lunes, 5 de octubre de 2020

En la corte del rey tango (Un cuento de la vieja milonga)

  LEYENDAS SOBRE EL TANGO BAILADO

 Así lo contaban en la vieja milonga tanguera, cuando las ultimas tandas iban llegando y el sol clareaba con su peluca el horizonte.

Venia por el bosque, frondoso de pelambre y el pelo sin gomina, mal cortado. Uno de esos milongueros errantes, caídos por la suerte en el oficio del cambalacheo y la buhonería, repartiendo sus mejores pasos y algunos complementos de otras épocas, por las aldeas al borde de lo agreste.

Este que narro no llevaba el típico zurrón de viaje con la marca del zapato bordada, atado al  extremo del palo-práctica. En su lugar un porta traje-alforja con un agujero para la cabeza le caía a modo de capa sobre el cuerpo acostumbrado a mucho invierno y poco guiso. Con esto, un chaleco de sisa mas bien amplia —con flecos de sastre improvisado— y un curioso sombrero ala media de innoble material, se cubría del otoño avanzado por la parte de arriba. Bajo el cinto de doble cuero, trenzado con los gastados cobres de bailongos, dejaba caer el típico pantalón ancho cinco pinzas de oscuro impreciso, con bolsillos largos para guardar los inútiles cubiertos de asado: un saco con cebo, trapito lustrín, la cajita con el chispero y yesca no se apaga. En los pies, el botín campero con mucho arreglo y remiendo por la suela fina, casi de práctica.

Se apoyaba al caminar en un bordón con punta. Y en su cadencia.

Se detuvo al límite del bosque, desde donde a la luz de la tarde moribunda veía en lejanía la torre imponente de la corte y los huesos verdinosos de la ciudad abandonada con sus techos vencidos. Más cerca había una aldea. Apenas seis chozas atravesadas por el arroyo, en el calvero.

Era muy tarde para vender producto y  clases. Detrás de las ventanas atrancadas, a prueba de animales y bandidos pudo intuir el fuego, bailando lento. Buscó lugar bajo un árbol y allí dejó el portatraje y dos piezas de tela encerada, usadas usualmente como pistas para bailongos furtivos. Una pareja de milongueros de fortuna lavaba su ropa de exhibición en el arroyo que se perdía entre los árboles. Otra alimentaba un fuego entre tres piedras. Supo que eran su gente. Aunque uno de los talismanes calentó en su pecho. Sin soltar el bordón  juntó unas ramas y se acercó, olisqueando el aroma. La sopa hervía en una lata grande de conservas, quemada por el uso.

Tiró la leña al fuego. Y, a la lata, tres zanahorias(casi sin partes negras) y un trozo seco de carne.

—Saludos. Tanturi buenos tangos. —dijo mientras hacia el proscripto ocho, signo del milonguero perseguido.

—A Darienzo agradando y a Troilo caminando —contestó el cocinero, un engominado larguirucho. Bajo el gabán mugriento asomaban las tiras blancas del traje, carcomidas. La cicatriz de un voleo de duelo, le cruzaba el mentón.

—¿Hay milonga?

—Poca cosa. Alguna que otra clase suelta. Pero nada como antes. Con los tangos que corren, las gentes no se arriesgan.  Prefieren gastar en esos destilados caseros, que por quitar el frio hasta la salud quitan, en vez de bailar incognito y salir huyendo.

—¿Y estos de la aldea?

—Ya no te compran baile. Pero por ahí alguna olla, herramientas…Hace tres días que acampamos. Nos falta voluntad.

—Dicen que algunos sábados hay en el interior unos bailongos donde pagan con moneda rey. Pero no es seguro  —contestó la mujer, arrebujada en un vestido de  fieltro color marrón(por el gasto y el camino) y un abrigo de lana parda—. Hay que tener cuidado. Los coreógrafos del usurpador acechan más allá del bosque y se llevan a cualquiera que no baile el sistema. Hemos ido perdiendo compañeros por el camino. Éramos quince cuando comenzamos la gira. La Curandera...

—Mil giros malditos la lleven. Pocos quedamos a la intemperie. Pero estamos aquí y ellos no llegan tan cerca de la Corte. Soy el último canyengue de los míos. Si llego a la muralla... Si llego mañana a la muralla...

Venían. Solitarios o parejas. Atraídos por la leyenda de la corte embrujada. Después de un largo viaje de ocultamientos y peligro atravesaban la ciudad desierta para llegar a la torre. Trozos de suela, corbatas, pedazos de vestido con el brillo cuarteado marcaban una vía segura entre las trampas; los fantasmas de nostalgia y los parlantes con su gangosa cantinela hipnótica: un mapa de derrotas y de ausencias aun por concluir. La torre era un símbolo y un desafío. Quien llegara a las murallas escalando sobre los zapatos de los milongueros de poder y pasara sin penas bajo la mirada de los muchachos de la puerta liberaría a la corte dormida. La brillante corte del Rey Tango, hechizada por las tandas de las tandas.

Los que lavaban cargaron sus mochilas, colgando por encima la ropa húmeda.

—Nos vamos ya, compañeros. Tenemos gafas de ensalmo para la oscuridad. Y unos tapones de cera jubilada.

