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martes, 3 de noviembre de 2015

DOS TIPOS MELANCOLICOS


Como a las dos de la mañana del viernes pasado cayeron a la "milonga del Oriental", disipando una misteriosa niebla aumentada por el abuso indebido de carbón barato y chorizo grasoso que a modo de cúpula alejaba el mundo y acentuaba  los tangos, como si la música no fuera capaz de atravesar el fenómeno climático y se quedara ahí, en un efecto invernadero milongueado. Eran dos, y saliendo cual espectros de la sombra luminosa y se quedaron parados entre la destrozada nave Carlos Gardel 54 - que alguna vez llevó a la delegación terrícola a ganar o a morir en el Torneo Intergalactico de Truco -   y los robots milongueros oxidados, que el "Rata" Debeljuh,  donó para que nadie se quedara sin bailar y  nunca funcionaron.  Los que llegaron antes de la niebla no eran muchos. Se notaban claros en  la mesa y en los bailantes. En el centro de la pista. y  a ambos lados del poste central se vivía un curioso duelo de payasadas. Sacudile, el  coreografiador espontáneo   sostenía en insensato ballet a una pobre rubia con el pelo y el eje descolocado sin inspirar risa, ni burla. Y en las antípodas, Nestor Teaffana, bailarín, playboy, hombre de teatro, vestuarista y multipavote intentaba en vano reproducir la coreografía de su fiasco "El chancho que se transformó en milonguero" arrastrando en su delirio a una inglesa un poco alcoholizada. Era todo tan patético que  jugábamos a cambiar la letras de los tangos  que el dijey, " sonoro Graciani" iba apilando en un collar de versiones espantosas.  Cada tanto por el terraplén se veía la luz de algún tren que iba a retirarse a madrugadas. Ni el fútbol aledaño,  ni las peleas de  "los titanes de la milonga", suspendidos por tornarse imposible cualquier deportividad sin lesión, se oían.  Afectados por el aislamiento y la desolación no encontrábamos  gusto en las viandas.  La picada de milanesa tenia un sabor ingrato al paladar y a la empanada picante le faltaba picardía.
 Aquellos dos se sentaron al fin en una mesa midiendo con la vista el panorama, las mujeres que esforzaban su belleza contra la humedad y una bandeja de ensaladilla rusa de la barra, con un atún mustio y desabrido, despreciado hasta por los coleópteros.
  El más alto tenia uno de esos rostros perfeccionados en su natural belleza por el dialogo interior,  la interrogación filosófica y la crema hidratante. Un soberbio ejemplar de humanidad, rocoso e implacablemente vestido en negro satinado con corbata clara.  El otro, sostenía un pañuelo de seda con un dibujo floral presto a la gota. Traje claro, cuello alto, el pelo caído como al desgaire, sonrisa fácil y magnética.
   Pidieron una botella de vino y unos ñoquis que llegaron fríos y sin desparramarse por la metálica bandejita oval. Y luego de comer se fueron  a la pista en tanda de milonga.
Los dos se pusieron los zapatos de bailar. El alto, cruzo  las piernas y adelantó la punta del pie, como metiéndose en una piscina imaginaria. El otro, se retoco el nudo de la corbata y comenzó una calistenia de cambios de peso y firuletes.
Se estuvieron en los preparativos tres tangos.
Luego se miraron y asintiendo a una parecieron decirse "vamos, demostremos".
El alto miró a la pista. A las pibas, a la barra y a los pocos parroquianos ateridos de humedad. Por un momento pareció que se iba a largar a la ronda.
El simpático paseo su sonrisa por las muchachas. Y algunas le correspondieron.
Un segundo después, Los dos se volvieron a calzar los zapatos de calle. Y saludando, volvieron a la niebla de donde habían venido.
No sé que significo todo aquello. Si guardaba algún mensaje oculto, alguna insospechada clave que debía realizarse para completar algún  rito, si era la demostración tácita de que hay ocasiones desabridas en que nada alcanza a disipar el tedio, o si los tipos
aquellos eran solamente un par de timidos.
Y mientras Sacudile y Teaffana seguian disparadose tonterias sin herirse gravemente, me pareció que quizá la noche misma hubiera mandado a aquellos dos para ejercitar la reflexion, como una forma de compensar su decurso anodino.
O solamente para divertirse con nuestra perplejidad.

