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viernes, 2 de octubre de 2015

WE ARE THE TANGO - Cuando La milonga se unio (y se volvio a separar) Por Yamate. A . Zilencio


El fin de semana pasado nos invitaron al cumpleaños de la Tana y La Morocha. Elisa y Dianora, dos grandiosas milongueras de la ciudad Comtal.  Estaba - con algunas honrosas excepciones - lo más granado de la milongueridad barcelonesa, unidos en un festejo único.  Hubo comestibles sabrosos y amorosamente preparados por las anfitrionas, parrilla on line de la mano de Maxi  y bebestibles surtidos y baile que fue en degradé desde clásicos del rock y el pop ochentero hasta las consabidas tandas de tango al atardecer. Las muchachas, como un regalo exigieron que todos los presentes nos aunáramos en un semi karaoke del tango "Noche de luna", del que doy testimonio.

La fiesta una barbaridad. y el video tambien. Lo incluyo para que juzguen ustedes mismos.
Bonito, energético y divertido.
Aunque  debo decir que me trajo a la memoria los intentos de un grupo de artistas de la milonga que en su momento, a mitad de camino entre "USA for África" y "Argentina es nuestro hogar" intentaron plasmar la misma idea con un atajo de atorrantes y milongueros patrios, para salvar la celebre "Milonga del Sucucho", un galpón reo donde sobrevivia el  tango primordial y tangencialmente darle cauce a esas tímidas masas de jóvenes que se volcaban al tango y comenzaban a consumir clases y milongas en los noventa, lejos del imposible merchandising y la tarjeteria de servicios que es dado encontrar en la actualidad. Pero veamos en detalle el intento.
El lugar era infame. Un tinglado que había pertenecido a una cancha de fútbol siete con piso de madera, venido a menos y descascarado, con bolsas de plástico que habían reemplazado paulatinamente a los cristales, rotos por la chiquillada del barrio, y en el que anidaban las palomas y se veía cada tanto alguna gallina clueca.
Quizá por este rupestrismo campero   la milonga  supo tener su momento de gloria, muy a pesar de los malos tratos de los dueños Diaz y Tapia - también llamados Batman y Robín  -   dos mal educados con ínfulas de artistas, que cuando no tenían números artísticos mal contratados y peor agradecidos, paraban la milonga y se ponían a zapatear y dialogar ellos mismos, espantando a los clientes y los  gatos,  creyendo que lo hacían bien.
 Paredes pintadas con cal y llenas de humedad y el sempiterno olor a kerosen, que se utilizaba para limpiar el parquet de la pista y alimentar  el primitivo horno en el que se hacían las empanadas y las pizzas de la milonga, que fue también la causa de su cumbre y su caída, pues el color local y lo pintoresco estuvo asegurado hasta la noche del 24 de enero del 98 se intoxicaron cuatro personas. Y  un turista, que además era critico gastro-milonguero.
Diaz y Tapia fueron a parar a la cárcel. Y el lugar abandonado. Lo que causo una gran pena entre los artistas de verdad que habian pasado por la pista, bailando o cantando para la concurrencia.
Ante la amenaza de derribo por parte del municipio, un grupo de cantores y bailarines  liderados por Bruno Baiu, promotor de eventos  fallidos y el mediocre compositor Delmar Ponce se ofrecieron muy loablemente a cantar para salvar el lugar, en una milonga a beneficio que seria  grabada e inmortalizada en un disco "Somos la Milonga", un pretencioso proyecto en el que se llego a comprometer hasta a 45 músicos y cantantes.
 A priori, al igual que lo que  sucede con los eventos de las redes sociales que se llenan de participantes y seguidores, el éxito estaba garantizado. Una operación eficaz de boca a boca y el entusiasmo de Baiu y Ponce llenó las instalaciones de la milonga, virtualmente.
 Se había apalabrado a un técnico de sonido para que registrara todo en una consola de cuatro canales y se había recuperado el horno de kerosen para las empanadas y la pizza.
A la hora de la verdad, al igual que sucede con muchos eventos de hoy en día, la milonga a beneficio fue un fracaso: Veinte personas, de las cuales había diez invitadas, se acercaron a escuchar en vivo y en directo "Somos la milonga".
 De los 45 artistas comprometidos de palabra, solo se acercaron el guitarrista folclórico Zunildo Rota, y la segunda voz de la orquesta "Los Infames", Amelía Vence. Junto con Delmar - que además estaba resfriado -  salieron a cantar y del mega disco en el que se iban  incluir tangos como El sucucho, Metele al sanguchito, El Firulero y Doña Ramona dame pastafrola,  solo quedó el single que hubiera dado nombre al CD, si el flaco Zoco, el operario  al estar comiendo empanadas kerosenosas no lo hubiera mezclado por error con las alternativas del partido de fútbol All Boys-NuevaChicago
 que estaba escuchando por la radio:  " SOMOS LA MILONGA".
 Un fiasco ni siquiera abucheado que fue la culminación, el atragantamiento culinario y el éxodo de casi todos los asistentes, del que preservamos a nuestros lectores con la inclusión de la estrofa menos mala:

