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lunes, 31 de agosto de 2015

TARBES EN TANGO 2015 (SEGUNDA PARTE) Milongueando con la Pandilla salvaje en los pirineos - Por Catulo Bernal

Eran las diez de la mañana del jueves  en Tarbes, Francia, con mucho festival por delante. Masayo San, recuperada de las alternativas del viaje, quiso conocer la bucólica aldea. En vano inquietamos la puerta de nuestros amigos: Dormían el justo sueño del milonguero, así que nos fuimos  con el pibe hacia el centro, atravesando urbanizaciones dormidas y casas de descanso, cerradas en la semana. Al fin, luego de recorrer un trazado irregular en el que no vimos ningún rastro de pastisserie, nos dimos de cabeza con el centro neurálgico de Tarbes y con el tango. Distinguí en todo el ruido y ajetreo los compases sueltos de "Que me van a hablar de amor" y hacia alli nos encaminamos, pensando que en una callejuela veríamos el bailongo improvisado y a los insomnes que demoraban su sueño entregándose al sol y a la caricia de los adoquines. Pero no. Altavoces y parlantes difundían en las calles del centro un hilo musical surcado por tangos, valses y milongas en una iniciativa que bien podrían copiar las metrópolis principales, esas que presumen de capitales del Tango y solo nos regalan la cacofonía variable de un día normal de frustraciones. Así que nos aposentamos en un café, pedimos croissant,  café y noisette para desayunar y a pie señalizamos los lugares en donde se desarrollaban las milongas, aperotango y otros entreveros, seguidos  por unos tangazos tremendos. Lindo pueblo, lindas calles, lindos bistros.  Era la una y el hambre nos deposito en la plaza Verdum, donde con un plato de pato grillé con su correspondiente guarnición - para cuatro personas mas o menos -  de lechuga aderezada y patatas fritas,  vimos pasar algunos asistentes al festival, con su bolsita de zapatos en ristre y el ansia fija en los pies, ignorando cualquier evidencia de belleza bajo el sol y musitando la cortina musical, que a mi ya me estaba cansando un poco.  El Pibe insistía amablemente en irse  a la plaza Jean Jaures, donde bajo una carpa de tamaño considerable, ya disponían la milonga de la tardecita. Allí estaba al pie del Cañon el amigo Gabi Sodini y  una barra, que me pareció muy conveniente, habida cuenta del calor que se nos venia encima. Una sola pareja reproducía clases a las dos. A las dos y veinte la carpa expulsaba milongueros por los cuatro costados. y a las cuatro ya se veían comportamientos campestres y bailarines regados en el césped, camaradería y encuentros. Como a las cuatro vimos llegar a nuestros amigos, que engancharían sin duda con el aperotango y música en vivo. Pero yo que soy de costumbres nocturnas y rehuyo el sol, preferí, junto con Masayo San allegarme al hotel, para volcar en la rapsodia mis impresiones diurnas. Apenas alcance a escribir unas lineas apresuradas de haikus, que le hice llegar por debajo de la puerta a Masayo San.
                       Sol que se esconde
                       bajo las piernas locas
                       milonga adonde?

Y me dormí una pequeña siesta pensado que había llegado a la esencia del haiku. Me desperté y una breve nota con caracteres asomaba debajo de la puerta. Solo decía: "kono michi ya yuku ito nashi ni aki no cure"  y también "Deje de hacer el pelotudo y siga escribiendo en español, pues su tontería no tiene métrica ni traducción. El haiku suyo tiene doble sentido".   Con  Masayo San nunca se sabe si se esta burlando abiertamente de uno o solo se divierte. Lo guarde en el bolsillo y luego de adecentarme toque  galante a su puerta, para que me disculpara, invitándola a cenar.
Detras de esa invitacion había privaciones, empeños y traiciones, la colección de los grandes milongueros barrocos de Doré, vendida. un panegírico al conde Duke Poltrine, rematado, un improvisado taller literario para jubilados pudientes. Todo eso se fue en Fuas, tartares, canards, bordeaux, tatins y cremes brulees.   Suerte que la mujer japonesa tiene costumbre de pagar a medias. Sino estaba listo para irme a dormir, sin milonga.
