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martes, 7 de septiembre de 2021

ANDANZAS EN COLOR CIELO (FESTIVALEANDO EN COSTA BRAVA)por Cátulo Bernal

EXPERIENCIAS DEL TANGO BAILADO
El mensaje de Damián era escueto: «Hola, Hola, ¿vas a San Feliú?»
Como pluma visible del blog, había decidido darme una vuelta por el festival Color cielo, después de algunas fallidas circunstancias personales que me impidieron asistir otros años. Los CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS —donde duermen algunos de mis versos— merecían el escaparate de un festival, ahora que, tímidamente vamos dejando atrás la pesadilla pandémica. El Domingo, con el asado milonguero era un buen día para llegar, pero las sabias palabras de Nina urgiéndome para que estuviera allí en los días principales me llevaron a indagar los planes del amigazo. Lo sabía ganador del Full Pass Color cielo en la Sagrada Milonga, y como no es hombre que desdeñe ninguna ocasión de asado y milongueo, supuse que ya habría reservado hotel para los días principales. Y que su pareja no estaba muy entusiasmada con la aventura(de ahí la pregunta, el disparador, el macguffin, un lunes por la tarde). Un cruce de mensajes y la consulta pertinente al amigazo Gabi Soda, director del encuentro(las cuestiones de aforo y lugar son de máxima importancia en este ahora nuestro) decidieron el resto. 
Llegamos el viernes a las cinco de la tarde a la Costa brava, para milonguear y dar cima a un verano en que las milongas al aire libre se han llenado de bailarines entusiastas, deseosos de dejar atrás el claustro y el encierro. 

A lo largo de los años, con tanta crónica y bailongos a la espalda he aprendido algunos pasos, algunas normas básicas de milonguero de festivales, que pongo aquí, como un servicio a la comunidad.
1- Si pagó el abono completo es conveniente que llegue un día antes para disfrutar el lugar sin presión, hacer vida de bacán turista y descubrir la gastronomía local, que no podrá paladear con calma cuando tenga la pista de la milonga en la mente. Si es su caso, llegue a la mañana, disfrute el mediodía y haga contacto con los primeros bailarines ansiosos. Son pocos, pero el tipo de relación que se da en el primer día suele cimentar relaciones que duran toda la vida festivalera.

2 - Si viene de excursión milonguera por el fin de semana, llegar a la misma hora en que comienza la milonga de la tarde del segundo día, con la cosa asentada y rodando, es importante para catar el ambiente del festival, aunque no se recomienda saltar a la pista con las maletas, bolsos de viajes y otros enseres, sin haber pasado antes por el hotel, alojamiento o predio de pernocte. Se han dado casos de gentes desesperadas por bailar qué, en un frenesí Darienziano han perdido todas sus pertenencias por descuido propio y/o robo, arruinando sus mini vacaciones de tango. Repose, haga sus abluciones, estudie los gadgets de su habitación, sáquese el marasmo del trabajo y el viaje y luego, más tranquilo, acérquese a la locación milonguera más cercana, con un estilo informal, amigable. Las caras conocidas lo recibirán con regocijo y las desconocidas dirán «¿quien o quienes son esos cosos con cara de galán de cine?»(o de payaso, según y como lo consideren). Identifíquese y acredítese. Así, si por algún error burocrático no figura en la lista o tienen que ponerle la pulsera FULLPASS del poder, no se perderá esas milongas de Biagi que tanto le gustan. Si baila, no baile más de dos tandas, en chancletas(al elegante croto), para probar el suelo y la resistencia a los materiales. Más tandas pueden provocarle problemas ulteriores.  Y ya tendrá tiempo de bailar por la noche, sin exigir demasiado a su cuerpo. Mejor converse, confraternice, tal y como hicimos con Damián con principales de la talla de Lucrecia, Mara, Paula, Jordi, Alberto, Eddy, Graciela y Osvaldo, el mismo director Sodini, y algunos más de las comarcas vecinas, inevitables en los encuentros pre pandémicos. 
Apéndice al punto 2: Si viene solo al asado que no se note tanto. No ponga en la bolsa de zapatos los cubiertos forjados a mano con mango de marfil para asadear de picnic. Sáquese el sombrero gauchesco al entrar a cualquier lugar cubierto. Haga gastos de energías bailando al menos cuatro o cinco tandas. Esto lo escribo porque con la pandemia la necesidad de la comida colectiva se ha disparado y muchos aprovechan cualquier ocasión para desfogarse de bailes y —sobre todo— comidas perdidas.
Debo ser fiel al recuerdo —aunque falso—, a la vivencia tal y como la interpreté en la noche calurosa, acaso espoleado por alguna cerveza imaginaria de más. Entre los numerosos asistentes me pareció descubrir alguno venido de muy lejos con más ínfula de gaucho que de tanguero. Al sol alto aún de la tarde pude verlo saltar de la pista y correr hacia el tranquilo mar interno de San Feliu con un pantalón bombacho impermeable. Llevaba, como los guerreros de antaño, la redonda tabla de cortar a la espalda y cuchillo y tenedor cruzados, prestos.  Un hombre preparado. No llegamos a saber su nombre, pero lo apodamos cariñosamente Paisano Dimitri. 
3 - Procure que el lugar donde va a alojarse esté muy cerca de la sede del evento y del centro de la población. Que sus desplazamientos no impliquen el concurso de un coche. Lo que parece un pueblo fantasma en las primeras horas del fin de semana(tal como nos pareció cuando deambulando buscábamos algún sitio para cenar), suele llenarse de gente y transito hasta tal punto, que cualquier andanza será un engorro y un quebranto para sus nervios. Los paseos por el pueblo con la ropa de gala son relajantes y no cuestan nada, siempre y cuando sean en distancia corta. Llegar a la milonga festival cansado por una caminata de tres horas no es plan. Y si abusa de alcoholes y licores(clandestinos o imaginarios, mientras no haya protocolo en esta situación excepcional) durante la milonga puede que no vuelva nunca al hotel y a la mañana despierte a punto de ebullición en un predio baldío.

