sábado, 21 de noviembre de 2020

El profesor de caligrafia milonguera

Soy Henry Sacmer. Entrevistador y detective buscavidas. Hasta el momento he entrevistado a 15 raros diletantes de la milonga y he resuelto cinco casos con mascotas implicadas, uno impago. Vivo en la sede de LusiardoTango.Club, al costado de la peluquería del profesor Maradona, activo militante del peinado para bailongos y antiguo juez de Operación tanguitos piores. Mi hogar no es más que una cocina, un baño sin puerta, un almacén-dormitorio pequeño donde se acumulan viejos productos de los Catalogos Lusiardotango.club  y la sala de estar-redacción. En otros tiempos Cátulo Bernal, Desvarietti, Yamate A. Zilencio y Romulo Papaguachi solían remolonear por aquí, comentando la deriva del baile y las milongas ...

—¡Sacmer, deje de cubrir sus memorias y  vaya a entrevistar al delirante! 

No le contesto. No se le contesta a una voz que sale por un Busto de Gardel, aunque sea la del jefe tácito Hiriart, comunicándose desde alguna siniestra catacumba. El delirante de turno es un tal Tino Bulines, profesor de caligrafía milonguera con el que he quedado en la esquina de Contursi y Santos Vega, a la estrada del clandestino bar Jodete Faustino.

Llueve y mis recursos no me permiten transporte público. Pongo cojinetes anti desliz en la bicicleta Musetta, fileteada por mafiosos artistas locales. Me calzo mi piloto de oscuro indescifrable (amiguitos, no intenten teñir un impermeable sumergiéndolo en un cubo plástico), mascarilla para lluvia y el suplemento antivírico para días nublados: un casco que hice con una garrafa de agua de cinco litros, agujereada en rectángulo a la altura de la boca y pintada en negro acrílico. 4 euros valor de costo y 8 en el mercado libre. 

En tiempos de pandemia hay que apañarse con lo que se tiene.

Las gotas impactan crueles sobre mi invento. Biciclos y otros rodados de moda me superan y salpican. Mis cojinetes devuelven con venganza el barro. 

El carril bici no permite maniobras ni enfrentamientos.

 Contursi y Santos Vega es una locación imaginaria, al igual que el bar Faustino jodete donde me espera, bajo las sombrillas abandonadas en la terraza, un hombre gris y acuoso como el día.

  Si escribiera la verdadera dirección no podría ir a comer con mis vales lusiardo el menú del día, junto a otros empleados desembareados del barrio.

Toco dos veces mostrando mis cubiertos personales (prevención obligatoria) y los de mi invitado. Nos señalan la frente con un termómetro puntero. Entramos.

Adentro hay mesas espaciadas por andamios. Paneles de plástico separan comensales de una misma mesa. Parece el comedor de una cárcel de película, en reformas. Hoy hay guiso de lentejas y guiso de gallina. No traje cuchara.

Pedimos el  menú económico (lentejas para compartir), vino de la casa, pan y agua. Enciendo la grabadora y comienza la entrevista.

P— Preséntese y díganos lo que hace.

R—Soy Tino Bulines —Sí, ya han hecho miles de chistes con el apellido—, profesor de caligrafía milonguera y tango canyengue. Rotulé la edición independiente de Supermilonga, y algunas otras piezas tangueras de historieta. Rotulando manga erótico, que da mas plata, comprendí el secreto de los trazos, el pincel y la tinta china. He extrapolado mi saber al mundo de la milonga, contribuyendo a darle mejor forma para cuando se vuelva a abrir.

—¿Haciendo gráficas y carteles publicitarios?

—No, no. Ya hay artistas gráficos, peleando contra el artista domiciliario que intenta convencerte. El reclamo publicitario en redes es básico y funciona: Mujeres sugestivas con vestidos sugerentes, abrazadas o delante de un tipo cargado de accesorios de moda masculinos, los dos con peinado prolijito y cara de tango. Variaciones formales o informales de lo mismo, según a quien vaya dirigida la clase: Baila,  ven a la milonga, toma clases. Si es exhibición, parece imprescindible la pose sugerente, con el vestido que insinúa todo el trabajo y el empeño por subyugar y seducir; el tremendo reclamo erótico de un cuerpo trabajado que enamora con el movimiento y la mirada. En contraste,  conteniendo todo ese arrebatador deseo, malevizado y embutido en un elegante traje, el tipo. Con cara de tango.

—Dicen que hay gente que baila con la cara. ¿Cómo seria la cara de tango, en pose?

—Es la de alguien que mira hacia adelante, pero consciente de todo su pasado de errores, imprevistos, portentos y azar mal encarado. La de quien  aguanta estoico una emoción profunda o un cuesco —dice Bulines mirando el plato de lentejas que nos sirven—. Y si por  la inevitable deriva del movimiento, emoción y fluido se han exteriorizado, el semblante adusto y serio de quien está dispuesto a negar cualquier implicación. 

La cara Bulines es un lienzo que refleja sus palabras. Hace un segundo cuando hablaba de las mujeres del tango los ojos le brillaban y un hilo de baba le asomaba a la boca. Ahora aprieta los dientes y le tiemblan los cachetes. 

Temo que sea uno de  esas personas de digestión rápida. Prosigue.

—Pero no es esa mi inquietud principal. Maestros y bailarines tenemos derecho a explorar el fascinante mundo del diseñador doméstico. En las redes no hay mas que líneas prefabricadas, tipografías y plantillas que nos unifican y nos hacen perder el delicioso hábito de la escritura a mano. En este tiempo de emoticones ¿Quién hace hincapié en la perfección del sencillo trazo que da vida a un concepto? Por ahí voy. ¿Qué es la escritura sino el intento de trasmitir en el trazo que se asienta en un espacio blanco, la infinita variación y versión particular que el ser individual hace, en base a su experiencia, de la porción e idea del universo que conoce? 

—Es lo que siempre digo.

—Yo busco el trazo artesanal, el afiche casero hecho con amor. Y en el baile, lo mismo. Observe usted la percepción del mundo y los objetos desde los ojos de las culturas orientales: los ideogramas, los kanjis, la deriva de la gota de tinta o el sumi hiriendo sin dudar el blanco impoluto del papel de arroz. ¿Cuántos papeles se han manchado para llegar a ese dibujo que es a la vez imagen, sonido y concepto? ¿Se ha puesto a pensarlo?

—Uf, una barbaridad.

—Exacto, pero no preciso. Mi arte y mi inquietud buscan la imperfección en el baile y la escritura. Para corregir el imprevisto trazo con elegancia, concisión y fortaleza

—¿Cómo aquellos Pinceles eléctricos para dibujar que un loco intentó comercializar a cuenta del blog?

—Eso sería una consecuencia. Y un enchastre. Piense en aquellos monjes del medioevo que pintaban las letras de los manuscritos a mano. Y en la ronda. Estamos acostumbrados a ver el baile a pie de pista. A veces, muy pocas, desde algún palco. Y aun así nuestra visión no es completamente cenital, no vemos el trazo. Piense que cada pareja es un pincel y su baile, en términos metafísicos, un mensaje. Escritura automática destinada a las fuentes de nuestra existencia en todos sus registros y facetas. En términos filosóficos ¿Qué es nuestro baile sino un reclamo seductor hacia los demás y una invocación publicitaria a esas fuerzas intangibles que rigen nuestros destinos? ¿Y que es lo que persigue ese reclamo? Le pregunto.

—¿Qué nos admiren? Que se  fijen en nosotros? ¿Qué nos quieran?

— A pie de ronda. Pero vaya un poco más allá. A las creencias de los antiguos. Esos panteones llenos de dioses cercanos e imperfectos: sumerios, egipcios, griegos, romanos, escandinavos. En aquellos días la gente creía en la rutinaria intervención divina para equilibrar asuntos mayores o menores. Había menos mundo, menos conocimiento, menos gente. Los romanos invocaban en primera instancia a sus lares y penates, dioses o espíritus domésticos para la administración de sus asuntos y a las primeras figuras como Júpiter o Marte para cuestiones de estado, imperio. ¿A donde vamos con esto?

—Primero, al baño. La pifiamos con las lentejas. Después quien sabe. me he perdido un poco con tantos dioses.

—Natural.  Por eso en las religiones actuales, salvo contadas excepciones como en el shinto, con sus ocho millones o infinitos kamis, son monoteístas. Un dios y algunos secundarios. Para los 7.700 millones de  gentes que somos y a pesar del dogma, la omnipotencia y la omnisciencia no son prácticas. Entonces la cuestión principal es ¿Cómo atraemos la fortuna, el azar y los acontecimientos para que nos sean venturosos en este universo de pocos dioses desentendidos de nuestros asuntos cotidianos?

—¿Haciéndonos Shintoistas?

 —No. En Japón son mucha gente. Apenas reparten un kami o entidad divina, para diez mil personas. Bailando mi amigo. Bailando con buena letra, para que el mensaje al universo o las desconcentradas divinidades esquivas en las que creemos vean claramente nuestro mensaje.

—Todo está muy bien. Pero, ¿Cómo lo hace?

—Ahí está la cuestión. En el cómo. Con mi pareja Marcela Bravos habíamos pensado un sistema integral y coherente que aunara la tipografía de invocación espiritual y el baile canyengue. El método Bravos-Bulines. Lamentablemente no funcionó. Nos topamos con la incomprensión y el miedo, además de atraer a algunos milongueros satanistas y espiritistas de ocasión. Así que nuestro ambicioso proyecto de abrir un canal de comunicación hacia lo intangible ha sufrido algunas modificaciones.

—¿Simplificando?

—Ahí le ha dado. Nuestro método se ha quedado en un master con opción a un posgrado: «Caligrafías milongueras aplicadas a la quintaesencia divinal del espiritualismo» y «Asuntos místicos en cursiva o versalita y su importancia en el canyengue. I y II»

Nos interrumpe el sonido metalizado de un tango.  

Leguizamo solo, cantan los nenes de la popular

  —Discúlpeme un momento. Los alumnos. No dejan de consultar por Wasap cualquier duda. ¿Qué pasa Lorenzo? 

Mire, mire la figura y las letras por favor. A ver si lo hacemos bien. —Bulines comparte generosamente la pantalla para que lo vea. Parece que alguien sostiene el móvil subido a una escalera. Abajo y  en diagonal una pareja se dispone a completar algo escrito en el suelo. No se ve bien, ni tanguero. Sus movimientos estarían prohibidos en cualquier pista. Bulines suspira.  

—Perdón que los interrumpa Lorenzo, pero ya empezamos mal con el primer trazo. Ahí donde hicieron el ocho no dice Quiero, pusieron Opiero y no es qinero. Si no son capaces de bailar una consigna tan simple como Quiero dinero, ¿Cómo van a bailar  su mensaje en honor a Spinoza? Sigan practicando y llamenme cuando les salga.  

»Chiquillos. Disculpe. ¿En que estábamos,  Sacmer?  

—En su método abreviado.

—Cursos de tres meses, mitad virtual, mitad presencial, en Espacio Demiurgos. Allí  es donde enseñamos primeramente los movimientos para afianzar el trazo a aquellas parejas que ya tienen una base de baile y milongueridad. Trabajamos la calidad de la caligrafía. Y una vez que el trazo es nítido, personal y revelador de la personalidad de la pareja de bailarines los ayudamos a crear EL MENSAJE.

—¿Cual?

—Cuando comenzamos con Marcela este taller pensábamos que iba algo místico, casi esotérico. Un párrafo que resumiera agradecimiento y petición, hecho con sabiduría, humildad y marketing. La realidad es otra. Lo que en teoría es factible, en la práctica no funciona. En principio todos vienen buscando la comunión con los poderes del universo. Hasta que por la dificultad de los trazos y la complejidad del pedido se decantan hacia mensajes banales que escriben con tiza para bailarlos luego. Hay quienes tienen mala letra pero bailan bien, y viceversa. Tuvimos a una pareja que escribió una pagina filosófica para bailar. Muy bonita. Pero bailaban chueco. Demasiado complicado. No les entraba El Mensaje en la sala de estar de su casa.

—¿y que piden sus alumnos?

Estamos aquí, manden suerte. Te pedimos muchas clases y exhibiciones. Queremos fama y dinero. Amor, belleza para mucho rato y buenos bailes. Hay una plantilla estándar que nos está dando mucha satisfacción. Informal, pero concisa: Che, barba, te pedimos humildemente que nos toque la lotería.