Cuando llegamos al Marcadieu, eran mas o menos las once. Los organizadores, con buen tino, habían programado todos los espectáculos antes, para no cortar la milonga. Una cola que llegaba hasta el conjunto escultórico del centro de la plaza daba una idea del interés de la pibada milonguera - pibada es un decir - que esperaban con su entrada verde en  mano que abrieran las puertas. Se abrieron por fin y los asistentes al espectáculo que no bailaban dieron paso a la multitud que colmo las instalaciones y la pista y se puso a bailar desenfrenadamente. Digo bien, desenfrenadamente. Ningún espacio quedaba entre bailarines, la circulacion era caótica, los hombres con el ceño fruncido ni se molestaban en pedir disculpas. Todos parecían sufrir una especie de furor místico que los mantenía en planos separados aunque interseccionantes. Vi al Pibe, Jordi, Alí y Antonio evolucionando en vano desde el centro y arrastrados hacia la periferia por el envión loco del baile. Las tandas eran emotivas y  bien lentas, como queriendo difundir  un poco de calma al bailante. Pero no había caso. Intentar armonia, era como tratar de encauzar un rambler sin frenos por la via de un tren. Ni siquiera la aparicion de la orquesta "Solo Tango" cuatro muchachones rusos  y tremendos musicos que tocaban un tango super bailable aligero los animos. Parecia que el invisible tentador había endiablado a aquellas gentes. Hasta Jordi, de natural amigable, se vino al costado diciendo que un gigantesco moreno lo había parado y le había dicho algo si como "lo haces a proposito"? .
 Quiza aquella noche la milonga era territorio de los demonios. Habida cuenta de la proximidad de Lourdes decidimos con Masayo San ir a Lourdes, para traernos agua sagrada y así intentar un pequeño exorcismo con todos aquellos que distorsionaban las buenas formas en la ronda, una pequeña cifra, si se tiene en cuenta la gran cantidad de afluencia, pero justa para sembrar el caos en efecto domino.
Volvimos con el Pibe, Masayo San y Jordi por esas calles vacias, ni siquiera inquietadas por nuestros pasos o algun compás tanguero, fugado de los parlantes.
Al otro día nos fuimos en tren a Lourdes, con una camiseta del Blog, a modo de bandera, para intentar volver a la cordura a todos aquellos poseídos.  El Paisaje pirenaico de Lourdes,  sus montañas, dio paso, a medida que  entrábamos en el pueblo, en una sucesión de callejuelas entre turísticas y comerciales donde era posible  en Gigantes boutiques de la fe, comprar de todo. Había bidones, petacas, estampas, rosarios y hasta pistolitas de agua contra vampiros. Ahí se vendía hasta los milagros. Discretamente un par de restaurantes  hindúes se las había arreglado para poner Oms en sus carteles, puestos a competir contra la avalancha católica. Temí que el agua que lleváramos - juntada en botellas plásticas normales - contaminadas por el mercantilismo, no fueran a surtir efecto, pero un poco más allá se abrió el valle, el santuario y la gruta. Luego de una visita que incluyo el aprovisionamiento de agua en botellitas y en la camiseta, el pasamanos a la gruta y remojar los pies en el agua para santificar los pasos - idea del Pibe - nos devolvimos a Tarbes dejando aquel santuario, centro de peregrinación de cristianos y de proveedores.

Convencí al Pibe y a Masayo San para cenar frugalmente. Compramos un par de embutidos, alguna bebida y  baguettes para bocadillos. Y con eso arreglamos y encauzamos la noche para la verdadera batalla contra el maligno, que se iba a desarrollar en la pista.  Llevamos una botellita de agua  sagrada de medio litro  y nos fuimos al Marcadieu, para despedirnos de la milonga de la noche. Mi idea era poner un poco de agua en cada extremo de la pista y algunas gotas en el centro. Iba a ver gran duelo de orquestas con la Típica Roulotte y la  Orquesta Silbando y no era cuestion que se desmadrara la noche. Encontré justo a Gabi Sodini y le pedí que me tuviera la botellita, mientras me anudaba una manga de la bandera Lusiardiana en la frente para llevar a cabo mi misión. Cerré los ojos para que no me entraran pelos ni cejas y cuando los abrí descubrí con horror que se había mandado casi toda la botella. - Que buena , ahora te compró otra - me dijo.  Los riesgos de poner lo sagrado en un envase normal. Luego de que le explicara intento escupir en los rincones de la pista, pero desistió al ver las caras de las chicas y como lo miraban. Al otro día iba a tener algun desarreglo intestinal.