"Somos la milonga, somos cancheritos. Vamos bailando y no hacemos pucheritos, si se arma el canyengue, no tiramos firuletes, somos, la milonga y no bailamos al cuete. "
Somos la milonga y le damos meta y ponga, somos la milonga, somos la milonga.
Oh, oh, oh, oh."

Hoy, lejos de estos intentos bizarros, "El sucucho" sobrevive  como pollería ecológica.  Casi nadie recuerda la milonga, con la excepción de  algunos keroseneros nostálgicos y de los mediocres organizadores, que quisieron aspirar a la gloria y como tantos otros mas grandes que ellos vieron como  a su sueño lo picoteaban las gallinas y se perdía para siempre en la noche eterna de la desventura...

viernes, 18 de septiembre de 2015

EL ESCRITOR, EL LOCO, LA LLUVIA Y LA BOLSA DE ZAPATOS DEMASIADO GRANDE

La semana Pasada vino de visita al bar "Roñoso", donde la muchachada se entretenía haciendo mini olimpiadas con bolitas de miga y  calibrando los distintos tonos acerezados del vino en la trayectoria del sol crepuscular del bodegon  el compañero escritor Pablo Cabrejos,con el que coincidimos en dos o tres publicaciones que en aquel momento eran under por necesidad y  que en parecido derrotero milongueril, pone música y da clases en la catedral de Almagro, lejos del Rosario que nos vio nacer al mundo de las letras y que es en tiempo y espacio el ámbito de su libro "Todo apesta" con que nos obsequio, autografiado. Luego de la Milonga del Pipa, el Lunes,  nos pareció adecuado llevarlo a " la milonga del Oriental" la unica milonga al aire libre permanente, porque el hombre venia de girar bailando por Rusia y seguramente tenia ansiedad de una asadura o un choripan en costra de chimichurri. Así que con el Amigo Romulo Papaguachi, Piton Pipeta y el indio, nos fuimos derechito a nuestra mesa bajo un gomero, equidistante entre la entrada y el humo parrillero bajo el que suelen caer los que no reservan o los turistas.  Riquelme inauguraba un toldo nuevo, suplantando al viejo armazón del "Circo Papelito", que la intemperie había destrozado y cada tanto caía en jirones sobre los bailarines y los  tímidos acomodados bajo el poste central. Allí aguardaba plegado, encima de las guirnaldas luminosas,orgulloso en la altura,  todo acero, todo confianza.  La ronda transcurría con algunos fogonazos delicados de un par de entusiastas y el concurso de un contingente extranjero de tangueros de diseño, alrededor de un guia que iba repartiendo zapatos que sacaba de una bolsa roja tamaño familiar.  En la música el loquito Piazzola, que parece tener  la capacidad de desplazarse en el tiempo  pero solo una tanda por delante  lo justo para garantizar una tanda amena, nos estaba regalando con canciones de archivo, notablemente llenas de ruidos a tal punto que un par de paisanos, escoltados por gatos atorrantes iban de  la olla donde doña Martita freía las empanadas  a los parlantes, confundidos.  Pedimos la tradicional batería mixta de embutidos, encurtidos y empanados regado con vino "El  Zaragozano, etiqueta roja" y nos acomodamos a la contemplación de las bailantes, considerando también la concurrencia femenina, que como siempre es un deleite.
En todos sus años de existencia "Milonga del oriental" nunca ha cerrado por las condiciones climáticas.  Bastó que se cambiara el toldo, que se modificara un elemento de la encantada atmósfera, para que en una hora, al estilo del "Perjurio de la nieve" - notable cuento de Bioy -   se anunciara tormenta en lontananza y cayera, como nunca había sucedido, un aguacero diluvial.
