lunes, 12 de abril de 2021

EL INFRANQUEABLE CAMINO HACIA LA NADA (EL GO III)

 Será que llevamos mucho queriendo llegar. O que los ecos de la conversación entre el joven Sacmer, reportero de intrigantes faunas milongueras y el filósofo Diógenes Pelandrún (Su primer entrevistado en el ciclo de La Recalcada) ha derivado desde un encuentro entre extraterrestres y milongueros detestables en un barrio suburbial, a las abducciones metafísicas. Discusión en la que es inevitable recordar a Corchito Echesortu, a quien dicen que devolvieron los Hercolobusianos con el bailar cambiado. Y a mi padre Clemencio y su amigo Taulo de Sardo, desaparecidos luego de parar en el faro-hostal del Ninfo del Traspié y Edda Minor. 

Acaso sea por ansiedad que no se nos revela aún el mar interno, el faro y la casa protegida por rituales y amuletos. Y mucho menos el inefable trazo del Go, esa secreta sociedad, rumor, chiste o custodio de vaya a saber que obsesivo tesoro del tanguerismo. 

Diógenes, cuya filosofía se apoya de cabeza en el pragmatismo dice:

—Así no llegaremos nunca. En vez de perdernos, para encontrar, seguimos el rumbo del nerviosismo, Cátulo. El camino hacia la nada es infranqueable. ¿Qué tanta importancia? Somos, cuando no somos. Y por querer ser, dejamos de ser.

—No entiendo, ¿Es un acertijo?— El joven Sacmer no se acostumbra a los sofismas Pelandrunianos.

 —Mas bien diría que es un requisito para acceder a algunos senderos. 

—Agregaría también, si me lo permite  Diógenes, una condición humana de aquellos que son grandes. Cuando queremos ser, como escribe aquí el amigo en sus escritos, es cuando caemos en la trampa del ego. ¡No seas! ¡Si lo sabrán los milongueros!...Bien escrito, querido.


—¡Al carajo! ¡A ver si empotrándonos contra la nada llegamos a algún algo! 

Levanta las manos del volante y deja que el coche vaya a su antojo. Pierde el control, como es lógico. Gritamos asustados. El tangomóvil da bandazos y sale de la carretera. Saltan cascotes, Saltamos con el coche. Volvemos a gritar. La tanda de Fresedo sonando estridente desde el programa radial Tiempo de Tango hace mas irreal la situación. Retumba un trueno impresionante. Luego de un resplandor intolerable Diógenes retoma el control. Una bandada de aves color relámpago vuela bajo. El parabrisas del tangomóvil se llena de goterones oscuros que acobardan los primeros compases de Como aquella princesa. 

La carretera es una senda bordeada por roqueríos que me recuerdan al Valle de la Luna. Dudo que estemos en territorio Francés.

Ahora sí vamos bien. Con la pequeña ayuda de los imprevistos voluntarios.

—¡Imprevistos voluntarios! Yo no vengo más con ustedes. He pasado más miedo que con los Buscadores de fantasmas milongueros(buscar entrevista en este mismo blog)— contesta el aterrorizado Sacmer.

 El Indio Martin y yo no decimos nada. No podemos.

Hombres de poca fe, como diría el pibe aquel de las parábolas. 

—¿El Pibe?

—Si los discípulos de la «Historia» hubieran sido mujeres, seguro caminaban sobre las aguas...

Los filósofos no casan bien con la religión.

La lluvia se hace aguacero, los pájaros, una sombra iluminada que cruza el cielo.  Diógenes pulsa un botón rojo. Una especie de toldilla de metal se despliega medio metro y resguarda el cristal delantero del agua. Con la lluvia caen algunas piedras doradas. La senda se pierde en el agua, el agua en la niebla, la niebla en un bosque. Y el bosque se abre a un calvero y un juego incierto de temblona luz de fogata que sale por las ventanas de un refugio. Que tenga un cartel iluminado por una antorcha en el que más que leer se intuye: PARADOR NADA es un detalle mínimo. Que bajo dos parras que se cruzan en la altura formando un aparcamiento natural, haya caballos y coches con diseños aún mas extraños que el antiguo móvil del cura exorcista que hace enorgullecer a Pelandrún, una anotación al margen. 

Entre una calesa y un Tilbury —al que hay enjaezado un alazán robótico— dejamos aparcado el tango móvil. Corremos, Diógenes y yo. Al Indio le gusta aprovechar cualquier contacto con el agua para purificarse. Y a Sacmer hacerse el Marlowe o el Mike Hammer bajo la tormenta, con su anacrónico piloto teñido. 

PARADOR NADA es una estructura de maderas, cuero y cuerda trenzada. Una hilera de sandias y calabazas resguardan la entrada, bajo un entoldado hecho de una sola pieza de cuero marrón, sostenido por dos bordones gruesos.  

Me pregunto a que animal habrá pertenecido.

Adentro huele al fuego que alimenta un hogar en un cuadrado espacio central por debajo del nivel del suelo de madera entarimado, a la usanza de las antiguas casas japonesas. El humo blanco se pierde en una abertura del techo, resguardada de la intemperie por una plancha cónica de madera y paja.  Un gran caldero borbotea encima del fuego, colgado en un soporte de hierro. 

Refugiados dispersos ocupan mesas de madera oscura y bancos, en redor. Ninguno lleva mascarillas. Aunque tampoco llevan ropa de nuestro tiempo. Vamos directos a una mesa desocupada. Y si al sentarnos, vemos que detrás hay un limonero enano, no es coincidencia. No hay mesa, banco, recipiente o copa donde se coma o se beba que sea igual. 

—Ah, Aquí llegan nuevos viajeros de la nada ¡Bienvenidos sean! —dice el hombre de la barra, que parece una versión gorda de Pólux, el camarero del bar Roñoso—, ¿Qué será? ¿Cordiales con canela, Tokay, Falerno? ¿Alguna historia para acompañar nuestro cocido de mil años?

—Todo, si es posible. Y acomodo para pasar la noche. Aquí con los amigos íbamos buscando un faro-hospedaje cuando nos sorprendió la tormenta. Y con el toque de queda al caer mejor quedarnos.

—¿Toque de queda? Cualquier medida es poca para frenar a los contrarrevolucionarios.  Ya verán, cuando llegue Mesidor no quedara ninguna cabeza del antiguo régimen. ¡Que trabajo para Madam la Gui!—. comenta una mujer que esta tejiendo algo parecido a un gorro rojo con agujas de madera. 

Un hombre con gorra marrón se acerca a nuestra mesa con una copa de coñac en la mano. Los bigotes hacia abajo son tan punzantes como la expresión de sus ojos.

 —No le hagan caso a la loca Defarge. No es mala gente, pero tiene una fijación con la calceta y los cuellos. Aunque ella y sus amigas cantan lindas tonadas. Un poco sanguinarias, eso sí.. ¿Y ustedes? Iban buscando un  ¿qué? 

—Un faro, pero un qué y un cuando en el que desaparecieron dos personas allegadas también— contesta Diógenes con su habitual verba sofista. 

—Un faro... Con los faros hay que tener cuidado. Hay muchas luces malas fugitivas que provocan naufragios. Y algunos capitanes que naufragan adrede. Saqueadores, raqueros, esclavistas. No se a cuales odio más. He navegado mares bravos, ríos de pesadilla, aguas en calma y mares muertos. Y siempre he llegado a buen puerto, con la prudencia por consejera y la pericia de mi contramaestre —el viejo Poseidón lo tenga bien bebido— por brújula. Pero ayer...ayer no hemos podido encontrar el rumbo. Fue como tratar de atravesar el misterio del alma humana. Si no hubiera sido por la luz de este amable lugar nos íbamos a pique. 

Todo el tiempo se lo ve tratando de hacer algo con sus manos. No está cómodo en su abrigo.

—Por eso hay que apurar cada momento al llegar a buen puerto. Aunque no sea puerto. ¡Amigos, congregados, viajeros en espera! brindo por aquel que conoce la edad del mundo: el Mar, que nos espera. El mar que hemos dejado atrás.

—Tomen, muchachos. No se brinda con las ganas —dice la camarera, una morena de ojos grandes, acercándonos unas copas de vino.

—¡Por los mares! ¡Por el mar!

—¿El mar? ¿Donde? —pregunta un hombre flaco, sentado casi al lado nuestro. Tiene la ropa llena de polvo y la cara quemada por la intemperie. Los ojos, vivaces,  parecen dos granos de café—. El viento casi hace enloquecer a mis mulas. Arena, polvo y nada. He atravesado la maldita tierra por ese mineral sinvergüenza. Lo único que da esa tierra son duendes de ojos rojos e infortunio... La llamada del Norte... vine siguiendo La llamada del Norte ¿Cuánto hace que dejé mi cabaña? Estoy aquí por la fiebre amarilla. No se donde. Aquí...  


—Se ve que usted es un pionero, un hombre versado en esas cosas de la tierra ¿Sabrá por casualidad algo sobre el Go de Oro? —pregunta el joven Sacmer, con imprudencia.

—Hijo. Después de tantas minas y tantos ríos no hay nada que no sepa de ese maldito mineral. Ahora no queda un gramo, ni siquiera en las bacinas de los sacamuelas. Me he ido tan al norte que hasta los perros de mi traílla se han quedado atrás, sin querer seguir.  El maldito Oro. ¡Cuantas empresas locas se han montado por ese granuja!...Recuerdo un sueco que quería llevar mil docenas de huevos para alimentar a los mineros en Alaska. Pobre diablo... Se le pudrieron todos. ¿Saben que es lo único que se gana con el mísero oro?: Cuentos, historias, fantasmas. El Go de oro. ¿El Go de Oro, dice?

—Sí. Ellos también custodian un tesoro. Dicen que Gardel...

—¿Qué?

—Gardel, el cantor de Tangos...

 —¿Tango? es eso nuevo  que se baila en los burdeles ¿no?

—Se bailaba. Y estos del Go son una sociedad secreta milonguera.

—¡Sociedad secreta! Será un engaño de dos o tres vivillos. Otra pesadilla para desesperados... El hombre de la Antártida que frecuenta lupanares debe saber. ¡Reynolds! ¿Dónde está ese hombre? ¡Highlander! ¿Dónde está el explorador?

El hombre se va hacia la barra donde está sentado un escocés bajo con una levita raída, apurando una botella de Wisky. La cara, como la de todos los reunidos, nos es conocida.

—¿Hijo? ¡Ese hombre no tiene más de cuarenta años!...¿Baile nuevo?—añade Sacmer, desconcertado.

La posadera nos acercan una fuente de metal donde borbotea un guiso de sabor fuerte. La consistencia y el sabor de la carne me recuerda al cordero de una milenaria receta persa. El vino lo traen en una jarra de plata, muy ornada. Aprovecho para saciar mi curiosidad sobre la tienda.

—¿Con la piel de que animal han hecho el toldo de la entrada?

—¿Animal? Quien sabe... Todos los materiales de esta posada los han ido trayendo los viajeros perdidos. Según cuentan algunos charlatanes la madera es de los árboles descartados en los bosques consagrados a los dioses. Las cuerdas, barbas de ballena varadas en los mares más allá de Poniente. Las ventanas y las aberturas son caparazones de tortugas gigantes, tratados por los pueblos nómades. Los cristales, según decía el alquimista Saknussemm, de ámbar, pero debe ser falso. Tuvimos hace tiempo un colmillo recto que nos servía de parante central, pero su dueño vino a buscarlo. Lo que usted dice es la ceja de Ymir... O su pelo. No recuerdo como lo contaba Snorri.

—¿Snorri Sturlunson, el escritor?

—Snorri el humorista. Así se anunciaba. ¡Si habrá hecho fechas aquí! Venia siempre con flores y poemas, como muchos bobos que creen en esas cosas románticas. Ven a las muchachas con encajes y delicadezas y se piensan que son tontas...La Shelley lo saco a fustazos.

—Muy bueno el guiso. Se nota que está hecho con cariño, señora. Señora en el sentido espiritual, de continente y temperamento.

