lunes, 12 de abril de 2021

EL INFRANQUEABLE CAMINO HACIA LA NADA (EL GO III)

 Será que llevamos mucho queriendo llegar. O que los ecos de la conversación entre el joven Sacmer, reportero de intrigantes faunas milongueras y el filósofo Diógenes Pelandrún (Su primer entrevistado en el ciclo de La Recalcada) ha derivado desde un encuentro entre extraterrestres y milongueros detestables en un barrio suburbial, a las abducciones metafísicas. Discusión en la que es inevitable recordar a Corchito Echesortu, a quien dicen que devolvieron los Hercolobusianos con el bailar cambiado. Y a mi padre Clemencio y su amigo Taulo de Sardo, desaparecidos luego de parar en el faro-hostal del Ninfo del Traspié y Edda Minor. 

Acaso sea por ansiedad que no se nos revela aún el mar interno, el faro y la casa protegida por rituales y amuletos. Y mucho menos el inefable trazo del Go, esa secreta sociedad, rumor, chiste o custodio de vaya a saber que obsesivo tesoro del tanguerismo. 

Diógenes, cuya filosofía se apoya de cabeza en el pragmatismo dice:

—Así no llegaremos nunca. En vez de perdernos, para encontrar, seguimos el rumbo del nerviosismo, Cátulo. El camino hacia la nada es infranqueable. ¿Qué tanta importancia? Somos, cuando no somos. Y por querer ser, dejamos de ser.

—No entiendo, ¿Es un acertijo?— El joven Sacmer no se acostumbra a los sofismas Pelandrunianos.

 —Mas bien diría que es un requisito para acceder a algunos senderos. 

—Agregaría también, si me lo permite  Diógenes, una condición humana de aquellos que son grandes. Cuando queremos ser, como escribe aquí el amigo en sus escritos, es cuando caemos en la trampa del ego. ¡No seas! ¡Si lo sabrán los milongueros!...Bien escrito, querido.


—¡Al carajo! ¡A ver si empotrándonos contra la nada llegamos a algún algo! 

Levanta las manos del volante y deja que el coche vaya a su antojo. Pierde el control, como es lógico. Gritamos asustados. El tangomóvil da bandazos y sale de la carretera. Saltan cascotes, Saltamos con el coche. Volvemos a gritar. La tanda de Fresedo sonando estridente desde el programa radial Tiempo de Tango hace mas irreal la situación. Retumba un trueno impresionante. Luego de un resplandor intolerable Diógenes retoma el control. Una bandada de aves color relámpago vuela bajo. El parabrisas del tangomóvil se llena de goterones oscuros que acobardan los primeros compases de Como aquella princesa. 

La carretera es una senda bordeada por roqueríos que me recuerdan al Valle de la Luna. Dudo que estemos en territorio Francés.

Ahora sí vamos bien. Con la pequeña ayuda de los imprevistos voluntarios.

—¡Imprevistos voluntarios! Yo no vengo más con ustedes. He pasado más miedo que con los Buscadores de fantasmas milongueros(buscar entrevista en este mismo blog)— contesta el aterrorizado Sacmer.

 El Indio Martin y yo no decimos nada. No podemos.

Hombres de poca fe, como diría el pibe aquel de las parábolas. 

—¿El Pibe?

—Si los discípulos de la «Historia» hubieran sido mujeres, seguro caminaban sobre las aguas...

Los filósofos no casan bien con la religión.

La lluvia se hace aguacero, los pájaros, una sombra iluminada que cruza el cielo.  Diógenes pulsa un botón rojo. Una especie de toldilla de metal se despliega medio metro y resguarda el cristal delantero del agua. Con la lluvia caen algunas piedras doradas. La senda se pierde en el agua, el agua en la niebla, la niebla en un bosque. Y el bosque se abre a un calvero y un juego incierto de temblona luz de fogata que sale por las ventanas de un refugio. Que tenga un cartel iluminado por una antorcha en el que más que leer se intuye: PARADOR NADA es un detalle mínimo. Que bajo dos parras que se cruzan en la altura formando un aparcamiento natural, haya caballos y coches con diseños aún mas extraños que el antiguo móvil del cura exorcista que hace enorgullecer a Pelandrún, una anotación al margen. 

Entre una calesa y un Tilbury —al que hay enjaezado un alazán robótico— dejamos aparcado el tango móvil. Corremos, Diógenes y yo. Al Indio le gusta aprovechar cualquier contacto con el agua para purificarse. Y a Sacmer hacerse el Marlowe o el Mike Hammer bajo la tormenta, con su anacrónico piloto teñido. 