—¿Y toca?

—¿Qué va a tocar? ¿En tres meses y bailando canyengue cómo quiere que toque? Pero la gente sigue bailando y jugando a la lotería. Y además se van contentos con el diploma y el pergamino en tinta china escrito por un servidor, para colgar en casa. Es una buena forma de practicar y acercarse a lo inefable, mientras las milongas están cerradas.

—¿Y cuando abran?

—Y cuando abran veremos lo de siempre mi amigo: gente bailando como puede y trazando en el suelo lo que les sale, metiendo pasos y pasos. Es natural. Podemos corregir una pareja, pero con las rotaciones normales todos los trazos serán otra cosa. Sin orden ni calidad. Pero al menos lo habremos intentado. Lo habremos intentado.


P:—¿Una última pregunta. Supongo que como creador del método, aunque sea fallido habrá escrito un mensaje. ¿Qué pidió a esos poderes, dioses o lo que sea en lo que cree? ¿Cuál es su El mensaje?

Me mira. Saca un billete de 20 euros y paga la comida. Luego abre una servilleta y comienza a escribir con el jugo de las lentejas. Puedo apreciar la seguridad con que da cada trazo, la elegancia de las líneas. Cuando termina se levanta y haciendo un leve gesto de saludo desaparece reintegrándose a la ciudad en confinamiento perimetral.

Alcanzo a ver la línea de una V o una ひ antes que el jugo se asimile a una chorreadura de vino de la mesa. 

Salgo. Me calzo el casco y me ajusto el piloto, desteñidos los tres. Por el camino estoy penbsando en jugar un numerito a la lotería.

Sigue lloviendo. Los dioses escriben sus mensajes sobre el mundo.

Quizá también están intentando atraer la atención de otras divinidades distraídas.

lunes, 2 de noviembre de 2020

El falso maestro de la tarde - Un cuento de la vieja milonga


Todos los cuentos comienzan en el bosque, bajo los arboles y a la vera del fuego. Mientras las ramas se queman y la leña hace su danza contra la oscuridad, debilitándose hasta morir, mientras las ciudades se vuelven verde y el paisaje que considerábamos cotidiano se transforman en objeto y uso de nuevos ritos,  la parroquia vagabunda y  los trotamundos sin milonga cuentan historias y leyendas. Al caso, ronda repleta y fuego son una misma y multiforme criatura, hecha de fábulas.

«Hay cuatro formas de llegar a la sabiduría. Dos llevan tiempo, Otra requiere un pacto, la última un sacrificio —Y no precisamente ajeno— dice el anciano, tomando vino en su calabaza seca. Los ojos le brillan en la cara larga, ligeramente repulsiva. Luego de un largo sorbo, escupe una pepita de pera, acerca un tizón a la llama con su muleta de hierro y prosigue. 

«En los viejos tiempos no había, como ahora, seguidores de la antigüa cofradía bailando el tango en las aldeas.  Entonces, cualquiera que hiciera un ocho sin repetir se consideraba listo para enseñar y hasta en el caserío más miserable uno podía oír algún desafinado con ínfulas de trovero, imitando a Castillo. Los mejores aprendían las lecciones después de muchas palizas,  se transformaban en maestros del verdadero arte y e iban a las ciudades con milonga donde comprendían la extensión de su ignorancia. Los peores, nunca. Viajaban, buscando o huyendo de algún destino, vendiendo o trapicheando zapatos sin suela para los pies ligeros, taco alto para las mozas de mucho adorno, esencias cambalacheadas con descaro al pueblo de las hadas y clases cargadas de secretos falsos. Eran tan inventados como el vestuario que llevaban a la espalda, junto a sus sueños. Se los llamaba maestros de tarde. Montaban clase, teatrito y bailongo en cualquier lado, con telas enceradas, velas de no apagar y algún cartel robado a compañías de éxito. Y así andaban, sin asomarse a esas venerables milongas con suelo de madera donde los hubieran corrido a los ganchazos, apenas molestaran con su vanidad y su soberbia a la parroquia filosófica de las mesas, los sabios del hígado pesado y la palabra justa, con su eterno problema existencial: ¿Caminar a compás o recrearse en los adornos y en los giros para que te admiren? ¿Poner el pensamiento en movimiento o fluir locamente según los caprichosos designios de la divinidad?»

—Esas son dos cuestiones diferentes— dijo entonces otro acampado ante la hoguera, un hombre de barba gris y con un parche en el ojo —. Nos hemos ido alejando del clásico: Quienes somos, de donde venimos y adonde vamos. Mis cuervos vuelan corto hoy en día.

—Somos milongueros, venimos de la práctica y a la milonga vamos. ¿Lo recuerdan? Esos desdichados de la extinta Iglesia milonguera de los primeros pasos lo decían. A saber por donde andará su mesías. Agregó entonces una mujer cuya calva relucía misteriosamente mas que las llamas de la hoguera.

—Por el amor de Troilo, no interrumpan al honorable Li. Quiero escuchar toda la historia ahora, que estoy en mí. Por cierto, ¿alguien quiere catar otra cosa, falerno, Tokay, algun brebaje especiado del punt? Aprovechen ahora, que aun estoy sobrio.—Dijo el cuarto de los congregados, con los vestidos manchados de vino.

—Está bien así. Muy buen brebaje. Aunque por costumbre, `prefiero el hidromiel. Prosigue maestro Li —contestó el tuerto, sorbiendo del pichel de madera, parte de su equipaje. A la luz de la hoguera la comida y la historia se comparte. El vaso no.

—Gracias querido camarada.

 «Había un muchacho. Ligero de pies,  hábil con la lengua y la mentira. Tenia un maestro con el que iba a practicar al bosque. Un hombre bueno. el muchacho le pagaba con vino que robaba en las fondas. Una tarde le dijo:

—Me gusta tu chalequito, maestro. 

—Tuyo es hijito. Pero no es más que apariencia. El porte y la elegancia están en el modo de pararse en la pista. Y en el corazón —dijo el maestro — Y le dio el chaleco.

Más tarde el muchacho dijo:

—Me gusta tu librito, maestro.

El maestro estaba alegre y locuaz, por el vino.

—Tuyo es, hijito. Pero el saber no está en el librito. Sino aquí, en la cabeza y en los zapatitos —Y entonces el buen maestro escribió una dedicatoria en la primera página del librito y se lo dio. 

Era codicioso aquel muchacho. Y cruel. Ni siquiera abrió el libro del maestro.

Siguieron practicando y bebiendo. Aunque el muchacho «hacía» que bebía y que aprendía. Al atardecer el maestro se tambaleaba un poco agarrandose el pecho. Fue a sentarse cerca del río. el muchacho dijo:

—Me gusta tu vida maestro.

—Esa no puedo dártela, hijito. Y tampoco la experiencia, porque son cosas de uno. Y uno no es más que todas sus vivencias. Goza con las cosas buenas, sufre aprendiendo con las malas hijito. Y estarás cerca de la sabiduría.

Pero el muchacho no escuchaba. Quería saber,  poder rápido. Esas quimeras que a veces destruyen a las personas: sueños de gloria, fama, posesiones. Mató al maestro bueno con una piedra, le quitó los zapatos y lo arrojo al rio. Cargó sus pertenencias a la espalda y así fue como le robó su vida y su identidad.»

—Me suena el personaje. Tipos así son los preferidos de mi compadre de pelo rojo. — comentó el tuerto.

—Allí en mi tierra las gentes se arrojaban a los cocodrilos en épocas de hambruna. Se sacrificaban para obtener nuestro favor. —comentó la mujer sorbiendo de su vaso de alabastro.

—Poca cosa obtendrían. 

—Un psicopompo y un juicio justo. Es más de lo que muchos llegaran a tener.

—No distraigan al honorable. Prosigue por favor, amigo.

«Desde entonces, y sin remordimiento,  aquel muchacho se hacia pasar por el maestro, repitiendo pasos que no sentía, mostrando el libro del maestro —que no había leído— como un símbolo de saber. Iba por las aldeas, jugaba a enseñar, enamoraba a las mozas y huía de amantes, maridos y novicios engañados. Y no le iba peor que otros esforzados, que luego de muchos años de enseñanza, estaban todavía en el camino y en la búsqueda. 

Una tarde —siempre es de tarde en estos cuentos—  el falso maestro pasó entre dos sauces y encontró a una viejita comiendo pan cerca del rio. Al ver al falso  maestro se le cayó el pan y el morral que llevaba al agua. La viejita se puso a llorar.

—No llores abuelita. Pronto tendrás otro pancito. Las cosas van y vienen —dijo el joven. Llevaba en su equipaje ricas empanadas, pero no le ofreció ninguna. 

—No lloro por mi pancito. Ni por mi morralito. Al verte llegar me acordé de un maestro que nos daba clases y bailaba con mi hermanita. Pero ahora ya no viene. Debe ser tu chaleco.

—Se lo cambié a un buhonero por clases. 

El falso maestro busco un palo. Quería llevarse el morral de la vieja. Pero al acercarse al agua vio que una carpa blanca con rombos rojos en el lomo sostenía el morral por los dientes. Apenas podía con el peso y la correntada.

—Ayuda a mi hermanita, hijito. Tiene mucho peso el morralito. 

El joven pensó que la vieja tenia monedas de oro en el morral. Y que comería pescado aquella noche. Saltó al rio para atrapar a la carpa. La tenía bien sujeta por el lomo, pero al arrancarle el morral de los dientes el pez saltó otra vez al agua y desapareció. Cuando volvió a la orilla se puso a abrir el morral de la pobre vieja. 

—Seguro que en este morral hay cosas muy valiosas, abuelita. He pasado peligros en el agua. No podré trabajar por dos días.

—Si quieres puedo darte una infusión para que nunca sientas cansancio. Pero no abras mi morral hijito. No hay mas que panes secos, saber. Y no saber. 

—Soy joven. Soy fuerte. No me interesan tus hierbas. Tendrás que compensarme por los zapatos mojados.

Seguía usando los zapatos robados cada noche pedía con fervor una magia de baile que no llegaba. »

—Natural. Piden magia sin saber. No queda quien recuerde el lenguaje de las cosas. Invocan de cualquier manera. Sin ceremonia. Sin rito. Aunque les digo, que estos zapatos de ahora no tienen nada que ver con esos que hacían los enanos. 

—Son otras épocas. ¡Ve a pedirle ahora a los enanos un barco que quepa en el bolsillo o unas alas de oro para volar! 

—Además en estas fábulas milongueras no salen caballos de ocho patas ni forjas muy vistosas. A lo sumo algún amuleto o zapatos de cuero fino, que no se gasten. Luego si quieren les cuento la historia del sapo de hacer milongas y...

—¡Dio, no interrumpas al maestro!

« El joven no hizo caso a la vieja. Abrió el morral y comenzó a tirar  sin cuidado sus cosas: hierbas secas, panes quemados, una naipe sin reverso. En el fondo encontró dos bolsas pequeñas. En una se leía Abundancia. En la otra Carencia.

No llevas mucha cosa, abuela. He pasado peligro y arruinado mis zapatos de bailar por estas morondangas. ¿No es justo que me lleve esta bolsa que dice abundancia?

—No —dijo la viejita, casi llorando—. Es mi carga de vida. Me recuerda lo que sé. Y como llegué a saberlo.  Si te llevas la bolsa sin darme nada a cambio no se abrirá.

El joven sacó unas empanadas de sus alforjas  y se puso a comerlas delante de la vieja. Dejaba a un lado las puntas. La vieja miraba, con hambre.

—Me llevo tu bolsa. Y este será mi pago —Dijo el joven señalando las puntas quemadas de empanada.

—No funciona así hijito. Si no la aceptas mi bolsita no se abrirá. Acepto tu presente. ¿Aceptas tú el mío, mi carga de vida?

—Lo acepto abuelita. Llénate la pancita —dijo el joven, riendo. Y se fue viendo como la pobre vieja comía los pedacitos desechados. 

Debe tener mucho poder la bolsa de esta vieja. Voy a abrirla ahora y cuando llegue al pueblo me servirán como su rey y tendrán que hacer milongas en mi honor. Soy el dueño de abundancia —pensaba el soberbio joven. Desconocía el valor oculto de los objetos.

Abrió la bolsa. Dentro solo había piedras marcadas. »

—¿Runas? ¿Salen runas?

—La historia no lo dice padre de todo. Muchos objetos solo metáfora. Y muchos personajes, bueno... la encarnación de una idea, una creencia. Como nosotros. 

