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lunes, 23 de septiembre de 2013

DOS DIAS EN LA MARATON DE TANGO DE CANET - Por Cátulo Bernal

Viernes. Sábado. Domingo. 36 horas medidas y pesadas de tango interrumpido para dormir y descansar los pies. Eso es lo que pensábamos con el Pibe Pergamino al subirnos al tren que nos llevaría a Canet de mar, sede de la Blue Moon Barcelona  tango Maratón,  el sábado, por la nochecita, con el corazón contento, los zapatos lustrados y los ungüentos preparados para cualquier eventualidad.  
Nos llevamos también el bañador, por si después de la milonga, a las seis de la mañana, nos desvelaba algún encuentro ocasional que prometiera un largo paseo a la vera del mar con la Aurora acuciando intenciones. Habíamos alquilado una habitación en Sant Pol, el pueblo más próximo a Canet. Nos fue imposible encontrar alojamiento, tal era la afluencia de milongueros y milongueras venidos de lejanas tierras, para dejarse los meniscos y las plantas en la Cúpula.
Digo bien, Cúpula. De afuera eso precisamente era. Adentro en cambio parecía la pista mayor de un gigantesco circo, con arena de parquet y al ambiente general de jubilo y buen vestir que acompaña a milonga hasta los bordes. Mesas dispersas en redor. Una barra a izquierda, cerca del trono del Dijey. Focos amarillos, rojos y azules y dos grandes muñecos presidiendo la velada. La noche entrando a raudales por la abertura de atrás: parque, arboles, camino descendente a los baños y las tiendas de campaña en donde algunos osados pernoctaban cuando se acallaba la música. 
Una tiendita supletoria, afuera, a  modo de tertulia, en donde se apuraban comestibles, bebestibles, tarot, masajes y una paellera industrial en donde alguno rebañaba el socarrat. 
Y a mano derecha de la entrada principal, cubos de agua, bálsamos e indumentos para relajar los pies cansados.
Toda una corte de los milagros en suma, para hacer abrir los ojos del más templado en asuntos de canyengue.
Al pibe le brillaban los ojos por la perspectiva. Eran las nueve y media de la noche del sábado, cuando por fin nos aposentamos en una mesa, previa recogida de la llave del cuarto, en la pensión. El pibe, ni se cambio los zapatos,. Sintió un Canaro y allí se fue, desbocado como siempre a la pista.
Yo que soy un patadura y consciente de mis responsabilidades periodísticas, hice labor de campo preguntando a algunos comensales sobre la noche del viernes. Pregúntele a el —me contestó una pibada que tenia campamento en el jardín,  señalándome a un señor de mediana edad con cara de Casanova de Fellini, que se extendía morosamente por la ronda en pasos cortos y midiendo el abrazo—. Según parece lleva bailando desde que se abrió. Se llama Carlos Bufrete, alias Rulo y cuando se apago la música siguió bailando solo por la pista, abrazado a un almohadón. Los muchachos lo encontraron hoy a las once y media, cuando abrieron para restablecer la música.
 No quise saber si era verdad. Pero lo parecía, viendo la cara del hombre, un cinturón de barritas energéticas que portaba y un chaleco en el que asomaba alguna botella de líquido.  Este oficio de periodista de milongas es duro. Mientras el pibe se enloquecía literalmente por la ronda, dando incluso alguna sacada o gancho a la compañera y a otras parejas que pasaban y que malinterpretaron su entusiasmo poniéndole cara hostil, yo me determiné a dormir en la cúpula, para verificar en primera persona si el tal Rulo cumplía verdaderamente su epopeya. Por lo que pedí permiso a Carlos, organizador del evento, para extender petate bajo alguna mesa.  Había a mano izquierda de la entrada dos puestos artesanales: zapatos de milonga, camisas, indumentaria y complementos de preciosa factura, extendidos sobre una mesa engalanada con paño carmesí. Me dije que aquel paño taparía mi investigación y me abrigaría del frio de la noche.
En tanto la ronda explotaba con milongas, milongones, valses y tangachos fierros para hacer bailar al mas aburrido. 
Se bailaba hasta los separadores, música disco y setenta y llegue a enterarme de un complot para adulterar alguna tanda de Donato con Los Jakson Five, complot que no llegó a mayores, por la vigilancia del Dijey que oteaba  a la distancia detrás de sus gafas.
 A un costado había una mesa de rubias bellezas a las que me allegue y con las baile algunas tandas, pero no pude conectar, básicamente por su ruso idioma. 