Riquelme alborozado levantó el mando remoto y desplegó el toldo. Enseguida vimos que no servía para nada. Ondeaba en las alturas como la vela descontrolada de un viejo Navío. Apenas alcanzaba a cubrir las partes centrales de la ronda. Hacia calor, y en principio las parejas se solazaban en la novedad de la lluvia, siguiendo el compás de Donato con alborozo, pero cuando  los vientos racheados alcanzaron una velocidad estimable arrojando a la cara y a los vestidos mojados gotas de esas que pican, además de aflojar la perenne pista de tierra que se iba ablandando y en consecuencia succionando los zapatos, los charoles y los tacos, toda esa visión idílica se desvaneció y se produjo la gran desbandada.
Todo era confusión. Los tangueros de diseño corrían en todas direcciones, sin lugar para guarecerse. los Baños quimicos alojaban a cuatro o cinco personas amenazando caerse y se apagaban las bombitas eléctricas de colores con el agua.  Pococho el Parrillero y Galimberti, su ayudante, improvisaron un vivac  con un palo tendedero de ropa y un mantel de hule, en un vano intento por proteger los chorizos centrales y el pan, pero alrededor el agua les apagaba las brasas produciendo un humo blanco. Aun así siguieron en su puesto, disuadiendo a los aprovechadores, que intentaban llevarse de la batea de bebidas algún vinacho . El loquito Piazzolla manoteo el cablerio y la maquina como pudo y se mando mudar.  No nos quedó otra que meternos debajo del tablón de nuestra mesa, con las copas de vino y  la picada. A la luz de los relámpagos vimos en la mesa de enfrente un grupito de chicas con las que brindamos a la distancia. Como una fuerza de la naturaleza  El indio manoteo un puñado de sal, y con un cuchillo comenzó a hacer cruces en el aire, para cortar la tormenta. En tanto todo el descampado se había vaciado, con excepción de algunos que como nosotros se guarecían bajo los tablones y diez  fanáticos de la lucha, que seguían las alternativas de los Titanes de la milonga, "Trompito Calcaterra" versus "El vengador Volea" en el barro(ver "Lucha Libre en la milonga del Oriental").
Calado hasta los huesos, Riquelme permanecia mirando inmóvil el toldo inútil amenazándolo con un chorizo seco. Garza Robles, alcoholizado, sujetaba una moneda contra el poste y parafraseando a Ahab gesticulaba como un loco  "¡este doblón de Oro, es para quien me traiga a la ballena blanca, la maldita ballena blanca que me quitó la milongueridad!"
No se si fue por la magia del Indio o simplemente por decurso. La lluvia ceso como vino. La pista toda estaba hecha un barrial, La comida y libaciones abandonadas inservibles. Fuimos saliendo como bichos atontados por el sol, desde abajo de los tablones. El escritor Cabrejos aparto el agua de la mesa y restablecio la picada y el vino, de pie sobre el desastre, extrapolando la escena para su "Todo apesta, segunda parte". Un foco amarillo de los grandes habia sobrevivido en las alturas, difundiendo una intima luz tuberculosa. Alguien trajo guitarra y violín y se puso a musiquear . Varias parejas volvieron a  la pista, tratando de secarse la ropa con el calor corporal y el abrazo. Pococho calentaba el pan mojado en la parrilla y Doña Martita hizo café con coñac, para templar el alma. La  bolsa roja, sin zapatos, flotaba derivando hacia la sanja que venia subida.  Nos remangamos los pantalones, nos descalzamos e invitando a  las muchachas de enfrente nos fuimos para la pista, a chapotear por primera vez el barro del Oriental, con la alegría de la infancia y la despreocupación de la madurez.