«Así que el joven pensó:

Esto debe ser magia de esa vieja bruja. Seguramente me hará el mejor bailarín del mundo. Se metió las piedras en el bolsillo y siguió su camino, rio abajo.

La luz del sol caía entre las hojas cuando el joven vio al costado del rio algo brillante. Era una mujer muy hermosa, tendida sobre el pasto. El vestido blanco con rombos rojos se le pegaba al cuerpo mojado. A su lado había un dedal y unos zapatos de baile. El joven vio sus pies delicados y se lleno de deseo, lujuria y ambición.

—Buen día hermanita. ¿Qué haces tan bella y tan solita?

—Busco al maestro que me enseñó a bailar. Pero ya no viene. Por ahí eres tu. Tienes su chaleco y esos zapatos no me resultan desconocidos. 

—Las cosas, van y vienen. Las personas van. Le cambié este chaleco  y los zapatos a un buhonero que encontré en el bosque. Puedo ser tu maestro, si quieres. Vente conmigo y bailaremos juntos. Haremos exhibiciones. Tendremos fama y todo lo que se nos ocurra.

—No me iré con ninguno que no sea maestro ¿Tienes habilidad? ¿Puedo dormir entre tus brazos y a la vez sentir con todo el cuerpo el tango?

—Claro hermanita. Y además tengo mi libro  —dijo el joven. Tendiéndole el libro. Se había abierto por la página de la dedicatoria. La mujer se quedó mirando esa letra, que conocía.  Lo miró un largo rato y después su voz se volvió un susurro sugerente, lascivo.

—Bailemos. Aquí, donde el agua forma mil espejos. Bailemos y luego me iré contigo. Las formas de su cuerpo se pegaban al vestido y su cabello rojo era una llama incitante. Comenzó a cantar con suave voz Quedémonos aquí.

El joven avanzo, excitado. Sin palabras. Formaron el abrazo y comenzaron a bailar. Bailaba ella, el solo hacia pasos. Sentía su cuerpo cálido y su voz. Cerró los ojos. Se sintió arrebatado por el instante. En su cruel existencia tuvo en ese momento algo parecido a la felicidad. Y luego sintió la piel fría de la mujer, resbalosa. Sus pies abandonaron el pasto. Cayeron juntos al agua, pero solo él se hundió. Ella nadaba en su redor, completamente transformada en la carpa blanca y roja, dolida aún su boca. El quiso subir buscando la luz del sol. Pero no pudo. Las piedras de la vieja, todos los defectos que la anciana guardaba en la bolsa para recordarle quien era, se hicieron más pesadas y lo arrastraron al fondo. Y allí abajo sigue todavía.  Hay cuatro formas de llegar a la sabiduria. Dos llevan tiempo, otra un pacto y la restante un sacrificio propio, como bien sabe el padre Odín. Vivimos nuestra vida. Nuestras las cargas y la entrega.»

—Me ha gustado la historia, maestro Li. Aunque se ha enrevesado un poco con estas cuestiones de la milonga —Contestó el tuerto.

—Es que no es fácil divinos compañeros jubilados. ¿Cómo puede un pobre inmortal, deslumbrar a la madre de todos los lunáticos y desvelados? ¿O sorprender al padre de las runas y los poemas? Soy humilde. Por naturaleza y cuerpo adoptado.

—Tonteras maestro T´ie-kuai. He olvidados mas cuentos que todos los folkloristas juntos. 

—Eh, ¿Quién dijo que estoy jubilado? —salta el borracho, con la voz pastosa — Los dioses del vino estamos muy activos estos días. Antes que pida la cuenta  o cuente la historia de las bodas del diablo alguien se apunta a otra ronda?

Y la llama errabunda cuenta otra historia a quien quiera escucharla.




lunes, 5 de octubre de 2020

En la corte del rey tango (Un cuento de la vieja milonga)

  

 Así lo contaban en la vieja milonga tanguera, cuando las ultimas tandas iban llegando y el sol clareaba con su peluca el horizonte.

Venia por el bosque, frondoso de pelambre y el pelo sin gomina, mal cortado. Uno de esos milongueros errantes, caídos por la suerte en el oficio del cambalacheo y la buhonería, repartiendo sus mejores pasos y algunos complementos de otras épocas, por las aldeas al borde de lo agreste.

Este que narro no llevaba el típico zurrón de viaje con la marca del zapato bordada, atado al  extremo del palo-práctica. En su lugar un porta traje-alforja con un agujero para la cabeza le caía a modo de capa sobre el cuerpo acostumbrado a mucho invierno y poco guiso. Con esto, un chaleco de sisa mas bien amplia —con flecos de sastre improvisado— y un curioso sombrero ala media de innoble material, se cubría del otoño avanzado por la parte de arriba. Bajo el cinto de doble cuero, trenzado con los gastados cobres de bailongos, dejaba caer el típico pantalón ancho cinco pinzas de oscuro impreciso, con bolsillos largos para guardar los inútiles cubiertos de asado: un saco con cebo, trapito lustrín, la cajita con el chispero y yesca no se apaga. En los pies, el botín campero con mucho arreglo y remiendo por la suela fina, casi de práctica.

Se apoyaba al caminar en un bordón con punta. Y en su cadencia.

Se detuvo al límite del bosque, desde donde a la luz de la tarde moribunda veía en lejanía la torre imponente de la corte y los huesos verdinosos de la ciudad abandonada con sus techos vencidos. Más cerca había una aldea. Apenas seis chozas atravesadas por el arroyo, en el calvero.

Era muy tarde para vender producto y  clases. Detrás de las ventanas atrancadas, a prueba de animales y bandidos pudo intuir el fuego, bailando lento. Buscó lugar bajo un árbol y allí dejó el portatraje y dos piezas de tela encerada, usadas usualmente como pistas para bailongos furtivos. Una pareja de milongueros de fortuna lavaba su ropa de exhibición en el arroyo que se perdía entre los árboles. Otra alimentaba un fuego entre tres piedras. Supo que eran su gente. Aunque uno de los talismanes calentó en su pecho. Sin soltar el bordón  juntó unas ramas y se acercó, olisqueando el aroma. La sopa hervía en una lata grande de conservas, quemada por el uso.

Tiró la leña al fuego. Y, a la lata, tres zanahorias(casi sin partes negras) y un trozo seco de carne.

—Saludos. Tanturi buenos tangos. —dijo mientras hacia el proscripto ocho, signo del milonguero perseguido.

—A Darienzo agradando y a Troilo caminando —contestó el cocinero, un engominado larguirucho. Bajo el gabán mugriento asomaban las tiras blancas del traje, carcomidas. La cicatriz de un voleo de duelo, le cruzaba el mentón.

—¿Hay milonga?

—Poca cosa. Alguna que otra clase suelta. Pero nada como antes. Con los tangos que corren, las gentes no se arriesgan.  Prefieren gastar en esos destilados caseros, que por quitar el frio hasta la salud quitan, en vez de bailar incognito y salir huyendo.

—¿Y estos de la aldea?

—Ya no te compran baile. Pero por ahí alguna olla, herramientas…Hace tres días que acampamos. Nos falta voluntad.

—Dicen que algunos sábados hay en el interior unos bailongos donde pagan con moneda rey. Pero no es seguro  —contestó la mujer, arrebujada en un vestido de  fieltro color marrón(por el gasto y el camino) y un abrigo de lana parda—. Hay que tener cuidado. Los coreógrafos del usurpador acechan más allá del bosque y se llevan a cualquiera que no baile el sistema. Hemos ido perdiendo compañeros por el camino. Éramos quince cuando comenzamos la gira. La Curandera...

—Mil giros malditos la lleven. Pocos quedamos a la intemperie. Pero estamos aquí y ellos no llegan tan cerca de la Corte. Soy el último canyengue de los míos. Si llego a la muralla... Si llego mañana a la muralla...

Venían. Solitarios o parejas. Atraídos por la leyenda de la corte embrujada. Después de un largo viaje de ocultamientos y peligro atravesaban la ciudad desierta para llegar a la torre. Trozos de suela, corbatas, pedazos de vestido con el brillo cuarteado marcaban una vía segura entre las trampas; los fantasmas de nostalgia y los parlantes con su gangosa cantinela hipnótica: un mapa de derrotas y de ausencias aun por concluir. La torre era un símbolo y un desafío. Quien llegara a las murallas escalando sobre los zapatos de los milongueros de poder y pasara sin penas bajo la mirada de los muchachos de la puerta liberaría a la corte dormida. La brillante corte del Rey Tango, hechizada por las tandas de las tandas.

Los que lavaban cargaron sus mochilas, colgando por encima la ropa húmeda.

—Nos vamos ya, compañeros. Tenemos gafas de ensalmo para la oscuridad. Y unos tapones de cera jubilada.

—Quédense a comer. A estas horas los fantasmas sugieren sendas falsas.

—No nos asustan. Hemos llegado aquí. ¿Por qué esperar? —Era un hombre robusto, con chaqueta de pana cruzada y un pañuelo en el cuello arrugado. Tenia la mirada del héroe, afable y tonta. La mujer cubría sus calzas de baile con un mantón purpura. Las promesas de gloria y la ansiedad los volvían imprudentes.

Vayan, queridos desconocidos —pensó la mujer—. Como todos los que lo intentan con esperanzas. Y si escapan de la trampa del usurpador y la hechicera, si se liberan de su servidumbre esclava, tráigannos los pasos de las sombras, los complementos que roben de las casas oscuras. Las gotas de perfume de las noches de gloria presas en sus cápsulas de instante. Vayan y sufran.

 Venderemos lo que tengan, como hemos hecho siempre.

—Bien Pensado amigos. Buenas tandas. Y si logran llegar, manden mensajes a los que todavía intentamos — fue lo que dijo la mujer del vestido marrón.

El recién llegado llevaba un talismán contra glamour cosido en el chaleco. Supo la falsedad de aquella mujer. Pero no dijo nada.

Compartieron la sopa. Aquellos trasgos de corazón traidor cocinaban bien. Una especie de último deseo para los milongueros crédulos a los que robaban.

Un poco más tarde oyeron los gritos.

—Poco duraron estos.

—Los parlantes. Los atraparon los parlantes.

Los vieron venir con los bolsillos abultados. Miraban hacia adelante, sin ver.

Tun Tun. Es el pasito querendon. Tun Tun con su ritmito suaveson. Vamos mi negra, tun tun a la cadera, corazón.—desafinaban bailando sin sentido. Ni se enteraron cuando los trasgos cortaron las tiras de las mochilas, aún con la ropa colgando. Revisaron con avaricia el contenido. Lo dejaron a un lado, decepcionados.

—Carteles de actuación, exhibiciones, calzones. Ni siquiera unas medias gruesas. ¡Esto no vale nada!

—Falso. Todo falso. Como los  míticos festivales de dos mil personas. Cuentos. Vivimos de los cuentos.

—¿Porqué? —El hombre sostenía con firmeza su bordón.

—Por cobardía. Tanto esperar nos hemos hecho viejos. Y ellos no lo necesitan. Vagaran locos por el bosque, viviendo de raíces y haciendo ofrendas a sus dioses. Ahora el Tun Tun es su vida. La nuestra es esto. Es lo que hacemos. Algo es algo.

El talismán mostraba la miseria de aquel hombre, sin vergüenza.

La mujer, impelida por la magia dijo:

— No vayas. No arriesgues tu vida por engaños de fama y fantasías. No sigas. No olvides tu compás como nosotros. Allí no habrá bailes ni exhibiciones. Es un señuelo, un engaño. La Corte no existe. Adentro de la torre espera el enemigo. O en el mejor de los casos, nada. Solo se ven reflejos. El sol de un tiempo que se fue. La muralla está llena de zapatos de baile que cuelgan los coreógrafos del sistema. Y eso, mi amigo es el único tango que encontrarás allí.

—Falso. Todo falso  ¿Un lugar donde nunca se pone la milonga y todos bailan genuino y sin chocarse, sin perder nunca de vista la música? ¿Allí donde no hay sol y ultima tanda es solo un juramento? ¿Dónde todos los cabeceos son afortunados y el abrazo es de almas? El hombre lagrimeaba.