—Este es un hombre que se expresa como debe. Ya me parecía que no era usted de andar averiguando la condición de las mujeres. Llámeme Maya. Estos que viene por aquí no sirven más que para andar mascullando. Dejan versos y la cuenta sin pagar cuando se van. Y los otros, bueno... para que hablar. 

—Maya, esto es un cumplido de morondanga, pero es evidente que le confiere usted calidad al plato.

 —¡Zalamero, que no lo hago yo! Masrur, el cocinero presume de haber alimentado a Harún, el justo. Es nuestro guiso de mil años. Ni yo recuerdo cuando encendieron ese fuego. 

—¿Será que también tienen Hidromiel y esas otras cosas de...?

—Sí. Sí. Las rubias pechugonas, como decían en mi barrio. Y el ballet acuático. Y Wagner tocando para los borrachos. Le encanta desafinar para el caminante Larry y Hank, ese que suele venir por aquí con pretensiones de boxeador. Pero hoy no. No es el día de Odín. Hoy, si aclara, viene la juventud, a bailar ritmos nuevos...

—Ah...¿Hacen bailongo aquí? ¡Esto es un hospedaje completito! ¿Es suyo el establecimiento, Maya?

—Es de quien quiera. Aunque desde la barra Dioni se haga el jefe...Esto se mantiene abierto por los extraviados, los que buscan quimeras y los que viven en la tormenta. ¡Voy, señoras! Perdonen ustedes. Me reclaman las muchachas del destino.

—¿Las muchachas del Destino?

—Aquellas tres de negro. Son del Club de las tijeras y la lana. Permiso.

—Suyo, Maya.

En la mesa a la que se dirige, la tal Defarge ha terminado de tejer su gorro rojo. Diógenes baja la cabeza como quien ha sentido el momento primero del enamoramiento. Pienso en Nina y Automáticamente saco el móvil para hablar con ella. Pero bajo la tormenta no hay conexión.

—Es... es raro. ¿No les parece?

—¿El sitio en el medio de la nada? ¿La concurrencia que parece sacada de los libros?¿el ámbito intemporal? ¿Tu embobamiento?

—Todo. Esa mujer tiene un aire a Tita Merello. O como uno imagina a Tita a partir de las fotos sugestivas de su cara. Esas en las que parece una Femme Fatale. Y todos estos anacrónicos contertulios...Si ahora mismo entraran el Tigre Arolas y el Pibe Ernesto a tocar unos tangos bravos no me extrañaría nada.

—Es como la gran tienda de ceremonias de mis antepasados. Los ancestros,  los espíritus del pasado, el fuego...

—Habrá que disfrutar la hospitalidad y enriquecerse con el contacto de los hospedados. Porque también  me parece que entre los personajes andan los creadores.

—¿Los dioses?

—Hablo de los escritores...Pero no los del estilo Salgari que se imaginaban los lugares y las situaciones... Hablo de los curtidos, los aventureros... los que recrearon sus experiencias en novelas. Aquí esta todo mezclado. Lo que es, lo que hubiera sido, lo que será. Fíjense aquel muchacho jugueteando con el puñal. Parece Borges, pero el Borges cuchillero, como él se imaginaba en algunos poemas o relatos. Aunque fue más parecido al hombre que describió en El sur. 

—Arquetipos, estamos disfrutando un plato antiquísimo, en compañía de Arquetipos y tejedores de Arquetipos. Quien sabe si no está en alguna mesa Ahab o los dos Burton, el real y el personaje de Farmer. Quien sabe si en el  pasillo no nos encontramos a Ripley y Patricia Higsmith a los besos. No quiero preguntar, no vaya a ser que estos personajes inmortales me haga dudar de mi existencia.

—¿Inmortales? ¿Te parece?  Tendrán vida durante mucho tiempo, mientras haya gente que lea. Pero esos son los conocidos. ¿Y los otros? ¿En estos tiempos quien se acuerda, por ejemplo,  de Raffles, el sargento Cuff, Carrone o Stardi, el viento Matteo, Equis Etcetera, Bathilde de Wendel o Ayesha?  O sus creadores Xavier de Montepin y el cuñado de Conan Doyle. ¿Quién sabe quienes fueron Xavier de Montepin y el cuñado de Conan Doyle?

—¿Qué quiere decir, señor Diógenes?— interviene Sacmer, con ojos agrandados—, ¿Que este es un lugar donde van a parar los personajes olvidados? ¿Que nosotros somos también personajes camino hacia el olvido?

—Todos somos viajeros en las alas de la tormenta o de la nada. La duda es la premisa de la filosofía y el motor de la existencia. Hay que dudar. Lo aparente es dominante. La naturaleza de la realidad es engaño, deseo, subjetividad. Y...no está mal. Nada mal. Este aquí no está mal. Si por una de esas cosas del destino, en las que no suelo creer, sucediera que me quedara aquí...


—¿Qué dice Diógenes?

—Pregunto: ¿Alguno sabe conducir? Alguien...

Un impresionante trueno me impide oír las palabras de Diógenes. Tan grande es el ruido que nos ensordece. me taladra en la cabeza. Cierro los ojos. Noto en los oídos un zumbido estridente. Una sordina Fresediana que no se calla. Me duele todo el cuerpo. Abro los ojos despacio. Las maniobras de Diógenes nos han hecho estampar contra un murito de piedra. La radio suena todavía. Detrás el Indio Martin y Henry Sacmer se mueven, atontados. Diógenes, con un pequeño corte en la frente no para de decir Maya, Maya. 

El bosque ha desaparecido. PARADOR NADA también.  Cuando recupero completamente la visibilidad comprendo que estoy viendo algo amarillento: la mole del faro. El hombre que se acerca debe ser el Ninfo de Traspié.

MAYA, sigue musitando Diógenes. 

En la radio  el cantor de la típica Víctor le retruca con Una vez, solo te vi una vez... (Continuará)  


miércoles, 17 de marzo de 2021

¿CÓMO DEFINIRÍA EL TANGO BAILADO A ALGUIEN QUE ACABA DE LLEGAR AL PLANETA?

 —¿Cómo definiría el tango bailado a alguien que acaba de llegar al planeta?

—¿Porqué haría eso?

—Digamos que es una suposición, un caso hipotético. Sígame el juego, ¿Cómo le definiría una milonga a alguien que acaba de llegar al planeta?

—¿Se refiere a un bebé? No tendría ya bastante con todas esas cosas raras del nacer en el primer día?

—Un ser, una entidad. Elija la etiqueta que más le guste ¿Cómo se lo explicaría a alguien que no conociera el tango bailado?

—¿Es por una inquietud filosófica, una duda religiosa, un desvelo? ¿Tal vez un enamoramiento, un emprendimiento comercial, para vender algo? Es que depende para qué le contesto.

—Al caso es lo de menos.

—Eso lo dice usted que es joven y anda entrevistando gentes cuando debería bailar. Pero no es lo mismo. 

— Hablo de una persona recién aterrizada en el planeta tierra.

—¿Persona? según lo que estoy entendiendo persona es mucho, o poco suponer, como se mire. No es lo mismo explicarle el tango a un visitante ligeramente antropomorfo, o poner en antecedentes a uno de esos Jesúses instantáneos de corporeidad milagrosa, que ya vienen hechos.

—No entiendo.

—Si, si. Uno de esos mesías que nacen de la noche a la mañana para motivar a la humanidad en esos programas de autoayuda de madrugada  ¿O esta aparición es un arribado de los intangibles del más allá y otros derivados o posos de la credulidad general, como los ángeles, los serafines, los arcángeles y por contra la realeza de la mugre infernal? ¿Es acaso una de esas luminiscencias angelicales o virginales que exigen construcciones de templos, y que siempre se aparecen a los hijos de albañiles o arquitectos en parcelas públicas?

—Olvídese de las cuestiones religioso-filosóficas. Es un extraterrestre, un alienígena.

— ¿Hablamos de una visita de Mercurio? ¿Del desgraciado y reestablecido planeta con problemas de identidad, Plutón, tal vez? 

—Espere. Voy a tratar de planteárselo en forma de situación. Imagine que usted está por la carretera. Conduciendo, de noche después de un largo día de trabajo a la milonga.

—Es que no conduzco. No desde aquella vez en que...Y ahora las milongas se hacen en horario de tarde.

—Da igual. Como está cerca de su trabajo va caminando, con la bolsita de zapatos al hombro por una de esas calles en donde nunca se ve gente, para cortar camino. 

—¿Con la de malandras y endrogadictos que andan en esas calles? ¡Ni loco! Además me pueden robar un órgano —de los corporales— o inyectarme cosas, como en las películas de antes.

—Va por un barrio tranquilo, residencial, sin elementos maleantes a la vista. Antes o después de la pandemia. Eso no importa. ¿Me sigue? Y justo delante suyo, en uno de esos descampados de suburbio acomodado, ve bajar una nave, el típico plato volador. 

—¡Pero esa tecnología ya está vieja, hasta en las películas! ¿Quién usaría hoy en día un plato volador? 

— Una nave. La que quiera. Con la forma que quiera. Se abre una portezuela, una escotilla, usted ve una luz intensa.

—Como de unos ocho o nueve leds de los buenos.

—Si. Eso mismo. Y bajan dos seres...

—Uy...No, no. ¡Que miedo...!

—Dos seres con la sonrisa dibujada en el rostro, los ojos inteligentes y la expresión amable y empática. Enseguida, usted comprende que no representan una amenaza.

—Eso son los peores, como un amigo que tuve, que me gancheaba de atrás. ¿Cómo sé que no me van a abducir, no me van a enchufar nada en el cerebro ni hacer pruebas raras para dejarme abandonado en el mismo descampado como en el cuento del borracho y la botella de vino blanco?

—¿El qué? Mejor no pregunto. Se ve en la intención al malo. Los malos prenden la aspiradora de la nave y lo chupan. Estos no. Son dos extraterrestres sin inquietudes científicas, que, permítame la licencia poética, se subieron a la nave en Próxima Centauri, con ganas de explorar nuevos mundos y después de un vagabundeo agradable acabaron en la tierra, justo delante suyo, que está ahí parado como un pavote, con la bolsita de zapatos al hombro.

— O Se han escapado.

—¿Qué?

—Seguro son extraterrestres confianzudos adolescentes que pensaron «Fin de semana, Slub. Siempre lo mismo Dejjbr. ¿Qué hacemos?» Y no se les ocurrió mejor idea que robarle la nave al viejo alienígena y venir a molestarme a mi, que iba caminando tranquilo a la milonga, con la intención de bailarme unos D´Arienzos de mi flor. Haberse quedado en Prrwulll.

—Era Próxima Centauri.

—Para nosotros. Para ellos es el planeta Prrwulll. Un gigante gaseoso, jaja. ¿Entiende el chiste?

—Bueno, si le ayuda... Y luego de un largo viaje ven esta bola verdeazulomarronada que es nuestro hogar y bajan (por casualidad)  ahí en el descampado.

—Al lado del altarcito donde próximamente los constructores impulsados por la fe (en el dinero) comenzarán a construir un templo turístico y se llenara de gente y habrá vendedores de empanadas, vino y estampitas. Negocio para todos. Como los supermercados de Lourdes. 

—Eso. Y al abrir la escotilla...

—Con los ocho leds.

—Con los ocho leds, lo ven a usted, con la cara de asombro. Y  le mandan un mensaje. Le dicen telepáticamente...

—Ahí le pifió. ¿Qué sentido tiene preguntar si usan telepatía? ¡Me roban los pensamientos y ya está! 

—Tiene razón. Estos traen un conversor idiomático universal. De la teletienda alienígena o lo que sea. Y con su trato afable y bonachón le dicen con perfecta dicción: Hola ¿Qué tal, amigo desconocido?

—¿Amigo desconocido? 

—Son extraterrestres confianzudos, como dice usted, pero no tanto. 

—Sí, porque si me dicen, amigo, como algunos elementos del bandolerismo urbano,  salgo corriendo. Seguro me van a robar, o meter la vacuna cinco Ges.