3(B)- Cene temprano, antes de ducharse y prepararse para milonguear. De ser posible entre las siete y las ocho, cuando la jauría turística aún está despidiéndose del mar y de la arena. Si comete el error de salir a cenar más tarde, ocho y media por ejemplo, no encontrará sitio, cenará a disgusto y apurado, pensando en llegar a la milonga contra reloj, a riesgo de sufrir malas digestiones. Si no quiere cenar antes de milonguear, tenga la previsión de comprar vituallas comestibles en algún mercado, para después. Si la milonga cierra a las 12 y media le quedará mucha noche por delante sin bares, boliches ni establecimientos que apaguen su hambre y su sed. A no ser que esté en Tokio, donde en cada calle hay maquinas automáticas de comida y bebida.
4 -Llegue temprano, aproveche cada tango como si fuera el último. Pruebe la pista y entre en confianza con el personal festivalero. Las noches que nos tocan vivir en estos tiempos, son más cortas que aquellas en que derrochábamos horas con despreocupación(una cualidad irritante del tiempo, en general) Ahora la milonga comienza y termina más pronto por las restricciones. Eso de llegar tarde y medio ebrio a la milonga no resulta en estos meses. Cualquier demora le impedirá disfrutar de tandas y abrazos que se le clavaran como reproches más tarde, cuando su talante y condición no coincida con la de aquellos que han venido al comienzo de la noche, que tienen los mejores lugares, como es lógico.
5- Tenga siempre a mano un dispensador de bebidas clandestinas(o imaginarias) una mano amiga preocupada pro su bienestar. En cualquier festival es importante la hidratación, cierta leve confusión de los sentidos, moderada(que no le provoque trastornos como a mi me ocurrió en Sigtes, años ha) que le permita ver el lado bueno de las cosas.
6 - Disfrute el lugar y el entorno. Haga vida de turista bacán, acorde con sus posibilidades, sin exigir, ni exigirse demasiado. Usted ha venido a distenderse.
Y eso, mis querides, es lo que hicimos con Damián. Sin ninguna prisa nos pulimos unas tapas en un bar cercano, de cara al mar, observando el movimiento de las gentes, su afán por ser felices, sus peleas y sus desencuentros. Las corridas confusas en compás de Dimitri y algunos más.. Y luego de ducharnos, de caminar tranquilos por el paseo central, que ya se llenaba de comensales hambrientos, llegamos a la carpa del encuentro, conseguimos una mesa cerca del escenario para poner los CUENTOS DE ,MILONGA Y MADRUGADAS  en lugar de privilegio y observamos sin prisas como Eddy, el musicalizador inicial de la milonga bajaba la palanca para hacer sonar la primera tanda. 
Y así comenzó la noche del viernes. Notamos que la mayoría de los tempraneros y milongueros de jueves estaban en las mesas de afuera, entre la carpa y la reja que separaba playa y evento. Si no hubiera sido por los libros, de buena gana nos hubiéramos quedado allí, por la circulación de aire y la vista. 
Tampoco se puede tener todo.
Bailamos. Siempre bailamos. Las muchachas desconocidas pensaban que éramos taxis del festival. Pero no.  Atrás han quedado aquellos años. Supongo que es la misma misteriosa fuerza que siempre nos ha impulsado al Pibe Pergamino y a mí, la elemental pulsión del baile y la supervivencia, ese orgullo compartido con los grandes milongueros: Estar. Estar en la pista.
Bailamos, saludamos, fuimos a buscar la rubia cerveza del pescador de  Schiltigheim, como canta Cedrón, musicalizando a Gonzales Tuñón, a un bar vecino(Esa noche no había aguateros, ni cerveceros clandestinos, imaginarios).
  Se vino la exhibición con Graciela y Osvaldo. Buena, inmensa. ¿A esta altura del partido no saben que son los canyengueros principales de Barcelona y zona de influencias?