Curiosamente, la pista se veía de otra manera ese viernes. Parecia que toda la oscuridad y locura del jueves se había transformado en algo mas diáfano. La gente fluía y se divertía. Las tandas, animadas por el grandioso Marcelo Rojas, parecían mas livianas. Enseguida alguien anunció que las bandas comenzaban el desafío. "Típica Roulotte" ataviados como jugadores de fútbol o metegol, verdes. "Orquesta Silbando", igual, pero de rojo.
Había un aplausometro y enseguida comenzaron a sacarse chispas, con el piano en el centro y compartido. Era tan buen espectáculo y tan humoristico que hasta el pibe se sentó juiciosamente a ver lo que pasaba en el escenario. En la pista, las gentes se perdían todas las alternativas del show, bailando como si les fuera la vida en ello. Lo cierto es que estuvo muy divertido. Las dos orquestas se intercambiaron musicos, pullas y burlas y con su desenfado y bien hacer parecieron exorcisar la pista. O quizá Gabi había hecho algun par de ademanes para contribuir a la limpieza del ambiente. Fue una apuesta arriesgada, muy divertida y profesional. Y espero sinceramente que vuelva a repetirse. Me dio pena por los que bailaban, porque se lo perdieron.
Terminado el concierto y el duelo con empate merecidisimo me tope con una pareja de milongueros de Barcelona que se iba. "Nos vamos, porque la música es Malísima y estas orquestas un desastre. Para ver payasos voy al circo". Será que los milongueros a ultranza no saben disfrutar de otras propuestas. Será que nos encerramos en una misma idea de diversión, sin ver que a veces los matices hacen el cuadro y en esos pequeños detalles esta  el goce, el divertimento, la pura alegría de pasarlo bien, incluso sin bailar.
La milonga terminó para nosotros. Quedaba una noche  más musicalizada por Gabi Soda, que tendría que salir bien si o si, debido a su inesperado bautismo interno. Dejamos el hotel y cuando nos íbamos los muchachos quisieron despedirse por todo lo alto de Tango en Tarbes, milongueando algunas tanditas en la plaza bajo el ayuntamiento. Quiza necesitaban algun tango para despedirse o algun vals  paro obtener la promesa de algun reencuentro con alguien especial. Demoramos la vuelta y los muchachos se recrearon en la despedida. Masayo San bailo unas tandas conmigo y me dio la traducción del haiku clásico que erróneamente creí mio:
 Nadie que vaya
por este camino
 crepúsculo de otoño.
 Se iba el verano y la tarde y  la gente seguía bailando. Un hombre que había visto en las noches de milongas, con champan en la mano y  la cara golpeada, por un choque, una crisis o una pelea apuraba su vida a cervezas, como los otros apuraban las tandas bailando, sin dudar,  sin ver, sin crecer. Los muchachos apuraban adióses  y yo las palabras intentando entenderlas.  Emprendimos el regreso en el coche, de vuelta a casa, no sin melancolía, dejando una parte de nosotros en Francia, fácil de devolver al recuerdo e imposible de devolver a la vivencia real.  El cielo de la tarde se nublaba y Cada tanto la lluvia de la montaña mojaba los cristales. Adelante Toni y Alí hablaban de lágrimas en la lluvia y replicantes nexus, mientras sonaba de fondo un nocturno de Chopin.  Y nosotros medio dormíamos, medio soñabamos, atravesando la montaña.
 Pensé en los milagros, en la posibilidad de la fé, en la certeza ciega que te hace bailar casi sin ver a los otros, en los haikus intraducibles, en las cenas irrepetibles y en el tango desperdiciado sonando en los parlantes de un pueblo indiferente, sin que hubiera quien le pusiera  movimiento a la magia de lo espontáneo.



lunes, 24 de agosto de 2015

TARBES EN TANGO 2015 - Milongueando al pie de los Pirineos. (parte Uno). Por Catulo Bernal.

Hasta ultimo momento no sabíamos si embarcarnos con el Pibe Pergamino en esta aventura Francesa, porque no conseguiamos transporte y el fatigoso viaje en tren, aunque se presta a la contemplación, el recogimiento y la poesía, además de largo, era oneroso. Pero nos confirmaron que una delegación conformada por Antonio, Jordi y Alí, milongueros enseña de Barna,  salia el miércoles para Tarbes y volvía el sábado.  Nada nos costó conseguir ubicación en el mismo hotelucho donde se alojaban los muchachos. Si acomodar en el coche nuestras osamentas, pues venia con nosotros mi amiga japonesa Masayo, con la misión de  traducir mis incontinencias verbales bajo la forma de Haikus.  Iba a distenderme y a comprobar si eran ciertas las historias que se contaban sobre el festival:  un pueblo que durante una semana se va llenando de peregrinos milongueros y en el que uno se topa con el tango en cualquier calle.  