—Amigo desconocido, que es lo que les traduce el aparato. Y le preguntan: ¿Dónde va? Y usted les contesta: Voy a la milonga. Y  ellos le contestan —y ese es el punto de partida de la pregunta que intento que me responda desde hace rato—: ¿Y eso que es?

—Ah. Y ahí le tengo que contestar, claro. Bueno, yo les digo, por ejemplo: «Es un lugar pulenta donde bailamos las mejores orquestas tangueras enlatadas o en vivo, nos encontramos con otras gentes que tienen la misma ansiedad por bailar que nosotros y entre tanda y tanda nos abrazamos y nos mantenemos vivos bailando al compás de un tango querendón.»

— ¿Y usted piensa que con esto que acaba de decir lo van a entender con su traductor de Teletienda?

— ¿Y porque no?

— «Pulenta: no se han encontrado resultados. pruebe con polenta: Alimento preparado en base a...»/ «enlatado: procedimiento por el cual se conservan mayorit...» 

—...

—¡Es un traductor interestelar estándar! ¡No le cargaron el lunfardo, ni su variante, el lunfardo gagá! Y no llego a lo última parte de su respuesta, cuando usted dice «Nos mantenemos vivos bailando al compás de un tango querendón» Es un punto de vista suyo.

—¡Y Claro! Pero así es todo con el tango y la milonga. 

—Piénselo desde el punto de vista extraterrestre. Ellos se mirarían y pensarían: ¿Es que estos seres nativos están en situación de extinción vital y el tango querendón(no se han encontrado resultados) ese que dicen es una sustancia medicinal indispensable para la supervivencia? Puede ser...no se le ve mucha salud, y parece por su vestido que está consumiendo sus últimas reservas de energía.

—No hace falta ofender. Entiendo. Entonces ¿Qué les diría, parado en medio de esa calle del barrio? 

— ¿Qué diría?

—«Amigos desconocidos de las estrellas, ilustres visitantes de este humilde rincón de la galaxia, la milonga es un lugar donde se efectúa una actividad de ocio, con indudables beneficios espirituales y físicos para quien lo practica, además de tener un alto contenido emocional y colectivo que, en las mejores noches, se traslada a todos los que están en el salón. La milonga es un sitio donde la gente va a encontrarse, a relajarse después de un día o una semana ajetreada. Hay un espacio, generalmente en el centro, donde la gente se abraza bailando tango, vals o milonga. En algún lugar hay una barra, un sitio donde se pueden adquirir y consumir bebidas y espirituosos, alimentos autóctonos caseros y consejos. Y también hay mesas y sillas con manteles y velitas, donde la gente que no baila comenta y admira la destreza de los bailarines. 

—Pare, Pare. Parece un folleto de medicamentos. El traductor está teniendo problemas y los extraterrestres no se enteran. ¿Actividad de Ocio? ¿Se abrazan bailando tango? Haga de cuenta que les está explicando a los extraterrestres una película sobre la milonga. Se lo pregunto como extraterrestre: ¿Qué es una milonga? Y no meta a Milonga del 900 en esto. 

—Ya. ¿Pero, puedo ponerle banda sonora? Es para que quede mejor.

—Puede.

—Ahí va. La parte instrumental de La melodía del corazón, Donato, en una versión para 100 músicos. Yo estoy parado en el medio de la calle, casi como el David de Miguel Ángel, con la actitud de un gran orador o poeta de la antigüedad ante un anfiteatro imponente.

—¿Tiene que ser así?

—¡Por supuesto! Es que en ese momento soy un representante de la humanidad toda.

— ...

 —Es algo histórico, aunque intimo también. Es como si lo estuviera viendo: Solo ante la oscuridad de la noche, el espacio infinito, la luz de veinte leds. Y yo con mi voz finita y carrasposa que de pronto se va aclarando como la de Sarita Montiel en La Violetera o Hugo del Carril en La vida es un tango, cuando canta a dúo con Sabina Olmos Aquel Tapado de armiño. La voz, envalentonada, se vuelve estentórea, un torbellino que batalla, como esos que van a una batalla con miedo y al final encuentran el valor en su interior.  Y...

— ¿Está lagrimeando?

—Es que me emociono. Escuche, Escuche: 

«Amigos desconocidos del Cosmos. Voy a la milonga. ¿Qué es? Preguntaran ustedes con su extraña mente que viene de allá lejos. La Milonga...no puedo describirla sin pensar en todas esas noches pasadas, perdidas y recordadas. En todos los tangos que he bailado, como si no hubiera más que el tango y la intima comunión entre mi compañera y yo. Imaginen ustedes, el más sagrado vínculo profano entre dos que se encuentran y siguiendo con su alma la música de un tango, sienten y experimentan con el corazón los asuntos de la vida y la muerte, el amor, la traición, el paso del tiempo y todas esas cosas que aquejan, acongojan y ensalzan a la especie habitante de este humilde rincón del universo. Imaginen la ronda, con su escaparate de emociones, frustraciones y sentires. Y el ágora de mesas, donde el que no baila se sienta a ver la vida con una copa de vino en la mano y a discutirla con filosofía. La milonga, mis amigos desconocidos extraterrestres, es un mundo y el tango un misterio que no se puede comprender»

—Muy emotivo. Pero no me contesta la cuestión principal: ¿Cómo definiría el tango bailado?

—¿Con lo bien que estoy haciendo el papel de embajador terráqueo me hace cambiar de película? 

—Es que sigue yéndose por las ramas. Suponga algo más comprensible, menos sentimental. Trasmítame un mensaje claro, con la misma o parecida situación.

—A ver...Ya que estamos suponiendo ¿podría ser que uno de los alienígenas extraterrestres confianzudos fuera del sexo femenino? Y no me venga con que ahí en Prrwwul hay como quinientos sexos.

—Si a usted lo ayuda...

— Es por ahí les da por venir conmigo a la milonga. Si son extraterrestres, aunque no bailen, fijo que se transforman en el alma del bailongo. O se ponen a escabiar vino sin saber y me dejan en la vergüenza. No hay nada peor que extraterrestres pesados borrachos. Además, a efectos de la explicación y para que entiendan mejor qué es el tango bailado por ahí me le animo a la extraterrestre mujer y abrazándola le hago hacer unos pasitos...

—¿Quiere bailar con la extraterrestre confianzuda? ¿No le parece que quizá el adolescente compañero,  también tiene esas sustancias extrañas bulléndole por el interior del alienígena organismo y lo puede finiquitar con alguna desconocida arma extraterrestre?

—No, No. Ahí en el gigante gaseoso no creen en la violencia. Hace tiempo han eliminado a todos los violentos. Pero tiene razón. Ya que estamos imaginando y para no tener problemas de chamuscamiento, pongamos que son dos alienígenas extraterrestres confianzudas en edad de merecer...

—En edad de... ¿Qué dice? Le está cayendo un hilo de baba por la comisura.

—Es que cuando me pongo a imaginar no tengo freno. Adolescentes extraterrestres confianzudas con...

—No siga...

—Con muchas ganas de diversión.

—Ya. Y entre los millones de millones de humanos se fueron a encontrar justamente con usted.

—Si. Con este porte bien de tango, el peinado al descuido, mojado con gel al estilo Nicolás Cage y tarareando con voz de barítono Yo soy el tango milonga, señor...Un partidazo.

—Ya veo. Con su camiseta negra del Tango maratón,  un poco desteñida, sus pantalones anchos de cinco pinzas con los bajos un poco llenos de manchas y su bolsita de zapatos al hombro, listo para bailar.

—Y con ganas de fiesta. Ya que imaginamos, imaginemos a lo grande. Como embajador cultural de la tierra que soy en este trascendental momento y como un gesto de buena voluntad, concordia y entendimiento entre planetas hermanados, tengo la obligación de invitarlas a estas dos muchachas que no son de estos lados, a ir a la milonga. Y hasta podría aparecer mi compadre Ordovísico, que andaba por ahí, pero no se animaba a meterse por respeto. Iríamos los cuatro a la milonga, las pibas...

—¿Las pibas?

—Las pibas alienígenas confianzudas se deslumbrarían con nuestro baile y sin más nos llevarían a dar clases y hacer exhibiciones a su planeta. Y de ahí al universo entero ¡Un golazo! ¡Un golazo! Perdóneme, pero esto se lo tengo que contar a mi compadre ¡Ordo!¡Ordo, que nos llevan de gira por la galaxia!

Y sin que le respondan ya está en medio de la pista bailando con sus pasos singulares. 

El hombre de la pregunta se queda mirando la ronda y luego dice:

—Apenas puede bailar con una milonguera conocida ¡Y se quiere ir de gira por los planetas con una adolescente confianzuda extraterrestre o dos!
Así no hay forma de escribir este folleto de publicidad. ¿Quién me habrá mandado a mi...? 


martes, 23 de febrero de 2021

DE COMO ZORRO PERDIÓ EL COMPAS - UN CUENTO TRIBAL DE LA VIEJA MILONGA

— ¿Saben como el Zorro perdió el compás? —dice el Indio Martín mientras protege estas líneas con un dudoso amuleto atrapa sueños. Vamos al país de Oc, en el Tango móvil apóstata de Diógenes Pelandrun, buscando a mi padre, presumiblemente desaparecido por buscar el Go de oro.

—No. Cátulo está ensimismado y el muchacho detective no aporta mucho a la charla, Así que contá Che Martin. —responde Diógenes.

 El muchacho detective es Henry Sacmer, entrevistador oficial del blog y detective en prácticas.

Y El Indio Martín cierra los ojos y mientras la oscuridad nos rodea nos cuenta:

COMO ZORRO PERDIÓ EL COMPÁS

Zorro y Lobo eran compadres de Milonga. Lobo inventaba pasos y los dejaba colgando en un cordel para que Viento nocturno los secara y La Vieja blanca le pintara elegancia. Porque un paso fresco puede ser muy imaginativo, pero si no se ha endurecido con la noche y no ha brillado a la luz de la luna, es solamente un paso más que se pierde en la nada.  Compartían mesa y bebida con Oso, Castor y Mapache. Y cuando Polilla ponía esas tandas, ustedes saben cuales, todos se hacían fuego danzando en torno al fuego. 

Entonces Zorro, a quien le gustaba bailar con Oruga decía: «Bravo ha sido este baile. Este cuerpito se va a descansar una tanda» Y mientras los otros bailaban se salía de su sombra, la dejaba sentada a la mesa y se perdía en la densa oscuridad sin música. 

Era un pícaro ese Zorro. 

Iba a lo de Lobo, descolgaba los pasos y los cambiaba por sus pifias hechas en la tarde, al descuido. Pasaba por la cueva de Oso y le cambiaba todos los abrazos cálidos que guardaba al fondo por sus apretones de viejo esmirriado. Se refrescaba en el rio y al llegar al hogar de Castor le robaba su técnica, la misma que usaba para sus soberbios diques, dejándole en reemplazo algunos garabatos de calentamiento pobres de ejecución. Y a su primo Mapache le robaba la limpieza de los pasos. 

En la milonga los amigos veían la sombra quieta en el asiento y decían: «Pobre Zorro, de tanto bailar se ha dormido. De tanto contar chistes, nuestro buen Zorro se cansó y está soñando ¡Que buen tipo es Zorro! un amigo estupendo, el mejor milonguero de todos los que han existido».

Y aunque equivocados, puede que tuvieran razón.

Zorro volvía a la milonga en una de esas tandas poderosas y mientras todos estaban bailando se metía en su sombra, simulaba despertarse, se desperezaba y asegurándose de que todos lo vieran comentaba en voz alta: «¡Que sueños he atrapado! Bailaba cosa buena con Zarigüeya, Ardilla, Marmota y Alondra. Pero en mi sueño vi a la magia mala. Se cuela en los lugares nuestros cuando estamos aquí, en torno al fuego. Quise ahuyentarla agitando mi cola cerca del abismo, pero no se engañó. Es mala magia y casi me traga. Rodamos juntos esa ladrona y yo. Con las patas le arañé algo de lo que ha robado, hermanos, pero es brava y al irse se llevó el baile mío. Si me ayudan prestándome un poquito cada uno iré a buscar a la ladrona y le daré en los dientes y en las manos cuando se asome otra vez la vieja Blanca».