Todo era felicidad, flores, jolgorio y reencuentro. Pero.
Pero. ¡Ay de los mortales! Las fuerzas del destino se ceban siempre en la alegría. 
La muchedumbre paseandera, ajena a las cuestiones del tango(pero no inmune a la belleza del movimiento) se agolpaba tras las rejas, tapando con sus despreocupados ocios la visión del mar.   ¿Quién iba a pensar que este hecho fortuito, mínimo, iba a repercutir sobre el desarrollo de la noche, de los eventos posteriores?¿Quién conoce los desvelos, los amargos sinsabores, la contramarcha que aquieta el «podemos» planificado con tanta antelación del organizador a caballo de la incertidumbre, el vaivén, la tremenda fuerza del hecho sanitario cotidiano?
Vinieron los anuncios. Gabi y Teresa, con la voz compungida soltaron la descarga de mensajes traidores. Aquellos despreocupados transeúntes que nos miraban bailar vulneraban con su aglomeración las medidas preventivas instituidas por el ayuntamiento. En consecuencia la carpa del amor, así bautizada en honor a una mala serie de películas de verano(donde nunca faltaba el cantor de moda), la carpa con tanto esfuerzo montada, con el correcto suelo, los focos, el generador, la carpa de los dos primeros días iba a morir el mismo viernes. El sábado y el domingo la milonga se haría en La Corxera, un polideportivo cerrado, más espacioso, al amparo de las mayorías ociosas. 
La segunda andanada nos dio de lleno en el vientre. Con la voz firme se anunció que tampoco habría —por esos mismos preventivos motivos— asado milonguero de la confraternidad y la camaradería. 
Con Damián miramos a aquel personaje gauchesco, Dimitri, con su camisa roja, su pañuelo morado, sus pantalones anchos, su sombrero quijotesco en el que se acumulaban las hojas de los árboles que amparaban las mesas. Las palabras penetraron lentas en su mente. Pensé en Nina, sin cuyo concurso yo mismo habría llegado a un asado inexistente, imaginario. Dimitri se sacó el sombrero con mano temblorosa y aun con la tabla y el cubierto en ristre, a modo de inservible escudo, abandonó despacio la noche, el festival.
«Si supieran cuantas veces me he quedado sin bailar, sin milonga en todos estos años» apuntó el infaltable venerable anciano que se las sabe todas «no se quejarían tanto».
Le dimos la razón.
 La noche era corta. Las ansias muchas. 
Envolvimos en la cincha del poncho pampa los recuerdos, las emociones. A pesar de todo estábamos aquí. Estábamos bailando. Por los que no podían, por los que no estaban. Lugares, milongas, festivales, personas. Bailábamos. Y eso era lo importante.
A las doce y media, casi como en el cuento de la cenicienta, terminó la milonga, para bien de mis pies desacostumbrados a tanto ajetreo. Nos fuimos caminando al hotel sin sospechar que las juventudes ansiosas estaban montando un after.
Eran otras las épocas en que mirábamos sin pestañear el alba, el amanecer.
En todo festival hay quien baila hasta ultima hora, y al otro día, casi sin desayunar toma clases con los maestros. Mientras Lucila Cionci y Joe Corbata empleaban su buen hacer para enseñar a aquellos que aprovechan el tiempo y la sabiduría, nosotros, que nunca hemos sido de esa notable raza, nos levantamos sin prisa, desayunamos con calma, dejamos atrás las concurridas playas del centro y caminamos por sendas agrestes buscando calas accesible donde remojar el esbelto del pasado con una cerveza en mano. Pasamos por un embarcadero de yates donde ricos decrépitos tomaban sol y aireaban sus desdichas. Dejamos correr el tiempo como la arena de la playa en las chancletas. Y cuando tuvimos hambre después de tanto recorrido vimos con agrado qué,  el CASINO LA CONSTANCIA, edificio y restaurante de singular arquitectura, estaba abierto. Nos acercamos a la carta, al menú. No nos íbamos a ir de Sant Felíu sin probar una buena cazuela de pescados y mariscos, como mandan los gustos. Así que pedimos un par de copas de blanco vino fresco y bajo la sombra de arboles añosos comimos con fritura de pescado y mejillones. 
A falta de asado buenos son los peixos

