donde los hubieran corrido a los ganchazos, apenas molestaran con su vanidad y su soberbia a la parroquia filosófica de las mesas, los sabios del hígado pesado y la palabra justa, con su eterno problema existencial: ¿Caminar a compás o recrearse en los adornos y en los giros para que te admiren? ¿Poner el pensamiento en movimiento o fluir locamente según los caprichosos designios de la divinidad?»

—Esas son dos cuestiones diferentes— dijo entonces otro acampado ante la hoguera, un hombre de barba gris y con un parche en el ojo —. Nos hemos ido alejando del clásico: Quienes somos, de donde venimos y adonde vamos. Mis cuervos vuelan corto hoy en día.

—Somos milongueros, venimos de la práctica y a la milonga vamos. ¿Lo recuerdan? Esos desdichados de la extinta Iglesia milonguera de los primeros pasos lo decían. A saber por donde andará su mesías. Agregó entonces una mujer cuya calva relucía misteriosamente mas que las llamas de la hoguera.

—Por el amor de Troilo, no interrumpan al honorable Li. Quiero escuchar toda la historia ahora, que estoy en mí. Por cierto, ¿alguien quiere catar otra cosa, falerno, Tokay, algun brebaje especiado del punt? Aprovechen ahora, que aun estoy sobrio.—Dijo el cuarto de los congregados, con los vestidos manchados de vino.

—Está bien así. Muy buen brebaje. Aunque por costumbre, `prefiero el hidromiel. Prosigue maestro Li —contestó el tuerto, sorbiendo del pichel de madera, parte de su equipaje. A la luz de la hoguera la comida y la historia se comparte. El vaso no.

—Gracias querido camarada.

 «Había un muchacho. Ligero de pies,  hábil con la lengua y la mentira. Tenia un maestro con el que iba a practicar al bosque. Un hombre bueno. el muchacho le pagaba con vino que robaba en las fondas. Una tarde le dijo:

—Me gusta tu chalequito, maestro. 

—Tuyo es hijito. Pero no es más que apariencia. El porte y la elegancia están en el modo de pararse en la pista. Y en el corazón —dijo el maestro — Y le dio el chaleco.

Más tarde el muchacho dijo:

—Me gusta tu librito, maestro.

El maestro estaba alegre y locuaz, por el vino.

—Tuyo es, hijito. Pero el saber no está en el librito. Sino aquí, en la cabeza y en los zapatitos —Y entonces el buen maestro escribió una dedicatoria en la primera página del librito y se lo dio. 

Era codicioso aquel muchacho. Y cruel. Ni siquiera abrió el libro del maestro.

Siguieron practicando y bebiendo. Aunque el muchacho «hacía» que bebía y que aprendía. Al atardecer el maestro se tambaleaba un poco agarrandose el pecho. Fue a sentarse cerca del río. el muchacho dijo:

—Me gusta tu vida maestro.

—Esa no puedo dártela, hijito. Y tampoco la experiencia, porque son cosas de uno. Y uno no es más que todas sus vivencias. Goza con las cosas buenas, sufre aprendiendo con las malas hijito. Y estarás cerca de la sabiduría.

Pero el muchacho no escuchaba. Quería saber,  poder rápido. Esas quimeras que a veces destruyen a las personas: sueños de gloria, fama, posesiones. Mató al maestro bueno con una piedra, le quitó los zapatos y lo arrojo al rio. Cargó sus pertenencias a la espalda y así fue como le robó su vida y su identidad.»

—Me suena el personaje. Tipos así son los preferidos de mi compadre de pelo rojo. — comentó el tuerto.

—Allí en mi tierra las gentes se arrojaban a los cocodrilos en épocas de hambruna. Se sacrificaban para obtener nuestro favor. —comentó la mujer sorbiendo de su vaso de alabastro.

—Poca cosa obtendrían. 

—Un psicopompo y un juicio justo. Es más de lo que muchos llegaran a tener.

—No distraigan al honorable. Prosigue por favor, amigo.

«Desde entonces, y sin remordimiento,  aquel muchacho se hacia pasar por el maestro, repitiendo pasos que no sentía, mostrando el libro del maestro —que no había leído— como un símbolo de saber. Iba por las aldeas, jugaba a enseñar, enamoraba a las mozas y huía de amantes, maridos y novicios engañados. Y no le iba peor que otros esforzados, que luego de muchos años de enseñanza, estaban todavía en el camino y en la búsqueda. 

Una tarde —siempre es de tarde en estos cuentos—  el falso maestro pasó entre dos sauces y encontró a una viejita comiendo pan cerca del rio. Al ver al falso  maestro se le cayó el pan y el morral que llevaba al agua. La viejita se puso a llorar.