No fatigare a los lectores con el viaje. Se hablo de tango, se escucho tango, se paró apenas arribados a Francia en la campiña para degustar las viandas que llevábamos. Entre montañas y rotondas encontramos Tarbes y nuestro pequeño hotelucho - pequeño pequeño - y una vez desempaquetadas las pertenencias y acomodados como buenamente pudimos, nos dispusimos a palpitar el tango Tarbesi. Que es un decir, porque llegados como a las seis, se nos puso en la cabeza que para aguantar el embate milonguero debíamos dormir una siesta, que cumplimentamos. Claro, que a las dos horas  comenzaron a sonar las alarmas: Los muchachos, repetidores,  se habían ido pero nos habían dejado su  advertencia: "cuidado con la cena, porque a las diez cierran todas las cocinas". Nos duchamos y vestimos como pudimos y por señas a naturales llegamos a entender aproximadamente adonde estaba el centro de la villa, y el Halle Marcadieu, locación del aperotango de la tarde y la milonga de la Noche. Masayo San, se quedo en el hotel, agotada por las alternativas del viaje y una traducción de Códigos milongueros al estilo Kafka.
Si esperábamos encontrarnos una agradable aldea al estilo Asterix, con fogatas, viandas suculentas y galos bigotudos tangueando a la luz de la hoguera nos equivocamos de medio a medio. Atravesamos a todo correr urbanizaciones verdes, en donde apenas se divisaba luz. Leímos con avidez las indicaciones que nos llevaban  al centro, pero no encontramos vida humana caminante. Los bares parecían haber desaparecido y uno o dos que vimos estaban cerrados.  Al fin, topamos con la imponente mole del Halle Marcadieu, un mercado gigantesco, en el que se veía en francés "tango por la otra puerta" y al rodear, en calle aledaña los restos del APEROTANGO, una milonga al aire libre con barra y música en vivo. Pero al menos nuestros amigos estaban allí, preparándose también para hincar diente.
Casi extraviados y en vez de recorrer unas cinco calles hasta el centro, preferimos, ante la posibilidad real de perder  la cena, comer en un barcete aledaño en el que solo hacían  plato "especial" para la gente de la milonga.: quiche de bacon, o lasaña, con acompañamiento de lechuga aderezada - guarnición típica francesa junto con el (en este caso ausente) bol de patatas fritas -  y postre. Compramos el quiche y un Tatin a 13 especiales euros  y repatingados con la muchachada nos dispusimos a esperar la milonga, que se abrió casi enseguida mientras Jordi intentaba enseñar castellano a unas maduras milongueras de Biarritz, para pasar el tiempo.

La milonga, que ocupa una manzana entera urbanizada, se nos reveló apenas entramos como una estación gigante con una pista monumental de parquet acotada en tres de sus lados por una gradería con sillas tipo estadio de baloncesto y el lado restante ocupado por el escenario, en donde a un costado se ve la solitaria figura del Dijey de turno, casi en la bruma y los instrumentos de la orquesta, casi tan solos como el Dj. Imaginense un circo romano con las paredes de las  tribunas aderezadas con motivos tangueros que dividían la pista y hacían un pasillo por el que discurrían los paseantes, se exponía el merchandising, las barras, los baños y los sitios de esparcimiento, las aberturas por las que se podía ver y acceder a la pista,  una cúpula altísima  y tendrán una idea aproximada del Halle Marcadieu.  No hacia veinte minutos que se había abierto la noche. La ronda estaba medio llena y las gradas blancas cariandose con  bolsas de zapatos y  pertenencias de los asistentes.  Me pregunté: es posible llenar tan inmensa pista con los peregrinos del tango Europeo?. 18 años de festival nos lo confirmaron. Era posible a tal extremo que la circulacion por la pista era dificultosa. DIFICULTOSA en grado extremo. Por afluencia y circulacion era muy complicado. Solo los notables como Graciela y Osvaldo - que habían inaugurado el festival con su "Historia de un milonguero" y los muy avezados en festivales, como Amina y Aquilino  podían difundir con su baile un bálsamo entre la concurrencia. Los demás competían en giros imprevistos, miradas recias y ausencia de disculpas. Enseguida entendí que los maestros no se metieran en el meollo. No fuera a ser que recibieran un puntazo férvido. Pero al Pibe Pergamino, que es notable esquivando, no le importo. Se fue a bailar entre las huestes, bordeando los maceteros y la pista para no degradar su habitual ligereza y allí quedo posado y nada más.