Se lo dejaban, contentos y seguían bailando, porque el buen hermano Zorro era un guerrero fiero. Y no iba a dejar que la magia mala siguiera robando cosas.

Así hacia Zorro. Y cada noche contaba como  la magia mala se le escapaba saltando delante de su hocico como un grillo. Y mientras los demás iban bailando peor, Zorro se lucia. Bailaba con Zarigüeya, Ardilla, Marmota y Alondra. Y ellas sentían el abrazo del oso, la perfección de la técnica de Castor, La economía y la limpieza de Mapache y sobre todo el brillo de la luna en los pasos de Lobo. 

Y decían: «Zorro es un guerrero fuerte. Todas las noches pelea con la magia mala y casi le gana. No hay nadie que baile como Zorro. Yo lo abrigaré para que no lo trague la nada mientras guerrea». 

 Zorro, sin esforzarse,  tenía las mejores comidas y siempre podía dormir acompañado en una tienda ajena, mientras los otros animales hacían lo que podían, con sus cualidades menguadas.

Se habían acostumbrado a la sombra quieta en la silla. Y después de una tanda penosa comentaban: «Es esta Hechicería mala que nos pone así. Pronto nuestro Zorro, que tiene el alma grande, le sacara las manos y los dientes. Dejemos dormir a nuestro amigo para que le pelee en sueños a la ladrona». 

Y le convidaban de su vino y su comida para que pudiera pelearle fuerte a la magia mala. Y bailaban junto al fuego hasta la última tanda, sin arte y con alegría.

 Los animales viven, sin más cosa que vivir.

Así era Zorro, así eran los otros. Así son los cuentos. Y si piensas que la realidad es otra cosa, recuerda cada historia que has escuchado cerca de algún fuego.

Una de esas noches Cuervo voló temprano, antes que Lobo y Zorro llegaran a milonguear.

 «Tengo asuntos con Viento Norte. Mi hermano viento es puntual» dijo Cuervo. Y volando se fue a esperar a Viento en la rama más alta del roble viejo de la encrucijada.

Así fue como vio desde la altura a Zorro entrando y saliendo de cuevas ajenas con su bolsita en el lomo. Hasta que se quedó en la de Oso. Y pensó: «Ahí va el Zorro fantasma del sueño a sacarle los dientes y las manos a la ladrona». 

Cuando llegó Viento Norte se pusieron a hablar de esas cosas del aire, los pájaros, el secreto. Y Cuervo habló de la magia mala. Y Viento dijo: 

«La única magia mala que hay es Zorro. Ese bribón me encerró una vez en una cueva y se llevó mi aliento. Ahora ni las hojas me temen. Voy a dormirme al río. Si Zorro está ahí dentro mira lo que hace. Y veras».

 Cuervo entró con sigilo en la cueva. Y por más que miró, Cuervo no vio a la magia. Solo vio a Zorro y Osa hija, juntos en el lecho de abrazos de Oso. Y sin que lo supieran, se llevó la bolsa de zapatos en donde Zorro guardaba todas sus fechorías escondiéndola bajo sus alas.

 Volvió volando a la milonga hasta donde estaba la apariencia de Zorro y hurgando con el pico se dio cuenta que solo era una sombra.  Zorro no había robado nada a Cuervo, pero era justo, por el bien de todos, que se acabara el engaño de la magia mala. Así que cuando terminó la tanda subió Cuervo a la encina que se caso con el rayo y dijo graznando fuerte:

«He visto a Zorro peleando con la ladrona. Tan brava está la lucha que se han escapado del sueño y ahora nuestro amigo ha pedido a su alma que lo ayude. Quise ayudar, pero Zorro no me dejó. Dijo: «Esta noche le sacaré los dientes y las manos a la ladrona. Para que no vuelva más todos tienen que bailar magia burla para distraerla. Así le podré sacar todo su poder. Eso dijo el valiente Zorro». 

«¿Y como vamos a hacer eso, hermano Cuervo?», preguntaron los otros.

El Cuervo hurgó con el pico y se metió en la sombra, animándola con sus movimientos. Después salió a bailar con Lechuza, imitando a Zorro.

 Cuervo apenas podía bailar sosteniendo tanta sombra con sus patitas flacas. Y los amigos se partían de risa con los pasos mal hechos de Cuervo, en esa sombra ajena, que le quedaba grande. Cuando terminó la tanda se metió Alce y le faltaba sombra por los lados, así que la estiró un poco con los cuernos. 

Uno a uno fueron haciendo magia burla con la sombra mientras Cuervo graznaba: «Zorrito está ganando. Sigamos bailando magia burla». 

Y como estaban alegres se pusieron más alegres con alcohol. Y siguieron bailando.

Tan borracho estaba Cuervo que se cayó de pico y la bolsa con las cosas robadas se le escapó entre las alas. Búho, vio la bolsa tirada y dijo:  «Zorrito está ganando. Su alma nos manda lo perdido. No debe tener ya dientes ni manos esa mala magia».

Los animales, exaltados y medio borrachos se abalanzaron sobre la bolsa y cada cual agarró lo que pudo. Es por eso, según dicen los antiguos, que el baile de hoy es una mezcla que lleva un poco de cada animal. Y dicen también que el último en usar la sombra fue Oso, que en el apuro por recuperar sus abrazos la desgarró un poco con sus zarpas. 

Ahí se quedó la pobre sombra de Zorro, desgarrada, estirada.

Zorro volvió mas tarde, apurado. Al no encontrar la bolsa con las cosas robadas, supo que habían descubierto el engaño. Quiso entrar en su sombra. Y la sombra se le resistía.

 ¡Como se revolvía el pobre Zorro peleando con esa sombra borracha y despareja!  ¡Que susto pasó por sus malas andanzas! 

Un rato más tarde la sombra, cansada de tanta lucha y alcohol, se durmió. Y Zorro pudo por fin meterse adentro, aún con miedo en el cuerpo y la voz. Todos lo felicitaban por sus combates bravos con la magia, pero Cuervo no.

 Y Zorro, escarmentado, no volvió a salir de correrías. Hasta el día de hoy, tiene esos movimientos nerviosos, repetidos. Y salta para cazar a su presa porque su sombra siempre quiere escaparse. Y baila sin compás, como luchando en esa sombra que no parece suya. Y no se sabe cual de los dos es más sombra.

—¿Es un relato ancestral de su tribu adaptado para la milonga? 

— Mi tribu somos Pétalo de Nube, mi caballo Corsini y yo. Y a veces
las empleadas de mi Sauna-Tienda de sudación. Si los ancestros de mi tribu escucharan esto me quitarían el cuero. Literalmente. Pero a los clientes les encantan estas lecturas mientras esperan
 los tratamientos de mis empleadas o la terapia de nuestro Hombre medicina.

 Aunque con estas cuestiones de los cuentos y las sombras, nunca se sabe —dice Martín.

—En eso tiene razón. Con las sombras nunca se sabe. Y con los zorros tampoco —dice Pelandrún. Y mientras avanzamos en busca del Go de Oro y Clemencio, Diógenes pone en la radio su programa favorito: Tiempo de Tango



lunes, 1 de febrero de 2021

EN LOS DOMINIOS DEL NINFO DE TRASPIÉ Y EDDA MINOR (El Go de oro II)

DONDE SE HABLA DEL GO DE ORO - SOCIEDAD SECRETA MILONGUERA, EN UNA CARTA DE CLEMENCIO BERNAL A SU HIJO EL POETA CÁTULO BERNAL.

«Comenzamos el año lejos de casa, sin noticias del Go. Nuestros amigos anticuarios no han querido vernos. 

Al sur yendo hacia Narbonne y equivocando todos los caminos hay un faro y en él un hostal. Allí sabrán decirles. pero no intenten llegar, solo vayan. Nos han escrito por mensaje.

Así que hemos ido, errando y tomando los caminos más extraños, hasta qué, al llegar la noche y buscando un lugar donde dormir antes del toque de queda, hemos visto por fin un faro. En este lugar remoto —en el sentido de improbable— es lo único que conserva un colorido pintoresco a la orilla de una playa donde afloran costillas de oxido y naufragios. Sopla viento. Hay un anexo, un cercado donde se guardan sillas y mesas apiladas. El suelo es de tablas enceradas, en relativo buen estado, a pesar de la proximidad del agua. En la terraza al lado de las mesas y las sillas apiladas, vemos un cercado con tablas enceradas y en relativo buen estado, a pesar de la proximidad del mar: una pista de baile. El cartel en la entrada anuncia el nombre: Le milonguiere. El Ninfo de traspié y Edda Minor.  Y se ven los dibujos de un doble zapato y una runa. 

Hemos ido. Hemos llegado.

 Un mínimo canal sube desde la playa a una pequeña fuente, en la entrada. Al costado, el gel alcohólico y una botella, con un recipiente en el que hay copas descartables, de coñac. 

Haga buches con el agua de la fuente, quítese el sabor de la sal con nuestro brebaje y así estará protegido, anuncia una pequeña explicación escrita con florida caligrafía.

 Los dueños nos reciben, una vez que hemos cumplimos con las normas.  

—Sean bienvenidos. Hemos sabido que venían. 

 Son más jóvenes de lo que imaginábamos, aunque con la
 gravedad y el continente de quienes han visto muchos pasados de gloria aprovechando las noches que hemos perdido. Inevitablemente la pregunta nos lleva a que nos hablen de su apelativos.


— No son apodos. Me llamo así por herencia de mi madre, que siempre afirmó que era la ninfa de un pequeño lago. Traspié es el pueblito donde nací. No me gusta. Y tampoco al bailar. Bailo liso. Siempre es mejor.

—¿Y usted Edda?

— Gente galante que me ha visto  cuando estoy en la pista dice que cada uno de mis movimientos tiene la belleza de un poema y el acento cargado de aliteración, sin la gravedad de la Edda Poética o la Mayor. Pero eso dicen los abribocas. No tiene nada que ver con mi nombre. Soy Edda, Hija de Ramira Eufrates y Antonio Minor.

Nos acompañan a una pequeña sala con sofá y dos gatos albinos. En la mesa hay una bandeja con tostadas y pates, caseros. Una garrafa de agua y una botella de armañac. La casa está llena de muebles antigüos. No parecen restaurados.

 Hacemos libaciones, hablamos de esos grandes bailongos del pasado. La noche se llena de vivencias y recuerdos.  Taulo nos mete de lleno en el tema de nuestra búsqueda.  Como a partir de aquí las cosas se vuelven más raras es mejor que transcriba el dialogo y sus incidencias, Tal como lo recuerdo.»

 Mientras Nina trabaja en el escritorio y oficina virtual doy de comer a Adolfito y me reclino en el sofá dispuesto a leer. Tengo tiempo de terminar la carta, antes de mi clase online: Elementos fantásticos en las fábulas de los primeros milongueros.  Mi padre prosigue su relato con letra apretada.

»Antes de seguir, tienen que saber por qué a mi amigo le han apodado Taulo de Sardo. Cuando bebe nunca se emborracha. Le da por expresarse con parábolas. Parábolas que no tienen sentido. Es lo que sucede ahora, cuando después de limpiarse un trozo de tostada, Taulo dice sin venir a cuento:

—El Go de Oro es como el niño que dejó el sombrero en la tostadora para cambiarle el color. Y después lo tuvo que teñir con anti fuego claro.

Los anfitriones lo miran. Edda responde.

—Cautela. Cautela, pequeño. Uno no puede bailar sin pararse en el compás y escuchar antes la música. Aquí se quedan. Haré mis cosas. —La vemos levantarse y buscar algo en la habitación. Luego sale a la pista. Suena raro que utilice la palabra pequeño. Taulo es mas alto. Y parece mayor que Edda. ¿Nos engañan los sentidos?

El Ninfo se levanta  y cuelga sobre las ventanas unos saquitos color rojo.  Saca una botella de armañac y traza sin mirarnos unos símbolos que recuerdan al ocho. Luego dice: 

—Él … es como la alforja que se quedó vacía porque se le desparramaron todos los pasos por el camino. Y también como la joroba del pie de la mujer de la fuente, que robó una empanada en la tanda de Pugliese. 