PARADOR NADA es una estructura de maderas, cuero y cuerda trenzada. Una hilera de sandias y calabazas resguardan la entrada, bajo un entoldado hecho de una sola pieza de cuero marrón, sostenido por dos bordones gruesos.  

Me pregunto a que animal habrá pertenecido.

Adentro huele al fuego que alimenta un hogar en un cuadrado espacio central por debajo del nivel del suelo de madera entarimado, a la usanza de las antiguas casas japonesas. El humo blanco se pierde en una abertura del techo, resguardada de la intemperie por una plancha cónica de madera y paja.  Un gran caldero borbotea encima del fuego, colgado en un soporte de hierro. 

Refugiados dispersos ocupan mesas de madera oscura y bancos, en redor. Ninguno lleva mascarillas. Aunque tampoco llevan ropa de nuestro tiempo. Vamos directos a una mesa desocupada. Y si al sentarnos, vemos que detrás hay un limonero enano, no es coincidencia. No hay mesa, banco, recipiente o copa donde se coma o se beba que sea igual. 

—Ah, Aquí llegan nuevos viajeros de la nada ¡Bienvenidos sean! —dice el hombre de la barra, que parece una versión gorda de Pólux, el camarero del bar Roñoso—, ¿Qué será? ¿Cordiales con canela, Tokay, Falerno? ¿Alguna historia para acompañar nuestro cocido de mil años?

—Todo, si es posible. Y acomodo para pasar la noche. Aquí con los amigos íbamos buscando un faro-hospedaje cuando nos sorprendió la tormenta. Y con el toque de queda al caer mejor quedarnos.

—¿Toque de queda? Cualquier medida es poca para frenar a los contrarrevolucionarios.  Ya verán, cuando llegue Mesidor no quedara ninguna cabeza del antiguo régimen. ¡Que trabajo para Madam la Gui!—. comenta una mujer que esta tejiendo algo parecido a un gorro rojo con agujas de madera. 

Un hombre con gorra marrón se acerca a nuestra mesa con una copa de coñac en la mano. Los bigotes hacia abajo son tan punzantes como la expresión de sus ojos.

 —No le hagan caso a la loca Defarge. No es mala gente, pero tiene una fijación con la calceta y los cuellos. Aunque ella y sus amigas cantan lindas tonadas. Un poco sanguinarias, eso sí.. ¿Y ustedes? Iban buscando un  ¿qué? 

—Un faro, pero un qué y un cuando en el que desaparecieron dos personas allegadas también— contesta Diógenes con su habitual verba sofista. 

—Un faro... Con los faros hay que tener cuidado. Hay muchas luces malas fugitivas que provocan naufragios. Y algunos capitanes que naufragan adrede. Saqueadores, raqueros, esclavistas. No se a cuales odio más. He navegado mares bravos, ríos de pesadilla, aguas en calma y mares muertos. Y siempre he llegado a buen puerto, con la prudencia por consejera y la pericia de mi contramaestre —el viejo Poseidón lo tenga bien bebido— por brújula. Pero ayer...ayer no hemos podido encontrar el rumbo. Fue como tratar de atravesar el misterio del alma humana. Si no hubiera sido por la luz de este amable lugar nos íbamos a pique. 

Todo el tiempo se lo ve tratando de hacer algo con sus manos. No está cómodo en su abrigo.

—Por eso hay que apurar cada momento al llegar a buen puerto. Aunque no sea puerto. ¡Amigos, congregados, viajeros en espera! brindo por aquel que conoce la edad del mundo: el Mar, que nos espera. El mar que hemos dejado atrás.

—Tomen, muchachos. No se brinda con las ganas —dice la camarera, una morena de ojos grandes, acercándonos unas copas de vino.

—¡Por los mares! ¡Por el mar!

—¿El mar? ¿Donde? —pregunta un hombre flaco, sentado casi al lado nuestro. Tiene la ropa llena de polvo y la cara quemada por la intemperie. Los ojos, vivaces,  parecen dos granos de café—. El viento casi hace enloquecer a mis mulas. Arena, polvo y nada. He atravesado la maldita tierra por ese mineral sinvergüenza. Lo único que da esa tierra son duendes de ojos rojos e infortunio... La llamada del Norte... vine siguiendo La llamada del Norte ¿Cuánto hace que dejé mi cabaña? Estoy aquí por la fiebre amarilla. No se donde. Aquí...  


—Se ve que usted es un pionero, un hombre versado en esas cosas de la tierra ¿Sabrá por casualidad algo sobre el Go de Oro? —pregunta el joven Sacmer, con imprudencia.

