lunes, 24 de agosto de 2015

TARBES EN TANGO 2015 - Milongueando al pie de los Pirineos. (parte Uno). Por Catulo Bernal.

Hasta ultimo momento no sabíamos si embarcarnos con el Pibe Pergamino en esta aventura francesa, porque no conseguíamos transporte y el fatigoso viaje en tren —aunque se presta a la contemplación, el recogimiento y la poesía—, además de largo, era oneroso. Pero nos confirmaron que una delegación conformada por Antonio, Jordi y Alí, milongueros enseña de Barna,  salía el miércoles para Tarbes y volvía el sábado.  Nada nos costó conseguir ubicación en el mismo hotelucho donde se alojaban los muchachos. Sí acomodar en el coche nuestras osamentas, pues venia con nosotros mi amiga japonesa Masayo, con la misión de  traducir mis incontinencias verbales bajo la forma de Haikus.  
Iba a distenderme y a comprobar si eran ciertas las historias que se contaban sobre el festival:  un pueblo que durante una semana se va llenando de peregrinos milongueros y en el que uno se topa con el tango en cualquier calle.  
No fatigaré a los lectores con el viaje. Se habló de tango, se escuchó tango, se paró apenas arribados a Francia en la campiña para degustar las viandas que llevábamos. 
Entre montañas y rotondas encontramos Tarbes y nuestro pequeño hotelucho  —pequeño pequeño— y,  una vez desempaquetadas las pertenencias y acomodados como buenamente pudimos, nos dispusimos a palpitar el tango Tarbesi. Que es un decir, porque llegados como a las seis, se nos puso en la cabeza que para aguantar el embate milonguero debíamos dormir una siesta, que cumplimentamos. Claro, que a las dos horas  comenzaron a sonar las alarmas: Los muchachos, repetidores,  se habían ido pero nos habían dejado su  advertencia: cuidado con la cena, porque a las diez cierran todas las cocinas. 
Nos duchamos y vestimos como pudimos y por señas a naturales llegamos a entender aproximadamente adonde estaba el centro de la villa, y el Halle Marcadieu, locación del aperotango de la tarde y la milonga de la Noche. Masayo San, se quedó en el hotel, agotada por las alternativas del viaje y una traducción de códigos milongueros al estilo Kafka.
Si esperábamos encontrarnos una agradable aldea al estilo Asterix, con fogatas, viandas suculentas y galos bigotudos tangueando a la luz de la hoguera nos equivocamos de medio a medio. 
Atravesamos a todo correr urbanizaciones verdes, en donde apenas se divisaba luz. Leímos con avidez las indicaciones que nos llevaban  al centro, pero no encontramos vida humana caminante. Los bares parecían haber desaparecido y uno o dos que vimos estaban cerrados.  Al fin, topamos con la imponente mole del Halle Marcadieu, un mercado gigantesco, en el que se veía en francés tango por la otra puerta y al rodear, en calle aledaña los restos del APEROTANGO, una milonga al aire libre con barra y música en vivo. 
Pero al menos nuestros amigos estaban allí, preparándose también para hincar diente.
En vez de recorrer unas cinco calles hasta el centro, preferimos, ante la posibilidad real de perder  la cena, comer en un barcete aledaño en el que solo hacían  plato «especial» para la gente de la milonga.: quiche de bacón, o lasaña, con acompañamiento de lechuga aderezada,  guarnición típica francesa junto con el(en este caso ausente bol de patatas fritas y postre. Compramos el quiche y un Tatín a 13 especiales euros  y repantigados con la muchachada nos dispusimos a esperar la milonga, que se abrió casi enseguida mientras Jordi intentaba enseñar castellano a unas maduras milongueras de Biarritz, para pasar el tiempo.
La milonga, que ocupa una manzana entera urbanizada, se nos reveló apenas entramos como una estación gigante con una pista monumental de parquet acotada en tres de sus lados por una gradería con sillas tipo estadio de baloncesto y el lado restante ocupado por el escenario, en donde a un costado se ve la solitaria figura del musicalizador de turno, casi en la bruma y los instrumentos de la orquesta, tan solos como él. Imagínense un circo romano con las paredes de las  tribunas aderezadas con motivos tangueros que dividían la pista y hacían un pasillo por el que discurrían los paseantes, se exponía el merchandising, las barras, los baños y los sitios de esparcimiento, las aberturas por las que se podía ver y acceder a la pista,  una cúpula altísima  y tendrán una idea aproximada del Halle Marcadieu.  
No hacia veinte minutos que se había abierto la noche. La ronda estaba medio llena y las gradas blancas cariándose con  bolsas de zapatos y  pertenencias de los asistentes.  Me pregunté: ¿es posible llenar tan inmensa pista con los peregrinos del tango Europeo? Dieciocho años de festival nos lo confirmaron. 