jueves, 15 de octubre de 2015

CINCO MOMENTOS PERFECTOS DE LA MILONGA ARRUINADOS POR TORPEZA (PROPIA O AJENA)

1  - EL TIPO QUE PASABA POR AHÍ:  Un hombre. Una mujer. Los dos son forasteros en su ultima noche en la ciudad. No se han visto nunca. El la saca a bailar en la tanda de Di Sarli, impactado por su belleza. Ella queda prendada de su apostura viril y su perfume. Los dos descubren en esa tanda mágica que podrían hacer un hogar en su abrazo, con fuego a tierra, chimenea y noches compartidas. Están esperando encontrarse otra vez, pero el no quiere forzar ese algo intangible. En su imaginario, cree ser Jesse, el de BEFORE SUNRISE,  que ha encontrado a Celine. Sin embargo, el hombre necesita una mínima garantía para fluir. Asi que luego de meditarlo mucho y  mientras suena una cortina, sube los tres escalones que lo separan del Dijey melenudo y le pregunta cuando pondrá Pugliese. El melenudo le dice, sin dejar de mirar su ordenador "ahora" e ipso facto suenan los primeros acorde de "Ojos Negros". El hombre que se cree Jesse baja apresuradamente los escalones y en el ultimo se tuerce el tobillo. Mientras cae ve como uno de esos tipos que pasan por ahí y que nunca faltan, saca a la muchacha.  El tren se va. Y el tipo se quedó abajo.

2 - EL ARTISTA QUE PASABA POR AHÍ:  Otra de milongueros de paso.  En este caso, es un bailarín del montón, que después de hacer un viaje agotador por distintos lugares en donde lo único que se baila es regaetton, siente la necesidad imperiosa de bailar,  desquitarse de tantas frustraciones, mostrando su valía. Ha consultado la guia del tango veinte veces y ha buscado la dirección en la red otras tantas. Sabe exactamente cuanto le llevara llegar a la milonga y calcula el momento exacto en que aparezca bien trajeado por la puerta, impactando a los locales, que verán su anodina existencia trastocada para siempre por su llegada, como si se tratara de un mensajero de los dioses, destinado a mostrar su tango.  Todo se cumple tal y como el "Artista" ha soñado. La entrada es impactante y para su satisfacción el tipo ve que los naturales ya lo consideran un ser superior. Es tal la ansiedad que tiene el tipo, que saca a bailar a la mas linda de todas y se va para la pista a florearse.  Ímpetu y energía se liberan en una fuerza incontenible.  En medio tango el "Artista" ha topado a tres parejas y lisiado con un boleazo a una piba.   En redor de la pista se ha formado un anillo de hostilidad presto al sopapo.
Si tiene suerte  podrá salir a la carrera abandonando a su suerte la chaqueta y los dientes.