Miro por la ventana. En la terraza hay una nota de blanco, Edda.  Apenas se la ve mientras baila siguiendo los compases de un vals inaudible. El Ninfo prosigue.

— Inciertos son sus orígenes. Su derrotero anónimo. Simbólico es su número: Dos veces ocho. la ebriedad infinita, el reflejo a la nada. Ocho parejas, su derrotero anónimo, una fantasía, un cuento de esos que se trasmiten de una generación a otra de milongueros. Un chiste prolongado. Ahora hablaremos desde el alcohol y el tropo. Edda no nos acompañará.

—¿Esta protegiéndonos con alguna danza? ¿Hay algo mágico en esos saquitos? 

—Edda se aburre fácilmente con mis historias. Y es la hora de su práctica. Se toma muy en serio el baile. Los saquitos nos protegen de las criaturas de la noche.

—Vampiros, entiendo...

—Mosquitos. A la orilla de este mar penoso hay mosquitos todo el año. ¿Un poco más de licor?

—Claro, Claro. Sirva más de este excelente néctar,  si es gustoso.

—El Go de Oro. Grupo secreto. Secta. Concilio. Sociedad en las sombras ¿Qué prefieren ustedes? La parte mal contada del chiste, el descarte, lo innecesario es lo que realmente se conoce del grupo. Los párrafos oblicuos, comas olvidadas en el discurso de algunos personajes secundarios, que se han considerado a sí propios iniciados en grupos paralelos, falsos.  El número de sus miembros es simbólico, invariable. Dos veces ocho: la ebriedad infinita, el reflejo y la nada. Ocho parejas. No se conoce sitio, ni emplazamiento. Los fabulistas sueltan algunos lugares emblemáticos que alimentan el comentario en esas noches de música aburrida. Muchos afirman sin basamento que el puesto es hereditario e intransferible o —y esto lo he oído muchas veces en el discurso de vino de gente más bien incrédula—, que siempre son la misma gente, que ha ganado la ansiada y mal interpretada inmortalidad, bailando una secuencia imposible. Esa secuencia nunca es igual, siempre diferente para cada uno de los Go. Porque los Go son auténticos. Odian la copia, la repetición y el paso sistematizado. 

En las milongas me he topado con aledaños Go, atraídos por la rareza de mi nombre. Esto me ha permitido conversar con patrimonios culturales vivientes de la milonga. Mi memoria mantiene intacta sus palabras y olvidó las caras. Cito textual.

"Solo entran al Go quienes se han desprendido de su envoltorio aparente y bailan tango en idioma de la creación. Cosa que nunca pasa, porque aunque manejan el lenguaje y la gramática, la pifian fiero cuando quieren pronunciar correctamente."

"Te vienen a buscar cuando tu técnica  es tan perfecta que se vuelve un error. Y te sacan todas las pavadas a ganchazos, pero imaginarios."

 "Organizan las mejores milongas de la clandestinidad y quien baila en sus pistas ya no puede bailar en ninguna milonga 'Normal'. También organizan las peores. Hay que cuidar el negocio." 

«Muchos pataduras de las milongas han ido desapareciendo, y esas desapariciones indirectamente atribuidas al Go, son producto de la torpeza o fortuitos accidentes conyugales. Sobre todo niños.»

 «Conozco un grupo de milongueros qué, entusiasmados por el baile, creían ser de la más alta condición. Se embarcaron un lunes buscando el Go de Oro o la tierra de los elfos. Lo que encontraran primero. Unos crédulos. La gente de hacienda los alcanzó antes.»

"El Go de Oro es una milonga con una pista cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El problema está en cómo llegar, sobre todo a la barra."

—El secreto, muchachos,  siempre alimenta la habladuría. Hay quien busca tesoros y quien cree que el universo es una retorcida broma que algunas sectas interpretan literalmente. No sabemos si no es el mismo Go quien habla a través de los comentarios de todos aquellos que lo buscan con obsesión. Se adivina un sesgo humorístico en todo el asunto. Un aire Go. Como sea, su influencia es para muchos una fuerza del bien y la belleza. Y para muchos más, una pista demasiado encerada.

—He oído que Gardel iba para Go.

—Y yo que Troilo tenia un bandoneón que antes fue uno de esos músicos del tango en los inicios. Y que hizo un pacto con los Go para tocar mejor. 

—¿Fue de un músico?

—No. No. El bandoneón era el músico. Hay gente que difunde esos cuentos como si los Go fueran una especie de hadas milongueras. Por eso no hay que hacer pactos con hadas. Cumplen literalmente. Gardel ya estaba en Go. En fin, sigo con la leyenda, según las recopilaciones  y los datos que tengo.

»A cada uno de los Go le corresponde un paso primigenio, una figura de incuestionable calidad y pureza, un atributo casi divino, digamos, por el que se los puede reconocer, si uno tiene la suerte de bailar en la descompostura. Esto, claro está, no sucede casi nunca. Hoy en día hay muy poca gente que baila así.  Mucha corrección y nada de baile. Todo presión y seriedad. Los Go aman la belleza del absurdo, como una parte fundamental de la existencia.  La influencia del Go en «nuestra» realidad siempre es un comentario jocoso al margen. Y esto es algo que nunca se ha entendido. Piensen que muchos milongueros del pasado tenían como objetivo principal alcanzar la extravagancia del Go y en una noche gloriosa verlos bailar una tanda entera. Eso no era posible. No lo es. Los Go no bailan juntos. Están dispersos por el mundo, casi fuera del mundo. Y,  al no tomarse en serio mantienen viva su esencia. Por eso es tan difícil encontrarlos. Siempre se tiende, en todos los haceres cotidianos a buscar la trascendencia. Se hace por perdurar. No por hacer. Go, al contrario, no ejerce ningún control consciente sobre el hecho y el decurso. La historia de la milonga no les interesa. Su gloria es el ridículo. 

 —¿ Por qué se llaman Go de Oro? —pregunta Taulo. El último trozo de una galleta asoma por sus labios.

—Go es otro chiste. De su estilo...

La puerta se abre, los gatos se pierden en la oscuridad. Edda Minor deja unos zapatos de baile en la puerta y se calza unas pantuflas.

—Bueno, ya está. La noche se está yendo. Me cansé. Espero que este viejo bobo no los haya aburrido mucho con su charla. Es una lástima que no puedan quedarse. No pasen por el pueblo. No hablen con nadie, sería ganar tiempo. Si ven a Vindo y Druda ni se les ocurra saludarlos. Son muy pesados. Hola Milord. ¡Hola, he dicho! ¡Y aquí se acaba la vuelta de la calesita tuerta! Lleven agüita nuestra. Es curativa de verdad. No como la otra. 

Ninfo nos da una caramañola con agua de la fuente y nos acompaña hasta la puerta, rogándonos que saludemos a los anticuarios, de su parte. Luego cierra con llave. Mientras vamos hasta el coche vemos que el faro, que al llegar nos parecía casi nuevo, tiene manchas de moho y humedad. No se ve luz dentro.

—¿Qué acaba de pasar?

—¡Yo que sé! Será una costumbre o un chiste... 

— ¿Con qué nos quedamos? ¿Con la magia y las hadas o la broma?

—Como decían en las milongas: Nos quedamos con Pugliese. Y la resaca.

En el asiento trasero del coche hay una botella de armañac y una nota, con la misma letra del cartel de bienvenida: Sigan adelante o atrás. Pero sin pretensiones, sin seriedad. Muchas gracias por la compañía y por la amable dedicatoria en el libro. Lo hemos leído y con atención disfrutaremos. Abrazo milonguero del Ninfo y Edda.

Nos ponemos en marcha. Por un momento parece que atardece. Mientras nos alejamos busco en mi chaqueta. En algún momento de la noche fue mi intención dedicarles un ejemplar de mi Libro de las milonguillas, que olvidé dejarles.

En su lugar hay una ficha de casino con ribetes dorados y un número: 50.

 Debe ser el coñac.»

NOTA POST SCRIPTUM: Esta entrada reproduce la carta que Clemencio nos mandó hace una semana. El mismo día de la publicación, de madrugada nos despertó a Nina y a mí el insistente pitido del móvil. Era una llamada vía wasap desde Francia. Una mujer qué, al borde del ataque nervioso se identificó como Celia, la pareja de Clemencio. Me dijo entre sollozos  que papá le había mandado algunos mensajes avisándole que volvía esa noche y sugiriéndole amablemente que le tuviera listo un Cassoulet, su plato preferido. Hasta hoy no hay noticias ni mensajes de Clemencio y su compañero, Taulo. Han desaparecido buscando el G de O(temo nombrarlo). El guiso se enfría en la mesa de la cocina, allí en Toulousse. Y yo, me preparo, con la comprensión de Nina y las medidas de prevención y cuidado correspondientes, a buscar a mi padre, solo o con alguno de los muchachos Lusiardianos. 

De Momento no puedo decir ni escribir nada más. Sepan ustedes disculpar y esperen novedades.

 

domingo, 3 de enero de 2021

CATALOGO LUSIARDO REYES 2021 (DE LA MILONGA)

 Volvieron los productos delirantes, las deliciosas porquerías para coleccionar. Lusiardo Tango.Club ataca directo al corazón y al deseo con su catalogo de Reyes para satisfacer los caprichos de la milongueridad ansiosa. Y ahora más que nunca, cuando debemos pasar del encierro a la peligrosa transición con protocolos ajustados a cada región(aun sin comprobar), en que veremos correr a milongueros desaforados intentando llegar más allá del horizonte con su baile.

 Disfruten con nuestros productos diseñados bajo estrictas normas de ingeniería profiláctica, cuidándonos entre todos ¡Y a gozar, al menos comprando!

(Mientras no se pueda bailar en una milonga en condiciones)

MILONGA MAQUETA PARA PIES BY LUIGI PUERCA -  No basta con las clases, los ejercicios solitarios, la técnica y la postura. Es necesario ejercitar los pies improvisando sobre aquellos tangos que en el pasado nos han dejado sin resuello. Por eso el afamado diseñador Florentino Luiggi Puerca ha creado esta maqueta exclusiva de un metro cuadrado con los arquetipos más representativos de la milonga. Pasara horas de sana diversión armando y montando la maqueta, pintando los personajes de madera balsa y ajustando la decoración y las luminarias. ¡Y muchas más cuando maneje a los personajes con los dedos de los pies! 

Sentado cómodamente en su sillón favorito podrá invitar a cuatro personas de su amistad(siempre que no vulneren la burbuja preventiva) y juntos animarán la milonga maqueta. Sí, Sí. lo ha adivinado...Cuatro personas alcanzan para manejar a todos los personajes. Pero se necesita un crítico a pie(pieblicidad subliminal) de pista para poner verdes a los dedos que bailan. ¡Hay que ver la habilidad de las parejitas cuando las maneja el chueco Venturini!

Risas, Diversión y masajes corporales, ejercitando los dedos para descollar cuando vuelvan los bailongos.  No será como cuando los echaban a la calle por esos mínimos escándalos de borrachera. Pero algo es algo.

 ¡A jugar y divertirse con la maqueta puerca, sacando al niño milonguero que llevamos dentro! ¡Sale un D'arienzo con dedo ligero!

PERFUME DESTILADO VIERNES 5.AM. - Se acabaron las idas furtivas al baño para echarse  el perfume clonado en vaporizador de bolsillo sobre el mal olor y el sudor acumulado. Porque la industria cosmetológica avanza erradicando mugre. Y porque no tenemos protocolo sanitario mundial para milonguear seguro. Pero no se angustie. Unas gotas de VIERNES 5.AM. a la misma hora en que ponían Biagi en el bailongo, alcanzan para trasportarlo mágicamente a la ronda, aunque este en el segundo sueño o suscitar en quien lo huela toda una catarata de emociones, momentos y un sin fin de recuerdos. Sea la envidia de su reducido círculo de confianza, en la matiné danzante, perfumado con VIERNES 5.AM, un prodigio de la perfumería, que avanza sin control en la creación sintética de momentos y recuerdos.

