martes, 20 de julio de 2021

MILONGUEROS DESTEÑIDOS Y MUCHOS OCASOS (EL GO DE ORO V) Por Cátulo Bernal

DONDE LOS MUCHACHOS LUSIARDIANOS SE APRESTAN A ENTRAR POR LA SENDA DEL ESTORNUDO, EN EL MUNDO MILONGUERO DEL GO DE ORO, PARA ENCONTRAR A TAULO DE SARDO Y CLEMENCIO BERNAL, AUTOR DEL LIBRO DE LAS MILONGUILLAS Y PROGENITOR DEL POETA DEL BLOG, CÁTULO BERNAL.

 La sinrazón del acontecimiento desbocado, urgente. Cuando hablé con Nina,  lejano amor paciente y mi desvelo, tuve que matizar las inciertas posibilidades de volver pronto. si entramos a esa paralela realidad en la que suponemos vagan todavía mi padre y Taulo de Sardo. Le aseguré que al utilizar una entrada falseada y el mapa de las sendas del Go, escrito por Petaca Travieso —el auténtico, no el personaje recreado en la película de Romero— en los márgenes del libro de García Giménez, ahorraríamos tiempo.  

—¿No llevan tres días en el camino y ya quieren volver? Estás perdiendo la milongueridad, amor mío. Mientras lleguen con tiempo a la presentación de los CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS, para leer tus versos no hay problema Me contestó.

Y me deja pensando si no estamos dentro de la realidad Go, desde que salimos del Parador Nada

Esa realidad que cada tanto mancilla la nuestra con la injerencia de alguna noche mágica, con bailarines salidos de otros tiempos y que suele ser traicionera como los sueños, según la describe Ninfo de Traspié, nuestro anfitrión. 

Iremos. Por Clemencio y Taulo. Por Maya, que ha trastornado la siempre cínica cabeza del filosofo Pelandrún, al que le salen pensamientos que semejan fósforos mojados. 

Edda Minor, luego de ejecutar unos complicados movimientos de baile en la pista descubierta al lado del faro-parador, nos ha entregado unos saquitos carmesí, cosidos a mano.

—Cada saquito tiene virutas consagradas. Trozos de pista de poderosas milongas del pasado, que guardan el recuerdo de exhibiciones memorables. Si por cualquier motivo se perdieran en las sendas del Go por malinterpretar el mapa, estos amuletos funcionarán como guías, brújulas de madera.

—Iremos despiertos siguiendo el mapa.

—El peligro mayor de este viaje —comenta Ninfo— son las realidades concéntricas. Que encuentren brechas y se vayan metiendo más y más en otras realidades. No se desvíen. Y no hagan caso a los impulsos.

El indio Martín une el suyo al atrapasueños que vela nuestras actividades, Henry Sacmer se lo cuelga en la solapa del impermeable y Diógenes Pelandrún ata en su coche, entre las estampas de Platón y Aristóteles del espejo.

Solo entonces, luego de comprar vituallas, estamos listos para meternos en el mundo Go.

—¿Y ahora que hacemos? —Miro a Ninfo de Traspié, que sabe de las formas y rituales.

—Para entrar por la senda del paso del estornudo se necesita elevación, certeza, un toque de elegancia informal y la perseverancia para aprender toda la secuencia, Una vez memorizada se ha de repetir correctamente durante el trascurso de un tango, sin alterar nada. 

—¡Estamos arreglados! Yo ni siquiera bailo. ¿Cómo voy a entrar si apenas me sé el básico? —Henry Sacmer se atraganta con sus balbuceos.

—Por lo menos tiene humildad este muchacho y no quiere como muchos otros, enseñar con cinco clases en el cuerpo. 

—No se preocupen, somos conscientes de sus limitaciones. Edda y yo haremos el paso del estornudo hasta que la brecha se haga evidente y puedan pasar con el coche. No creo que puedan usarlo donde van, pero les servirá de referencia. Diógenes. ¿Tiene buena amortiguación  el aparato?

—Sí. El cura que fue su anterior dueño me dijo que alguna vez tuvo que practicar  exorcismos exprés en los asientos traseros.  

—Bien. Porque la entrada está a 40 centímetros de altura. Vamos a poner una rampa hecha con maderas de Lo de Hansen,  para que pase el coche. Suerte en su búsqueda.

—¿O sea que ustedes saben como entrar al Go? 

—Sí. Y cada tanto íbamos al Go. Pero ya no nos da por esas escapadas. Hemos aprendido a amar este lugar. Y no queremos odiarlo por el contraste, cada vez que volvemos al faro.

—Iremos al otro lado cuando ni la alegría por bailar nos quede y el paso firme sea una sombra. Si ven a las gemelas del gancho imprevisible salúdenlas de mi parte —Añade Edda.

Una vez que ponemos la rampa los ancianos nos piden que mantengamos el motor en marcha. Dan cuerda a una victrola antigua en la que se escucha la voz doliente de una mujer.

Envidia, envidia siente el que sufre, envidia sufre el que espera viendo que la vida entera no es más que desilusión

— ¿Quién canta?

— Ada Falcón. Nadie mereció más que ella ser una Go de Oro. A su manera lo fue. Adiós y buena suerte. Nos despedimos ahora. Mientras bailemos no se podrá. Bailaremos en el sentido de la ronda. Cuando vean un borde iluminado sobre nuestro abrazo y estemos en un extremo en el que no nos de el coche avancen sin dudar y pasen.

Se ponen a bailar. De una manera que no he visto nunca. Son una fusión hermosamente ridícula, sin fisuras. Nos quedamos tan embobados que casi no reaccionamos cuando con la cabeza nos señalan una apertura que se percibe un poco más brillante que el entorno. El Tangomovil de Pelandrún brama. Esperamos y cuando vemos que nuestros anfitriones bailan a un costado avanzamos por la rampa. Dos dudosas figuras se materializan por el centro y Diógenes a duras penas alcanza a esquivarlas con un volantazo que hace caer el coche por un costado. Los reflejos del filósofo han salvado a los aparecidos de una muerte segura. Sin que podamos detenerlo me arrebata el librito de García Giménez, sale del coche y salta seguro hacia el otro lado. 

La voz de Ada Falcón se apaga. Edda y Ninfo dejan de bailar. La brecha se cierra. Las dos apariciones llevan ropas desteñidas y el sol de cien ocasos en la cara. Se corresponden con la pinta de unos milongueros sin muda de recambio en el ultimo día de un festival de verano.  Sacmer con los nervios crecidos dice:

—¿Qué? ¡Diógenes! ¿Diógenes?

Los dos lo miran.

—¿Hemos pasado? ¿Hemos pasado? —Preguntan.

Detrás de la barba hirsuta, descuidada, los ojos desconfiados tantean este borde de la realidad, todavía con el paso en el otro lado.

Vuelven de la realidad paralela Go en donde se ha quedado Diógenes, por el camino largo.


Taulo y Clemencio.(continuará)