3 - LA EXHIBICIÓN :  Han ensayado miles de veces, sacrificando su descanso y su sueño. Los dos son perfeccionistas, estetas en estado puro, capaces de emocionar hasta las lágrimas con su abrazo. En uno de sus muchos ensayos los dos al mismo tiempo tienen una epifanía y descubren una forma de bailar que nadie ha hecho nunca. En su propia búsqueda del absoluto todo encaja con sutileza en un paso tan bello que la cadencia misma es un poema escrito en el pétalo de una rosa que se lleva el viento.
Tienen una exhibicion pronto. Y están entusiasmados.  Vendrán a ver sus coreografías y en su mas secreta voz, esa que te susurra al oído cuando duermes, saben que el tango no será el mismo después de que bailen.
La gran noche, anunciada, esperada y soñada llega por fin. La milonga esta a tope. Hace calor. Y las bebidas han ido circulando, lo mismo que las tandas, entre la concurrencia.
Se hace el silencio y la espectación. Salen  a la pista con su elegancia y belleza. Los dos primeros tangos son una delicia, dentro de su linea habitual.  El tercero será el de la revelación. Ella esta a un lado de la pista como una diosa griega.  El al otro lado, detenido en una postura inmutable.  Suenan los primeros compases. Pero no es "Nochero soy", sino el Patito Pio.  El pierde la concentración y ella los nervios y cuando por fin suena el tango, luego de las disculpas del dijey,  comienza a rodar el engranaje perfecto de su paso increíble. Pero a  destiempo.  En vez de quedarse en la cadencia para retomar el compás descubren cada vez mas nerviosos, que la descordinación se hace mayor.  Al maravilloso tejido coreográfico se le escurre una puntada y todo el hilo comienza a colgar flojo y pisoteado, en el suelo.
Cuando terminan y se van hacia el vestuario, cosechando algunos pobres aplausos y sin que les pidan bis, escuchan a un milonguero que le comenta a otro: " Un poco... lento.  No le pegaron a una , no ?"
Y los dos saben,  ya vencidos, que es verdad.

EL MAESTRO : Durante mucho tiempo enseño tango al viejo estilo, centrándose en el abrazo y en la marca. Cobra lo que considera justo, Un poco caro, porque quiere que los que van a tomar clases sean los que de verdad desean aprender. Pero hasta ahora nunca ha ido a la milonga con ellos, porque no es de mostrarse y porque desprecia el estilo de los charlatanes y los que quieren figurar. 
Sin embargo, debe ser el quien introduzca a sus alumnos en la milonga, enseñarles a despegar del nido de sus clases, para que puedan volar en las tandas con plumaje propio. Pactan una noche y el maestro decide llevarlos a una milonga muy conocida que el solía frecuentar hace tiempo. Reserva una mesa para diez, en el mejor sitio. Quien toma el pedido vuelve a preguntarle el nombre y apellido, poniéndolo frenético.
  Se pone su mejor traje, un terno diplomatico gris, con camisa blanca fileteada y corbata azul intenso, a tono. Llegan en grupo a la milonga. En la puerta, cede el paso, galante, a sus alumnos. Van entrando. Y cuando le toca el turno, saluda, como un experimentado hombre de tango y entra. Confiado va hacia la mesa reservada  al borde de la pista, que lo llama con su misterio de parquet.
 Bajo las luces, los bailarines se afanan en pasos que el desprecia. En voz alta comenta a sus alumnos, mientras se sientan "nunca hagan eso muchachos, no me hagan quedar mal."
No recuerda porque dejó de venir a la milonga. Y ahora sabe que todo este tiempo, como una novia esperando al viajero cansado, ella ha estado ahí para el. Entonces el dueño  se le acerca, para saludarlo, junto al de la puerta.  Le dice "oiga, tiene que pagar!". El maestro se indigna, tirando la silla en su enojo. "Pero, vos no sabés quien soy yo?, Yo no pago en ninguna milonga. No sabes quien soy yo?.
 Los alumnos miran. Muchos milongueros también. Desde la pista llega algún rumor. El tango suena estridente por los gritos. Mientras el maestro sigue fuera de si, enfurecido e indignado, el dueño dice: "Si no pagas te vas", y haciendo una seña llama a otro de la organizacion.  Entre los tres se lo llevan a la puerta donde una pareja esta abonando los 6 euros con consumicion, que cuesta la milonga.
 Adentro, los alumnos, perdidos y fascinados al mismo tiempo emprenderán su propio viaje hacia el tango, descubriendo que la marca tecladito no sirve.
Incluso alguno volverá a ver a su  irascible maestro.
Para reclamar su dinero.