—Hijo. Después de tantas minas y tantos ríos no hay nada que no sepa de ese maldito mineral. Ahora no queda un gramo, ni siquiera en las bacinas de los sacamuelas. Me he ido tan al norte que hasta los perros de mi traílla se han quedado atrás, sin querer seguir.  El maldito Oro. ¡Cuantas empresas locas se han montado por ese granuja!...Recuerdo un sueco que quería llevar mil docenas de huevos para alimentar a los mineros en Alaska. Pobre diablo... Se le pudrieron todos. ¿Saben que es lo único que se gana con el mísero oro?: Cuentos, historias, fantasmas. El Go de oro. ¿El Go de Oro, dice?

—Sí. Ellos también custodian un tesoro. Dicen que Gardel...

—¿Qué?

—Gardel, el cantor de Tangos...

 —¿Tango? es eso nuevo  que se baila en los burdeles ¿no?

—Se bailaba. Y estos del Go son una sociedad secreta milonguera.

—¡Sociedad secreta! Será un engaño de dos o tres vivillos. Otra pesadilla para desesperados... El hombre de la Antártida que frecuenta lupanares debe saber. ¡Reynolds! ¿Dónde está ese hombre? ¡Highlander! ¿Dónde está el explorador?

El hombre se va hacia la barra donde está sentado un escocés bajo con una levita raída, apurando una botella de Wisky. La cara, como la de todos los reunidos, nos es conocida.

—¿Hijo? ¡Ese hombre no tiene más de cuarenta años!...¿Baile nuevo?—añade Sacmer, desconcertado.

La posadera nos acercan una fuente de metal donde borbotea un guiso de sabor fuerte. La consistencia y el sabor de la carne me recuerda al cordero de una milenaria receta persa. El vino lo traen en una jarra de plata, muy ornada. Aprovecho para saciar mi curiosidad sobre la tienda.

—¿Con la piel de que animal han hecho el toldo de la entrada?

—¿Animal? Quien sabe... Todos los materiales de esta posada los han ido trayendo los viajeros perdidos. Según cuentan algunos charlatanes la madera es de los árboles descartados en los bosques consagrados a los dioses. Las cuerdas, barbas de ballena varadas en los mares más allá de Poniente. Las ventanas y las aberturas son caparazones de tortugas gigantes, tratados por los pueblos nómades. Los cristales, según decía el alquimista Saknussemm, de ámbar, pero debe ser falso. Tuvimos hace tiempo un colmillo recto que nos servía de parante central, pero su dueño vino a buscarlo. Lo que usted dice es la ceja de Ymir... O su pelo. No recuerdo como lo contaba Snorri.

—¿Snorri Sturlunson, el escritor?

—Snorri el humorista. Así se anunciaba. ¡Si habrá hecho fechas aquí! Venia siempre con flores y poemas, como muchos bobos que creen en esas cosas románticas. Ven a las muchachas con encajes y delicadezas y se piensan que son tontas...La Shelley lo saco a fustazos.

—Muy bueno el guiso. Se nota que está hecho con cariño, señora. Señora en el sentido espiritual, de continente y temperamento.

—Este es un hombre que se expresa como debe. Ya me parecía que no era usted de andar averiguando la condición de las mujeres. Llámeme Maya. Estos que viene por aquí no sirven más que para andar mascullando. Dejan versos y la cuenta sin pagar cuando se van. Y los otros, bueno... para que hablar. 

—Maya, esto es un cumplido de morondanga, pero es evidente que le confiere usted calidad al plato.

 —¡Zalamero, que no lo hago yo! Masrur, el cocinero presume de haber alimentado a Harún, el justo. Es nuestro guiso de mil años. Ni yo recuerdo cuando encendieron ese fuego. 

—¿Será que también tienen Hidromiel y esas otras cosas de...?

—Sí. Sí. Las rubias pechugonas, como decían en mi barrio. Y el ballet acuático. Y Wagner tocando para los borrachos. Le encanta desafinar para el caminante Larry y Hank, ese que suele venir por aquí con pretensiones de boxeador. Pero hoy no. No es el día de Odín. Hoy, si aclara, viene la juventud, a bailar ritmos nuevos...

—Ah...¿Hacen bailongo aquí? ¡Esto es un hospedaje completito! ¿Es suyo el establecimiento, Maya?

—Es de quien quiera. Aunque desde la barra Dioni se haga el jefe...Esto se mantiene abierto por los extraviados, los que buscan quimeras y los que viven en la tormenta. ¡Voy, señoras! Perdonen ustedes. Me reclaman las muchachas del destino.