—Y donde el vino interminable, barato y superior se sirve en copas limpias. Y los manjares criollos se funden en la boca sin chorrear nunca los trajes y los vestidos. Donde las gentes sabias comentan los secretos de todo lo creado, susurrando en las barras. Donde todo se olvida, nadie rezonga, dicha perdida. Donde la pista de 1.500 pasos nunca se llena. Y la lámpara del crepúsculo ilumina en lo alto. Conozco la leyenda. Estoy aquí por ella.

   —Patrañas. Cuentos de viejas y de invierno. Como las piernas que no se cansan nunca o el ojo diamante que conoce todas las facetas del movimiento. Este es el mundo que tenemos y si hubo una vez una Corte del Rey Tango ya no existe. ¡No existe te digo!

— Ya veo. Pero eso no es lo que importa —dijo el hombre—. Se levantó y fue a buscar el portatraje.

»El engaño no hace a la corte menos real. El sueño la mantiene viva. Honraré a los ancestros calzando sus zapatos.  Lo que sea, será. Y lo que no, merece ser. Buenas noches. Y gracias por la comida.

Hizo el signo del adiós y, sin vacilar, se perdió en la ciudad hechizada.

Así se contaba esta historia, casi esfumándose entre últimas tandas,  intención y  deseo. Entre los manteles rojos de euforia. Entre la memoria de curtidos milongueros y sus olvidos. Entre los adornos de las damas de bellos ojos, con el baile en el cuerpo y en los pies. Entre los abrazos y en los pasos. Y en cada grito jubiloso que coreaba un místico, buscando en las alturas el crepúsculo:

«¡Somos nosotros!¡Somos nosotros!»

Y allí, en la vieja milonga, lo creían.


viernes, 18 de septiembre de 2020

VENDRÁN TANDAS SUAVES - Por Cátulo Bernal



TANGO ARGENTINO  Y MILONGAS AL AIRE LIBRE EN BARCELONA

Vamos con el tangomovil de Diogenes Pelandrun a Milonga del Oriental, previa cita previa y vianda pedida con antelación (picada campera con papas fritas en lecho de grasa), para evitar contagios. Es la reapertura más esperada, a cielo abierto y termómetro en mano, como dicta la prudencia. 

El coche, con su pasado de transporte al servicio del exorcismo, parece el batimovil de la vieja serie, con los compartimientos de acrílico transparente que le ha puesto el filósofo. Pitón va de copiloto. En lugar de Romulo Papaguachi, persona de riesgo y concentrado en las series New malevo y un guapo del 20.20 en streaming, viene conmigo Nina.

La ansiedad por bailar nos tiene locos.

Apenas paramos en Bar Roñoso a saludar y degustar Mertoni —el sospechoso y adictivo vermut de la casa— en una de las mesas desde donde Castor y Polux, reparten con protectores estilo casco hoplíta, los grasientos pebetes de milanesa  a Vieytes y Luconi, servicios milongueros 24 horas y guerreros delivery en espera. Mamerces hijo,  propietario de este «boliche de pintoresquismo rústico», ha montado el Museo Gastronómico Roñoso, con viejos carteles de bailongos de antaño y fotos autografiadas de artistas olvidados dispuestos sobre la vidriera. También ha pintado variaciones del inmenso fresco que preside los baños, en el interior: el de las parejas en la ronda.

Un cartel de los Petisos Troilo —de corta existencia— sirve a modo de catálogo con los precios sugeridos de los cachivaches.

Como dice Riquelme, el dueño de El Oriental, hay que comer...

Ahora su milonga es tempranera: de siete a once, teniendo en cuenta los transportes públicos y la prevención.

Es lo que hay.

Al llegar a la entrada del ligustro, el muchacho de la puerta nos rocía con gel luego de comprobar en su lista nuestros nombres y teléfonos,  por cualquier incidencia. Una bolsa transparente cuelga entre las ramas, a modo de pantalla. En la mesa, alguno de mis poemas en oferta y la información del reciente emprendimiento de profesores, escuelas y milongas de Barcelona: BAC Tango (Barcelona Asociación Cooperativa del Tango) La unión hace la fuerza. La visibilidad y el empeño permiten soñar con un proyecto conjunto a futuro.

El tango y los difusores barceloneses lo merecen.

 Mocito Taura, que anda por las inmediaciones con una mascarilla Alberto Castillo, nos acerca a nuestro recobrado sitio bajo el limonero, luego de limpiar las sillas y la mesa. La cubitera con el acostumbrado Chardonay,  nos espera junto con nuestras copas, precintadas como los vasos de los hoteles.

Sospecho que hay incursores aprovechando la situación por hoteles cinco estrellas cerrados. O saldos de subasta en un nuevo mercado.

Pibe Pergamino está en la ronda, bailando casi como siempre. Aforo y previsión están casi completos, cuando faltan diez minutos para el cierre  por la entrada del ligustro. No queda milongueridad espontánea. Para bailar, primero hay que llamar. En la inmensa pista de tierra apisonada se ven claros. Supervisadas por Riquelme y Pipistrela, pueden bailar por tanda hasta un máximo de quince parejas con mascarilla y gel. Hasta el reciclado ring de los Titanes de la milonga, permite dos parejas de estrellitas, sin codazo.

El puente levadizo con delivery de asadura solo está habilitado para repartir los pedidos de los ASADOS VALIENTE (Con el chorizo caliente) del repartidor Muni a los ciclistas ansiosos.

El terraplén ferroviario se ve más agreste que nunca, con una colonia importante de cardos y ortigas. No hay posibilidad de milonguero furtivo por ese lado. Hasta el apeadero, que alguna vez fue parada obligatoria del tren turístico para el Consorcio Internacional Milonguero, está vallado con una armoniosa barrera vegetal que comprende la cabaña del jardinero japonés Cepito, artífice de la frontera forestal y bosque, en donde había pampa. Por allí no vendrán ya el indio Martín y su fiel compañero, el caballo Corsini. El hombre está en su tienda de sanación, blindando con vapores medicinales su mundo espiritual.

Somos grandes aldeas, aisladas por encuentros virtuales y noticias que llegan como los aviones, desde algunas partes.

Milonga del Oriental, edición deshielo...Nos cuidamos sin dejar de bailar.

En las pantallas de televisión sobre el poste central se muestran en versión ordenador lista de tandas, peticiones especiales y cabeceo concertado. Consejos preventivos en carteles fileteados, animaciones humorísticas con parejas bailando de escafandra, inmensos festivales a cara descubierta; el presente, el pasado.

 Se recuerda en un bucle de contenido que aquellas parejas de tanda espontánea pueden optar, si quedan fuera del aforo en pista central, a la pista consolación de principiantes en la canchita de futbol reciclada, siempre que no se superen las veinte personas.

O deambular sin mucho contacto entre las mesas entablando conversación de distancias.

El olor a asado, a vino, a fiesta tímida, nos llega filtrado como los abrazos.

Pelandrun, que lleva una mascarilla que dice La mayor de todas las imperfecciones es el no existir (Spinoza), escancia un poco de vino en una copa traída de su pizzería y dice:

—Se han pasado un poco con la precaución. Han bautizado los hielos de la cubitera con un abundante chorro de lejía. Si vemos cosas que flotan panza arriba por el lado de la sanja, ya saben que es. Espero no desmayarme por los vahos en el baño. Una cosa es el desvanecimiento inducido,  afrontar al poder con elegancia, como el último acto de Petronio. Y otra cosa el sueño escatológico de orines, fluidos y la borrachera que llevo bien guardada para un día como hoy. Si al promediar la noche no me ven en la mesa y no vuelvo, búsquenme primero ahí. Y si no estoy, no sigan.

—Como diría el amigo, no siento las carnes —Acota Pitón.

—No huelo eso. Y sí todos los otros aromas acrecidos —digo aspirando el aroma del potrero—, Aquí huele a tango con desesperación, a ropa de bailar y a flores de lavanda, a pasto insumiso, a campo saludable.

— Bien se ve Cátulo que no estás contagiado. El olfato y los versos siguen intactos. Potenciados, diría, por el influjo de Nina, que nos honra en esta noche con su belleza e inteligencia.

—Zalamero.

—Pero lo justo y etílicamente  necesario. Estos  no saben más que hablar de tangos, versos y comida.

—La oportunidad de volver al baile, esta posibilidad, es una bendición. Diogenes. ¿Cuánto hace que no compartíamos algo que no fuera una videoconferencia o las pizzas que nos mandabas los viernes?

—Eso es verdad, Cátulo. Así mantuvo este hombre la cohesión gastronómica del grupo, estos meses. Martita, me pidió que brinde a tu salud, Diogenes, querido. han sido muchas noches sin radio y sin talleres de teatro para ella.

—Salud muchachos. Salud sobre todo. A disfrutar el instante. En este pobre presente vamos de minuto a minuto, y sin saber. Vayan a bailar a la canchita, que la pista se llenó.

—Eso, uno contra uno, Ya que no andan por ahí los Puglieses contra los Disarlis, haganle ustedes. Por cierto, si fueran jugadores de futbol  representando a una orquesta, ¿de qué orquesta serían? —agrega Pitón.

—Yo voy con Los ligeros de Firpo.

—Hasta que no haya una directora de orquesta me reservo el nombre. Quizá La desconocida. Tengo que preguntarle a Papaguachi si hubo alguna pionera, en este exclusivo club de hombres directores. —le contesta Nina. Y me hace entender que en el tango algunas cosas siguen siendo machistas.

Y allí nos vamos. Disfrutando el aire suave de fines de verano, la alegría del abrazo en ámbitos extra domiciliarios, el dulce sabor de un tango sudando por la piel.

La canchita, apisonada por tantos encuentros ilustres permite pivot y giro muy corto. Para Fresedo va bien.

Las parejas se ven en la penumbra como estelas de sombra.

El último tango de la tanda se disuelve en la noche que ya llega.

 Paseamos por la periferia sin acercarnos mucho a las mesas en donde hay sillas que no se ocuparan. Somos afortunados. Si las cosas se van normalizando en la próxima luna podremos casarnos.

—Me han escrito los señores Mawartz, amor —comenta Nina, casi leyendo mi pensamiento—. Se han contagiado y todo el hostal está en cuarentena. Deben guardar claustro un mes, escribe la señora.

— ¿Están bien?

—Sí. Ocupados. Ella escribe y monta obras de teatro para personajes mitológicos. Con diseño de vestuario y decorados. El señor practica esgrima con su florete y se ha hecho experto en la fabricación de cerveza casera, al estilo de los antigüos habitantes de Egipto. Le toca la mandolina a los barriles para que «el cuerpo del lúpulo fecunde a la grácil doncella malta».

—Estarán bien. Su amor y sus elevados ideales los protegen. Ah, pero cuando podamos....Creo que a Papá Clemencio le encantará el hostal. La pérgola de madera, las hogueras y la imaginación feraz de los anfitriones. Será perfecto cuando hagamos la fiesta al estilo de las viejas razas paganas.

—Estas hecho un Shelley de arrabal, querido amor.

—Con grandes dosis de Pascual Contursi.  Siempre me pongo así, los últimos días de verano. Me viene de aquel en que terminé la secundaria. Entonces leía Crónicas Marcianas de Bradbury. Aunque siga brillando la luna, mi cuento preferido. Todavía sueño con las ciudades de cristal abandonadas, los libros de plata, la filosofía religión de la extinta raza marciana.

Las bombillas se encienden en la noche. Se baila y afuera queda afuera. Bajo mi mascarilla Poe sonrío a mi amor y por sus ojos brillantes sé que vendrán otros momentos duros  en este tiempo que nos toca y nos da aún la vida.

Y aunque parezca que la cuesta es imposible también vendrán algunas tandas suaves.

En la mesa esperan los amigos y los alimentos.

Y en la  pista el regalo del hoy, de los abrazos y del aire que se mece en el tango.

viernes, 28 de agosto de 2020

EXÓTICO TILINGO DE BARRIO DE ARRABAL PRIVATIZADO(Comentarios de libros, por A. Gurrietes Borges)

A lo largo de mi carrera como crítico de libros imaginarios, pocas veces me he topado con algo tan inasible o inabarcable como el nuevo mamotreto que Editorial El Croto publica hoy, luego del consabido encuentro orgiástico con el que editores y erráticos «literatos» se solazan desde hace días.

Que me hayan mandado en preventa digital el ejemplar, firmado y dedicado por el autor Atilio Pichiles Miral es un detalle. Sospecho que soy el único y asiduo comentarista que se toma el tiempo de leer cada uno de los bodrios que la editorial vende, a veces con pingües beneficios. «De no ser por su enfermizo tesón, esta empresa, que comenzó siendo el juego de dos enamorados de la literatura bizarra, pronto se habría extinguido. Gracias a su empeño podremos seguir publicando otros autores desconocidos». Me escriben en una tarjeta con descuento para  futuras presentaciones literarias. 