VIERNES 5 AM. La fragancia de lo prohibido. 

Y si tiene una primera cita con una damisela del ambiente y bailarina de exquisito adorno, presuma de persona aventurera que asume todos los riesgos y se divierte en milongas clandestinas. Sea un James Bondiola, con licencia para bailar y enamore con ese inconfundible aroma que mezcla abrazos, perfumes delicados, feromonas, el almizclado dulce del deseo y las delicias casi sexuales de una barra bien surtida. 

VIERNES 5 AM. aromas de milonga para llevar en el bolsillo. Tamaños medium y mini para sus dos versiones: Me bailé todo y Eau la estropié.

RONDA DE EJERCICIOS HERMANAS PLATALES - Inactividad, abulia, vagancia. Defectos(o virtudes) milongueros que se han vuelto rutina con la excusa del confinamiento. Ahora, si tiene los morlacos suficientes, puede revertir esa tendencia al gandulismo esculpiendo en su ajetreado cuerpo de atleta milonguero el torneado del ejercicio saludable. Porque la ronda de ejercicios Hermanas Platales incorpora un sencillo diseño que lo pondrá en forma en un periquete. 

No es una cinta, es la reina de las cintas: Un rosco que avanza hacia adelante e incorpora cuatro círculos giratorios que siguen la dirección del rosco principal como si estuviera de verdad en una ronda. No solo deberá caminar a doble ritmo, para no quedar tirado deberá bailarle al rosco que le toca, en concierto con su pareja. Sino que también tendrá que avanzar contra su circulo pareja. 

Como una paleta de acuarela, LA RONDA DE EJERCICIOS DE LAS HERMANAS PLATALES hará las delicias de aquellas reducidas amistades a las que invite a ejercitarse. Podrán reír a mandíbula batiente (o mandíbula oscilobatiente, que es una expresión más ridícula que la otra) grabando en su móvil las caídas de los titanes de la calistenia. 

La ronda soporta hasta cuatro (4) parejas, con círculos equidistantes en los dos metros permitidos. Y para que no haya requiebros galantes, torcedoras o huesos rotos, incorpora además el espacio pizza de seguridad: un anillo de gomaespuma que rodea convenientemente el traicionero rosco.

Ideal para parejas de milongueros macanudos, con solvencia garantizada y máscaras con protector bucal.

¿Jugamos a centrífugos y centrípetos?

LICENCIA PARA BAILAR DIOSITTO INC. -  Si usted es de los que se asume sano portador de bacilos buenos y amorosos, que solo pueden contagiar buena onda,     energías púrpuras de alta vibración, y el mundo no lo considera,  necesita un salvoconducto. Una tarjeta que lo haga inimputable si las fuerzas de seguridad del estado en el que vive, lo detienen e intenta aplicarle una multa por graves contravenciones contra la sanidad pública. Por eso hemos diseñado esta exclusiva tarjeta licencia para bailar. Un minúsculo pero poderoso cartoncillo en donde se detalla que usted es inmune a las vacunas, el 5G, los rayos Gamma, el alcohol barato y lo que se le ocurra. Porque nuestra exclusiva LICENCIA PARA BAILAR DIOSITTO INC, se puede rellenar como usted quiera y firmar, cual si fuera un carnet de alta milongueridad, por las autoridades competentes. ¡Y las incompetentes también! 

Con la exclusiva clausula de exención responsable, garantizada por la divinidad a la que invoque.

LICENCIA PARA BAILAR, DIOSITTO INC. No le aseguramos salvoconducto, pero si risas a granel cuando le enseñe la tarjetita a los azules.

 ¡A reír, que son dos días! Y tres palizas.

MASCARILLAS YO - Mientras llegan las vacunas deberemos seguir usando las mascarillas, esos anodinos retazos de anonimato que algunos artistas filetean para que la visión de su cara enmascarada no sea fuente de zozobra al confundirse con el bandidaje. Entonces, ¿Por qué no usar una mascarilla que complete su agraciado rostro y además le ponga una mueca de alegría a la socialización? Mascarilla yo incluye el viejo principio del holograma por barras que según sea el movimiento muestra una cosa u otra. Sí, el mismo principio del bolígrafo picante que en el meneo nos mostraba a la muchacha vestida o desvestida. Con MASCARILLAS YO nuestros ingenieros reproducirán su mandíbula en la mascarilla, la someteran al exclusivo tratamiento Yo.80 y cuando vaya a la milonga podrá mostrar su rostro, sonriente o serio, con solo un gesto o movimiento.  

MASCARILLA YO, en sus cinco modelos: Sonrisa  gardeliana permanente, Tres gestos, Cinco vinos, Seducción impasible y Harry, el sucio(milonguero).

Mejora  el original, vaya que sí. 

Y si lo que quiere es variedad, ponga a su pareja milonguera constituida, conviviente y de confianza la MASCARILLA TOTAL YO OBJERTO DEL DESEO con la cara de la estrella de cine o de la milonga que le inspire sueños húmedos. ¿Vanesa está saliendo con Kevin Reynolds?...¿Carlitos baila con Madonna? ¡No, es el milagro de MASCARILLA TOTAL YO OBJERTO DEL DESEO!. Un sueño hecho realidad.


MILONGUERO/AS DE REEMPLAZO DOCTOR TOBUL - A usted, que antes del confinamiento tenía una sólida y bien ganada reputación de milongueridad, un capital de bohemia y pintoresquismo asentado en muchas tandas e infinidad de noches. A usted, cuyo nombre se menciona con respeto y reverencia cada vez que se habla de acontecimientos tangueros de alto impacto. A usted, que es inspiración y tema en las conversaciones de los principiantes. A usted, que le ha encontrado el gusto a las series, la televisión y el acostarse temprano, va dirigida esta exclusividad. Milonguero/as de reemplazo. Serios, efectivos. En algunos casos hasta mejor bailantes que el original. Contrátelos y no tendrá que preocuparse por el que dirán. Podrá quedarse tranquilo en casa, viendo el último capítulo de Las aventuras de Ragusa y Minestron o Vicki Milonga Baserbona. mientras su reemplazante milonguea por usted. Versados en ciencias ocultas, dialéctica e historia de la televisión, nuestra milongueridad lo hará quedar bien, tan bien, que cuando volvamos a socializar en banquetes y bailongos, los anfitriones se disputaran su presencia. Con cada uno de nuestros profesionales de la copia, mercenarios del desenfreno y el descontrol(aunque debidamente protegidos) incluimos un cupón descuento para que su milonguero de suplantación pueda lucir su mascarilla yo personal y sorprender a sus amistades con el cambio.

MILONGUERO/AS DE REEMPLAZO, únicos, como usted.

BOINA BIÓNICA DE IRREALIDAD VIRTUAL BRUNER&BRADBURY. - Si usted es de los que gusta del abrazo cerrado y mejilla a mejilla, este es el producto adecuado. Una boina con pantalla incorporada que no se empaña y se fija por medio de ventosas a la boina biónica de su compañera. Cae como una ducha preventiva y nos aísla sin perder el contacto humano, tan necesario para la milongueridad. Viene con la practica aplicación incorporada Mundo Feliz, con la que podrá experimentar en su bailongo reducido la sensación de bailar en un gran festival, con quinientas personas. Incluso de cambiar de pareja. Prevención, contacto y utopía, para magnificar los efectos de los euforizantes y el alcohol. 

(Se recomienda su uso solo en espacios cerrados, milongas domiciliarias o eventos de bajo consumo. La utilización irresponsable en espacios públicos puede provocar efectos secundarios indeseados como el Síndrome del superhéroe drogado o Alienación Nizcheosifilitica aguda).

BOINA BIÓNICA DE IRREALIDAD VIRTUAL. Porque Brunner&Bradbury ya lo pensaron. Y nosotros lo hicimos producto.


CREDITOS ILIMITADOS EL AMIGO MACANUDO - ¿Quién no quisiera tener un amigo macanudo que lo sacara del apuro en momentos como estos, en que cualquier oportunidad es una bendición? EL AMIGO MACANUDO no es un crédito, es una mano amiga que te da lo que necesitas a devolver cuando puedas. Con una flexibilidad incompatible con la realidad, EL AMIGO MACANUDO te protege. Eso si, a cambio, quizá debas hacer algunos recaditos, trabajos o encomiendas(este aviso es uno de esos)

Y para los más corajudos, EL AMIGO MACANUDO CREDIT CARD. Porque allí donde vayas habrá un AMIGO MACANUDO para darte lo que te mereces


SUPER BOL TOPS TANGUEROS 2021 - Después de un trabajo titánico de recopilación y lucha contra el sueño hemos conseguido compilar en un solo Pendrive a los peores artistas domiciliarios de tango. Canto, baile, teatro y varieté. Profesionales del fracaso o espontáneos aquejados de melancolía y abandono. Un surtido de los personajes más estrambóticos que se animaron a colgar sus dudosas obras en las redes: La banda piel, Los pichimilonga, Melones milongueros despreciables y otros Bol.Tops que llenaran de absurdo sus noches. Desastres al alcance de su mano. Con solo darle al botón tendrá a su disposición lo mejor de lo peor. 

¡Otra que OPERACIÓN TANGUITOS PIORES. SUPER BOL TOPS.TANGUEROS 2020!


¡A VER QUIEN SALE A BAILAR CON TANGOCHANTA!

Productos Testeados y garantizados, 100 por ciento imaginarios y divertidos. 


Y SI LO QUE BUSCA ES UN REGALO DE VERDAD Y FUERA DE SERIE, YA PUEDE DISFRUTAR EN SU CASA Y COMODAMENTE DE NUESTROS CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS, un libro milonguero, hecho con amor y pasión por la milonga, de Juan Ignacio Arias. Disponible en formato virtual, por Amazon. Cómprelo, regálelo y diviértase con sus amigos. Con su compra contribuirá a mantener este prestigioso blog y se llevara nuestro fervoroso agradecimiento. 


CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS. Una lectura piola...

lunes, 7 de diciembre de 2020

EL CLUB DEL GO DE ORO -Sociedades secretas en el tango argentino. Por Cátulo Bernal


Clemencio Bernal, autor del Libro de las Milonguillas y arqueologo de bailongos,
dice el sobre que contiene la postal navideña que nos manda mi padre. Está pintada a mano con lo que parece vino y recrea un bailongo pagano con muchas caras rojas y abrazos alrededor de una hoguera. En la altura se divina la mole imponente de una roca amurallada. Carcasonne, dice. La letra alargada de mi padre nos cuenta:

 «Queridos hijos: Ha venido a verme, después de muchos años sin juntarnos, mi amigo, el gran Taulo de Sardo. Hemos hecho vida de turista por Toulouse y al visitar la supuesta casa donde nació Gardel, Taulo ha levantado la vista hacia lo alto y ha comentado que era allí donde solía juntarse una especie de club hermético milonguero, el Go de Oro. Al ver que desconocía la existencia de este cenáculo exclusivo insistió en recordar que en muchas milongas a las que me acompañó tomando notas y asistiendo con referencias marginales a mis escritosalgunas gentes le hablaban con una mezcla de fervor y miedo acerca del Go de oro. Saulo me habla de este grupo como si fuera una logia masónica. Según algunos Gardel fue gran maestre de la orden. Aunque otros afirman —sin ningún asidero comprobable—, que El Zorzal estaba a punto de entrar en el misterio, cosa que sucedió, aunque trágicamente y no como él hubiera querido. Tocamos en los timbres que dicen Tango y Garufa. Pero ninguno de los ocupantes actuales del edificio sabe nada. 

»¿Alguna vez has oído de esto en las milongas? ¿Te suena?

 »Tito Lusiardo, que da nombre a ese blog para el que escriben, ¿se refirió alguna vez al Go de Oro

»Taulo dice que sus integrantes son poseedores de un secreto o tesoro milonguero que custodian celosamente desde los años oscuros de la guardia vieja. Aunque no está seguro si se trata de un fabuloso legado material, acervo arcano u objetos milongueros de poder  pertenecientes a milongueridad del pasado y cargados con su energía vital. 