—No llores abuelita. Pronto tendrás otro pancito. Las cosas van y vienen —dijo el joven. Llevaba en su equipaje ricas empanadas, pero no le ofreció ninguna. 

—No lloro por mi pancito. Ni por mi morralito. Al verte llegar me acordé de un maestro que nos daba clases y bailaba con mi hermanita. Pero ahora ya no viene. Debe ser tu chaleco.

—Se lo cambié a un buhonero por clases. 

El falso maestro busco un palo. Quería llevarse el morral de la vieja. Pero al acercarse al agua vio que una carpa blanca con rombos rojos en el lomo sostenía el morral por los dientes. Apenas podía con el peso y la correntada.

—Ayuda a mi hermanita, hijito. Tiene mucho peso el morralito. 

El joven pensó que la vieja tenia monedas de oro en el morral. Y que comería pescado aquella noche. Saltó al rio para atrapar a la carpa. La tenía bien sujeta por el lomo, pero al arrancarle el morral de los dientes el pez saltó otra vez al agua y desapareció. Cuando volvió a la orilla se puso a abrir el morral de la pobre vieja. 

—Seguro que en este morral hay cosas muy valiosas, abuelita. He pasado peligros en el agua. No podré trabajar por dos días.

—Si quieres puedo darte una infusión para que nunca sientas cansancio. Pero no abras mi morral hijito. No hay mas que panes secos, saber. Y no saber. 

—Soy joven. Soy fuerte. No me interesan tus hierbas. Tendrás que compensarme por los zapatos mojados.

Seguía usando los zapatos robados cada noche pedía con fervor una magia de baile que no llegaba. »

—Natural. Piden magia sin saber. No queda quien recuerde el lenguaje de las cosas. Invocan de cualquier manera. Sin ceremonia. Sin rito. Aunque les digo, que estos zapatos de ahora no tienen nada que ver con esos que hacían los enanos. 

—Son otras épocas. ¡Ve a pedirle ahora a los enanos un barco que quepa en el bolsillo o unas alas de oro para volar! 

—Además en estas fábulas milongueras no salen caballos de ocho patas ni forjas muy vistosas. A lo sumo algún amuleto o zapatos de cuero fino, que no se gasten. Luego si quieren les cuento la historia del sapo de hacer milongas y...

—¡Dio, no interrumpas al maestro!

« El joven no hizo caso a la vieja. Abrió el morral y comenzó a tirar  sin cuidado sus cosas: hierbas secas, panes quemados, una naipe sin reverso. En el fondo encontró dos bolsas pequeñas. En una se leía Abundancia. En la otra Carencia.

No llevas mucha cosa, abuela. He pasado peligro y arruinado mis zapatos de bailar por estas morondangas. ¿No es justo que me lleve esta bolsa que dice abundancia?

—No —dijo la viejita, casi llorando—. Es mi carga de vida. Me recuerda lo que sé. Y como llegué a saberlo.  Si te llevas la bolsa sin darme nada a cambio no se abrirá.

El joven sacó unas empanadas de sus alforjas  y se puso a comerlas delante de la vieja. Dejaba a un lado las puntas. La vieja miraba, con hambre.

—Me llevo tu bolsa. Y este será mi pago —Dijo el joven señalando las puntas quemadas de empanada.

—No funciona así hijito. Si no la aceptas mi bolsita no se abrirá. Acepto tu presente. ¿Aceptas tú el mío, mi carga de vida?

—Lo acepto abuelita. Llénate la pancita —dijo el joven, riendo. Y se fue viendo como la pobre vieja comía los pedacitos desechados. 

Debe tener mucho poder la bolsa de esta vieja. Voy a abrirla ahora y cuando llegue al pueblo me servirán como su rey y tendrán que hacer milongas en mi honor. Soy el dueño de abundancia —pensaba el soberbio joven. Desconocía el valor oculto de los objetos.

Abrió la bolsa. Dentro solo había piedras marcadas. »

—¿Runas? ¿Salen runas?

—La historia no lo dice padre de todo. Muchos objetos solo metáfora. Y muchos personajes, bueno... la encarnación de una idea, una creencia. Como nosotros. 

«Así que el joven pensó:

Esto debe ser magia de esa vieja bruja. Seguramente me hará el mejor bailarín del mundo. Se metió las piedras en el bolsillo y siguió su camino, rio abajo.