Era posible a tal extremo que la circulación por la pista era dificultosa. DIFICULTOSA EN GRADO EXTREMO. Solo los notables como Graciela y Osvaldo —que habían inaugurado el festival con su Historia de un milonguero y los muy avezados en festivales, como Amina y Aquilino, podían difundir con su baile un bálsamo entre la concurrencia. Los demás competían en giros imprevistos, miradas recias y ausencia de disculpas. 
Enseguida entendí que los maestros no se metieran en el meollo. No fuera a ser que recibieran un puntazo férvido. Pero al Pibe Pergamino, que es notable esquivando, no le importó.
 Se fue a bailar entre las huestes, bordeando los maceteros y la pista para no degradar su habitual ligereza y allí quedo posado y nada más.
Recorriendo con la vista y mis pies a los ocupantes de las gradas, me aposente en lo mas alto a ver el panorama. En espectacularidad aquello Parecía Los diez mandamientos de  Cecil B. de Mille  con los israelíes, los egipcios y el mar de alucinados por el tango, barriéndolos a todos.
Miré a mi espalda. En caída y unos seis metros mas abajo, habían dispuesto los bares de cerveza y refrescos, empanadas, vinos,  tartas y champagne, lo que me pareció una bonita forma de caer en el abismo del vicio. O en el de los souvenirs, ropa y complementos, que estaban un poco mas allá. 
Los artistas, los aspirantes a artistas, los «conocidos de allá», los reencontrados, los notorios y los nobles deambulaban por aquel jardín artificial recreado —con falso césped—,  en agradable tertulia de copa o vaso plástico.
 Se adivinaban voces y conversaciones de lejanía y algún romance. Quise bajar pero enseguida comenzó a sonar, LA TÍPICA ROULOTTE TANGO, una orquesta joven y bohemia con sus tres bandoneones  — uno cantante—, tres violines, contrabajo y piano. Una barbaridad.
El cuarteto de Barcelona se metió en la pista, entusiasmado.
La entrada, impecable en sincronización, apenas fue vista por los  bailarines que en su loca alegría por haber llegado a  lugar sagrado ni respetaron el primer tango y se perdieron la  divertida coreografía, tal era su euforia y su inconsciencia. 
¡Que energía, que ganas de tocar y transmitir!
Pugliese y D´arienzo juntos. Tremenda exhibición de poderío tradicional y desenfadado. La gente bailaba y bailaba y bailaba, casi saliéndose de la pista y solo deteniéndose ante las macetas. Hubo una primera tanda bien repartidita de tangos, valses y milongas y un parate,  para dejar descansar a la concurrencia con grabaciones. 
Alí, Antonio, Jordi y el Pibe apenas paraban para consumir bebida.
 Yo, que soy mundano, no pude sustraerme al embrujo de un buen champán aderezado por la conversación con bellas asistentes, a las que apenas pude inquietar con el francés Marxista —sonaba como Groucho Marx— de mis años de secundaria. 
Me pareció que las únicas mozuelas con las que podía mantener una conversación para florear mi verba,  ya no eran tales y habían recorrido mucho mundo para aprender el idioma de Cervantes. Por suerte estaba allí el amigo Gabi Soda, que pinchaba al otro día en la milonga de la matiné para compartir impresiones y tragos.
Y luego Volvió la Roulotte con su aplanadora sónica.
Se movían las suelas, el parquet, las plantas y la estrecha franja entre grada y pista se hacia más estrecha. A pie de pista  —Si, me anime en las milonguitas con los pasos del pibe— la variopinta concurrencia era de un exuberante desparpajo tangueril, que reinterpretaba con sus propias reglas la postura, la apostura y la presencia milonguera. 
Tangueros y tangueras en sus miles de variantes, desde el mas irredento milonguero, el falso gaucho al estilo Glenn Ford, pasando por Lauren Bacall de arrabal  y  el despreocupado pret a porter tipo Vittorio Gassman o Hugo Tognazi. Bien podría haber visto en la pista a Depardieu o a  Catherine Deneuve. 
Vi muchos Louis de Funes. Y el entusiasmo. ¡Ahhh, el entusiasmo...!
Daba gusto ver a toda aquella gente zapateando en la pista para pedir un bis, como niños aporreando el suelo del cine de matiné de la infancia, al ver con alegría como llegan los refuerzos para salvar al muchachito.
Y eso que el muchachito aquel con el tiempo resulto ser  malo...
Terminó la milonga y la noche le quedaba un after de tango nuevo que me alejó del trio Barcelonés y del mismo pibe, pues entre la concurrencia divise a los señores Mawarts, que habían cerrado su hostal para el evento y muy amablemente se ofrecieron a depositarme en el hotel con su Tílburi fileteado de aguafuertes tangueros, al que habían enjaezado un robusto percherón sin GPS, que nos deparó algún extravío y el recorrido por calles desconocidas.
 Faltaba la mejor parte del festival. Y sobre todo comprobar a la luz del día, si era cierta la fabula del tango sonando en todas las calles y los milongueros —parafraseando a King África—  bailando sin parar. (continuará)