LA HISTORIA DE AMOR: La conoció en la universidad.  Como un héroe de antaño, se enamoro sin conocerla. Ella no.  El comenzó a hablarle y a medida que pasaban las clases mas enamorado estaba.  Pero nunca se lo dijo.
UN día ella le dijo que  bailaba tango. Y Tambien que se mudaria despues de la primavera, en tres meses.
Pero ella desapareció antes. Y el no volvió a verla.
Los primeros días sin ella pasaron como una nube de tristeza que se fue asentando en su alma, hasta que un día el vio, un rayo de sol y comprendio que tenia que bailar tango. Comenzó a tomar clases. A la desesperada, a lo loco. Fue de maestro en maestro y de milonga en milonga, creciendo a cada paso, madurando en cada tanda que bailaba, con la pureza del que no desmaya ni se rinde, el que esta seguro de su destino y es capaz de alcanzarlo y tocarlo con la punta de los dedos. Se hizo un bailarín soberbio: elegante, discreto. Con una cadencia particular que encandilaba a quien lo veía. Y mientras el tiempo pasaba, buscaba y buscaba yendo a bailar sin encontrarla.
Un viernes que estuvo a punto de quedarse en casa supo que abrían una milonga nueva y presintió que ella estaría ahí. Se vistió con su traje negro y una corbata carmesí, peinando sus canas hacia atrás.
Cuando entró a la milonga experimento un calor agradable.  Las luces eran adecuadas, la música un murmullo que invitaba al ensueño y en la pista reinaba la armonía.  Pidió una copa de vino. Y en una segunda mirada la vio cruzando en el horizonte de su mirada, mecida en el abrazo de un milonguero viejo.  Sintió un estremecimiento violentisimo y el corazón le latió repicando mientras la veía, mas hermosa aun en el presente que en la versión idealizada que guardaba su memoria. Termino la tanda. la vio irse a una mesa. Sonaron los acordes de La Típica Víctor interpretando "Una vez". El se planto delante de ella y con una sonrisa le hizo un ligero cabeceo. Ella accedió a bailar,  reconociendolo sorprendida.  Después, cuando desarmaron el abrazo el la llevó de la mano hasta el borde de la pista y mirándola a los ojos le dijo las palabras que había meditado durante tantos años.
Su cerebro articuló :"hace una larga ausencia que te busco". Su boca reseca y ansiosa dijo:  "badbsbsb uanan laragagagag ausnenennnsn yu bco".
Ella lo miro durante un instante y sin decirle nada se dio vuelta y se fue, con lágrimas en los ojos, murmurando "Pelotudo".
Y  el se quedo ahí, esperando.
Esperando.
Esperando.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