Nobleza obliga. Y más teniendo en cuenta que este blog siempre tiene calidad y  nunca dinero para pagar a sus escritores. Pero basta de quejas. Vamos al lío. Y si puede colabore con alguna donación, che amable lector. O contrate escritos fabulosos a precio de saldo.

¿Qué es Exotico tilingo milonguero de barrio de arrabal privatizado? 

Llevo intentando saberlo desde hace una semana. Una primera lectura parece decantar la obra hacia un poemario fragmentado. Si no fuera porque debajo de los títulos de cada poema no hay versos, sino una palabra que contrapesa la página. Tomemos como ejemplo el que da titulo a todo «esto». Ocupa la página 54, tal y como lo escribo aquí:


EXÓTICO TILINGO MILONGUERO DE BARRIO DE ARRABAL PRIVATIZADO

                                                 sanguchitate

                                                        -54-

no se aprende así, solo el aire, aprende,aprehende, aprehendeee                 NO.-55-


Como yo, estarán ustedes mirando la página con la cabeza apoyada en las manos intentando en vano adivinar que acción corresponde a este imperativo inventado. Como yo estarán haciendo un supremo ejercicio de imaginación para completar todo el aguafuerte que Miral intenta hacernos llegar. Una nada, un vacío, calles cerradas en una ciudad ignota, pastos a la vera del camino, pasos, la exclusión. 

Como yo pensarán en Bretón, pasaran por Borges,  se recostaran en Joyce, intentaran digerir este bollo amasado por Luy —que es el más accesible— en el complejo enigma Miraliano. Como yo se extraviaran. 

Los contrapuntos de Pichiles Miral son imposibles. Exigen e incomodan, obligando a ejercicios mentales que en vez de derivar hacia una lectura plácida redirigen constantemente a la migraña. Porque el mundo de Pichiles Miral es estridencia con lagos ocasionales de amnesia pervertida. Allí donde otros autores incitan al cabeceo lento y al sueño, se para Miral con su palabra horrenda, obstinada. Con su literatura de fiebre. 

«Te coherento, iras al baño machuco                                                                   que pena,                                                                   Hum,carmelia!C                                   tanto traje                           tonto trajo.»

Intento seguir un hilo de coherencia, pero cada una de las páginas del libro escapa hacia otro lado. Como bailantes desbocados las piezas que conforman este rompecabezas no se unen. Apunto aquí otra artesanía en este segmento (que se autoreplíca por todo el libro, junto con otras que ya explicaré, si la demencia no me atrapa antes) de la obra.

«Hay veces que en la tanda...»

Escribe el autor. Deja cinco líneas en blanco y retoma:

 «Al prepeado de lleno en la clávicula y un pure ya quisiera pelucando el olvido. Cuando vino mejor tinto

                           baño tal vez       Chino rizzetti que en tu defecto

                                                            (caja baja para ese energúmenos)

                                           hermosamente desfigura el tango con Maricel

que grata cosa ver                                                      y un tacazo al tobillo par que aprenda.»

¿Es, acaso, un intento de asentar cual si el protagonista fuera un telépata, los pensamientos de la ronda? ¿La forma impresa de la cadencia de una pareja? ¿Los babeantes entresijos mentales de un borracho que, al costado de la pista, intenta asimilar lo que ve? ¿Un corrector tipográfico mal pagado? 

Quien sabe.

Todos estos poemas desesperantes no llegan a ser ni la cuarta parte del libro, que recuerda a ese clásico moderno del terror, La casa de hojas de Mark Danielewski. O a Rayuela, de Cortazar. Incluso a ese precursor único de la Ciencia Ficción que fue Alfred Bester con esos raros bloques de letra en movimiento en su notable Las Estrellas, mi destino.

Cuando uno tiene la mente preparada para enfrentarse a la siguiente página todo cambia, tal y como sucede en la realidad en estos días. Quise buscar una posible explicación al todo en la reclusión. Pero me falló. En otros segmentos—No hay algo que parezca un capítulo— se ven fotos viejas del autor sosteniendo versos o escritos absurdos, que luego compone con páginas de periódicos antiguos. O  utiliza esos bosquejos versificados —Hay, y eso es lo peor, fotos— para limpiarse las nalgas.

«La historia me hizo. Y yo hago lo que Quiero

                                                  (Te amos, Mar TI ta)

Tocaba Dárienzo y la invasión de los pataduras submarínos se vio desverquijada por la llegada del mundial y la telesucción a color.»


Con una impronta surrealista, Miral sigue directo hacia el desvarío y desde la glorieta que domina el laberinto nos hace señas para que nos acerquemos. Y cuando estamos mirando hacia arriba, nos brinda con un escupitajo en medio de la cara. Vuelvo al libro.

«En ese entonces —ese, y no el de la vereda de Damira Ruñon que casó  ce con un bailarín de preventa con saginata y la salída lateral desactivada ! . ¡ Compensaba al centro con estornudos )desdichado(— 

llegamos a contar hasta 800 maestros en la ronda del club, de unos digamos, ochenta y cuatro ganchos cuadrados. 800 maestros. ?Se imaginan¿

Y eso me lloran, las pestañas, para doce parejas. 

¡Qué impotencia! cuanta desprotección por parte del;  saber ausente. 

»Milongueros mercenarios, bailan rock y bailan cumbia

cön su compás inquietante todo lo bailan igual«

  Una milongueros gran letra  mercenarios ese de insigne poeta de la milomguarida, que a edad temprana ya se hacia querer"" mostrando los billetes Jaco Proti: mil om guarida

Así bailaba asiaasí.»


Los signos de entonación y los tildes son tal cual los pongo. Uno puede pensar que la intención de Miral es asentar con signos tipográficos erróneos los mismos movimientos que veía en las pistas. Pero a la página siguiente, en espejo y con dibujos que resiguen las palabras, vemos complicados arabescos que concatenándose con comentarios en un cuerpo casi invisible de letra huyen hacia otras páginas o inician un circulo donde se lee la noticia de arboles milagrosos que curan las estrías si se machachan sobre lavadoras caseras que se activan bailando.

Estas «erratas intencionales» se ven por todo el libro. Interrogaciones o exclamaciones cerradas al principio y abiertas al final. Expresiones como Milonguarida o Habsturro, que figura cinco veces en la receta del fricandó a la criollita, son frecuentes. 

Huelga decir que ningún ingrediente de la receta(aproppiadespuesde Osvaoldus, el piranista) se puede comprar. Y que Miral apela a su propio lunfardo, con un diccionario aún más inexplicable que el abstruso termino.

«Habsturro: Amascope de barsuriente.»

Todo un libro, y permitanme utilizar otra vez el adjetivo, desesperante.

Tal y como indica esa aberración que han puesto como portada.

¿Es la obra de Miral un manuscrito Voinich moderno o una basura elaborada?

¿El exótico tilingo es el propio autor, burlandose de sí?¿O de mí?

Como no podía dilucidar que estaba leyendo en mi libro electrónico me fui a una librería para cotejar con la edición en papel. No sería la primera vez que una maquetación casera apresurada y saltos en la tipografía y en las páginas desvirtúan un libro.

En versión papel la cosa es peor, si cabe.578 páginas edición de lujo y con saltos imposibles en tipografía y desvarío. A precio de oferta: 28,98 euros.


Lo ojee y pretextando un mareo que luego dejo de ser pretexto me fui esquivando gente con mascarilla. Hasta me pareció que llevaban la salida lateral desactivada.

Y ahora, cuando son las tres de la mañana y ni los milongueros mercenarios rebeldes, esos aristócratas del vaso y cuerpo de élite del fracaso se oyen allí abajo, intento todavía comprender que carajo —en el mal sentido del término— escribió Atilio Pichiles Miral.

Insomne, no lo logro.

miércoles, 26 de agosto de 2020

BREVE SAINETE CON MILONGUEROS REPELENTES

 LO OUT Y LO OUT.

Bajo los árboles se aprecia el lento descenso de temperatura y día. El patio al que solo le falta una parra acoge la práctica. Cual si fuera un encuentro de vecinos en esas remotas calles de la infancia que solo se mantienen en la memoria. Al aire libre se baila, como alternativa sanitaria a la pandemia. Sentados a una mesa alejada, desde donde pueden criticar el baile y admirar a las muchachas con  la sempiterna copa de blanco al lado, los deleznables personajes que nos ocupan: camisetas negras de festivales idos y pantalones claros sin llegar al tono blanco isla, que resalta cualquier torpeza o mancha propia. Aunque no lo saben se los conoce como Ordovisico y Silurico. En la pista casi llena, con mascarilla y distancia preventiva, se mueve el tercer amigo e integrante del grupo «repelente» Roberto, el Cretinico.

—Pensar que hace un año estábamos en la playa, enseñando a las pibas, ¿Te acordás Marcelo?

—Que tiempos aquellos en que eramos los reyes del mar. Cuantas pebetas aceptaron nuestras «enseñanzas» jeje. ¡Cuantos consejos a los pies tiernos! Y de todo aquello lo único que queda son recuerdos y  estos pantalones. Tocá, tocá. Parece que estuvieran hechos de aire.

—Un poco bolsa me parecen. Pero para mantener el contacto son óptimos.

—Aparte multiusos. Ya te sirven para bailar en la playa en matiné o ir a reventar manifestaciones cuando se ponen a protestar esos milongueros bolcheviques arruina todo. Tendrás que haber ido el otro día cuando nos juntamos con los honorables. ¡Los sacamos corriendo!

—¡No! ¿Vos corriendo?

—Bueno, yo alentaba. Vos sabés Dulio  que desde que tuve ese problema del corazón por  las pastillas azules de la felicidad no puedo andar a los trotes. Así que mi papel en estas sanas propuestas democráticas se limita a espolear a nuestra juventud. Ellos, ya con el ímpetu, desparraman a esos comunistas..Tipos fuertes, tipos duros.

—Si, Sí que se ven compactos. Aunque no soy de ir a esos eventos porque me pone un poco nervioso el entusiasmo que llevan encima. Están tan ansiosos que les tiembla un poco la mandíbula. Son como Cuchulain cuando le agarraba el furor del combate y se hinchaba.

—¿Quien? ¿El Cocho Lain? ¿Ese de donde es, de la peña Caracú?  ¿De la selecta hermandad de los hermanos de la costa y el taco francés?

—Un poco más viejo.

—Volviendo a los muchachos ¿Cómo no se van a poner así?¿A quien no le tiembla la cara y las entrañas con tanta desfachatez?  Mirá que hacer una milonga donde encima se cambean las parejas con promiscuidad y sin importarles si hay virulidad o no en el aire. Son todos unos insurrectos. Los mismos que junta firmas protestando por la intachable conducta de Vuesa excelencia..

—Unos jipis, jipis  que quieren chupar de las tetas del supremo por divino mandato. Ponele coma si querés o no. Todo el día panza arriba y sin cultura del laburo. Ya íbamos nosotros a flojear como estos. Nosotros que nos hemos caminado clubes para enseñar el arte. Ahora cualquiera se cree profesional y ofrece clases  y a uno que lleva años con el tango no lo reconocen. «Esos pasos que nos pasa usted abrazado al escobillón no no salen y en la pista no funcionan» ¡ Pero váyanse todos a hacer un tutorial de como hacer pastafrolas!

—Es que estamos en una nueva fase del orbe mundial. Hay que hablar de negocios. En estos tiempos de cambios hay que pensar a lo grande. Negocios por la computadora. Porque el negocio ahora está en los cosos sociales. Yo ... Este pantalón forma parte de un ambicioso proyecto. —Se levanta trabajosamente de la silla y se pone de espaldas levantando un par de nalgas con apariencia de globo de cumpleaños a punto de expirar—  ¿Que tal?, ¿Que te parece?

— Tienen una caída rara ¿no?

—El bolsillo. Los flecos pasalos por alto. Mirá el bolsillo bordado.

—No traje los de contacto y no veo muy bien. ¿qué dice?