»Tanto nos ha interesado el asunto que siguiendo la pista por hemerotecas y antigüos cancioneros de tango hemos encontrado alguna referencia marginal y recordado gentes de buena memoria que pueden ayudarnos con la búsqueda. Así que aquí estamos, con las consabidas precauciones, compartiendo sol de otoño y vinos en el país Cátaro, tierra de leyenda y secretismo, donde es posible que un par de anticuarios de la milonga nos den alguna pista. De más está decir que no tengo el permiso de Celia, mi pareja, aunque sí su comprensión. Ya no aguanta mis conversaciones ni mis devaneos en la casa que compartimos. 

»Sé que ahora estarán comentando y desaprobando mi conducta, con mi futura nuera, Nina. Quédense tranquilos muchachos. Mientras tenga curiosidad y ustedes no se casen, me siento inmune. Que pasen lindas fiestas. Un abrazo. muchos besos y saludos con premio para Adolfito. 

»PD: Avisen del fiestorro con un mes de antelación para que Celia pueda prepararse. Sino me mata.»

Por supuesto, nos pusimos a discutir en primera instancia por la cabezonería de mi padre. Luego y sabiendo que ha estado en muchas milongas fuleras, me he calmado, pensando que es un hombre de palabra y hará lo posible para llegar a nuestra postergada boda en el Hostal de los Mawartz, inmunes a la enfermedad, luego de haber estado confinados un mes.

 Despaché un par de talleres virtuales de escritura creativa que me dan de comer y me puse a pensar si a lo largo de todos estos años, en tantas historias fabulosas de la milonga, alguien había hablado alguna vez del Go de Oro. Recordé aquella oscura secta de negadores tangueros La compañía de la virtud. Y a los locos seguidores de la Iglesia Milonguera de los primeros pasos.  Organicé una apurada videoconferencia con Pitón Pipeta, Diógenes Pelandrún —que amasaba un bollo pizzero de tres kilos mientras hablábamos— y el Indio Martín, acompañado por una muchacha en su tienda medicina. Todos me recomendaron que consultara a Romulo Papaguachi, recluido, pero no olvidado, en su viejo piso desde que comenzó la pandemia.

Así que ahora estoy con el móvil en la mano, esperando que nuestro historiador tanguero y jubilado de la radio conteste. 

Todavía tiene un teléfono con marcador de disco. Contesta después de un angustioso minuto. Y es un alivio.

—¿Cómo estás muchacho? Aquí me he puesto al día leyendo todos los casos de Nero Wolfe. Extraño un poco las calavereadas y los viajes, pero no me puedo quejar. ¿El qué me has preguntado? ¿el jode Loros?

Go de Oro, Rómulo. Una especie de club selecto o logia milonguera. Dicen que Gardel era iniciado o quería entrar. 

—A ver... Estaba El club del Corbata, La orden de la gárgara borgoña, Los caballeros de la sota que se juntaban en los altos del Clu del Balde. Rejuntes con inquietud de vicio. En otro escalafón había bailarines de escuela y taller literario como Las desinencias de Storni y Los ventajeros de Erdosain. Pura pinta, pura pose. Ni siquiera se hacían romper la jeta por las orquestas, como nosotros. Eran cajetillas y la iban de místicos del tango bailando medio lento, raro. Siempre los fajaban liviano y de refilón cuando iban a los bailongos. Pero como un capricho, de gula.  La gente seria se daba para quedarse de hospital y no ir a laburar los lunes. Así éramos todos, patoteritos juveniles, que seguían a su orquesta por los barrios jodidos. Nos hacíamos notar con nuestras pilchas y la forma de bailar. Era algo natural en el ambiente. Pero estos que vos decís, no me parece ¿Un grupo selecto, que no destacara y fuera secreto?

—Sí. Sé lo que está pensando. Es casi un oxímoron en la milonga, donde muchos muestran lo exclusivos que son, a tal punto que solo bailan entre ellos. Pero este Go de Oro... No hay noticias. No se que pensar.

—¿Qué hacían? ¿Bailaban? ¿Cantaban? ¿cu...—una interferencia en la línea me impide escuchar lo que dice, aunque lo supongo— ¿No se habla de ellos en los libros?

—Dice mi padre que son custodios de un secreto milonguero. O una reliquia.

—¿Como el pelito de Nini o la baba de San Finito Escabiadín?

—No lo sé ¿No se acuerda de algún tango viejo en donde salga algo parecido?

—Hay muchos tangos que tienen letras pero se han perdido. Si eran tangos viejos es peor, porque esos músicos y letristas no se tomaban en serio. Voy a preguntar a mi compadre Otilio, el otro superviviente de los Budas. Antes nos juntábamos a escuchar las cinco grabaciones de Guerducherlo con el cantor Atilio Cangrela «Manguito» Pero con esto de la pandemia hace tiempo que no hablamos. Le cuento y te digo algo.

—Gracias Rómulo. Si necesita algo...

—No te preocupes pibe. No estoy solo. He tenido la suerte de reencontrarme con un viejo amor, quizá el amor más grande que he tenido. Y ahora estamos juntos otra vez, cuidándonos.

—¡Que suerte amigo! ¿Quien...

—Olguita. Olguita Filiber. Mirá lo que son las vueltas de la vida. Casi me mata cuando nos peleamos. Y ahora... hemos vuelto a ser pareja, como en aquellos días, cuando era una bataclana con todo el futuro por delante. Quien te dice, por ahí nos casamos con ustedes, allá en lo de los Mawartz.

—¡No me diga! Me alegro hombre. Lo felicito. Y me saca un peso de encima. Con estos tiempos que nos tocan vivir me preocupaba que se volviera loco con tantas vueltas de confinamiento, desconfinamiento y toques de queda. Felicidades Rómulo. Y llámeme si se entera de algo. 

Cuelgo. Si Rómulo dice que casi se mata cuando se separaron, es verdad. Recayó en sus hábitos malevos y hasta quiso robar un banco con un matamoscas. Por suerte tuvo la contención del tango y sus oyentes del programa.

 Espero que con la vejez se haya atenuado la insaciable lujuria de Olguita.

El Go de Oro. ¿Qué esconde esta asociación que buscan mi padre y el famoso —Y no conocido—Taulo de Sardo?

Recuerdo con especial inquina una milonga «exclusiva» en los altos de una vieja casona de la calle... Milonga vampira, creo que se llamaba. Me perdonarán los lectores si confieso que no quiero recordar en qué ciudad. En esos días de mucho viaje y pocas novedades hasta Taulo ha elegido olvidarse. Fuimos por darle el gusto a los anfitriones, ansiosos por aparecer en mi libro como gente principal.

Un salón grande, reciclado. Decadente. Tenía aquellas luces fantasmales color violeta, tan de moda en los boliches dark de los ochenta y noventa. Y una impronta gótica pero olorosa a viejo recién pintado: lamparas plásticas con forma de cráneos y candelabros con velas falsas en las paredes. Sillas altas, incomodas. Una barra con falsos quinqués de aceite. Lujo rancio. obsesivo.

Comer una empanada o lo que fuera era un fastidio en aquellas mesas con manteles de púrpura, hechos con cortinajes de cines muertos o esos teatros de orquesta sin afinación. E intentar apoyar cualquier copa sin que cayera al suelo de parquet con demasiado lustre, una proeza.

En la barra un par de sepultureros guturales despachaban, sin arte ni limpieza. Aquellos desgraciados retenían en la barra a un loro disfrazado de cuervo. A cada rato el pobre animal  sacudía las alas teñidas y parloteando «neverborde» distraía los pocos momentos de concentración y romance.

Todos los asistentes, habitúes sin duda, parecían sacados de un mal cuento, vestidos con todos los pruritos y manierismos del romanticismo y viviendo con alegría algo parecido a una pesadilla forjada en aquellas noches de la Villa Diodati*.

Tangueaban sofisticado y mal, lastrados por la pose y el vestuario, unos tangos terribles de orquestas qué «quien sabe». Cansado de esperar algo mejor bailé tres tandas incomodas con muchachas de labios negros que mantenían intacta la distancia sin implicar el pecho ni un instante. A veces dedicaban, como todos aquellos vampiros de impostura, una mirada codiciosa y venal, como dando a entender que nosotros, los forasteros, podíamos acariciar su gran secreto, pero nunca entenderlo.

No se escuchó ni una sola milonga en aquel rato padecido.

El anfitrión iba y venia reclamando atención con una especie de levita granate y quemando a cada rato un terrón de azúcar —que seguramente no era dulce— sobre su trabajada copa de absenta. La anfitriona, con un provocativo vestido con encajes, se sentaba en una especie de trono. Cotilleaba, con una doncella confidente, tapándose la risa con la mano. 

Mas tarde, y a pedido rogado del corrillo presente, los organizadores se animaron a bailar —y todos los siguieron— una especie de vals que ejecutaban al estilo mazurca, como si estuvieran en la corte de la Reina de la noche.

Fui al baño. Una pileta de losa, con los adecuados complementos: velas, papel higiénico rojo, un aguamanil con jabón liquido oscuro. Al igual que todos los de la sala, el espejo del baño estaba tapado por tul negro.

Un poco de papel adhesivo se había despegado de la ventana. Enfrente se veían los patios de unas fincas y la realidad: ropa colgada, gente mirando la televisión o  fumando con la panza apoyada en el balcón. Algunas flores secas en ventanas mugrientas. Un perro ladrando en un patio vacío.

Y ese fue todo el tango que vi en aquel lugar aquella noche.

           Clemencio Bernal. Anexos al libro de las milonguillas(segundo volumen)

* Los Shelley, Lord Byron, su amante y su secretario Polidori, pasaron unos días confinados en Villa Diodatti. Sin nada para hacer Byron propuso una especie de concurso literario para ver quien podía escribir el cuento mas aterrador. En esas noches vieron la luz dos arquetipos que marcarían toda obra de terror posterior: El Vampiro, de Polidori y sobre todo, Frankenstein, de Mary Shelley. 

Que sepamos, Lord Byron y Percy B. Shelley, los literatos oficiales, no hicieron más que asustarse y beber.

sábado, 21 de noviembre de 2020

El profesor de caligrafia milonguera

Soy Henry Sacmer. Entrevistador y detective buscavidas. Hasta el momento he entrevistado a 15 raros diletantes de la milonga y he resuelto cinco casos con mascotas implicadas, uno impago. Vivo en la sede de LusiardoTango.Club, al costado de la peluquería del profesor Maradona, activo militante del peinado para bailongos y antiguo juez de Operación tanguitos piores. Mi hogar no es más que una cocina, un baño sin puerta, un almacén-dormitorio pequeño donde se acumulan viejos productos de los Catalogos Lusiardotango.club  y la sala de estar-redacción. En otros tiempos Cátulo Bernal, Desvarietti, Yamate A. Zilencio y Romulo Papaguachi solían remolonear por aquí, comentando la deriva del baile y las milongas ...

—¡Sacmer, deje de cubrir sus memorias y  vaya a entrevistar al delirante! 

No le contesto. No se le contesta a una voz que sale por un Busto de Gardel, aunque sea la del jefe tácito Hiriart, comunicándose desde alguna siniestra catacumba. El delirante de turno es un tal Tino Bulines, profesor de caligrafía milonguera con el que he quedado en la esquina de Contursi y Santos Vega, a la estrada del clandestino bar Jodete Faustino.

Llueve y mis recursos no me permiten transporte público. Pongo cojinetes anti desliz en la bicicleta Musetta, fileteada por mafiosos artistas locales. Me calzo mi piloto de oscuro indescifrable (amiguitos, no intenten teñir un impermeable sumergiéndolo en un cubo plástico), mascarilla para lluvia y el suplemento antivírico para días nublados: un casco que hice con una garrafa de agua de cinco litros, agujereada en rectángulo a la altura de la boca y pintada en negro acrílico. 4 euros valor de costo y 8 en el mercado libre. 

En tiempos de pandemia hay que apañarse con lo que se tiene.

Las gotas impactan crueles sobre mi invento. Biciclos y otros rodados de moda me superan y salpican. Mis cojinetes devuelven con venganza el barro. 

