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EL NAVIDERO DE LA MILONGUERIDAD

 —Yo nunca seré como ese gordo que quieren que represente. Papa Noel, Santa Claus, San Nicolás, o el niñito Jesús que da regalos y luego te los pide. No les voy a servir. Lo único que puedo repartir son tortas, y ahora ni eso. La panza la tengo, es verdad, pero también la mala digestión del vino y de la vida. Cada vez bailo menos y si no me afeito es porque hasta la piel se me ha vuelto sensible a la afeitada. Pero esta barba...no es una barba que impone, una barba de sabio. ¿Qué sabio han visto ustedes con estos pelos chuzos y como pintados a lejía, a cloro de pileta? Aparte, ¿Usted cree, Mirta, que alguien de la gran familia unida de la milongueridad va a querer sentarse al lado mío para pedir un deseo?

—Deje de protestar y póngase de una vez el traje, Ramiro. Bastante nos costó conseguirlo. Tuvimos que ir a una tienda vintage para encontrar este terno rojo.

—Este queda mejor. No me hubiera rebajado a usar esas felpas roñosas que obligan a poner los comerciantes.

La organizadora de la milonga duda en decirle algo. La chaqueta roja color incendio que han conseguido en tiendas de usados es solapuda y acorde con los pantalones anchos, informes, que se pierden en los botines altos con unos casi olvidados tacos franceses. El anacrónico pañuelo de frunces oculta los arreglos en el chaleco cuadrillé verde y rojo. Antes del remiendo la panza de Ramiro hizo volar dos botones. 

Este traje, piensa Mirta, tiene el residuo de algún empleado de bingos que hace tiempo ha perdido la esperanza. O la alegría triste del payaso de feria que se enfrenta a un público aburrido. Y el chaquetón morado que completa el atuendo...

El chaquetón es el delirio de alguna modista aletargada en acido. La mujer mira al cielo, dudando entre elevar la súplica o una puteada a su ex marido, de quien ha heredado la casita con jardín y también la milonga, con sus deudas y sus locas pretensiones. Lo recuerda, a la hora de limpiar los primeros de año, con esa voz que ha presentado a todas las grandes parejas del pasado:

Cuando me vaya, quiero que el 31 haya en la milonga un gordo navidero con pintas de patriarca de arrabal, un elfo con aires de Parravicini, y un sillón de los pecados, donde los nuestros y las nuestras puedan reclamar deseos viejos, regalos, o el olvido de todas sus carencias y conductas miserables.

No es una última voluntad. Pero para Mirta tiene la fuerza de un dictamen divino. Cada vez que la milonga afloja, invoca el nombre de Pavesa y todo vuelve a encauzarse como una ronda en la que hubieran echado a los acróbatas. Todos conocían y respetaban a Pavesa. Y muchos han contribuido a su decadencia, ruina y extinción. Las malas juntas, los festivales ostentosos, la fantasía sin control administrativo. 

Han sido seis largos meses y esto ya no se endereza. Hoy será nuestra última milonga, querido. Con el gordo, el elfo y la silla de los pecados. Mañana será otro año. Y pasado otra vida.

 El navidero de la milongueridad, ignorante de sus intenciones, vuelve a hablar desde las profundidades de su abrigo de macarra setentero.




—Hace tiempo que no creo en estas pavadas de la navidad ni en las buenas intenciones de nadie.  Y si usted piensa que todas esas gentes resabiadas, carnisecas y enjutas de ilusiones van a venir a sentarse al lado mío como si fueran pibes para contarme sus deseos y que de alguna forma se hagan realidad, es que tiene el seso mas ablandado por el borgoña que yo y que Tomás, que para enano es alto.

El aludido abandona sus dominios, detrás de la barra y se ubica detrás del trono navidero. La maraña de pelos mal peinados le sale por todos los lados del sombrero bombín en verde musgo. Más que enano o elfo se ve como un Leprechaun, la criatura en que creían sus celtas antepasados irlandeses.  No está ahí para dudar de los motivos de la patrona, ni para alentar las quejas de literato resentido de Ramiro. En los mejores tiempos de la milonga vendía casi lo mismo que Pavesa invitaba. Y si se ha quedado, no es por la plata. Después de muchas temporadas y postergaciones, necesita satisfacer una pulsión altamente sexual e improbable hacia Marita. Un ansia  que en algunas noches tristes ha confundido con enamoramiento. 

—Van a venir, Ramiro. Todas esas gentes desengañadas, secas van a venir. y las más escépticas primero. Porque mantienen en algún lugar de su alma un fuego pibe, una inocencia que se hace juego cuando bailan. Y porqué saben que el único regalo que podemos darles es este descargo, esta especie de confesión, la oportunidad de dejar en el sillón la frustración y los vacíos. 

Mira a la jefa, esperando. Como casi siempre. Entre los dos montaron a la tarde el árbol hecho con fantasmas de momentos y vino. Una barricada de cajas recuperadas de la basura y envueltas para regalo protege la pirámide de vidrio verde de cualquier gancho imprudente. La casaca verde cuello Mao de pesado e incomodo cuero bajo que lleva como escudo no le ha servido.  Rompió dos de las botellas por el roce, el perfume de Mirta.

Será —piensa— al final de esta noche. Cuando se vayan todos. Se sentará agotada en el sillón. Y yo vendré después de tantas tandas para brindar con ella. Y hacerle unos masajes. Así será. O no habrá más.

Ahora son las once y media. Las mesas están puestas. Cada cosa en su sitio. Los demás no vendrán hasta dentro de un rato. Ramiro se sienta en el trono del navidero, meciéndose en el alcohol, en la tranquilidad de la milonga sin gente. Sin otra cosa que hacer, Mirta y Tomás avanzan, unísonos hacia el sillón de los regalos y deseos. Se sientan juntos y luego de un largo rato, ella pide.


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