Marcelingui Milonfashion. No se lee bien porque la que lo bordó  es insurrecta. Pero ahora conseguí un muchacho bordador que  arreglo con clasesitas y algunas monedas. El asunto es que por un contacto me enteré que esos de Todo milongueros están rematando material porque no les va nadie. De regalo están. 380 mangos por dos lotes de pantalones con fallas mínimas. Adelanté veinte para señarlos pero me quedé sin resto. Ponele que al pibe para los bordados le damos 15 y ya por eso te sube el valor a 200 cada pantalón. Negocio redondo. Cuando abran los festivales paga solo. Una bicoca. Recuperamos la inversión enseguida

—Hay dos frases que me chocan: «Cuando abran los festivales» y «recuperamos».

—Es que esto es un asunto de dos. A Roberto no le quiero decir porque está endeudado hasta la camisa por el poker Online. Aparte se empeda con cualquier cosa y te deja mal.

—Que pena estar en decadencia. Y eso que era el mejor de nosotros. Pero es el vicio. El vicio y las malas compañías. Las malas compañías y esas actitudes amarretas. Mirá la cara de la piba con la que baila. Un poema. Enfin Marcelo, en otras circunstancias te hubiera hecho de socio. Pero ahora...

—Es temporal Dulio. Tengo el link de clases virtuales bloqueado. Y eso que era bueno.Estoy esperando que me lo vuelva a piratear mi sobrino. Ahora lo único que me llega por ahí son quejas. Se quejan de todo.  Fijate que hay gente que me acusa de que cobro  las clases y  no las hago. ¿Vos podes creer?

—Justo a vos, que te partiste el lomo para enseñarles el orillero a estos ignorantes. Por eso hago pocas clases de esas. Los locales te tiran a matar. Por eso me avivé y ahora estoy en la grande. Montando festivales online con reconocidas figuras, para los mercados emergentes.

—Por una vez, una sola vez que me agarró un cólico y no pude hacer la sesión. No te perdonan nada. No te perdonan nada. Ché, ¿y eso cómo es? ¿estás de productor de algunos artistas?

—Vos me haces reír las caries Marcelo. ¿Que artistas? Todo es cuestión de Marketing, cartelitos y vestuario. Pones en las redes un afiche con bailarines notables, un link para pagar con tarjeta y olvidate. El festival se paga solo. Te lo compran en masa.

—Pero ¿Que haces? ¿pones videos de los famosos? No entiendo.

—Vestuario papá. Vestuario, pelucas y fondos diferentes. Los hago todo yo y Marita, si anda por casa. Los interpretamos. Como con la cuarentena no se puede salir es cuestión de amueblar diferentes «casas» Cortinas, iluminación diferente. Ponés cartelitos que digan Paris, Buenos Aires, San Petersburgo. Alguna voz grabada que diga ui ui, mascalzone  Arigatous para dar ambiente de calle. Lo demás es cuestión de actuación y de montar las fotos adecuadas.Sugerentes.Hay que mostrar un poco. La libido. Hay que reinventarse.

Levanta la copa y trata de ver el color del cielo en el cristal, pero solo se aprecian las marcas de sus dedos, untados con el alcohol en gel. Cada tanto el organizador los mira desde la mesa del equipo, recelando. La nevera de donde sacan la bebida se nota mucho.

Silurico vuelve a hablar con el hálito un poco vinoso.

— Que mal que se baila. Que mal que se baila. Claro, ahora todo lo achacan a la inactividad. Pero es otra cosa, es otra cosa. Este mundo se va al carajo. Ya no hay respeto, ya no hay respeto. Fíjate esa descocada de ahí, sin mascarilla y exponiendo toda esa concupiscente superficie a la invasión de gérmenes  patológicos.

—Don Dulio...

Se acerca un muchacho a la mesa de los «maestros» Los dos suben las mascarillas desde la barbilla o el brazo.

—Esperá querido. Con la mascarilla que si no me babeas el vino de la emoción y se encuelan las partículas nocivas. ¿Que andas buscando pibe, algún suplemento vitamínico para la clase? ¿Una cervecita? Para vos tres euros la lata. De calidad. No como las que te estafa el de la barra que son berretas.

—No.No. Es por un inconveniente. Yo pague con la tarjeta el pack de clases en la página y me llegó el enlace. Pero cada vez que entraba me marcaba error y no la pude abrir.

—¿Y a mi que me decís? Eso es problema de Tikefacho, la empresa con la que trabajo, no mía. Tenes que reclamarles a ellos que todavía no se enteran. Yo la clase la dí y más de uno me puso comentarios elogiosos. Mirá si no estas reseñas acá. Esperá que me pongo las gafas...donde estaba... acá: «magnifica muestra de artesanía tanguera y dedicación al trabajo. El Maestro Dulio hace una clase amena y sin duda de los mejores que hemos visto a nivel intermundial» y acá otra «Sublime, venga a aprender el tango con el maestro Dulio, y se enamorará del tango hasta el cogollo»

—Hay mucha gente que no pudo entrar. Anduve averiguando y parece que cada vez que uno hace click en el mensaje de error te cobran dos euros.

—¡Que sinvergüenzas. hacerme quedar mal a mí, que soy un profesional. Ya te lo voy a arreglar. me van a oír esos de Tickefacho.

—Es que la cuenta a la que se desvían los dos euros está a tu nombre. Lo averigüé con mi tío, que es del banco. Ya iniciamos trámites legales con mi viejo, que es fiscal. Vas a tener que pagar indemnización. Las clases mierda ya no las quiero.

—Este, de momento llevate  estas tres cervecitas  para tu tío y tu viejo como muestra de buena fe. El lunes te soluciono todo.

—Mas te vale. Ustedes son la vergüenza de la enseñanza y la milonga. Con la cantidad de profesores de primer nivel y maestros empáticos que ofrecen sus clases y yo vengo a ensartarme con ustedes. Dame seis.

—¿Seis? Me vas a hundir...

—A ver si te compran en la Fachilonga,  ¡Aprovechador!

El muchacho arrebata las cervezas y se va. La pista sigue llena. Ajena al intercambio de palabras.

—Por lo menos nos dejo el brick de dos litros de blanco...

—¿Ves lo que te digo? Abusan de autoridad. Claro, como este es de familia poderosa se cree que puede llevar, así como así,  la fuente de ingresos de unos pobres laburantes como nosotros. Insurrectos. Son todos unos insurrectos. Poneme un poco más de vino para calmar el disgusto.

Apura la copa de un trago dandole la espalda al de la barra.

—Ahora sí. Entonado me voy a marcar unos Darienzos. con la de la mascarilla Minnie para darle celos a aquel.

—Andá nomás. Yo cuido la parada.

Ordovisico sale a bailar, aunque el verbo en su caso, es ostentoso e impropio.  Avanza con agilidad y sin técnica, pisando claramente desfasado.

—Así, Así. ¡Humille maestro! ¡Abrile cancha Roberto que se arma el duelo! ¡Sólo! ¡Sólo! Silurico va avanzando hacia un estado de entontecimiento etílico que le impide ver que Roberto descansa tendido al costado de la pista como un perro en verano. Tampoco aprecia al hombre de negro que acaba de traspasar la reja de entrada hasta que lo tiene encima

—Dulio.

—Chamboni...¡que sorpresa! ¡cuanto bueno por acá!

—Escuchame Dulio. Me han dicho que organizaste un festival virtual. Que pusiste mi foto y la de Los Cochís en una promo retocada para los países de oriente.

—¿Yo? No. ¿Quien?... ¡se habrán confundido! ...Los harkers... Andan pirateando cuentas en face. Poniendo comentarios ofensivos, gente en culos y esas macanas de la nueva política... mucha avivada, ¡Hay que andar con un ojo!

—Mirá Dulio. Vos a tu nombre hacé lo que quieras. Te ponés pelucas, montás shows eróticos porno decadentes. Lo que se te ocurra. Pero No uses más mi imagen. Y  menos poniéndote esa peluca color paja y  taparrabos de Tarzán porque te voy a partir el lomo de un botellazo.

—No es lo que pensás, es un homenaje. Un guiño complice...

— ¿Entonces lo hiciste? ¿Me confirmas que hiciste con mi nombre ese festival de transformismo tanguero pulgoso?

—Eh...

—¿Que te crees que porque están lejos los coreanos o los ingleses no se enteran? Como vea otra vez que suplantás mi identidad voy a traer esa camisa que tiene tablas y la voy a planchar a temperatura algodón sobre tus mondongos. Ya hice la denuncia. Agradecé que no te bajo la postiza porque estoy en zen.

—No-. No. Será una equivocación. Vos sabes lo que te respeto...Yo nunca...

Chamboni le patea la nevera, que al abrirse derrama en el suelo el contenido del brick de vino. Silurico se apresura a poner la copa, arrodillado en el suelo. Apenas salva dos dedos. Roberto que observa a su amigo desde el suelo se endereza acercándose hasta donde quedó la nevera sin bebida.

—Che, son terribles ustedes. No dejaron nada del néctar de los dioses.  Que vergüenza Dulio, arrastrándote por el alcohol. Si te vieran los del club Copetin y Sacadita. ¿Tuviste algún problema con Chamboni? Me pareció que estaban discutiendo.

—Cosas del protagonismo. Me quería cobrar por los derechos de mi festival virtual Marealonga Laividoll Especial. Con la crisis se aprovechan.

Termina la tanda y suena casi tapando los murmullos de conversación un rasgado. O más bien un desgarrado. Marcelo, conocido como Ordovisico vuelve caminando de cara a la pista sujetando la entrepierna por la que asoma un slip desteñido.

—Muchachos... ¿alguno de ustedes tiene por casualidad aguja e hilo?