lunes, 24 de agosto de 2015

TARBES EN TANGO 2015 - Milongueando al pie de los Pirineos. (parte Uno). Por Catulo Bernal.

Hasta ultimo momento no sabíamos si embarcarnos con el Pibe Pergamino en esta aventura francesa, porque no conseguíamos transporte y el fatigoso viaje en tren —aunque se presta a la contemplación, el recogimiento y la poesía—, además de largo, era oneroso. Pero nos confirmaron que una delegación conformada por Antonio, Jordi y Alí, milongueros enseña de Barna,  salía el miércoles para Tarbes y volvía el sábado.  Nada nos costó conseguir ubicación en el mismo hotelucho donde se alojaban los muchachos. Sí acomodar en el coche nuestras osamentas, pues venia con nosotros mi amiga japonesa Masayo, con la misión de  traducir mis incontinencias verbales bajo la forma de Haikus.  
Iba a distenderme y a comprobar si eran ciertas las historias que se contaban sobre el festival:  un pueblo que durante una semana se va llenando de peregrinos milongueros y en el que uno se topa con el tango en cualquier calle.  
No fatigaré a los lectores con el viaje. Se habló de tango, se escuchó tango, se paró apenas arribados a Francia en la campiña para degustar las viandas que llevábamos. 
Entre montañas y rotondas encontramos Tarbes y nuestro pequeño hotelucho  —pequeño pequeño— y,  una vez desempaquetadas las pertenencias y acomodados como buenamente pudimos, nos dispusimos a palpitar el tango Tarbesi. Que es un decir, porque llegados como a las seis, se nos puso en la cabeza que para aguantar el embate milonguero debíamos dormir una siesta, que cumplimentamos. Claro, que a las dos horas  comenzaron a sonar las alarmas: Los muchachos, repetidores,  se habían ido pero nos habían dejado su  advertencia: cuidado con la cena, porque a las diez cierran todas las cocinas. 
Nos duchamos y vestimos como pudimos y por señas a naturales llegamos a entender aproximadamente adonde estaba el centro de la villa, y el Halle Marcadieu, locación del aperotango de la tarde y la milonga de la Noche. Masayo San, se quedó en el hotel, agotada por las alternativas del viaje y una traducción de códigos milongueros al estilo Kafka.
Si esperábamos encontrarnos una agradable aldea al estilo Asterix, con fogatas, viandas suculentas y galos bigotudos tangueando a la luz de la hoguera nos equivocamos de medio a medio. 
Atravesamos a todo correr urbanizaciones verdes, en donde apenas se divisaba luz. Leímos con avidez las indicaciones que nos llevaban  al centro, pero no encontramos vida humana caminante. Los bares parecían haber desaparecido y uno o dos que vimos estaban cerrados.  Al fin, topamos con la imponente mole del Halle Marcadieu, un mercado gigantesco, en el que se veía en francés tango por la otra puerta y al rodear, en calle aledaña los restos del APEROTANGO, una milonga al aire libre con barra y música en vivo. 
Pero al menos nuestros amigos estaban allí, preparándose también para hincar diente.