El carril bici no permite maniobras ni enfrentamientos.

 Contursi y Santos Vega es una locación imaginaria, al igual que el bar Faustino jodete donde me espera, bajo las sombrillas abandonadas en la terraza, un hombre gris y acuoso como el día.

  Si escribiera la verdadera dirección no podría ir a comer con mis vales lusiardo el menú del día, junto a otros empleados desembareados del barrio.

Toco dos veces mostrando mis cubiertos personales (prevención obligatoria) y los de mi invitado. Nos señalan la frente con un termómetro puntero. Entramos.

Adentro hay mesas espaciadas por andamios. Paneles de plástico separan comensales de una misma mesa. Parece el comedor de una cárcel de película, en reformas. Hoy hay guiso de lentejas y guiso de gallina. No traje cuchara.

Pedimos el  menú económico (lentejas para compartir), vino de la casa, pan y agua. Enciendo la grabadora y comienza la entrevista.

P— Preséntese y díganos lo que hace.

R—Soy Tino Bulines —Sí, ya han hecho miles de chistes con el apellido—, profesor de caligrafía milonguera y tango canyengue. Rotulé la edición independiente de Supermilonga, y algunas otras piezas tangueras de historieta. Rotulando manga erótico, que da mas plata, comprendí el secreto de los trazos, el pincel y la tinta china. He extrapolado mi saber al mundo de la milonga, contribuyendo a darle mejor forma para cuando se vuelva a abrir.

—¿Haciendo gráficas y carteles publicitarios?

—No, no. Ya hay artistas gráficos, peleando contra el artista domiciliario que intenta convencerte. El reclamo publicitario en redes es básico y funciona: Mujeres sugestivas con vestidos sugerentes, abrazadas o delante de un tipo cargado de accesorios de moda masculinos, los dos con peinado prolijito y cara de tango. Variaciones formales o informales de lo mismo, según a quien vaya dirigida la clase: Baila,  ven a la milonga, toma clases. Si es exhibición, parece imprescindible la pose sugerente, con el vestido que insinúa todo el trabajo y el empeño por subyugar y seducir; el tremendo reclamo erótico de un cuerpo trabajado que enamora con el movimiento y la mirada. En contraste,  conteniendo todo ese arrebatador deseo, malevizado y embutido en un elegante traje, el tipo. Con cara de tango.

—Dicen que hay gente que baila con la cara. ¿Cómo seria la cara de tango, en pose?

—Es la de alguien que mira hacia adelante, pero consciente de todo su pasado de errores, imprevistos, portentos y azar mal encarado. La de quien  aguanta estoico una emoción profunda o un cuesco —dice Bulines mirando el plato de lentejas que nos sirven—. Y si por  la inevitable deriva del movimiento, emoción y fluido se han exteriorizado, el semblante adusto y serio de quien está dispuesto a negar cualquier implicación. 

La cara Bulines es un lienzo que refleja sus palabras. Hace un segundo cuando hablaba de las mujeres del tango los ojos le brillaban y un hilo de baba le asomaba a la boca. Ahora aprieta los dientes y le tiemblan los cachetes. 

Temo que sea uno de  esas personas de digestión rápida. Prosigue.

—Pero no es esa mi inquietud principal. Maestros y bailarines tenemos derecho a explorar el fascinante mundo del diseñador doméstico. En las redes no hay mas que líneas prefabricadas, tipografías y plantillas que nos unifican y nos hacen perder el delicioso hábito de la escritura a mano. En este tiempo de emoticones ¿Quién hace hincapié en la perfección del sencillo trazo que da vida a un concepto? Por ahí voy. ¿Qué es la escritura sino el intento de trasmitir en el trazo que se asienta en un espacio blanco, la infinita variación y versión particular que el ser individual hace, en base a su experiencia, de la porción e idea del universo que conoce? 

—Es lo que siempre digo.

—Yo busco el trazo artesanal, el afiche casero hecho con amor. Y en el baile, lo mismo. Observe usted la percepción del mundo y los objetos desde los ojos de las culturas orientales: los ideogramas, los kanjis, la deriva de la gota de tinta o el sumi hiriendo sin dudar el blanco impoluto del papel de arroz. ¿Cuántos papeles se han manchado para llegar a ese dibujo que es a la vez imagen, sonido y concepto? ¿Se ha puesto a pensarlo?

—Uf, una barbaridad.

—Exacto, pero no preciso. Mi arte y mi inquietud buscan la imperfección en el baile y la escritura. Para corregir el imprevisto trazo con elegancia, concisión y fortaleza

—¿Cómo aquellos Pinceles eléctricos para dibujar que un loco intentó comercializar a cuenta del blog?

—Eso sería una consecuencia. Y un enchastre. Piense en aquellos monjes del medioevo que pintaban las letras de los manuscritos a mano. Y en la ronda. Estamos acostumbrados a ver el baile a pie de pista. A veces, muy pocas, desde algún palco. Y aun así nuestra visión no es completamente cenital, no vemos el trazo. Piense que cada pareja es un pincel y su baile, en términos metafísicos, un mensaje. Escritura automática destinada a las fuentes de nuestra existencia en todos sus registros y facetas. En términos filosóficos ¿Qué es nuestro baile sino un reclamo seductor hacia los demás y una invocación publicitaria a esas fuerzas intangibles que rigen nuestros destinos? ¿Y que es lo que persigue ese reclamo? Le pregunto.

—¿Qué nos admiren? Que se  fijen en nosotros? ¿Qué nos quieran?

— A pie de ronda. Pero vaya un poco más allá. A las creencias de los antiguos. Esos panteones llenos de dioses cercanos e imperfectos: sumerios, egipcios, griegos, romanos, escandinavos. En aquellos días la gente creía en la rutinaria intervención divina para equilibrar asuntos mayores o menores. Había menos mundo, menos conocimiento, menos gente. Los romanos invocaban en primera instancia a sus lares y penates, dioses o espíritus domésticos para la administración de sus asuntos y a las primeras figuras como Júpiter o Marte para cuestiones de estado, imperio. ¿A donde vamos con esto?

—Primero, al baño. La pifiamos con las lentejas. Después quien sabe. me he perdido un poco con tantos dioses.

—Natural.  Por eso en las religiones actuales, salvo contadas excepciones como en el shinto, con sus ocho millones o infinitos kamis, son monoteístas. Un dios y algunos secundarios. Para los 7.700 millones de  gentes que somos y a pesar del dogma, la omnipotencia y la omnisciencia no son prácticas. Entonces la cuestión principal es ¿Cómo atraemos la fortuna, el azar y los acontecimientos para que nos sean venturosos en este universo de pocos dioses desentendidos de nuestros asuntos cotidianos?

—¿Haciéndonos Shintoistas?

 —No. En Japón son mucha gente. Apenas reparten un kami o entidad divina, para diez mil personas. Bailando mi amigo. Bailando con buena letra, para que el mensaje al universo o las desconcentradas divinidades esquivas en las que creemos vean claramente nuestro mensaje.

—Todo está muy bien. Pero, ¿Cómo lo hace?

—Ahí está la cuestión. En el cómo. Con mi pareja Marcela Bravos habíamos pensado un sistema integral y coherente que aunara la tipografía de invocación espiritual y el baile canyengue. El método Bravos-Bulines. Lamentablemente no funcionó. Nos topamos con la incomprensión y el miedo, además de atraer a algunos milongueros satanistas y espiritistas de ocasión. Así que nuestro ambicioso proyecto de abrir un canal de comunicación hacia lo intangible ha sufrido algunas modificaciones.

—¿Simplificando?

—Ahí le ha dado. Nuestro método se ha quedado en un master con opción a un posgrado: «Caligrafías milongueras aplicadas a la quintaesencia divinal del espiritualismo» y «Asuntos místicos en cursiva o versalita y su importancia en el canyengue. I y II»

Nos interrumpe el sonido metalizado de un tango.  

Leguizamo solo, cantan los nenes de la popular

  —Discúlpeme un momento. Los alumnos. No dejan de consultar por Wasap cualquier duda. ¿Qué pasa Lorenzo? 

Mire, mire la figura y las letras por favor. A ver si lo hacemos bien. —Bulines comparte generosamente la pantalla para que lo vea. Parece que alguien sostiene el móvil subido a una escalera. Abajo y  en diagonal una pareja se dispone a completar algo escrito en el suelo. No se ve bien, ni tanguero. Sus movimientos estarían prohibidos en cualquier pista. Bulines suspira.  

—Perdón que los interrumpa Lorenzo, pero ya empezamos mal con el primer trazo. Ahí donde hicieron el ocho no dice Quiero, pusieron Opiero y no es qinero. Si no son capaces de bailar una consigna tan simple como Quiero dinero, ¿Cómo van a bailar  su mensaje en honor a Spinoza? Sigan practicando y llamenme cuando les salga.  

»Chiquillos. Disculpe. ¿En que estábamos,  Sacmer?  

—En su método abreviado.

—Cursos de tres meses, mitad virtual, mitad presencial, en Espacio Demiurgos. Allí  es donde enseñamos primeramente los movimientos para afianzar el trazo a aquellas parejas que ya tienen una base de baile y milongueridad. Trabajamos la calidad de la caligrafía. Y una vez que el trazo es nítido, personal y revelador de la personalidad de la pareja de bailarines los ayudamos a crear EL MENSAJE.

—¿Cual?

—Cuando comenzamos con Marcela este taller pensábamos que iba algo místico, casi esotérico. Un párrafo que resumiera agradecimiento y petición, hecho con sabiduría, humildad y marketing. La realidad es otra. Lo que en teoría es factible, en la práctica no funciona. En principio todos vienen buscando la comunión con los poderes del universo. Hasta que por la dificultad de los trazos y la complejidad del pedido se decantan hacia mensajes banales que escriben con tiza para bailarlos luego. Hay quienes tienen mala letra pero bailan bien, y viceversa. Tuvimos a una pareja que escribió una pagina filosófica para bailar. Muy bonita. Pero bailaban chueco. Demasiado complicado. No les entraba El Mensaje en la sala de estar de su casa.

—¿y que piden sus alumnos?

Estamos aquí, manden suerte. Te pedimos muchas clases y exhibiciones. Queremos fama y dinero. Amor, belleza para mucho rato y buenos bailes. Hay una plantilla estándar que nos está dando mucha satisfacción. Informal, pero concisa: Che, barba, te pedimos humildemente que nos toque la lotería.

—¿Y toca?

—¿Qué va a tocar? ¿En tres meses y bailando canyengue cómo quiere que toque? Pero la gente sigue bailando y jugando a la lotería. Y además se van contentos con el diploma y el pergamino en tinta china escrito por un servidor, para colgar en casa. Es una buena forma de practicar y acercarse a lo inefable, mientras las milongas están cerradas.

—¿Y cuando abran?

—Y cuando abran veremos lo de siempre mi amigo: gente bailando como puede y trazando en el suelo lo que les sale, metiendo pasos y pasos. Es natural. Podemos corregir una pareja, pero con las rotaciones normales todos los trazos serán otra cosa. Sin orden ni calidad. Pero al menos lo habremos intentado. Lo habremos intentado.


P:—¿Una última pregunta. Supongo que como creador del método, aunque sea fallido habrá escrito un mensaje. ¿Qué pidió a esos poderes, dioses o lo que sea en lo que cree? ¿Cuál es su El mensaje?

Me mira. Saca un billete de 20 euros y paga la comida. Luego abre una servilleta y comienza a escribir con el jugo de las lentejas. Puedo apreciar la seguridad con que da cada trazo, la elegancia de las líneas. Cuando termina se levanta y haciendo un leve gesto de saludo desaparece reintegrándose a la ciudad en confinamiento perimetral.

Alcanzo a ver la línea de una V o una ひ antes que el jugo se asimile a una chorreadura de vino de la mesa. 

Salgo. Me calzo el casco y me ajusto el piloto, desteñidos los tres. Por el camino estoy penbsando en jugar un numerito a la lotería.

Sigue lloviendo. Los dioses escriben sus mensajes sobre el mundo.

Quizá también están intentando atraer la atención de otras divinidades distraídas.