—Quédense a comer. A estas horas los fantasmas sugieren sendas falsas.

—No nos asustan. Hemos llegado aquí. ¿Por qué esperar? —Era un hombre robusto, con chaqueta de pana cruzada y un pañuelo en el cuello arrugado. Tenia la mirada del héroe, afable y tonta. La mujer cubría sus calzas de baile con un mantón purpura. Las promesas de gloria y la ansiedad los volvían imprudentes.

Vayan, queridos desconocidos —pensó la mujer—. Como todos los que lo intentan con esperanzas. Y si escapan de la trampa del usurpador y la hechicera, si se liberan de su servidumbre esclava, tráigannos los pasos de las sombras, los complementos que roben de las casas oscuras. Las gotas de perfume de las noches de gloria presas en sus cápsulas de instante. Vayan y sufran.

 Venderemos lo que tengan, como hemos hecho siempre.

—Bien Pensado amigos. Buenas tandas. Y si logran llegar, manden mensajes a los que todavía intentamos — fue lo que dijo la mujer del vestido marrón.

El recién llegado llevaba un talismán contra glamour cosido en el chaleco. Supo la falsedad de aquella mujer. Pero no dijo nada.

Compartieron la sopa. Aquellos trasgos de corazón traidor cocinaban bien. Una especie de último deseo para los milongueros crédulos a los que robaban.

Un poco más tarde oyeron los gritos.

—Poco duraron estos.

—Los parlantes. Los atraparon los parlantes.

Los vieron venir con los bolsillos abultados. Miraban hacia adelante, sin ver.

Tun Tun. Es el pasito querendon. Tun Tun con su ritmito suaveson. Vamos mi negra, tun tun a la cadera, corazón.—desafinaban bailando sin sentido. Ni se enteraron cuando los trasgos cortaron las tiras de las mochilas, aún con la ropa colgando. Revisaron con avaricia el contenido. Lo dejaron a un lado, decepcionados.

—Carteles de actuación, exhibiciones, calzones. Ni siquiera unas medias gruesas. ¡Esto no vale nada!

—Falso. Todo falso. Como los  míticos festivales de dos mil personas. Cuentos. Vivimos de los cuentos.

—¿Porqué? —El hombre sostenía con firmeza su bordón.

—Por cobardía. Tanto esperar nos hemos hecho viejos. Y ellos no lo necesitan. Vagaran locos por el bosque, viviendo de raíces y haciendo ofrendas a sus dioses. Ahora el Tun Tun es su vida. La nuestra es esto. Es lo que hacemos. Algo es algo.

El talismán mostraba la miseria de aquel hombre, sin vergüenza.

La mujer, impelida por la magia dijo:

— No vayas. No arriesgues tu vida por engaños de fama y fantasías. No sigas. No olvides tu compás como nosotros. Allí no habrá bailes ni exhibiciones. Es un señuelo, un engaño. La Corte no existe. Adentro de la torre espera el enemigo. O en el mejor de los casos, nada. Solo se ven reflejos. El sol de un tiempo que se fue. La muralla está llena de zapatos de baile que cuelgan los coreógrafos del sistema. Y eso, mi amigo es el único tango que encontrarás allí.

—Falso. Todo falso  ¿Un lugar donde nunca se pone la milonga y todos bailan genuino y sin chocarse, sin perder nunca de vista la música? ¿Allí donde no hay sol y ultima tanda es solo un juramento? ¿Dónde todos los cabeceos son afortunados y el abrazo es de almas? El hombre lagrimeaba.

—Y donde el vino interminable, barato y superior se sirve en copas limpias. Y los manjares criollos se funden en la boca sin chorrear nunca los trajes y los vestidos. Donde las gentes sabias comentan los secretos de todo lo creado, susurrando en las barras. Donde todo se olvida, nadie rezonga, dicha perdida. Donde la pista de 1.500 pasos nunca se llena. Y la lámpara del crepúsculo ilumina en lo alto. Conozco la leyenda. Estoy aquí por ella.

   —Patrañas. Cuentos de viejas y de invierno. Como las piernas que no se cansan nunca o el ojo diamante que conoce todas las facetas del movimiento. Este es el mundo que tenemos y si hubo una vez una Corte del Rey Tango ya no existe. ¡No existe te digo!

— Ya veo. Pero eso no es lo que importa —dijo el hombre—. Se levantó y fue a buscar el portatraje.

»El engaño no hace a la corte menos real. El sueño la mantiene viva. Honraré a los ancestros calzando sus zapatos.  Lo que sea, será. Y lo que no, merece ser. Buenas noches. Y gracias por la comida.

Hizo el signo del adiós y, sin vacilar, se perdió en la ciudad hechizada.

Así se contaba esta historia, casi esfumándose entre últimas tandas,  intención y  deseo. Entre los manteles rojos de euforia. Entre la memoria de curtidos milongueros y sus olvidos. Entre los adornos de las damas de bellos ojos, con el baile en el cuerpo y en los pies. Entre los abrazos y en los pasos. Y en cada grito jubiloso que coreaba un místico, buscando en las alturas el crepúsculo:

«¡Somos nosotros!¡Somos nosotros!»

Y allí, en la vieja milonga, lo creían.