EL EXTRAORDINARIO SEÑOR "SACADITA" DEL PASAJE CONRADI






El señor "Sacadita" es uno de esos hombres que siempre huele a  perfume.   Quizá porque su propio aroma corporal  recuerda a casas con cuadros de niños llorando, payasos tristes y sofás destrozados por los gatos. En un pasaje interrumpido al fondo por un edificio gigantesco - de manera tal que su salida al otro lado parece solo un mini callejón sin puertas -  entre otros edificios y el vértigo de la gran ciudad turística, a una cuadra y un cuarto de la Sagrada Familia, vive y trabaja el señor "Sacadita", en la casa del fondo, de una hilera de casas antiguas como el mismo pasaje, reparando muñecos de anticuarios, que cuando sale lo esperan, durmiendo en banquitos de madera.  Barcelona le ha ido creciendo alrededor y las diez casitas sobreviven como coelacantos, orgullosas en su chatura y modestamente erguidas, aunque la primer  se haya quemado y la segunda, que antes albergaba un ateneo popular, este tapiada. Todas las noches el señor "Sacadita" atraviesa las diez puertas y dando vuelta a la esquina, se sube en su coche Isard Royal 700 blanco y rojo, aparcado en la parte ciega del pasaje, maldiciendo al arquitecto del edificio, que no fue capaz de ponerle una abertura secreta de comunicacion, una entrada disimulada a la magia,  que lo contaminara apenas con la modernidad y el tráfago, el vulgar sueño de riqueza del hombre moderno,  y mientras se encamina a la milonga escucha un viejo magazine de Corsini bamboleandose en el mismo vaivén que la figura de Buster Keaton, que cuelga del espejo.
Cuando el señor "Sacadita" ingresa a la milonga parece que llegara uno de esos curas especialistas en exorcismos que llevan en una maleta de mano la biblia, agua santificada, algún amuleto poderoso, y un trabuco de perdigones de plata (porque no vaya a ser...). Pero nuestro protagonista no tiene nada de eso, solo un bolso marrón con los zapatos, un par de pañuelos y saquitos cosidos con lavanda del campo. Se encamina hacia el fondo con su copita de guindado o grand Marnier, deja el sombrero de ala requintada en el perchero,  inspecciona su pajarita acorde con su terno diplomatico y cabeceando a alguna mujer cercana, por cortesía, distancia y afinidad se mete en la ronda, luego de consultar su reloj de cadena y darle una palmada y comenzar a caminar, con precisión, elegancia y tomándose el tiempo exacto par interpretar los silencios.
Entonces, justo cuando suena la variación del tango el hombre ejecuta hasta cuatro sacadas en rápida sucesión, precisas, perfectas y vistosas en su modestia. Su pie izquierdo apenas roza la pierna de la compañera.  Su abrazo cerrado se relaja para volver a acunar el pecho palpitante de la compañera que parece dormitar como un pájaro caído de su árbol, que alguien recogiera del suelo y siguiera con su sueño de sol y cielo sin que para el hubiera sucedido perturbacion ninguna.  Y cuando termina la tanda de precisas sacadas, el señor "Sacadita" acompaña gentilmente a la mujer y vuelve a consultar su reloj,  asintiendo complacído.
Conversará y bailará con fluidez y sin trascendencia, como conviene a toda conversacion ingeniosa y toda tanda inolvidable,    y se irá siempre unos minutos  antes del final - para no  cerrar la milonga  y mundanizar  el aura de misterio que lo envuelve - solo o acompañado ejecutando una especie de cabriola al estilo Gene Kelly y encajandose el sombrero para salir al frío o al calor. Parara en un mercado abierto las 24 horas y allí abastecerá su despensa y su nevera para no exponerse al sol enemigo, al chillido, al ruido y al acontecer.

Y luego de cenar un huevo frito con rodajas de pan y medoc,  se ira a dormir acompañando a su mini barriada,  que antes se llamaba  "el poblet"  con una sola calle llamada Carrer de en peus, antecesora de este pasaje  que ahora se llama Conradi, y compartirá la paz y la armonía de aldea de las diez casuchas,un arquetipo o solo un vestigio de una raza mas pura, que se va perdiendo como una caminata a compás sobria y sin estridencias en el acorde de una nota de piano sostenida.

jueves, 25 de junio de 2015

Los milongueros, el poeta y la criatura mitológica del Montjuic - por Catulo Bernal