En vez de recorrer unas cinco calles hasta el centro, preferimos, ante la posibilidad real de perder  la cena, comer en un barcete aledaño en el que solo hacían  plato «especial» para la gente de la milonga.: quiche de bacón, o lasaña, con acompañamiento de lechuga aderezada,  guarnición típica francesa junto con el(en este caso ausente bol de patatas fritas y postre. Compramos el quiche y un Tatín a 13 especiales euros  y repantigados con la muchachada nos dispusimos a esperar la milonga, que se abrió casi enseguida mientras Jordi intentaba enseñar castellano a unas maduras milongueras de Biarritz, para pasar el tiempo.
La milonga, que ocupa una manzana entera urbanizada, se nos reveló apenas entramos como una estación gigante con una pista monumental de parquet acotada en tres de sus lados por una gradería con sillas tipo estadio de baloncesto y el lado restante ocupado por el escenario, en donde a un costado se ve la solitaria figura del musicalizador de turno, casi en la bruma y los instrumentos de la orquesta, tan solos como él. Imagínense un circo romano con las paredes de las  tribunas aderezadas con motivos tangueros que dividían la pista y hacían un pasillo por el que discurrían los paseantes, se exponía el merchandising, las barras, los baños y los sitios de esparcimiento, las aberturas por las que se podía ver y acceder a la pista,  una cúpula altísima  y tendrán una idea aproximada del Halle Marcadieu.  
No hacia veinte minutos que se había abierto la noche. La ronda estaba medio llena y las gradas blancas cariándose con  bolsas de zapatos y  pertenencias de los asistentes.  Me pregunté: ¿es posible llenar tan inmensa pista con los peregrinos del tango Europeo? Dieciocho años de festival nos lo confirmaron. 
Era posible a tal extremo que la circulación por la pista era dificultosa. DIFICULTOSA EN GRADO EXTREMO. Solo los notables como Graciela y Osvaldo —que habían inaugurado el festival con su Historia de un milonguero y los muy avezados en festivales, como Amina y Aquilino, podían difundir con su baile un bálsamo entre la concurrencia. Los demás competían en giros imprevistos, miradas recias y ausencia de disculpas. 
Enseguida entendí que los maestros no se metieran en el meollo. No fuera a ser que recibieran un puntazo férvido. Pero al Pibe Pergamino, que es notable esquivando, no le importó.
 Se fue a bailar entre las huestes, bordeando los maceteros y la pista para no degradar su habitual ligereza y allí quedo posado y nada más.
Recorriendo con la vista y mis pies a los ocupantes de las gradas, me aposente en lo mas alto a ver el panorama. En espectacularidad aquello Parecía Los diez mandamientos de  Cecil B. de Mille  con los israelíes, los egipcios y el mar de alucinados por el tango, barriéndolos a todos.
Miré a mi espalda. En caída y unos seis metros mas abajo, habían dispuesto los bares de cerveza y refrescos, empanadas, vinos,  tartas y champagne, lo que me pareció una bonita forma de caer en el abismo del vicio. O en el de los souvenirs, ropa y complementos, que estaban un poco mas allá. 
Los artistas, los aspirantes a artistas, los «conocidos de allá», los reencontrados, los notorios y los nobles deambulaban por aquel jardín artificial recreado —con falso césped—,  en agradable tertulia de copa o vaso plástico.