—¿Las muchachas del Destino?

—Aquellas tres de negro. Son del Club de las tijeras y la lana. Permiso.

—Suyo, Maya.

En la mesa a la que se dirige, la tal Defarge ha terminado de tejer su gorro rojo. Diógenes baja la cabeza como quien ha sentido el momento primero del enamoramiento. Pienso en Nina y Automáticamente saco el móvil para hablar con ella. Pero bajo la tormenta no hay conexión.

—Es... es raro. ¿No les parece?

—¿El sitio en el medio de la nada? ¿La concurrencia que parece sacada de los libros?¿el ámbito intemporal? ¿Tu embobamiento?

—Todo. Esa mujer tiene un aire a Tita Merello. O como uno imagina a Tita a partir de las fotos sugestivas de su cara. Esas en las que parece una Femme Fatale. Y todos estos anacrónicos contertulios...Si ahora mismo entraran el Tigre Arolas y el Pibe Ernesto a tocar unos tangos bravos no me extrañaría nada.

—Es como la gran tienda de ceremonias de mis antepasados. Los ancestros,  los espíritus del pasado, el fuego...

—Habrá que disfrutar la hospitalidad y enriquecerse con el contacto de los hospedados. Porque también  me parece que entre los personajes andan los creadores.

—¿Los dioses?

—Hablo de los escritores...Pero no los del estilo Salgari que se imaginaban los lugares y las situaciones... Hablo de los curtidos, los aventureros... los que recrearon sus experiencias en novelas. Aquí esta todo mezclado. Lo que es, lo que hubiera sido, lo que será. Fíjense aquel muchacho jugueteando con el puñal. Parece Borges, pero el Borges cuchillero, como él se imaginaba en algunos poemas o relatos. Aunque fue más parecido al hombre que describió en El sur. 

—Arquetipos, estamos disfrutando un plato antiquísimo, en compañía de Arquetipos y tejedores de Arquetipos. Quien sabe si no está en alguna mesa Ahab o los dos Burton, el real y el personaje de Farmer. Quien sabe si en el  pasillo no nos encontramos a Ripley y Patricia Higsmith a los besos. No quiero preguntar, no vaya a ser que estos personajes inmortales me haga dudar de mi existencia.

—¿Inmortales? ¿Te parece?  Tendrán vida durante mucho tiempo, mientras haya gente que lea. Pero esos son los conocidos. ¿Y los otros? ¿En estos tiempos quien se acuerda, por ejemplo,  de Raffles, el sargento Cuff, Carrone o Stardi, el viento Matteo, Equis Etcetera, Bathilde de Wendel o Ayesha?  O sus creadores Xavier de Montepin y el cuñado de Conan Doyle. ¿Quién sabe quienes fueron Xavier de Montepin y el cuñado de Conan Doyle?

—¿Qué quiere decir, señor Diógenes?— interviene Sacmer, con ojos agrandados—, ¿Que este es un lugar donde van a parar los personajes olvidados? ¿Que nosotros somos también personajes camino hacia el olvido?

—Todos somos viajeros en las alas de la tormenta o de la nada. La duda es la premisa de la filosofía y el motor de la existencia. Hay que dudar. Lo aparente es dominante. La naturaleza de la realidad es engaño, deseo, subjetividad. Y...no está mal. Nada mal. Este aquí no está mal. Si por una de esas cosas del destino, en las que no suelo creer, sucediera que me quedara aquí...


—¿Qué dice Diógenes?

—Pregunto: ¿Alguno sabe conducir? Alguien...

Un impresionante trueno me impide oír las palabras de Diógenes. Tan grande es el ruido que nos ensordece. me taladra en la cabeza. Cierro los ojos. Noto en los oídos un zumbido estridente. Una sordina Fresediana que no se calla. Me duele todo el cuerpo. Abro los ojos despacio. Las maniobras de Diógenes nos han hecho estampar contra un murito de piedra. La radio suena todavía. Detrás el Indio Martin y Henry Sacmer se mueven, atontados. Diógenes, con un pequeño corte en la frente no para de decir Maya, Maya. 

El bosque ha desaparecido. PARADOR NADA también.  Cuando recupero completamente la visibilidad comprendo que estoy viendo algo amarillento: la mole del faro. El hombre que se acerca debe ser el Ninfo de Traspié.

MAYA, sigue musitando Diógenes. 

En la radio  el cantor de la típica Víctor le retruca con Una vez, solo te vi una vez... (Continuará)