La luz del sol caía entre las hojas cuando el joven vio al costado del rio algo brillante. Era una mujer muy hermosa, tendida sobre el pasto. El vestido blanco con rombos rojos se le pegaba al cuerpo mojado. A su lado había un dedal y unos zapatos de baile. El joven vio sus pies delicados y se lleno de deseo, lujuria y ambición.

—Buen día hermanita. ¿Qué haces tan bella y tan solita?

—Busco al maestro que me enseñó a bailar. Pero ya no viene. Por ahí eres tu. Tienes su chaleco y esos zapatos no me resultan desconocidos. 

—Las cosas, van y vienen. Las personas van. Le cambié este chaleco  y los zapatos a un buhonero que encontré en el bosque. Puedo ser tu maestro, si quieres. Vente conmigo y bailaremos juntos. Haremos exhibiciones. Tendremos fama y todo lo que se nos ocurra.

—No me iré con ninguno que no sea maestro ¿Tienes habilidad? ¿Puedo dormir entre tus brazos y a la vez sentir con todo el cuerpo el tango?

—Claro hermanita. Y además tengo mi libro  —dijo el joven. Tendiéndole el libro. Se había abierto por la página de la dedicatoria. La mujer se quedó mirando esa letra, que conocía.  Lo miró un largo rato y después su voz se volvió un susurro sugerente, lascivo.

—Bailemos. Aquí, donde el agua forma mil espejos. Bailemos y luego me iré contigo. Las formas de su cuerpo se pegaban al vestido y su cabello rojo era una llama incitante. Comenzó a cantar con suave voz Quedémonos aquí.

El joven avanzo, excitado. Sin palabras. Formaron el abrazo y comenzaron a bailar. Bailaba ella, el solo hacia pasos. Sentía su cuerpo cálido y su voz. Cerró los ojos. Se sintió arrebatado por el instante. En su cruel existencia tuvo en ese momento algo parecido a la felicidad. Y luego sintió la piel fría de la mujer, resbalosa. Sus pies abandonaron el pasto. Cayeron juntos al agua, pero solo él se hundió. Ella nadaba en su redor, completamente transformada en la carpa blanca y roja, dolida aún su boca. El quiso subir buscando la luz del sol. Pero no pudo. Las piedras de la vieja, todos los defectos que la anciana guardaba en la bolsa para recordarle quien era, se hicieron más pesadas y lo arrastraron al fondo. Y allí abajo sigue todavía.  Hay cuatro formas de llegar a la sabiduria. Dos llevan tiempo, otra un pacto y la restante un sacrificio propio, como bien sabe el padre Odín. Vivimos nuestra vida. Nuestras las cargas y la entrega.»

—Me ha gustado la historia, maestro Li. Aunque se ha enrevesado un poco con estas cuestiones de la milonga —Contestó el tuerto.

—Es que no es fácil divinos compañeros jubilados. ¿Cómo puede un pobre inmortal, deslumbrar a la madre de todos los lunáticos y desvelados? ¿O sorprender al padre de las runas y los poemas? Soy humilde. Por naturaleza y cuerpo adoptado.

—Tonteras maestro T´ie-kuai. He olvidados mas cuentos que todos los folkloristas juntos. 

—Eh, ¿Quién dijo que estoy jubilado? —salta el borracho, con la voz pastosa — Los dioses del vino estamos muy activos estos días. Antes que pida la cuenta  o cuente la historia de las bodas del diablo alguien se apunta a otra ronda?

Y la llama errabunda cuenta otra historia a quien quiera escucharla.




lunes, 5 de octubre de 2020

En la corte del rey tango (Un cuento de la vieja milonga)

  

 Así lo contaban en la vieja milonga tanguera, cuando las ultimas tandas iban llegando y el sol clareaba con su peluca el horizonte.

Venia por el bosque, frondoso de pelambre y el pelo sin gomina, mal cortado. Uno de esos milongueros errantes, caídos por la suerte en el oficio del cambalacheo y la buhonería, repartiendo sus mejores pasos y algunos complementos de otras épocas, por las aldeas al borde de lo agreste.

Este que narro no llevaba el típico zurrón de viaje con la marca del zapato bordada, atado al  extremo del palo-práctica. En su lugar un porta traje-alforja con un agujero para la cabeza le caía a modo de capa sobre el cuerpo acostumbrado a mucho invierno y poco guiso. Con esto, un chaleco de sisa mas bien amplia —con flecos de sastre improvisado— y un curioso sombrero ala media de innoble material, se cubría del otoño avanzado por la parte de arriba. Bajo el cinto de doble cuero, trenzado con los gastados cobres de bailongos, dejaba caer el típico pantalón ancho cinco pinzas de oscuro impreciso, con bolsillos largos para guardar los inútiles cubiertos de asado: un saco con cebo, trapito lustrín, la cajita con el chispero y yesca no se apaga. En los pies, el botín campero con mucho arreglo y remiendo por la suela fina, casi de práctica.