Soy un sentimental, bien lo saben quienes me leen. La pasada semana  Barcelona y aledaños estaba llena de eventos incomparables, comenzando por el concierto de Exilio New Tango en la "Bien Pulenta", el Festival de homenaje a Gardel en Sabadell, El Barcelona Tango Meeting con su altísimo nivel de artistas y publico, ya comentado el año pasado y los prolegómenos de la inauguración del Nuevo Pipa en el Centro Gallego. Quienes me leen sabrán también que mi inspiración proviene de la angustia que me provoca la ausencia, ausencia de aquella que trastorno mis horas con su donaire y con sus vestidos floreados y que partió  hacia otras latitudes.  Pero lejos de olvidarla, conservo aun alguna esperanza de volver a verla, por lo que fatigue todas las milongas,  pensando que tan magnos eventos podrían devolverla a nuestras pistas.
En Vano. Me parecio verla entre el gentio meta baile. Pero fue solo mi ilusión.
Quizá fuera el viernes, o el sábado. El tiempo para el que espera y para el que esta enamorado  no tiene correlación ninguna.  El caso es que bajábamos tardíos de la explanada en donde se yergue el museo Nacional de arte de Cataluña, con las escaleras mecánicas dormidas y las avanzadas sombras del parque, cobijando algunos amores furtivos.  Bajábamos digo, con el Pibe Pergamino y Raul, ellos aun con la experiencia imborrable y el alma en alza, a pesar de los consabidas marcas de callos, ampollas y algún pisotón. Yo, con el temperamento retraído, aun queriendo ver en algún vestido fugitivo y negandome aun al estribillo que canta Vargas: "no vendrás y yo esperándote estoy, mi bien".
A pie de calle un surtidor de agua lanzaba un poderoso chorro a la noche, para bajar raudo por el inicio del Montjuic, que se ha traducido como monte de los Judíos, o Monte de Júpiter, en su acepción romana.  Un muchacho estaba allí de guardia esperando que alguien se hiciera cargo del desperfecto. Un caño roto decía.  Lo normal, en un pensamiento lógico. Me senté directamente en el suelo, como un antiguo chaman indio, esperando una visión. Mientras el Pibe y Raul desenganchaban los pertrechos de la moto me di cuenta que aquel inusual chorro no era un caño roto, sino el surtidor poderoso de una inmensa ballena albina, la mítica ballena del Montjuic que habita entre el mediterraneo y un brazo de mar que alimenta las fuentes de Barcino deambulando sola y casi ciega por las abisales profundidades de la ciudad, quizá en la búsqueda de un semejante con el que entrelazar, aire, agua y roces. Sentado allí, mientras los milongueros comenzaban a bajar solos, o en grupos, supervivientes del delirio, el bullicio, el vértigo y  la mejor noche de su vida supe, bien parado en mi espera, que aquella criatura y yo eramos iguales, prisioneros del mundo del cemento,  perseguidos por nuestros rituales y queriendo nadar libres de nuestras obsesiones, pero siempre volviendo como aquella otra ballena blanca, Moby Dick,  al encuentro de la locura de hombres como el capitán Ahab, al punto de perder la ida en pos de sus sueños. La ballena, el perseguidor, la persecución y el sueño, diferentes facetas de la misma cosa: el deseo.
 El agua esparcida por el chorro me tocaba los cabellos, el rocío interno los ojos. Me puse a escribir en una libreta que llevo, junto con el libro electrónico en el que anoto a veces algunos pensamientos, desgajando frases. En algún momento, mientras Raul y el Pibe se hacían fotos y partían en la moto, llegó la guardia urbana y haciéndose cargo del asunto dispersó toda poética conminandome amablemente a circular.  Me fui, pero juro, que al volver la vista atrás, el chorro dejó de salir por un momento y luego se apagó, lo que significaba acaso que la inmensa criatura volvía al anchuroso mar y luego al océano, lleno de maravillas vulgares y criaturas que pronto, como siga así el consumismo de esta nuestra especie, serán mitos también.
Y mientras dejaba  atrás  la montaña Mágica, al decir de Thomas Mann, se me ocurrió que en esto que dicen que es la realidad, todos estamos  en barcos a punto de naufragar, a merced de la tempestad y la furia y el capricho de ballenas blancas o de capitanes dementes. Todos vamos en busca del cachalote blanco y a veces solo percibimos un chorro que como nuestros anhelos, se desboca y quiere inundar el mundo elevándose en la oscuridad de la noche y volviendo a caer para perderse en el mar, o calle abajo.
Cuando llegue a casa comprobe que la humedad  del agua había borrado mis  versos de la libreta. Apenas me quedaba alguna inspirada estrofa y algún verso suelto.
 Allí afuera, en un rato el sol secaría  el manantial artificial creado por la ballena.
Y ella, como la muchacha de los vestidos floreados, estaría lejos, muy lejos.