lunes, 20 de julio de 2020

EL HIPNOTANGO DE LA SEÑORA GANCHATRÁZ - Por Cátulo Bernal

Después de cuatro meses sin bailar salimos con Nina a la practica tempranera del amigazo Fernando Corrado, en los patios de una iglesia. La bolsa de zapatos al hombro y elegante ropa cómoda. Con el nuevo habito de no llegar a ningún lado y dos cambios de vestuario, nos hemos perdido en un nimbo nebuloso, casi corriendo a buscar el metro.
Las horas no paran.
Riquelme ha publicado que piensa abrir Milonga del Oriental muy pronto. Pococho, Hugui y Munin, los habitantes reales de la milonga, nada saben, cuando vamos  a comprar sus «Asados Valiente».
   —Hay que apurarse amor. Fernando cierra puertas a las nueve.
Miro la aplicación de los transportes.
   —El próximo metro pasa en tres minutos. Haciendo Trasbordo llegamos justo, justo.
Caminamos a marcha ligera. En la pantalla de la aplicación aparece otro mensaje Por incidencias en el servicio las lineas 1, 3 y 4 de metro se encuentran demoradas. Consulte opciones alternativas.
   —Uff, está parado el metro. A ver si hay algún bus que nos acerque.
Pasamos por la terraza de un bar. Sorbiendo su cerveza un melenudo comenta a los gritos inflando su mascarilla —La gente está mu mal Oti, Hay que usar mascarilla con aluminio para que no nos dominen con el  punto Cinco G.
El amigo contesta, resoplando sin levantar la vista del móvil.
   —Y ahora andan corriendo a un loco por los túneles. Está rociando con lejía a cualquiera que se le cruza. Grita que la OMS está inoculando a las ratas con un nuevo virus para controlarnos. Es el mal, el mal.
Nos miramos.
   —¿Estaban hablando de lo del metro? —Nina percibe, igual que yo,  algo raro— ¡No es posible!Voy a consultar mi móvil.
    —Esto no es normal— Le muestro en la pantalla el mensaje de la aplicación:
  Las lineas 1,3 y 4 siguen demoradas por la persecución al asaltante de la lejía. 
Lo atraparemos, lo juzgaremos, lo encarcelaremos.
   — ¿Que? ¡No puede ser! ¡fíjate en opciones alternativas!
Los dos tenemos el mismo mensaje:
 En este momento no tienen ninguna opción de transporte para el destino fijado. Destino señalado inconveniente. Consulten opción de satisfacción sugerida según sus perfiles.
   —¿No tienen? ¿en plural? ¡Esto ya es el colmo! —Los móviles suenan ahora con uno de esos tangos mestizos de Mariano Mores. Una pareja de viejitos que pasa a nuestro lado se anima a unos pasos de vals.
Letras blancas sobre pantalla roja, al igual que las placas informativas del noticiero en un canal sensacionalista argentino tiene el nuevo mensaje.
Opción ideal maximizada:
EL HIPNOTANGO DE LA SEÑORA GANCHATRAZ.
EL HIPNOTANGO DE LA SEÑORA GANCHATRAZ 
Satisfacción segura y, a un minuto, de su ubicación.
Por la avenida  la gente camina en pequeños grupos. Tras las mascarillas todos parecen comentar la persecución al  cruzado de la lejía.
Ahora en la pantalla vemos un hombre pequeño con traje rojo. La orquesta de Mores ya no se distingue.
¿CANSADO DE ESPERAR POR MILONGUITAS BUENAS? ¿DESESPERADO POR NO TENER PAREJA? ¿HARTOS DE CORRER Y NO LLEGAR A PRACTICAS QUE ACABAN PRONTO? ¡LLEGÓ LA SOLUCIÓN A SUS PROBLEMAS! 
¡EL HIPNOTANGO DE LA SEÑORA GANCHATRÁZ!
 NUEVO, CÓMODO, SEGURO. LA SEÑORA GANCHATRÁZ TIENE PARA USTEDES UN HIPNOTANGO A DOS PASOS DE SU UBICACIÓN. 
PRUEBE CINCO MINUTOS GRATIS CON NUESTRO BONO BIENVENIDA.
   —No puede ser, amor. —Estamos llegando al punto en que lo inverosímil se vuelve paranoia — Esto ya no es un perfil de gustos inteligente, es espionaje al estilo Rogelio Paranoide. De Película.
   —Mandemos un mensaje a Fernando para avisarle que llegamos tarde.
   —Y sigamos hasta el bus. Ya no confío en este aparato.
Una manifestación de ciclistas con mascarilla interrumpe el transito a la altura de la Diagonal. Vamos hasta la parada. El cartel donde se  indica el arribo de los próximos buses titila con la molesta y conocida frase INFORMACIÓN NO DISPONIBLE.
La gente pasea por los carriles cortados a los lados de Gran vía. No hay coches. Solo corredores.
   —Por aquí seguro que no viene nada.
Retrocedemos.
La gente sale con mascarillas por la boca del metro, rezongando.
Los móviles sintonizan dos tangos distintos de Mores. En la pantalla el pequeño hombre de rojo insiste.
¡LA MILONGA DEL FUTURO Y EL FUTURO DE LA MILONGA! Pruebe cinco minutos de placer y no querrá otra cosa. Ya, ya, ya.
   —¿Por qué no vamos aunque solo sea para que nos deje en paz?. Fernando dice que nos abre si llegamos tarde.
Calculando trayectoria segura al hipnotango: un minuto a paso despejado.
Caminamos. El móvil nos acerca a un portal antiguo con una escalera caracol, que, en vez de subir como la mayoría de las fincas de la cuadra, baja. No nos sorprende que termine en unos cortinados rojos del mismo tono que el traje del publicista. Al fondo y, junto a otras gentes de la milonga, me parece ver a Raul Mamone. No llego a saludarlo porque la versión real del hombre pequeño nos recibe mientras bailotea pasos de milonga. La única diferencia con el de la pantalla es su olor a patata vieja.
   —¿Tanguito? ¿Unas milonguitas buenas para templar el alma? Pasen, pasen. Sean bienvenidos.
   —Conocemos a todos los organizadores y profesores del ambiente.¿Quien es esta misteriosa señora Ganchatráz tan omnipresente en lo virtual, dispuesta a abrir una milonga nueva en estos tiempos?
   —Eso, mi amigo, es el secreto y la magia de Ganchatráz. No es una milonga. Es «Lo que vendrá milonguero».
   —Desde luego el reclamo publicitario es muy agresivo. Por no decir odioso.
   —Es que utilizamos herramientas optimizadas para ofrecer un mejor servicio ¿Solos o versión pareja?
   —¿A usted que le parece?
   —Terminal cuatro parejita. Son tres euros en total. Promoción.
   —¿Y los cinco minutos de prueba con el bono de bienvenida?
   —Están incluidos. Cubre una tanda. Tomen, aquí está ese chicle que les gusta. Pónganlo en la ranura del cajero cuando lleguen a su terminal
Nos da una ficha en la que se lee Dos T.
   —¿Le pagan algo a la serie por derechos? —pregunto. Pero el hombre pequeño ya se ha ido.
Mientras caminamos hacia la terminal que nos corresponde oímos ruidos de taladro y martillos. Entre cortinas nos parece ver a un operario agachado empalmando cables. Alguien dice «vamos, vamos».  Los taladros y los martillos cesan.
Música ambiente: Fresedo en versión fantasma y lejanía.
Pasamos las cortinas 1, 3, 13 y un busto de Palas Atenea. Llegamos a la cuatro, con el numero bordado sobre el tul, en negro. Detrás hay un cubículo, como aquellas cabinas telefónicas de locutorio o esos locales de principios de siglo en el que se compraban contraseñas que daban acceso a Internet por horas.
El interior está forrado en rojo, con un material similar al que se utiliza para hacer el efecto de Cromakey. Uno de los laterales es un panel solido de madera con un banco, una pequeña mesa y una pantalla.  En la cabina cabemos los dos, holgadamente.
Apenas entramos la pantalla se ilumina.
BIENVENIDOS AL HIPNOTANGO DE LA SEÑORA GANCHATRÁZ. PREPARENSE PARA EXPERIMENTAR UNA EXPERIENCIA INIGUALABLE.
   —Experimentar una experiencia. ¿Viste al electricista fantasma? No termina de cuadrarme este cruce entre místico, tecnológico y negocio sin terminar. New a las patadas retro.
   —Bueno, también Cátulo...
   —Es que me sacó de contexto...¿Los que vienen solos cabecearán virtual?
   —Shhh
INTRODUZCAN EL CHICLE QUE LES GUSTA EN LA RANURA. Y SELECCIONE TANDA DE PREFERENCIA.
Bajo la pantalla vemos la ranura para la ficha  muy parecida a aquellas que tenían las casas de jueguitos electrónicos en los Ochenta. Al costado hay ranura para billetes o tarjeta.
Inserto el chicle.
CRÉDITO SIETE MIN. SELECCIONE TANDA DE PREFERENCIA.
En la pantalla se ilumina un listado con primeras tandas.
   —¿Biaggi o Troilo?
Nos decidimos por Troilo. Comienza a sonar la tanda.
SI VAN A DISFRUTAR SOLO EL AMBIENTE A PIE DE PISTA PUEDEN  SENTARSE EN SU MESA Y PEDIR NUESTRA SELECTA SELECCIÓN DE BEBIDAS Y COMESTIBLES. 
La pequeña mesita ahora es de madera, tiene mantel y una carta iluminada donde se leen los precios de bebidas, empanadas y pastelitos.
   —Lo que es la ciencia...
 SI VAN A BAILAR SITÚENSE EN POSICIÓN DE SALIDA SOBRE LAS PLANTILLAS VERDES DE  HIPNOTIGUSTACION MILONGUERA QUE HAY EN EL SUELO.  CUANDO ESTÉN EN POSICIÓN DE ABRAZO SALTEN LIGERAMENTE A LA VEZ PARA QUE SE ACTIVE LA REALIDAD EN PISTA.
—¡Que modernidad!
 Ponemos los pies sobre las plantillas enfrentadas. Se ajustan automáticamente a nuestros zapatos. Toda la cabina se ilumina mostrándo un salón grande decorado con los mismos cortinajes rojizos de Twin Peaks. En la pista de parquet bicolor hay gente bailando. A los lados se ven mesas con bebidas y comida. La representación estilizada y joven de Raul está cambiándose los zapatos. Si no lo hubiera visto en la entrada no lo identificaría mirando su avatar. Intuyo algunas otras gentes milongueras del barrio, en una versión sin arrugas, tiempo ni mascarillas.
En la penumbra de nuestra cabina que ahora parece un palco, nosotros también nos vemos jóvenes..
Al fondo, en una tarima con cuadros de bailarines, figura como adorno un musicalizador. Tiene las mismas gafas del maestro Di Sarli.
En el centro de la pista una pareja con vestuario imponente hace exhibición, tirando pasos imposibles. La mujer parece una encarnación de Venus. Con aura dorada y todo.
Otra que el brillo nímbico Lusiardo.
   —Esa es la señora Ganchatráz, seguro. ¿Le ves parecido con  alguien de la milonga?
   —No.  No sé. No puedo asegurarte nada. Pero entiendo porque montó esto. Es una super estrella. Busca negocio, dinero y admiración.
   —¿Bailamos?
   —Bailemos. A la de tres. Una dos...
Cuando saltamos el afuera se convierte en la pista. Es algo rarisimo. Estamos marcando el compás en el lugar y enseguida progresando en la ronda. Siento el calor de Nina, su abrazo. Naturalmente me sale un medio ocho.
   —Uau. Fantástico.
   —Sí.
 Bailamos, al igual que en la vida real, con la intención del cuerpo. Aunque se nota un ligero desdoblamiento temporal en los giros y en los cambios de frente.
El sonido de la orquesta es envolvente. La impresión de realidad es rotunda. Al menos hasta que uno intenta acercarse a las parejas circundantes: la pareja de adelante, demorada en un sanguchito mantiene la distancia aunque avancemos.
Cuando giro, la que viene detrás desaparece.
 Se le debe haber acabado el crédito.
La diosa milonguera no deja de hacer figuras extravagantes en el medio.
Termina el primer tango. No alcanzamos a cerrar cuando, casi enganchado, suena el siguiente. La diosa no para. Tengo la tentación de aproximarme para  ver si me alcanza alguna de sus sacadas.
Fuerzo la cercanía y... siento un puntazo, más bien un calambrazo.
Estamos otra vez en el área de nuestra mesa palco.
La pantalla muestra un nuevo mensaje.
POR IMPRUDENCIA SE LE HAN RETIRADO DOS MINUTOS. PARA CONTINUAR BAILANDO INSERTE SU CRÉDITO AQUÍ  —dice,mientras se ve en pantalla una cuenta regresiva de veinte segundos.
Siento un impulso de rabia y luego otro más poderoso que me impele a sacar un billete para ponerlo en la maquina. Nina dice algo de la practica de Fernando. No le hago caso. Casi estoy a punto de meter diez guitas en el cajero cuando oímos un golpe y un estrépito de cristales.
Afuera se oyen corridas y voces.
   —¡Se cayó el de la ocho! ¡Se cayó el de la ocho!
   —¡Situación de peligro en la realidad!. ¡Situación de peligro en la realidad!
   —Te dije que Morini era un chapuzas.
   —¡Polera, a la ocho, que se despegó la plantilla!
Roto el encanto me da por hurgar con la uña apartando un poco el material rojo que forra la cabina. Veo una mini pista patio de dos metros con muchas cabinas iguales a la nuestra alrededor.  En el suelo, el discípulo Garrafa grita, chapaleando entre acrílicos  de su cabina rota.. Abraza todavía un maniqui croma.
—¡Salté poco! ¡Devuélvanme el dinero!
El hombre del traje rojo intenta levantarlo junto a otros dos empleados.
En la pista de verdad  la señora Ganchatráz sigue bailando sin hacerle caso .Sus movimientos reales son cortos, mal resueltos. Pifiados sus adornos.
Su cara, igual que la de su acompañante patoso, está oculta tras velos y una máscara de croma..
Nina me saca del embobamiento.
   —GAME OVER. Vayámonos ahora Cátulo, Si nos quedamos acá nos volveremos adictos.
   —Sí. Tenés razón amor. Esto está bien, pero es muy caro. Y es preferible apoyar nuestros espacios, las milongas de la gente amiga, que tanto esfuerzo ponen.
Subimos la escalera caracol. Caminamos hasta el metro, sin demoras.
Los móviles no indican nada raro. Ninguna distorsión ni interferencia.
Nadie comenta el incidente Hamelin del metro. Las valientes fuerzas de seguridad deben haber reducido al rey de la lejía.
Llegamos al patio de la práctica. A encontrarnos con

amigos y conocidos. Nos saludamos con el codo, nos protegemos; recobramos el sabor de tandas buenas, abrazos reales después de tanto tiempo.
La noche cae sobre el arbolado de la iglesia. Me recuerda las calles de mi barrio, mi infancia sin temores. Las noches conversadas con vecinos en verano.
Me siento bien.
Y al otro día se decreta, por incremento de contagios, un confinamiento voluntario de quince días en Barcelona y zona de influencia.

jueves, 2 de julio de 2020

EL DESFLUIDIZADOR PANZETTI PARA MILONGAS SEGURAS - Un reportaje de Henry Sacmer(By La Recalcada)