Se apoyaba al caminar en un bordón con punta. Y en su cadencia.

Se detuvo al límite del bosque, desde donde a la luz de la tarde moribunda veía en lejanía la torre imponente de la corte y los huesos verdinosos de la ciudad abandonada con sus techos vencidos. Más cerca había una aldea. Apenas seis chozas atravesadas por el arroyo, en el calvero.

Era muy tarde para vender producto y  clases. Detrás de las ventanas atrancadas, a prueba de animales y bandidos pudo intuir el fuego, bailando lento. Buscó lugar bajo un árbol y allí dejó el portatraje y dos piezas de tela encerada, usadas usualmente como pistas para bailongos furtivos. Una pareja de milongueros de fortuna lavaba su ropa de exhibición en el arroyo que se perdía entre los árboles. Otra alimentaba un fuego entre tres piedras. Supo que eran su gente. Aunque uno de los talismanes calentó en su pecho. Sin soltar el bordón  juntó unas ramas y se acercó, olisqueando el aroma. La sopa hervía en una lata grande de conservas, quemada por el uso.

Tiró la leña al fuego. Y, a la lata, tres zanahorias(casi sin partes negras) y un trozo seco de carne.

—Saludos. Tanturi buenos tangos. —dijo mientras hacia el proscripto ocho, signo del milonguero perseguido.

—A Darienzo agradando y a Troilo caminando —contestó el cocinero, un engominado larguirucho. Bajo el gabán mugriento asomaban las tiras blancas del traje, carcomidas. La cicatriz de un voleo de duelo, le cruzaba el mentón.

—¿Hay milonga?

—Poca cosa. Alguna que otra clase suelta. Pero nada como antes. Con los tangos que corren, las gentes no se arriesgan.  Prefieren gastar en esos destilados caseros, que por quitar el frio hasta la salud quitan, en vez de bailar incognito y salir huyendo.

—¿Y estos de la aldea?

—Ya no te compran baile. Pero por ahí alguna olla, herramientas…Hace tres días que acampamos. Nos falta voluntad.

—Dicen que algunos sábados hay en el interior unos bailongos donde pagan con moneda rey. Pero no es seguro  —contestó la mujer, arrebujada en un vestido de  fieltro color marrón(por el gasto y el camino) y un abrigo de lana parda—. Hay que tener cuidado. Los coreógrafos del usurpador acechan más allá del bosque y se llevan a cualquiera que no baile el sistema. Hemos ido perdiendo compañeros por el camino. Éramos quince cuando comenzamos la gira. La Curandera...

—Mil giros malditos la lleven. Pocos quedamos a la intemperie. Pero estamos aquí y ellos no llegan tan cerca de la Corte. Soy el último canyengue de los míos. Si llego a la muralla... Si llego mañana a la muralla...

Venían. Solitarios o parejas. Atraídos por la leyenda de la corte embrujada. Después de un largo viaje de ocultamientos y peligro atravesaban la ciudad desierta para llegar a la torre. Trozos de suela, corbatas, pedazos de vestido con el brillo cuarteado marcaban una vía segura entre las trampas; los fantasmas de nostalgia y los parlantes con su gangosa cantinela hipnótica: un mapa de derrotas y de ausencias aun por concluir. La torre era un símbolo y un desafío. Quien llegara a las murallas escalando sobre los zapatos de los milongueros de poder y pasara sin penas bajo la mirada de los muchachos de la puerta liberaría a la corte dormida. La brillante corte del Rey Tango, hechizada por las tandas de las tandas.

Los que lavaban cargaron sus mochilas, colgando por encima la ropa húmeda.

—Nos vamos ya, compañeros. Tenemos gafas de ensalmo para la oscuridad. Y unos tapones de cera jubilada.

—Quédense a comer. A estas horas los fantasmas sugieren sendas falsas.

—No nos asustan. Hemos llegado aquí. ¿Por qué esperar? —Era un hombre robusto, con chaqueta de pana cruzada y un pañuelo en el cuello arrugado. Tenia la mirada del héroe, afable y tonta. La mujer cubría sus calzas de baile con un mantón purpura. Las promesas de gloria y la ansiedad los volvían imprudentes.