 Se adivinaban voces y conversaciones de lejanía y algún romance. Quise bajar pero enseguida comenzó a sonar, LA TÍPICA ROULOTTE TANGO, una orquesta joven y bohemia con sus tres bandoneones  — uno cantante—, tres violines, contrabajo y piano. Una barbaridad.
El cuarteto de Barcelona se metió en la pista, entusiasmado.
La entrada, impecable en sincronización, apenas fue vista por los  bailarines que en su loca alegría por haber llegado a  lugar sagrado ni respetaron el primer tango y se perdieron la  divertida coreografía, tal era su euforia y su inconsciencia. 
¡Que energía, que ganas de tocar y transmitir!
Pugliese y D´arienzo juntos. Tremenda exhibición de poderío tradicional y desenfadado. La gente bailaba y bailaba y bailaba, casi saliéndose de la pista y solo deteniéndose ante las macetas. Hubo una primera tanda bien repartidita de tangos, valses y milongas y un parate,  para dejar descansar a la concurrencia con grabaciones. 
Alí, Antonio, Jordi y el Pibe apenas paraban para consumir bebida.
 Yo, que soy mundano, no pude sustraerme al embrujo de un buen champán aderezado por la conversación con bellas asistentes, a las que apenas pude inquietar con el francés Marxista —sonaba como Groucho Marx— de mis años de secundaria. 
Me pareció que las únicas mozuelas con las que podía mantener una conversación para florear mi verba,  ya no eran tales y habían recorrido mucho mundo para aprender el idioma de Cervantes. Por suerte estaba allí el amigo Gabi Soda, que pinchaba al otro día en la milonga de la matiné para compartir impresiones y tragos.
Y luego Volvió la Roulotte con su aplanadora sónica.
Se movían las suelas, el parquet, las plantas y la estrecha franja entre grada y pista se hacia más estrecha. A pie de pista  —Si, me anime en las milonguitas con los pasos del pibe— la variopinta concurrencia era de un exuberante desparpajo tangueril, que reinterpretaba con sus propias reglas la postura, la apostura y la presencia milonguera. 
Tangueros y tangueras en sus miles de variantes, desde el mas irredento milonguero, el falso gaucho al estilo Glenn Ford, pasando por Lauren Bacall de arrabal  y  el despreocupado pret a porter tipo Vittorio Gassman o Hugo Tognazi. Bien podría haber visto en la pista a Depardieu o a  Catherine Deneuve. 
Vi muchos Louis de Funes. Y el entusiasmo. ¡Ahhh, el entusiasmo...!
Daba gusto ver a toda aquella gente zapateando en la pista para pedir un bis, como niños aporreando el suelo del cine de matiné de la infancia, al ver con alegría como llegan los refuerzos para salvar al muchachito.
Y eso que el muchachito aquel con el tiempo resulto ser  malo...
Terminó la milonga y la noche le quedaba un after de tango nuevo que me alejó del trio Barcelonés y del mismo pibe, pues entre la concurrencia divise a los señores Mawarts, que habían cerrado su hostal para el evento y muy amablemente se ofrecieron a depositarme en el hotel con su Tílburi fileteado de aguafuertes tangueros, al que habían enjaezado un robusto percherón sin GPS, que nos deparó algún extravío y el recorrido por calles desconocidas.
 Faltaba la mejor parte del festival. Y sobre todo comprobar a la luz del día, si era cierta la fabula del tango sonando en todas las calles y los milongueros —parafraseando a King África—  bailando sin parar. (continuará)