LA MENTE NO DESCANSA IMAGINANDO INVENTOS PARA BAILAR SEGUROS Y CONECTADOS. 
«Uno de esos locos inventores asegura tener la solución al problema de la seguridad en las milongas, deje de darle lustre a los pasillos con tanta clase virtual y vaya a verlo». 
La voz del jefe tácito Puan Hiriart salia como siempre del busto de Gardel, luego de un graznido  conminatorio. Me desperecé en el sillón peluquero del profesor Maradona que  hace de sofa en las oficinas Lusiardo y buscando una mascarilla —que no encontré— me dispuse a entrevistar a un tal Efimio Panzetti, inventor y milonguero en ratos perdidos, según la escueta ficha personal que el excentísimo  —exento de presencia— tuvo a bien descargarme al móvil. Sin dinero para procurarme protección improvisé una mascarilla: rescaté del cajón de objetos perdidos en la peluquería el babero de un niño con un bordado de ositos que desinfecté con un poco de ron del que se usa para cocinar y subiendo a mi Musetta  negra fileteada por los malandras del barrio me fui; uno más en la creciente marea de ciclistas y deportistas de ocasión.
El lugar del encuentro «Bar pizzeria El loco Pipi», establecimiento que en el pasado parece haber sido usado como mercería o tienda de animales. Cual si al pasillo largo de una casa con vestíbulo le hubieran agregado dos escaparates de metro y medio a los lados. 
Al fondo, en penumbra inducida, la barra; un horno de barro endurecido por el tiempo, el gigantesco pizzero  y un camarero que practica atletismo corriendo desde la caja a la plaza donde han puesto tres mesas, ocupadas. Los dos hombres del escaparate izquierdo rumian tras el cristal una fugazza sin mucho queso mientras observan en postura maniquí la plaza.  El hombre de la derecha, con una camiseta verde, pantalones náuticos blancos y una visera-mascarilla transparente sujeta por un elástico a su cara flaca es Panzetti. Lo sé por los libros desparramados en la mesa,  su abundante cabellera blanca y unas letras que dicen Panzetti Invention´s  sobre unos círculos rojos pintados con esmalte que protegen sus ojos del fulgor del verano.  
Con semejantes pintas ni se fija en mi babero mascarílla. O no ve nada.
Apenas traspaso el vestíbulo —luego de atar la bicicleta con dos candados a un soporte de la plaza— el camarero, con mascarilla estilo ninja abre la vidriera a requerimiento de Panzetti. Temo, por un momento, que me encierre. Deja el cristal apenas entreabierto. 
Enseguida  el inventor me ofrece, amigable, un trozo de su pizzetta de caballa.
—Esto es arte. Los sabores que hay aquí no los tienen en ningún lado  —dice haciendo crujir el delicado espinazo del pez, que el pizzero ha espolvoreado por arriba cual si fuera orégano. Acepto agradecido aunque no muy entusiasmado y le doy un bocado, rechazando un trozo mayor. No tiene mal sabor, pero tampoco enloquece. 
Ojeo el menú buscando algo que me saque media espina clavada en la encía: Pizzaiola de berberechos a la bechamel, napolitana de mejillones, alcachofas fritas con puntas de calamar, fideos a lo que salen  con ajo al pan.
—La loca Pipi, mujer del creador, es pescadera —comenta Panzetti babeando caballa—. Aquí siempre hay genero de calidad.
Descarto  «Las locuras del loco»: el calzone con mermelada de osobucco y la balsa de garbanzos en compota. Pido una pizza de queso solo y una jarra de cerveza a descontar del vale de comida Lusiardo. 
El camarero me mira con lástima por no apreciar los sabores gourmet. Por suerte trae pronto la cerveza en un frasco reciclado, posiblemente de  los famosos garbanzos en compota.
Hace calor y me siento como un pollo cociéndose a fuego lento a la vista de todos.
—¿Entonces?
—¿Entonces que?
—Cuénteme un poco de su invento.
—Ah, Si. Si. El invento. Tanto tiempo encerrado sin contacto me hace perder la perspectiva. Cada vez que salgo me parece que voy a un encuentro de amigos.  ¿Puedo contarle una experiencia personal?
—Mejor hable de su invento. 
—Tiene razón. Disculpe. Mis amigos han quedado al otro lado de...
—Su invento.
—Si.Sí. Verá, mi invento es de una complejidad muy simple.
—¿Complejidad simple? ¿Como los grandes productos de la tele tienda?
—Yo no llego a tanto. Esa gente llevan mucho tiempo perfeccionando el arte de vender cosas que no funcionan. Si mi invento se populariza debería servir, debería servirnos a los milongueros. Se trata de un resguardador de fluidos personales volátiles. un desfluidizador.
—¿Un qué?
—Es un artilugio que impide que sus fluidos personales se mezclen con el de la persona con la que baila. A su vez preserva a los otros participantes de la ronda sin que sea necesario respetar la distancia obligatoria de un metro o dos entre pareja y pareja, depende a que practimilonga vaya. Porque por el momento todo son practimilongas.
—Es verdad. Es lo que hay. 
—Hay por todos lados brotes verdes. Milonguitas con poca gente que aparecen como fantasmas, con parejas de hecho o parejas armadas y testeadas con certificado de garantía. Eso se está viendo ahora, pero el papel del organizador pasa a tener una carga  de autoridad y vigilancia que muchos espíritus libres y rebeldes no están dispuestos a acatar. Cosa que no debería ser así si se pone en practica mi maravilloso invento y retomamos la buena senda.
—Pero, ¿es un artilugio para llevar?¿Se enchufa en algún lado para descontaminar el ambiente?
—No. No. ¿Usted dice algo como los «disuade alimañas Rombert»? No. Mi invento es de uso personal. Mire, se trata básicamente de una cúpula aislante. Por cuestiones de marketing y mal gusto le cambié el nombre original, que era más abarcativo y contenía en si propio la explicanción.
—Explicación.
—No.No. Explicanción. El jingle de promoción. Soy diseñador de juguetes infantiles y muchas de mis obras las presento con la explicanción. Como esta:
«Ahi viene la diversión,
con el monito de la cabeza loca
todos querrán frotarle la melena
al monito cabezon»
Tras el babero la mandíbula se me mueve perceptiblemente por la publicidad y el desafinado.Temo que después del confinamiento comiencen a verse patologías más serias que la de Panzetti por la calle.
—Dice que le cambió el nombre a su invento por mal gusto ¿Como se llamaba antes?
—Le había puesto —no se ria por favor— «El chorizo bailarín del profesor Panzetti». Me pareció con mucho gancho en su momento.
El camarero oculta mi carcajada trayendo oportunamente mi Pizza de queso solo. Es una pizzetta con un mar de tomate en el que flotan cosas rodeando una isla de queso hirviendo. Mientras veo como explota cual un pequeño volcán Krakatoa salpicando hacia el tomate el loco se pone a cantar.
«Es el chorizo bailarín,
Panzetti, Panzetti
Con el chorizo milonguearás sin fin
Panzetti, Panzetti» 
—Que pena. Si es pegadizo y todo. Pero ahora comprendo que suena un poco chusco, de mal gusto. Como la silbochicha esa que venía en una revista para pibes, ¿se acuerda?.  En los bocetos primitivos era una especie de traje personal que llegaba hasta los pies. Pero pensándolo mejor me pareció un poco incomodo para moverse por la pista. Al final opté por la forma de un cuarto de chorizo desplegable. Es como un vaso telescópico sin la rigidez. Se abre como un paraguas hacia abajo y tiene un par de mangas para los brazos del usuario. Se coloca encima de la cabeza y por medio de filamentos o radios flexibles  permite que no se caiga mas allá de los hombros. Habia pensado en sujetarlo a la barriga, pero me pareció más efectivo que cayera por el cuello.  Hay contacto, pero con el material aislante de alcohol en gel de las mangas no puede haber contagio.
El queso hirviendo ha dejado de salpicar para todos lados. Trato de cortar porciones con el cuchillo romo que me han dado. Debe ser a propósito para que el menjunje se enfríe un poco más. Naturalmente bajo el babero y lo uso como babero. La pizza tiene gusto a sal de anchoa. Me cuesta deglutir.
—O sea, si no he entendido mal, que el desfluidizador es una especie de campana con mangas... 
 —Algo así. El diseño, y eso es lo que lo hace diferente a todo, contiene un mini aspirador a batería con filtro en forma de boca, justamente a la altura de la boca. Si se produce expectoración o saliveo que contenga carga nociva, inmediatamente queda almacenado en el filtro, que además es intercambiable y personal. La persona humana lo ajusta a la cúpula y cuando termina la tanda se lo lleva para neutralizarlo con alcohol gel en una cubeta pequeña que viene con el invento. También puede limpiarlo con la escobilla adjunta mientras suena una tanda que no le interesa bailar, o llevar dos filtros aspiradores para ir cambiándolos. ¿Le queda más claro?
—Me hago una idea de su idea. ¿No es un poco caluroso?
—¡Que va! Como el material es el mismo que el de los enfriadores de vino antes de ir a  la milonga puede dejarlo en el congelador. Le quita las mangas, que son con cierre y lo deja unas dos horas enfriando. Así, hasta el sudor le saca mi invento. ¿No es ingenioso?
—¿Tiene por casualidad un prototipo?
—¡Por supuesto! Además tengo confianza en que al ver mi maravilloso invento les hable a los patrocinadores de LusiardoTango.Club para que mi creación tenga un lugar preferente en su catalogo de verano. 
—Patrocinadores. Eso es lo que le hace falta al blog. Patrocinadores. Ingenieros y redactores tenemos de sobra. Pero no hay platita.
Parece un poco decepcionado. Como un chico al que le dicen que le pagaran con un helado la limpieza de un cuarto vacío. 
—Ya veo... Si terminó su pizza se lo muestro en la plaza. Exige un poco de espacio.
—No tengo mucho hambre. Vamos.
El sol del mediodía es una fuerza poderosa. Panzetti abre una maleta de madera tipo viajante y deja ver algo parecido a una de esas pantallas de papel que se usan como lámparas baratas. Solo que está hecho con retazo de plástico del tipo que llevan las pelotas inflables para la playa. El filtro aspirador, esta pintado como una boca gardeliana, con el mismo esmalte de uñas que la mascarilla protectora del inventor. Extrae el filtro para mostrarme el pequeño aspirador. No creo que el juguete aspire mucho.
Saca también un cubo, de esos que se utilizan para enfriar cervezas. Y una botella con un liquido color rojizo que echa en el cubo. Parece enjuague bucal. Después despliega un par de mangas del tipo abrazaderas de silicona para horno y las une a la capucha que se coloca ajustando los radios, unas tiras finas pegadas con adhesivo. El loco se coloca todo el aparataje en cinco minutos y lo muestra orgulloso. Creo que tendrá más utilidad en una película sobre cuentos de Lovecraft. 
—Vea, vea, amigo mío. La amplitud es justa. Con estas mangas puede mantener el abrazo sin problemas.
Las veo un poco cortas. Pero no se lo digo. Está entusiasmado.
—¿Tendrá algún tanguito descargado en el móvil? Así le hago una demostración completa.
Pongo El Adios versión Donato. Panzetti comienza a bailar abrazando el aire. No lo hace mal. Si el invento prospera nuestras milongas  serán como un cortejo de calamares gigantes.
Luego de un minuto Panzetti hace un gesto y me pide que me acerque.
La voz suena atenuada por las capas de aislante.
—El aspirador. Me olvide de conectar el aspirador. Dele al botoncito —dice, señalando un botón verde encima del artilugio.
Al acercarme huelo el desfluidizador. Seguramente lo puso a enfriar al lado de un recipiente con estofado. El tacto es frío, pegajoso.
El ruido que hace el aspirador es el mismo de un torno odontológico. Lo imagino multiplicado por dos en la pista. Y luego por treinta, si la pista se llena. 
Sumando el natural murmullo de las conversaciones aquello será una bola de ruido insoportable.
A Panzetti no parece preocuparle mucho. Baila parando apenas en el compás. Lógico.
Una de las chicas de la terraza se suma al baile. Panzetti, sorprendido, la abraza. Es igual a una película de Ed Wood.
Nadie me hace caso mientras desato mi bicicleta escapando a todo pedal.
Con el ruido que hace el aspirador Panzetti ni siquiera se da cuenta que ya no hay tango.
Aunque a muchos, sin aspirador mediante, les pasa lo mismo bailando.