Vayan, queridos desconocidos —pensó la mujer—. Como todos los que lo intentan con esperanzas. Y si escapan de la trampa del usurpador y la hechicera, si se liberan de su servidumbre esclava, tráigannos los pasos de las sombras, los complementos que roben de las casas oscuras. Las gotas de perfume de las noches de gloria presas en sus cápsulas de instante. Vayan y sufran.

 Venderemos lo que tengan, como hemos hecho siempre.

—Bien Pensado amigos. Buenas tandas. Y si logran llegar, manden mensajes a los que todavía intentamos — fue lo que dijo la mujer del vestido marrón.

El recién llegado llevaba un talismán contra glamour cosido en el chaleco. Supo la falsedad de aquella mujer. Pero no dijo nada.

Compartieron la sopa. Aquellos trasgos de corazón traidor cocinaban bien. Una especie de último deseo para los milongueros crédulos a los que robaban.

Un poco más tarde oyeron los gritos.

—Poco duraron estos.

—Los parlantes. Los atraparon los parlantes.

Los vieron venir con los bolsillos abultados. Miraban hacia adelante, sin ver.

Tun Tun. Es el pasito querendon. Tun Tun con su ritmito suaveson. Vamos mi negra, tun tun a la cadera, corazón.—desafinaban bailando sin sentido. Ni se enteraron cuando los trasgos cortaron las tiras de las mochilas, aún con la ropa colgando. Revisaron con avaricia el contenido. Lo dejaron a un lado, decepcionados.

—Carteles de actuación, exhibiciones, calzones. Ni siquiera unas medias gruesas. ¡Esto no vale nada!

—Falso. Todo falso. Como los  míticos festivales de dos mil personas. Cuentos. Vivimos de los cuentos.

—¿Porqué? —El hombre sostenía con firmeza su bordón.

—Por cobardía. Tanto esperar nos hemos hecho viejos. Y ellos no lo necesitan. Vagaran locos por el bosque, viviendo de raíces y haciendo ofrendas a sus dioses. Ahora el Tun Tun es su vida. La nuestra es esto. Es lo que hacemos. Algo es algo.

El talismán mostraba la miseria de aquel hombre, sin vergüenza.

La mujer, impelida por la magia dijo:

— No vayas. No arriesgues tu vida por engaños de fama y fantasías. No sigas. No olvides tu compás como nosotros. Allí no habrá bailes ni exhibiciones. Es un señuelo, un engaño. La Corte no existe. Adentro de la torre espera el enemigo. O en el mejor de los casos, nada. Solo se ven reflejos. El sol de un tiempo que se fue. La muralla está llena de zapatos de baile que cuelgan los coreógrafos del sistema. Y eso, mi amigo es el único tango que encontrarás allí.

—Falso. Todo falso  ¿Un lugar donde nunca se pone la milonga y todos bailan genuino y sin chocarse, sin perder nunca de vista la música? ¿Allí donde no hay sol y ultima tanda es solo un juramento? ¿Dónde todos los cabeceos son afortunados y el abrazo es de almas? El hombre lagrimeaba.

—Y donde el vino interminable, barato y superior se sirve en copas limpias. Y los manjares criollos se funden en la boca sin chorrear nunca los trajes y los vestidos. Donde las gentes sabias comentan los secretos de todo lo creado, susurrando en las barras. Donde todo se olvida, nadie rezonga, dicha perdida. Donde la pista de 1.500 pasos nunca se llena. Y la lámpara del crepúsculo ilumina en lo alto. Conozco la leyenda. Estoy aquí por ella.

   —Patrañas. Cuentos de viejas y de invierno. Como las piernas que no se cansan nunca o el ojo diamante que conoce todas las facetas del movimiento. Este es el mundo que tenemos y si hubo una vez una Corte del Rey Tango ya no existe. ¡No existe te digo!

— Ya veo. Pero eso no es lo que importa —dijo el hombre—. Se levantó y fue a buscar el portatraje.

»El engaño no hace a la corte menos real. El sueño la mantiene viva. Honraré a los ancestros calzando sus zapatos.  Lo que sea, será. Y lo que no, merece ser. Buenas noches. Y gracias por la comida.

Hizo el signo del adiós y, sin vacilar, se perdió en la ciudad hechizada.

Así se contaba esta historia, casi esfumándose entre últimas tandas,  intención y  deseo. Entre los manteles rojos de euforia. Entre la memoria de curtidos milongueros y sus olvidos. Entre los adornos de las damas de bellos ojos, con el baile en el cuerpo y en los pies. Entre los abrazos y en los pasos. Y en cada grito jubiloso que coreaba un místico, buscando en las alturas el crepúsculo:

«¡Somos nosotros!¡Somos nosotros!»

Y allí, en la vieja milonga, lo creían.