Una pequeña siesta y luego a la matiné con los inevitables encuentros con la milongueridad de Barcelona, probar el suelo de la nueva locación: un polideportivo con el suelo de parquet, mesas y la presencia de los entusiastas. 
La luz del día entraba por los ventanales con las primeras tandas. La fresca brisa del verano por las puertas abiertas. De cinco a siete nos empleamos con todo, en una pista llena, pero amable. Mara, Lucrecia, Patricia, Paula, Alberto, Mariano, Jordi, todos los infaltables se quedaron hasta las ocho mientras volvíamos con Damián  al paseo, a cenar. Vimos una Pizzería con todas las mesas vacías, pero reservadas. Por lo temprano de la hora y la lisonja a la dueña pudimos comer casi sin compañía ni ruidos mirando el mar. 
Cenar temprano, recuérdenlo.
La noche principal la reseño como en ráfagas. Como tandas de Fresedo que se pierden fantasmales en la inmensidad del espacio. El sitio, iluminado por los focos, me hizo acordar a la pista de Tarbes, sin sus inconscientes asistentes. No se reportaron choques, contratiempos ni bandazos. Todos querían bailar. Todos disfrutaban con la música de Gabi, con la compañía, la conversación. En el aire se materializaban las bebidas(ensoñadas, como en algunos cuentos de Poe, gracias a la atenta disposición de la mano amiga, salvadora). En la pista las ansias, los encuentros postergados, las caminatas ajenas a la prisión de la sala de casa. 

Bailaron Lucila y Joe. Si los ven anunciados, por favor, vayan a disfrutarlos. Ver los movimientos de Lucila es como intuir el planeo de una pluma surcando diferentes cualidades del aire sin perder su cualidad etérea, elegante. 
La noche se llenó después, como siempre(como antes) de virtuosos. 


Cuando bailan los grandes (Y en Costa Brava bailaron cuatro y los cuatro viven en Barcelona, para nuestra ventura) el milonguero se entusiasma, busca en su movimiento, en su cansancio, aquello que lo eleva. El  abrazo que calma su pavor y su sino.  
Bailar. Recuérdenlo. Es lo que importa. 
Hacer frente al contratiempo con el abrazo firme y el horizonte despejado.
Hasta el final aguantaron mis pies, como pudieron. Se anunció la milonga matiné al otro día, un picnic milonguero. Volvimos cansados, felices de nuestra última noche en el festival mientras las juventudes se iban a bailar a una cala hasta las tres y media de la mañana.
Quedaba un día pero nuestra cuota de baile y anhelos satisfechos ya había sido cubierta. 
Volví liviano de baile y con menos CUENTOS DE MILONGA Y MADRUGADAS(alguno quedó
de regalo para las autoridades de la ciudad, que tan bien nos había acogido).
Estuve por fin en COLOR CIELO. Espero repetir el año que viene. 



lunes, 24 de agosto de 2015

TARBES EN TANGO 2015 - Milongueando al pie de los Pirineos. (parte Uno). Por Catulo Bernal.