No quise expresarme por señas como le pasó a mi sobrino Larrapumbi en Sitges.Soy un hombre pudoroso, y más de una vez me decoraron la cara a zopapos, por haber malinterpretado alguna seña. Así que llegados a las cinco y media, cuando las tandas se volvían Canarianas y la gente seguía bailando sin desmayar, hice participe de mi plan al pibe, que lo recibió con alborozo, pues estaba en «tratativas» con una Italiana. Yo no quise esta vez hacerme ilusiones. Estaba aun conmocionado por mi experiencia con una milonguera en el Tarratangueando, episodio que alguna vez contaré, si consigo reestablecerme. Así que cuando la ultima tanda termino, jalonada por una yapa de Cumparsita exótica, hice como que me iba y me colé bajo la lona y bajo la mesa de las camisas, dispuesto a la labor. Todos se fueron yendo, propios y ajenos  a hoteles, hostales, tiendas, paradores, a la playa o a la noche bohemia en compañía. Yo estaba cercado por una caja de camisas y con los huesos entumecidos. Creo que me adormilé una hora. 
Me despertaron los compases de un Dandi" tarareado. Me asome y alli estaba Rulo, de pie, pero sin aflojar, en medio de la pista. A la incierta luz del alba parecía el fantasma de un milonguero olvidado que retorna en la noche de San Juan para apurar la tanda. 
De ver su bamboleo me dio sueño y aunque tenia hambre el cansancio pudo más. Cuando desperté como a las diez sonaba Quedemonos aqui, tango excelso que casi no se pone en las milongas. El Rulo seguía dale y dale, cuando lo deje con los huesos fríos para tomar café y sanguchito de cara al mar y esperar a las doce, cuando retomara la Maratón.
En un bar lindero a la playa me pedí un expreso triple, una cerveza y una baguete de jamón que devoré con ganas. Entre que pedí la cuenta y pagué pasaron otras dos horas. Literalmente me dormí con la mano en el bolsillo y de no ser por el camarero todavía estaría ahí. Luego de comer una carnaza en un establecimiento me encaminé a la cúpula a ver como iba todo.
Lo primero que me llamó la atención fue no ver el cinturón de barritas energéticas y el chaleco con bebidas, en medio de la pista.  Lo segundo, en el patio, la paellera, limpia de comida, pero con el aditamento del Rulo, qué, con las piernas extendidas trazaba imaginarios sanguchitos musitando algún vals improbable.
Se ve que iba bien encaminado hasta que un gracioso coló de separador un break Dance y al hombre no le aguantaron las piernas. Y allí se lo llevaron, en la parte de atrás de una furgoneta, sin haber cumplimentado su sueño.
La ronda estaba hoy mas distendida. Llena hasta los bordes pero casi sin tacos ni oropel. Se bailaba en alpargatas, calcetín o en patas. Había un sesgo playero en los participantes, que resistían divirtiéndose de cualquier manera. Corría el beberaje y las manzanas a granel  que abastecían de energía a la concurrencia. En la tienda del patio, a pleno sol, había turno para masajes en los pies doloridos.
El pibe no estaba. Lo vi llegar con la cara mustia. Se ve que se fue caminando un rato largo con la Italiana, pero en algún momento hizo algo improcedente y se vio solo.  
Sin posibilidad de encontrar un taxi, porque lleva un móvil caduco y sin internet, se fue caminando a la vera de la playa hasta Sant Pol, hasta llegar a la pensión. Allí tampoco tuvo paz, porque las campanas de la iglesia lo despertaban cada quince minutos.  Estuvo queriendo dormirse hasta las doce, cuando harto,  se levanto y durmió media hora en la playa.
Se olvidó de todo cuando escucho los compases de El Flete.
Alma Cándida.
Serian las cinco y cincuenta de la tarde cuando la Dijey, una beldad de oscuros cabellos llamada Nina anuncio las ultimas tandas. La gente del Desbande ya había programado una milonga after, por la noche y hasta las cinco de la mañana, para todos los llegados de lejos que se hubieran quedado con ganas de milonguear. En el alborozado clima general de la ultima tanda hubo aplausos,  abrazos, emoción y un trencito posterior de los participantes, cuando Olga se puso a pinchar esa música electrónica que tanto gusta a la pibada.
Y allí los dejamos en medio de la pista, mientras la luz de la tarde ya se encaminaba hacia el ocaso, con los pies casi rotos pero la ilusión engrandecida por haber participado en una gesta milonguera de grandes proporciones, que creo, no será la única.
Así lo prometieron todos aquellos que con los zapatos colgando y los ojos llenos de alegría se fueron despidiendo hasta la noche, o hasta la próxima milonga, esparciendo por el mundo la semilla del acontecimiento: La Blue Moon Barcelona Tango Maraton 2013.