jueves, 25 de junio de 2015

Los milongueros, el poeta y la criatura mitológica del Montjuic - por Catulo Bernal

Soy un sentimental, bien lo saben quienes me leen. La pasada semana  Barcelona y aledaños estaba llena de eventos incomparables, comenzando por el concierto de Exilio New Tango en la "Bien Pulenta", el Festival de homenaje a Gardel en Sabadell, El Barcelona Tango Meeting con su altísimo nivel de artistas y publico, ya comentado el año pasado y los prolegómenos de la inauguración del Nuevo Pipa en el Centro Gallego. Quienes me leen sabrán también que mi inspiración proviene de la angustia que me provoca la ausencia, ausencia de aquella que trastorno mis horas con su donaire y con sus vestidos floreados y que partió  hacia otras latitudes.  Pero lejos de olvidarla, conservo aun alguna esperanza de volver a verla, por lo que fatigue todas las milongas,  pensando que tan magnos eventos podrían devolverla a nuestras pistas.
En Vano. Me parecio verla entre el gentio meta baile. Pero fue solo mi ilusión.
Quizá fuera el viernes, o el sábado. El tiempo para el que espera y para el que esta enamorado  no tiene correlación ninguna.  El caso es que bajábamos tardíos de la explanada en donde se yergue el museo Nacional de arte de Cataluña, con las escaleras mecánicas dormidas y las avanzadas sombras del parque, cobijando algunos amores furtivos.  Bajábamos digo, con el Pibe Pergamino y Raul, ellos aun con la experiencia imborrable y el alma en alza, a pesar de los consabidas marcas de callos, ampollas y algún pisotón. Yo, con el temperamento retraído, aun queriendo ver en algún vestido fugitivo y negandome aun al estribillo que canta Vargas: "no vendrás y yo esperándote estoy, mi bien".
A pie de calle un surtidor de agua lanzaba un poderoso chorro a la noche, para bajar raudo por el inicio del Montjuic, que se ha traducido como monte de los Judíos, o Monte de Júpiter, en su acepción romana.  Un muchacho estaba allí de guardia esperando que alguien se hiciera cargo del desperfecto. Un caño roto decía.  Lo normal, en un pensamiento lógico. Me senté directamente en el suelo, como un antiguo chaman indio, esperando una visión. Mientras el Pibe y Raul desenganchaban los pertrechos de la moto me di cuenta que aquel inusual chorro no era un caño roto, sino el surtidor poderoso de una inmensa ballena albina, la mítica ballena del Montjuic que habita entre el mediterraneo y un brazo de mar que alimenta las fuentes de Barcino deambulando sola y casi ciega por las abisales profundidades de la ciudad, quizá en la búsqueda de un semejante con el que entrelazar, aire, agua y roces. Sentado allí, mientras los milongueros comenzaban a bajar solos, o en grupos, supervivientes del delirio, el bullicio, el vértigo y  la mejor noche de su vida supe, bien parado en mi espera, que aquella criatura y yo eramos iguales, prisioneros del mundo del cemento,  perseguidos por nuestros rituales y queriendo nadar libres de nuestras obsesiones, pero siempre volviendo como aquella otra ballena blanca, Moby Dick,  al encuentro de la locura de hombres como el capitán Ahab, al punto de perder la ida en pos de sus sueños. La ballena, el perseguidor, la persecución y el sueño, diferentes facetas de la misma cosa: el deseo.
 El agua esparcida por el chorro me tocaba los cabellos, el rocío interno los ojos. Me puse a escribir en una libreta que llevo, junto con el libro electrónico en el que anoto a veces algunos pensamientos, desgajando frases. En algún momento, mientras Raul y el Pibe se hacían fotos y partían en la moto, llegó la guardia urbana y haciéndose cargo del asunto dispersó toda poética conminandome amablemente a circular.  Me fui, pero juro, que al volver la vista atrás, el chorro dejó de salir por un momento y luego se apagó, lo que significaba acaso que la inmensa criatura volvía al anchuroso mar y luego al océano, lleno de maravillas vulgares y criaturas que pronto, como siga así el consumismo de esta nuestra especie, serán mitos también.
Y mientras dejaba  atrás  la montaña Mágica, al decir de Thomas Mann, se me ocurrió que en esto que dicen que es la realidad, todos estamos  en barcos a punto de naufragar, a merced de la tempestad y la furia y el capricho de ballenas blancas o de capitanes dementes. Todos vamos en busca del cachalote blanco y a veces solo percibimos un chorro que como nuestros anhelos, se desboca y quiere inundar el mundo elevándose en la oscuridad de la noche y volviendo a caer para perderse en el mar, o calle abajo.
Cuando llegue a casa comprobe que la humedad  del agua había borrado mis  versos de la libreta. Apenas me quedaba alguna inspirada estrofa y algún verso suelto.
 Allí afuera, en un rato el sol secaría  el manantial artificial creado por la ballena.
Y ella, como la muchacha de los vestidos floreados, estaría lejos, muy lejos.