Hasta ultimo momento no sabíamos si embarcarnos con el Pibe Pergamino en esta aventura francesa, porque no conseguíamos transporte y el fatigoso viaje en tren —aunque se presta a la contemplación, el recogimiento y la poesía—, además de largo, era oneroso. Pero nos confirmaron que una delegación conformada por Antonio, Jordi y Alí, milongueros enseña de Barna,  salía el miércoles para Tarbes y volvía el sábado.  Nada nos costó conseguir ubicación en el mismo hotelucho donde se alojaban los muchachos. Sí acomodar en el coche nuestras osamentas, pues venia con nosotros mi amiga japonesa Masayo, con la misión de  traducir mis incontinencias verbales bajo la forma de Haikus.  
Iba a distenderme y a comprobar si eran ciertas las historias que se contaban sobre el festival:  un pueblo que durante una semana se va llenando de peregrinos milongueros y en el que uno se topa con el tango en cualquier calle.  
No fatigaré a los lectores con el viaje. Se habló de tango, se escuchó tango, se paró apenas arribados a Francia en la campiña para degustar las viandas que llevábamos. 
Entre montañas y rotondas encontramos Tarbes y nuestro pequeño hotelucho  —pequeño pequeño— y,  una vez desempaquetadas las pertenencias y acomodados como buenamente pudimos, nos dispusimos a palpitar el tango Tarbesi. Que es un decir, porque llegados como a las seis, se nos puso en la cabeza que para aguantar el embate milonguero debíamos dormir una siesta, que cumplimentamos. Claro, que a las dos horas  comenzaron a sonar las alarmas: Los muchachos, repetidores,  se habían ido pero nos habían dejado su  advertencia: cuidado con la cena, porque a las diez cierran todas las cocinas. 
Nos duchamos y vestimos como pudimos y por señas a naturales llegamos a entender aproximadamente adonde estaba el centro de la villa, y el Halle Marcadieu, locación del aperotango de la tarde y la milonga de la Noche. Masayo San, se quedó en el hotel, agotada por las alternativas del viaje y una traducción de códigos milongueros al estilo Kafka.
Si esperábamos encontrarnos una agradable aldea al estilo Asterix, con fogatas, viandas suculentas y galos bigotudos tangueando a la luz de la hoguera nos equivocamos de medio a medio. 
Atravesamos a todo correr urbanizaciones verdes, en donde apenas se divisaba luz. Leímos con avidez las indicaciones que nos llevaban  al centro, pero no encontramos vida humana caminante. Los bares parecían haber desaparecido y uno o dos que vimos estaban cerrados.  Al fin, topamos con la imponente mole del Halle Marcadieu, un mercado gigantesco, en el que se veía en francés tango por la otra puerta y al rodear, en calle aledaña los restos del APEROTANGO, una milonga al aire libre con barra y música en vivo. 
Pero al menos nuestros amigos estaban allí, preparándose también para hincar diente.
En vez de recorrer unas cinco calles hasta el centro, preferimos, ante la posibilidad real de perder  la cena, comer en un barcete aledaño en el que solo hacían  plato «especial» para la gente de la milonga.: quiche de bacón, o lasaña, con acompañamiento de lechuga aderezada,  guarnición típica francesa junto con el(en este caso ausente bol de patatas fritas y postre. Compramos el quiche y un Tatín a 13 especiales euros  y repantigados con la muchachada nos dispusimos a esperar la milonga, que se abrió casi enseguida mientras Jordi intentaba enseñar castellano a unas maduras milongueras de Biarritz, para pasar el tiempo.
La milonga, que ocupa una manzana entera urbanizada, se nos reveló apenas entramos como una estación gigante con una pista monumental de parquet acotada en tres de sus lados por una gradería con sillas tipo estadio de baloncesto y el lado restante ocupado por el escenario, en donde a un costado se ve la solitaria figura del musicalizador de turno, casi en la bruma y los instrumentos de la orquesta, tan solos como él. Imagínense un circo romano con las paredes de las  tribunas aderezadas con motivos tangueros que dividían la pista y hacían un pasillo por el que discurrían los paseantes, se exponía el merchandising, las barras, los baños y los sitios de esparcimiento, las aberturas por las que se podía ver y acceder a la pista,  una cúpula altísima  y tendrán una idea aproximada del Halle Marcadieu.  
No hacia veinte minutos que se había abierto la noche. La ronda estaba medio llena y las gradas blancas cariándose con  bolsas de zapatos y  pertenencias de los asistentes.  Me pregunté: ¿es posible llenar tan inmensa pista con los peregrinos del tango Europeo? Dieciocho años de festival nos lo confirmaron. 