Recorriendo con la vista y mis pies a los ocupantes de las gradas, me aposente en lo mas alto a ver el panorama. En espectacularidad aquello Parecía " LOS DIEZ MANDAMIENTOS" de  Cecil B. de Mille  con los israelíes, los egipcios y el mar de alucinados por el tango, barriéndolos a todos.
Mire a mi espalda. En caída y unos seis metros mas abajo, habían dispuesto los bares de cerveza y refrescos, empanadas, vinos,  tartas y champagne, lo que me pareció una bonita forma de caer en el abismo del vicio. O en el de los souvenires, ropa y complementos, que estaban un poco mas allá. Los artistas, los aspirantes a artistas, los "conocidos de allá", los reencontrados, los notorios y los nobles deambulaban por aquel jardín artificial recreado - con falso césped -  en agradable tertulia de copa o vaso plástico. Se adivinaban voces y conversaciones de lejanía y algún romance. Quise bajar pero enseguida comenzó a sonar, con el cuarteto Barcelonés en pista, LA TÍPICA ROULOTTE TANGO, una orquesta joven y bohemia con sus tres bandoneones  - uno además cantante - tres violines, contrabajo y piano. Una barbaridad.
La entrada  impecablemente sincronizada apenas fue vista por los  bailarines que en su loca alegría por haber llegado a  lugar sagrado ni respetaron el primer tango y se perdieron la  divertida coreografía, tal era su euforia y su inconsciencia. ¡Que energía, que ganas de tocar y transmitir!. Pugliese y Darienzo juntos. Tremenda exhibicion de poderío tradicional y desenfadado. La gente bailaba y bailaba y bailaba, casi saliéndose de la pista y solo deteniéndose ante las macetas. Hubo una primera tanda bien repartidita de tangos, valses y milongas y un impasse,  para dejar descansar a la concurrencia - que estaba viviendo una segunda juventud -  con grabaciones. Alí, Antonio, Jordi y el Pibe apenas paraban para consumir bebida. Yo que soy mundano, no pude sustraerme al embrujo de un  buen champán aderezado por la conversacion con bellas asistentes, a las que apenas pude inquietar con mi francés Marxista -  sonaba como Groucho Marx - aprendido en mis años de secundaria. Me pareció que las únicas mozuelas con las que podía mantener una conversacion para florear mi verba,  ya no eran tales y habían recorrido mucho mundo para aprender el idioma de Cervantes. Por suerte estaba allí el amigo Gabi Soda, que pinchaba al otro día en la milonga de la matineé para compartir impresiones y tragos.
Y luego Volvió la Roulotte con su aplanadora sonica.
Se movían las suelas, el parquet, las plantas y la estrecha franja entre grada y pista se hacia más estrecha. A pie de pista - Si, me anime en las milonguitas con los pasos del pibe - la variopinta concurrencia era de un exuberante desparpajo tangueril, que reinterpretaba con sus propias reglas la postura, la apostura y la presencia milonguera. Tangueros y Tangueras en sus miles de variantes, desde el mas irredento milonguero,  el falso gaucho al estilo Glenn Ford, pasando por Lauren Bacall de arrabal  y  el despreocupado pret a porter tipo Vittorio Gassman o Hugo Tognazi. Bien podría haber visto en la pista a Depardieu o a  Catherine Deneuve. Vi muchos Louis de Funes. Y el entusiasmo. Ahhh, el entusiasmo...
Daba gusto ver a toda aquella gente zapateando en la pista para pedir un bis, como niños aporreando el suelo del cine de matine de la infancia, al ver con alegría como llegan los refuerzos para salvar al muchachito.
Y eso que el muchachito aquel con el tiempo resulto ser  malo...
Termino la milonga y la noche le quedaba un after de tango nuevo que me alejó del trio Barcelonés y del mismo pibe, pues entre la concurrencia divise a los señores Mawarts, que habían cerrado su hostal para el evento y muy amablemente se ofrecieron a depositarme en el hotel con su Tilburi fileteado de aguafuertes tangueros, al que habían enjaezado un robusto percherón sin GPS, que nos deparo algún extravío y el recorrido por calles desconocidas.
 Faltaba la mejor parte del festival. Y sobre todo comprobar a la luz del día, si era cierta la fabula del tango sonando en todas las calles y los milongueros - parafraseando a King Africa - bailando sin parar. (continuará)