Era posible a tal extremo que la circulación por la pista era dificultosa. DIFICULTOSA EN GRADO EXTREMO. Solo los notables como Graciela y Osvaldo —que habían inaugurado el festival con su Historia de un milonguero y los muy avezados en festivales, como Amina y Aquilino, podían difundir con su baile un bálsamo entre la concurrencia. Los demás competían en giros imprevistos, miradas recias y ausencia de disculpas. 
Enseguida entendí que los maestros no se metieran en el meollo. No fuera a ser que recibieran un puntazo férvido. Pero al Pibe Pergamino, que es notable esquivando, no le importó.
 Se fue a bailar entre las huestes, bordeando los maceteros y la pista para no degradar su habitual ligereza y allí quedo posado y nada más.
Recorriendo con la vista y mis pies a los ocupantes de las gradas, me aposente en lo mas alto a ver el panorama. En espectacularidad aquello Parecía Los diez mandamientos de  Cecil B. de Mille  con los israelíes, los egipcios y el mar de alucinados por el tango, barriéndolos a todos.
Miré a mi espalda. En caída y unos seis metros mas abajo, habían dispuesto los bares de cerveza y refrescos, empanadas, vinos,  tartas y champagne, lo que me pareció una bonita forma de caer en el abismo del vicio. O en el de los souvenirs, ropa y complementos, que estaban un poco mas allá. 
Los artistas, los aspirantes a artistas, los «conocidos de allá», los reencontrados, los notorios y los nobles deambulaban por aquel jardín artificial recreado —con falso césped—,  en agradable tertulia de copa o vaso plástico.
 Se adivinaban voces y conversaciones de lejanía y algún romance. Quise bajar pero enseguida comenzó a sonar, LA TÍPICA ROULOTTE TANGO, una orquesta joven y bohemia con sus tres bandoneones  — uno cantante—, tres violines, contrabajo y piano. Una barbaridad.
El cuarteto de Barcelona se metió en la pista, entusiasmado.
La entrada, impecable en sincronización, apenas fue vista por los  bailarines que en su loca alegría por haber llegado a  lugar sagrado ni respetaron el primer tango y se perdieron la  divertida coreografía, tal era su euforia y su inconsciencia. 
¡Que energía, que ganas de tocar y transmitir!
Pugliese y D´arienzo juntos. Tremenda exhibición de poderío tradicional y desenfadado. La gente bailaba y bailaba y bailaba, casi saliéndose de la pista y solo deteniéndose ante las macetas. Hubo una primera tanda bien repartidita de tangos, valses y milongas y un parate,  para dejar descansar a la concurrencia con grabaciones. 
Alí, Antonio, Jordi y el Pibe apenas paraban para consumir bebida.
 Yo, que soy mundano, no pude sustraerme al embrujo de un buen champán aderezado por la conversación con bellas asistentes, a las que apenas pude inquietar con el francés Marxista —sonaba como Groucho Marx— de mis años de secundaria. 
Me pareció que las únicas mozuelas con las que podía mantener una conversación para florear mi verba,  ya no eran tales y habían recorrido mucho mundo para aprender el idioma de Cervantes. Por suerte estaba allí el amigo Gabi Soda, que pinchaba al otro día en la milonga de la matiné para compartir impresiones y tragos.
Y luego Volvió la Roulotte con su aplanadora sónica.
Se movían las suelas, el parquet, las plantas y la estrecha franja entre grada y pista se hacia más estrecha. A pie de pista  —Si, me anime en las milonguitas con los pasos del pibe— la variopinta concurrencia era de un exuberante desparpajo tangueril, que reinterpretaba con sus propias reglas la postura, la apostura y la presencia milonguera. 
Tangueros y tangueras en sus miles de variantes, desde el mas irredento milonguero, el falso gaucho al estilo Glenn Ford, pasando por Lauren Bacall de arrabal  y  el despreocupado pret a porter tipo Vittorio Gassman o Hugo Tognazi. Bien podría haber visto en la pista a Depardieu o a  Catherine Deneuve. 
Vi muchos Louis de Funes. Y el entusiasmo. ¡Ahhh, el entusiasmo...!
Daba gusto ver a toda aquella gente zapateando en la pista para pedir un bis, como niños aporreando el suelo del cine de matiné de la infancia, al ver con alegría como llegan los refuerzos para salvar al muchachito.
Y eso que el muchachito aquel con el tiempo resulto ser  malo...
Terminó la milonga y la noche le quedaba un after de tango nuevo que me alejó del trio Barcelonés y del mismo pibe, pues entre la concurrencia divise a los señores Mawarts, que habían cerrado su hostal para el evento y muy amablemente se ofrecieron a depositarme en el hotel con su Tílburi fileteado de aguafuertes tangueros, al que habían enjaezado un robusto percherón sin GPS, que nos deparó algún extravío y el recorrido por calles desconocidas.
 Faltaba la mejor parte del festival. Y sobre todo comprobar a la luz del día, si era cierta la fabula del tango sonando en todas las calles y los milongueros —parafraseando a King África—  bailando sin parar. (continuará)